lunes, 7 de abril de 2014

El de las sábanas blancas


Me encanta ir al cine. Por motivos obvios, desde que nació Eric sólo he vuelto dos veces, pero aun así sigue siendo uno de mis pasatiempos favoritos, aunque desde hace años lo practique mucho menos. Cuando era jovencita iba muy a menudo; mis amigas y yo tuvimos una temporada en la que, por sistema, íbamos todos los domingos a alguno de los cines cercanos a nuestro barrio, elegíamos la película que más nos llamaba la atención y probábamos suerte. Nos tragamos algunos truños sin pretenderlo, pero también descubrimos maravillas como Atrapado en el tiempo (o sea, El día de la marmota) por casualidad. Mi cine de referencia era el Excelsior. Estaba situado en la Avenida de la Albufera, la arteria principal de Vallecas, y, aunque no fuera especialmente relevante desde el punto de vista arquitectónico, poseía una fachada interesante del estilo de los años 50 en que fue construido y, sobre todo, una de esas inmensas salas de butacas con palcos y gallinero que tanto echo de menos. Allí he visto las películas que me marcaron en la infancia, como E.T., y he asistido desolada a su cierre y al maltrato al que le han sometido posteriormente. En este blog podéis leer su historia si os interesa y ver el progresivo deterioro que ha sufrido; no han respetado ni la fachada, que ya digo que no es que fuera espectacular pero tenía su aquel, y primero la dividieron de mala manera entre un supermercado y un gimnasio, para acabar alicatando la fachada hasta hacerla irreconocible y convertirlo en una tienda de chinos:



Ya sé que los tiempos cambian, que hay que evolucionar, y que no todos los cines eran obras de arte de la arquitectura, y en muchos sus condiciones eran muy mejorables. Si no recuerdo mal, El día de la bestia (ya van dos entradas del blog que cito una película de Álex de la Iglesia, ¡ja, payo, dame argo!) la vi en el cine Bogart, y sus diminutas butacas rivalizaban en incomodidad con las del Arlequín, en la que vi La buena estrella, de Ricardo Franco. También es muy común en los cines antiguos, sobre todo en aquellos cuyas salas son pequeñas (como los Princesa de la plaza de los cubos) que no haya apenas inclinación en el suelo, con lo que ya puedes rezar para que no se siente un cabezón delante de ti. En fin, que también nos hemos acostumbrado a la comodidad de los grandes multicines como el Kinépolis, con salas gigantescas, imagen digital en pantallas enormes, sonido envolvente de la hostia y unos sillones que no sabes si vas a despegar con ellos a la luna o a dormirte la siesta de tu vida.

Pero hay una diferencia con respecto a los cines de antaño. Obviamente, la exhibición de películas en pantalla grande siempre ha sido un negocio. Pero en los últimos tiempos se ha exacerbado la dimensión mercantil, de modo que si vas al cine más de dos veces al mes y no aprovechas el día del espectador (que ya no existe en todos los cines) tu presupuesto mensual corre peligro. ¿Exagero? En Madrid la media del precio de la entrada de cine es de unos 8 euros, pero si te vas al Kinépolis (lo cito porque, por casualidades de la vida, es el que más cerca me pilla de casa), por ejemplo, ya son 10, y más o menos por esa cantidad te puede salir un combo grande de palomitas con sus respectivos refrescos. Yo puedo pasar de las palomitas, pero ahora pensad en una familia estándar (papá, mamá y dos churumbeles) y multiplicad por el precio de las entradas y las palomitas (porque los churumbeles sí que no pasan de las palomitas). En fin, nada que nadie no sepa a estas alturas. Pero algo debe de haber pasado para que, cuando era una joven estudiante con una exigua paga, pudiera ir al cine todas las semanas sin problema, y ahora me lo tenga que pensar. Mientras, los antiguos cines cierran y son reconvertidos en cualquier otro negocio, sin respetar siquiera su integridad arquitectónica. Ese peligro corre de nuevo el Palacio de la Música:


Es otro cine en el que vi algunas películas antes de que lo cerraran, como Entrevista con el vampiro. El proyecto inicial era devolverlo a la función para la que fue inicialmente construido, la de auditorio, lo cual me parecía una excelente idea. Pero ese mercantilismo arrollador que se ha exacerbado en estos tiempos de crisis ha poseído también al consistorio madrileño y a nuestra excelentísima se la suda mucho lo que hagan con un edificio emblemático mientras le suelten pasta. Ya lo hicieron con el Avenida, que se situaba a escasos metros. Total, si no han respetado en absoluto un cine con menos entidad pero con cierta relevancia como era el Excelsior, y lo mismo han hecho con otros muchos cines del resto de Madrid, ¿para qué van a respetar tampoco los cines de la Gran Vía, por muy significativos que sean? Me da la impresión de que los que construyeron esos cines, aunque lo hicieran por negocio, sí que tenían cierta noción de que el cine también es un arte y merece un entorno acorde.

Hoy eso no tiene la menor importancia. La cuestión es que vayas a dejarte el dinero en entradas y palomitas a precios desorbitados. Para eso se hacen los blockbusters de Hollywood y los enormes multicines que los proyectan. Yo soy la primera que me encanta ver las pelis de los Vengadores, por ejemplo, en pantalla grande, porque para eso están hechas y me entretienen. Pero me da mucha lástima que para ver, por ejemplo, Kamikaze, de la que me han hablado bien, me plantee que es mejor verla en casa; haciendo cuentas, a veces te sale más barato comprarte el dvd de una película que ir al cine a verla, y las que no tienen efectos especiales parece que da igual verlas en pantalla grande o pequeña. El problema no está en que tengas varias opciones para elegir cómo quieres ver una película; lo malo es que a veces no te dejan opción realmente, porque los multicines casi siempre programan un tipo determinado de películas, las más espectaculares, ya que siguen ese razonamiento de que "si no tiene efectos especiales, da igual verla en pantalla grande o pequeña", y porque los cines de barrio prácticamente ya han desaparecido. Así que al final sólo quedarán los grandes multicines a los que hay que acudir en coche para ver esas películas de superhéroes, y el resto, a verlas en casa en tu dvd o blu-ray, si es que sale rentable editarlas en ese formato. Y los viejos cines, convertidos en tiendas de ropa fabricada por niños asiáticos. Antes, los cines rivalizaban por tener la pantalla más grande para ofrecer los sueños más gigantescos. Ahora, cuanto más grande es esa pantalla, más pequeño es el cine.

lunes, 17 de marzo de 2014

Oh, happy day


Hoy, esta entrada está, por primera vez, escrita a medias con otra persona: mi pareja, Carlos. Cuando lo leáis, entenderéis perfectamente por qué. La ocasión merece la pena :). 

Allá por 1998, mientras estudiaba Informática en la Universidad Politécnica de Madrid, fui a hacer unas prácticas de “Ajedrez por Computadora” (sí, teníamos ese tipo de asignaturas) a casa de un compañero. Lo primero que me llamó la atención de su cuarto fue una colección de miniaturas de unos alienígenas muy coloridos. Me explicó que eran parte de su ejercito de Tiránidos de Warhammer 40k, un juego de miniaturas donde distintas razas se peleaban por el control de la galaxia. Me llamó tanto la atención que empecé a coleccionar mi propio ejército: Necrones (terminators del futuro).

Jugábamos cuatro amigos: Roberto (compañero de mi facultad), Juanma, Ricardo y yo, y la verdad es que el juego resultó ser bastante adictivo (lo he seguido manteniendo hasta hace poco, y ha llovido ya). Pero se hacía monótono jugar entre cuatro, así que Ricardo, el que tenía más espíritu emprendedor de los cuatro, decidió abrir un foro para poder hablar con otra gente sobre el juego.

Y poco a poco nos fuimos juntando un grupete bastante majo de personas variopintas, cada uno con nuestras distintas situaciones personales, pero que teníamos en común la afición por ese juego. Al principio todo era un poco frío, así que decidimos hacer una quedada para conocernos en persona. Y conectamos de mil maravillas.

Estuvimos varios años jugando en tiendas casi todos los fines de semana, incluso organizamos algún viaje en conjunto. Salíamos de marcha todos juntos y éramos bastante salvajes, así que nos ganamos a pulso un mote: “La Jauría”. Uno de los miembros, Borja, comenzó a trabajar para una tienda que vendía miniaturas, Atlántica.

Pero las tiendas empezaron a cerrar, y necesitábamos algún sitio donde poder jugar más a gusto, así que nos hicimos socios del Club Dragón, y nuestro grupo se vio incrementado con algunos miembros de dicho club.

En un momento dado, Borja empezó a jugar al World of Warcraft, un Multijugador Masivo de Rol por ordenador que poco a poco nos fue enganchando a varios. Empezamos a cambiar el salir de marcha por quedar a jugar en conjunto a dicho juego, con lo que algunos de nosotros pudimos ahorrar algo de dinerito.

En uno de esos famosos “No hay huevos” que tenemos los tíos a veces, un compañero de juego y yo empezamos a pensar en hacer un viaje largo. Y pensamos en ir al lugar más alejado posible: Nueva Zelanda. Y lo que empezó como una broma acabó convirtiéndose en realidad: al final nos marcamos 26 horas de vuelos y aeropuertos para plantarlos en la otra punta del mundo.

Fueron tres semanas de andar por una mezcla entre la comarca y el mundo perdido, descubriendo sitios salvajes y haciendo millones de fotografías. Al ir a etiquetar una de esas fotografías, pensé en una frase de la primera película de El señor de los anillos, pero no lograba recordar como era exactamente, así que la busqué en Google: “Montañas, Gandalf, montañas”. Y la segunda entrada que me aparecía era de un blog, que por curiosidad seguí leyendo.

Resultó ser un blog bastante interesante, de una tal Nymeria Solo, donde hablaba de sus aficiones y su forma de ver el mundo con la que yo estaba bastante de acuerdo. Me gustó tanto lo que leí, que empecé a pensar en como podría localizarla (en su blog sólo podía comentar gente que ya tuviera otro blog, y no quería hacerme uno sólo para eso). Casualmente entre la gente que le comentaba encontré a alguien conocido: Mario, compañero de trabajo de Borja en Atlántica.

Así que busqué en el facebook de Mario a ver si por casualidad la tenía como amiga. Y ahí estaba, en una foto que me había llamado mucho la atención, hecha por su buena amiga María: con la melena al viento bailando Metallica. La mandé un mensaje para felicitarla por el Blog... y el resto es historia ;).




Cuando tenía catorce años, leí por primera vez El señor de los anillos. La historia me fascinó tanto como para convertirse en mi libro favorito, que fui releyendo a lo largo de los años. Con el tiempo, se estrenaron las películas de Peter Jackson. Fui a ver la primera de ellas con mis amigos del barrio de toda la vida y recuerdo que salimos fascinados del cine: habíamos estado en la Tierra Media, y todavía seguíamos inmersos en el hechizo.

Estaba tan entusiasmada que deseaba compartir esa euforia con más gente, así que, cuando instalaron Internet en casa de mis padres, me registré en un foro sobre Tolkien y su obra: Elfenómeno. Hace tiempo que dejé de escribir en ese foro (ya no escribo en ninguno, la verdad, la falta de tiempo es lo que tiene :P), pero gracias a él conocí a gente estupenda con la que seguí manteniendo contacto. Algunos de ellos crearon a su vez otra web con su propio foro, Asshai, para poder hablar sobre otros libros que habían descubierto hacía poco y que les tenían fascinados: la saga de Canción de Hielo y Fuego, de George R. R. Martin,

En un principio no había pensado leer esos libros, pero una amiga común de esos foreros de Asshai a la que también conocido en Elfenómeno, Hara Lannister, me convenció de que los empezara a leer. Por probar, cogí prestado Juego de tronos en una biblioteca de mi barrio, no fuera a ser que no me gustara, que no me quería gastar una pasta en un ladrillo de libro para tenerlo luego acumulando polvo en un estante. Pero me gustó, vaya si me gustó. Me enganchó como hacía mucho tiempo que no me enganchaba un libro. Así que, como sabía que había algunas librerías en el centro de Madrid que estaban especializadas en literatura fantástica y no me apetecía meterme en el mogollón de la FNAC (apenas soporto las aglomeraciones), una mañana cogí el metro, salí a la Gran Vía, me metí por la calle de los Tudescos y, después de comprobar que en Madrid Cómics no vendían libros, me metí en la siguiente tienda que encontré al entrar en la plaza de la Luna: Atlántica Juegos, que entonces estaba en el lado opuesto de la plaza a donde se encuentra ahora. Vi libros en el escaparate, entré y pregunté a unos chicos muy amables (luego supe que se llamaban Mario y Borja).

Me explicaron que no tenían Juego de tronos porque se había agotado y de momento no habían sacado otra edición, pero que tenían el siguiente, Choque de reyes, y que en poco tiempo, para la próxima Feria del Libro (esto era por febrero o marzo, si no recuerdo mal) iban a sacar la tercera parte, Tormenta de espadas. Me hice con Choque de Reyes (más tarde me compraría Juego en una nueva edición), y decidí que cuando me leyera Tormenta me apuntaría a Asshai para poder por fin comentar los libros en los foros sin comerme spoilers. Allí me reencontré con mis viejos amigos foreros, y también coincidí con Mario, el de Atlántica; como él y sus compis son tan majos, seguí siendo cliente de Atlántica, y a día de hoy todavía son mis proveedores oficiales de los libros de Canción y de otras drogas :P. 

Como decía Javier Krahe, no todo va a ser follar :P (en este caso, leer por placer), así que, mientras todo esto ocurría, en uno de mis interregnos entre trabajo y trabajo empecé un curso de gestión y producción editorial en Alcalá de Henares, en el que coincidí con un grupo de chicas, casi todas alcalaínas. El curso no nos sirvió para encontrar trabajo en el ramo, pero sí para crear y luego consolidar una amistad que todavía mantenemos. Tanto que, unos años después, me fui a vivir a Alcalá, compartiendo piso con mi amiga Bego. Durante casi año y medio compartimos piso y mucho más. Tanto, que ayer sábado por la noche lo comentábamos otra de mis mejores amigas, María, y yo, en la boda de otra amiga nuestra, Bea: ¡cuántas cosas hemos vivido juntas, cuántas noches de marcha por Alcalá! Una de las noches más memorables acabó a las tantas de la mañana, como era habitual, en el Ego, uno de los garitos con música más potable de la ciudad complutense. Hay testimonio gráfico en el Facebook, conmigo meneando la melena al son de una canción de Metallica (la versión de “Whiskey in the jar”, si no recuerdo mal).

Mi vida social, desde luego, era intensa entonces: conservaba a mis amigos de toda la vida, salía con mis amigas de Alcalá y también por Madrid con los gnomos de Asshai (lo de “gnomos” es otra historia que debe ser contada en otra ocasión) y seguía bastante activa aún por los foros. Como algunos de los gnomos contaban sus experiencias e idas de olla en sus propios fotologs (como sabéis, el Fotolog es como un blog para pobres :P, cutrecillo pero muy fácil de usar, y si sus administradores no la hubieran cagado grandemente poniéndolo patas arriba sin ton ni son, habría seguido utilizándolo), para poder hacerles comentarios me abrí una cuenta en Fotolog y también acabé dando la brasa con mis propias idas de olla por esa vía. Hablaba de todo un poco, igual que hago ahora en este blog. Un día subí una foto de mi última escapada a la sierra, que había ocurrido hacía ya varios meses, y comenté lo que me apetecía volver a subir. “¡Montañas, Gandalf, montañas!”, exclamaba en el título de esa entrada, emulando al querido tío Bilbo en la película de Peter Jackson.

Y entonces fue cuando, pasados unos meses, un tipo desconocido me mandó un mensaje por Facebook. Resulta que, buscando esa frase de la película, había dado con mi blog. Le había gustado lo que había leído, y como daba la casualidad de que había visto que teníamos un amigo en común, Mario de Atlántica, había decidido mandarme un mensaje. No me fiaba mucho, la verdad, y estuve a punto de no contestarle, pero como vi que conocía a Mario (luego supe que también a Borja y a toda la plantilla de Atlántica), pensé “bueno, supongo que será de fiar”, y le pregunté por qué buscaba esa frase. Me dijo que era para poner un pie a una foto que había hecho en Nueva Zelanda, porque en ese momento estaba subiendo las fotos del viaje a su facebook, y que podía agregarle para verlas... Y ahí me picó, porque me pudo mi lado friki de El señor de los anillos :P. Así que le agregué... y el resto es historia :P.

Por eso a nuestro hijo lo llamamos Eric Ringhammer: porque es hijo del Anillo Único y del Martillo de Guerra. Si su padre no hubiera conocido a aquel compañero de facultad que tenía en su casa unas figuritas muy molonas... Si su madre no se hubiera entusiasmado leyendo El señor de los anillos... Si no hubieran coincidido en frecuentar cierta tienda donde trafican con drogas peligrosas como libros y figuras de juegos de tablero... Si a su padre no le hubiera dado por ir a Nueva Zelanda y subir fotos del viaje a su facebook, y a su madre no le hubiera dado también por subir otras fotos de viajes no tan lejanos pero casi igual de frikis en su fotolog... Si no hubiera ocurrido todo lo que os hemos contado, hoy no celebraríamos el primer año de vida de nuestro vikinguito. Un vikingo con querencias celtas, ya que tenía que haber nacido un 6 de marzo pero decidió esperar hasta el 17, día de San Patricio, santo patrón de Irlanda; en vez de un pan bajo el brazo, prefirió traer una Guinness. Digno hijo de sus padres :P. Feliz cumpleaños, hijo. Eres nuestro pequeño milagro:



viernes, 14 de febrero de 2014

El luchador

Pues ayer vi "El luchador". Sí, al cabo de los años y en la tele, pero oye, tiene su mérito ver una película casi entera en la tele cuando tienes un bebé :P. Y el caso es que la historia en sí no es nada que no hayamos visto millones de veces en telefilmes, ni tampoco tiene nada que ver con el resto de películas de Aronofsky que he visto, pero me tocó mucho la patata. No sólo porque el papel esté hecho tan a la medida de Mickey Rourke que da escalofríos (y, de paso, recordemos que este hombre es un gran actor, por mucho que se le vaya la pinza y que se haya destrozado a sí mismo en todos los sentidos), sino por la magistral sencillez  con que está contada y lo bien que retrata a los personajes y sus circunstancias (la galería de luchadores de lucha libre de segunda o tercera división es brutal, el tío de las grapas me dejó en estado de shock, pero no más que la gran humanidad del "Ayatolá", por ejemplo). Y ese final, perfecto tal como es. Pero reconozco que también me tocó la patata por otra cosa: ¡conocía todas las canciones de la banda sonora! XD Ay, los ochenta... Me sentí viejuna, pero me resultaba extrañamente agradable sentir esa nostalgia, porque además de escuchar esas canciones también me divertía viendo los teatrales combates de la WWF cuando empezó a emitirlos aquí Telecinco. De hecho, el papel de Randy the Ram me recordaba bastante al Último Guerrero. Así que esas coincidencias hicieron que la película me tocara un poco más la patata :P. En fin, creo que en el fondo la película de lo que habla es de ese momento en que nos damos cuenta de que nuestros sueños de juventud no se han cumplido, o al menos no como esperábamos. Pero eso no tiene por qué ser una tragedia; a veces ganas otras cosas en compensación que no te esperabas pero que valen más. Ya hablaba de algo parecido en otra entrada de este blog: La maldición de Heráclito. En fin, ya sabéis que una como buena abuela Cebolleta que es de vez en cuando se tiene que poner nostálgica y dar un poco la brasa con sus batallitas, es lo suyo :P. Pero supongo que tarde o temprano a todos nos pasa. Lo que no esperaba era que me ocurriera con esta película.

Y el momento en que me sentí totalmente identificada fue el que podéis ver en el minuto 1:37 del tráiler XD:

 ¡¡¡Yeaaaah!!! Bueno, no odio a Kurt Cobain, de hecho me encantan Nirvana, Pearl Jam y Soundgarden, pero, joder, no hacía falta cargarse la diversión. Los 90, por si alguien no lo recuerda, fueron muy sosos y deprimentes; sólo se salvan las camisas de cuadros y poco más :P. ¡Vivan los 80! Y, como Randy the Ram, vamos a echarle pelotas:


miércoles, 22 de enero de 2014

Killing me softly with this song



Como suele ser habitual en este blog, y más desde que cierto vikinguito me tiene bastante ocupada, escribo una nueva entrada al cabo de ni se sabe... Felicitaros el nuevo año a estas alturas ya queda bastante raro, ¿verdad? :P Daos por felicitados y ya está. Qué narices, si creo que ya lo hice en la última entrada XD.

En fin, aquí estoy de nuevo, con una entrada que prometí que sería más liviana que las últimas, que me habían quedado muy intensas :P. Hace unas semanas se pusieron de moda en el facebook unas cuantas cadenas: “los diez libros que más te hayan influido”, “un autor de cómic para llenar de imágenes de cómic el facebook”, “un pintor para lo mismo”, etc. A raíz de eso, se me ocurrió comentar los libros que que no había podido leer por insufribles (y, creedme, ya es difícil, con lo que me gusta leer). Ahora se me ha ocurrido comentar aquí las canciones que han terminado por resultarme más insoportables. No necesariamente tienen por qué ser truños que destaquen por su mal gusto; todos sabemos el daño que puede hacer que te repitan machaconamente una canción hasta que acabas odiándola. Es el caso de varias de las que voy a comentar aquí, aunque os aviso de que habrá otras que si queréis escucharlas será bajo vuestra responsabilidad; luego no vengáis a reclamarme por daños auditivos y cerebrales :P.

Así que comienzo. El orden no es indicativo de ninguna jerarquía ni de un odio mayor o menor hacia cada canción, aunque supongo que las primeras que me vengan a la cabeza será porque mi inconsciente me las sugiera con más fuerza :P.

“Corazón partío”, de Alejandro Sanz




A mí Alejandro Sanz nunca me ha gustado, aunque al comienzo de su carrera ni me iba ni me venía. Pero con el tiempo se ha sabido ganar a pulso el odio de buena parte del mundo mundial, y a ello contribuyó que repitieran en todas las emisoras y cadenas de televisión esta canción chorrocientos millones de veces. La odiamosssssssssssss, tesssssssssssoro. La odiamos mucho.

“Walking on Suinshine”, de Katrina and the Waves





¡Síiiiiiiiiiii! La odio. Ya dije que en esta lista también tenían cabida canciones que seguramente pensaréis: ¿pero por qué, si es buena? No digo que esta canción no sea buena, o al menos pegadiza. Pero precisamente por eso la odio: ¡¡¡estoy hasta los mismísimos de ella!!! Es la típica canción buenrollera que ponen en todas las fiestas y recopilaciones porque es divertida, todo el mundo la conoce y la baila, a todo el mundo le gusta... PUES A MÍ NO. Si al principio me pudo hacer gracia, también acabé de ella hasta el moño después de oírla otros chorrocientos millones de veces.

“Suavemente”, de Elvis Crespo





Posiblemente, si hay una canción que tenga que elegir entre todas las demás como la más odiada y aborrecida sea ésta. Los que tenéis menos de treinta años os habéis librado de la tortura por excelencia de los sábados por la noche a principios de los noventa: entrar en cualquier garito, CUALQUIERA, y que estuviera sonando esta canción. Y no una vez o dos, no. Cada media hora te la repetían hasta que te daban ganas de: a) arrancarte las orejas para no escucharla más o b) degollar al pincha con el cd de la canción. Si ya me hacían poca gracia la salsa, el merengue y similares, después de esta moda pasajera pero letal como una apisonadora los acabé aborreciendo para los restos.

“Still Loving You”, de Scorpions





Aquí supongo que es cuando todos os lleváis las manos a la cabeza y exclamáis: “¿Pero por quéeeeeeeee? Si es tan bonitaaaaaaaa... Es la mejor balada de heavy de la historia”. Por eso la he acabado cogiendo tanta manía: porque como es el ejemplo más típico de balada heavy y como tal la han machacado por todas partes hasta la extenuación, he terminado por odiarla. Bueno, a malas, la puedo soportar mejor que otras canciones que odio, claro, pero aun así me cuesta. Si acaso, como mejor la aguanto es en la versión cañera que hicieron los Sonata Arctica, que al menos la hace sonar  de forma diferente. Pero, por los dioses, si podéis, evitad pincharla en mi presencia. De verdad, los Scorpions son uno de mis grupos favoritos, adoro “Holiday” o “Always Somewhere”, pero no puedo con “Still loving you”. Y tampoco trago mucho “Winds of Change” por lo mismo...

“Colgando en tus manos”, de Carlos Baute y Marta Sánchez




Fijaos que a esta canción al principio no la tenía especial manía. La primera vez que la oí incluso me hizo gracia. Pero ocurrió lo de siempre: la machacaron tanto que la pillé una manía que pego un respingo cada vez que oigo por ahí alguna nota que se escapa de alguna televisión o radio. Tampoco contribuye a mejorarla la tontería de los intérpretes.

“Live is Life”, de Opus



Seguramente a los que seáis más jóvenes este tema tampoco os sonará, pero si habéis crecido en los ochenta como yo, seguro que lo sufristeis. Otro tema sencillo y pegadizo del que acabé harta no, lo siguiente, por pura repetición. Menos mal que fue un “one hit wonder” y que yo sepa de esta gente no se volvió a tener noticias.

“Échame una mano, prima”, de Niña Pastori

http://youtu.be/hxmYstGVLKo (No sé por qué, no puedo enlazar el vídeo directamente. Eso que os ahorráis.)

¿Una mano? Las dos le echaba, al cuello. La primera canción con la que se hizo famosa la Niña Pastori, aquel “Tú me camelas”, todavía me gustó y todo, aunque también acabé un poco harta. Pero la que terminé por odiar profundamente es ésta. No sólo porque sea repetitiva de por sí, es que encima tuve que aguantarla una semana entera sin descanso por culpa de un chiringuito de las fiestas de mi antiguo barrio (que desde hace años se sitúan justo al lado de la casa de mis padres) que tenía puesta la puñetera canción en bucle. Para cortarse las venas, de verdad.

En fin, por ahora (y para bien de mi salud mental y de vuestros oídos) no se me ocurre ninguna canción más a la que tenga especial inquina. Supongo que mi cerebro no da más de sí; además, lo que se me viene ahora a la cabeza no son temas individuales, sino géneros completos como el reguetón, las sevillanas (otra moda que me saturó hasta la extenuación), o artistas a los que no soporto en general y que me provocan urticaria sólo con oír unas notas de cualquier canción suya (así, a bote pronto, me acuerdo de José Luis Perales, Julio Iglesias, Modestia Aparte, Un Pingüino en mi Ascensor, prácticamente cualquiera de Operación Truño, El Canto del Loco, Carlos Goñi con y sin Revólver...). Ahora es vuestro turno: ¿qué canciones odiáis y por qué? No os cortéis :P.

jueves, 26 de diciembre de 2013

La España fea


Hay una España bellísima. Ciudades y pueblos centenarios, milenarios, con una historia arquitectónica y artística deslumbrante. Parajes naturales que quitan el aliento. Una riqueza lingüística, cultural y gastronómica que pocos países en el resto del mundo tienen. Pero también hay una España fea. Muy fea. Mi madre dice que cuando volvimos de Suiza (se fue en enero del 71, allí conoció a mi padre, que ya vivía allí desde el 63, y allí nací yo, y regresamos en julio del 75) España le pareció, por contraste, muy fea: seca, terrosa y sobre todo sucia: los suelos de los bares repletos de cáscaras de gamba y papeletas rasgadas de rifas, las aceras sembradas de colillas y cacas de perro, la gente hablando a gritos, solares y descampados colonizados por la basura... Si habéis visto la película Balada triste de trompeta, de Álex de la Iglesia, sabréis de lo que hablo: mi barrio era tan feo como los desoladores paisajes urbanos que Álex retrata magistralmente. Os puedo asegurar que en esa película se curraron un trabajo de ambientación y localizaciones brutal. Cerca de donde vivo ahora, en el Paseo de Extremadura, todavía persisten tramos de viviendas de la era franquista que no tienen mucho que envidiar en cuestión de fealdad a los bloques de pisos de los países del Este, aquellos monstruos pintados de gris contaminación. Después de haber vivido en la verde y civilizada Suiza, de la que  mis padres afirman que fue donde vivieron los mejores años de su vida, el choque tuvo que ser tremendo.

Más feo que el payaso de "It" O_o

No estoy afirmando que Suiza sea el país perfecto. No sólo tiene una faceta muy fea en su opacidad bancaria. También, en el mismo año en que llegó mi madre, se aprobó por fin que las mujeres pudieran votar; una anomalía en un país que, sin embargo, destaca por la alta participación de su población en su sistema democrático gracias a la celebración regular de referendos. Otra peculiaridad es el servicio militar: un porcentaje de los hombres que lo realizan permanece durante años como reservistas, con la obligación de guardar en su casa la famosa navaja suiza y sus armas personales, lo que produce situaciones curiosas, como una vez en que mis padres estaban en casa de unos amigos celebrando una fiesta y un vecino bajó a solicitarles amablemente, rifle en mano, que bajaran el volumen de la música.

A pesar de eso, el nivel de vida suizo en muchos aspectos está a años luz del nuestro. Por poner un ejemplo, cuando era pequeña mi madre me llevaba a una guardería gratuita que, en principio, era para madres solteras, aunque admitían también a hijos de casados como mis padres. Lo de las guarderías públicas era algo que se daba por descontado. Aquí seguimos sin llegar a ese nivel ni cuarenta años después, en pleno siglo XXI. Los derechos de los trabajadores también se respetaban a niveles que aquí tampoco hemos alcanzado aún. Por desgracia, hoy los emigrantes no son bien recibidos como entonces, cuando la mano de obra del resto de Europa levantó la economía suiza, y hay un importante núcleo xenófobo instalado en su sociedad. Pero al menos entonces mi padre era tratado con un respeto en la fábrica por parte de sus superiores del que no ha vuelto a gozar aquí. 

"¡Joder! ¡En el plano venía bien clarito que había una piscina!"

Así que cuando mis padres volvieron conmigo a España (más que nada porque, o era volver antes de que yo empezara el colegio, o ya era prácticamente quedarse allí para siempre), se encontraron con una España fea y sucia, producto de cuarenta años de dictadura que habían sumido al país en la miseria. Porque la pobreza es otra historia. Puede haber dignidad en la pobreza, aunque sea difícil mantenerla. Pero la miseria siempre es indigna, y con esa falta de dignidad se engancha como una garrapata y se infiltra como agua de alcantarilla hasta los huesos. Especialmente la miseria moral, que tanto abundó en el franquismo; que fue lo que lo sustentó, de hecho. En estos últimos treinta y tantos años, hemos hecho lo que hemos podido por sacarnos esa miseria de dentro, por limpiar el país, por devolverle la belleza que los años habían ajado y que la suciedad de siglos siempre había ocultado. Pero la miseria permanecía en el subsuelo, esperando el momento propicio para volver a aflorar. Empezó a hacerlo por donde menos nos lo esperábamos: por todos esos barrios nuevos, aparentemente lustrosos, de bloques de pisos clónicos con patios de vecinos ajardinados y apiscinados, que nos hicieron creer que todos éramos ya clase media, que la caspa pintada de colores ya no es caspa sino confeti. Irónicamente, el dinero con el que se pagaban esos pisos circuló por las cloacas de forma tan subterránea como fluida, removiendo la miseria subyacente hasta que ésta brotó como géiseres que hicieron saltar las tapas de las alcantarillas y nos salpicaron a todos. Lo llamaron crisis, y con la excusa de evitar la vuelta a la pobreza, nos están hundiendo en la miseria de nuevo. Los herederos del franquismo vuelven a campar a sus anchas y para reinstaurar su reinado de miseria recurren a leyes viejas disfrazadas de nuevas. ¿Y qué ocurre cuando intentas disimular la vejez a base de capas de maquillaje? Que se resalta la fealdad.

No quiero una España fea. Ni aunque me la maquillen con buenas intenciones, como el anuncio de esa marca de charcutería, o como ese programa de la 1 en la que ejercen la caridad de la España rancia y fea de cuando vivía ese señor bajito y feo. Quiero una España con la cara lavada. A lo mejor no es tampoco demasiado guapa. Pero con que sea normalita me vale. 

PD: prometo que mi próxima entrada será menos intensa :P. Por si no me da tiempo a escribir nada antes, feliz 2014 a todos :).

lunes, 16 de diciembre de 2013

FEMEN ¿ismo?

Hace ya tiempo mi amiga Luci Rodríguez me sugirió que escribiera algo sobre las Femen, porque le interesaba mi opinión, a raíz de otra entrada que escribí en este blog sobre el feminismo. Por supuesto, lo que escribo siempre es eso, mi opinión, que como tal nunca es completamente objetiva e imparcial, y puede estar perfectamente equivocada. Así que ni de lejos pretendo sentar cátedra, faltaría más. Sólo escribo esto porque me lo pidió Luci y porque me parece que es un tema sobre el que es necesario debatir, así que aceptaré sin problema todas las opiniones que queráis expresar sobre ello.

Para empezar, ni yo misma tengo una opinión clara sobre el asunto. Más desde que descubrí esta noticia:


Según el documental Ucrania no es un burdel, de la cineasta Kitty Green, que trata de Femen entre otros asuntos, Femen habría sido fundado en realidad por un hombre, Victor Svyatski, que además trataba a las integrantes del grupo de forma autoritaria y muy poco feminista.

¿Qué quiere decir esto? ¿Femen es una farsa? Al parecer, Svyatski ya no lidera el grupo, que ahora sí estaría controlado por mujeres. Aun así, si se comprueba que, efectivamente, la fundación del grupo fue producto de un montaje, ¿eso invalidaría su causa, aunque ya no lo guíen intereses espúreos? Supongamos que ya no están de por medio esos intereses ajenos y que Femen son lo que dicen ser: un grupo de feministas que para reivindicar los derechos de las mujeres utilizan un reclamo lo suficientemente llamativo como para atraer la atención de los medios sobre las causas que apoyan: su cuerpo. Concretamente, sus pechos. 

Va a ser que todas son jóvenes y ucranianas porque son las únicas que aguantan el frío en bolas

Es evidente que consiguen llamar la atención. No hay más que recordar el revuelo que armaron cuando se presentaron en el congreso de los diputados al grito de “¡Aborto es sagrado!” [sic] para protestar contra la nueva ley del aborto planteada por Gallardón que planea aprobar el gobierno, suponemos que en breve. Sirvió para reavivar, al menos por unos días, el debate sobre una ley que desde luego nos afecta a todas las mujeres. Ahora bien, ¿cualquier método es lícito para llamar la atención sobre una ley que se considera injusta? ¿Hasta qué punto beneficia o perjudica a la causa feminista que las Femen lleven a cabo sus reivindicaciones con los pechos al descubierto?

Hay quien opina que lo que hacen es desacreditar al feminismo, ya que utilizan como arma lo que el feminismo debería despreciar: esto es, que las mujeres usen sus cuerpos como un medio para lograr sus objetivos. Otros creen que mientras sirva para reivindicar los derechos de las mujeres, es admisible; es más, enseñar los pechos sería un paso más en el camino para eliminar los tabúes sobre la desnudez en público: si el cuerpo humano, y más una zona con tantas connotaciones como los pechos femeninos, deja de ser secreto, perderá sus atributos pecaminosos y prohibidos, lo que sería otra forma más de liberación sexual y social. Respecto a esto, uno de los reproches que se le hacían a Femen (y que, por lo que se comenta en el documental antes citado, parece confirmarse que así era) es que las activistas seleccionadas para el grupo eran siempre chicas jóvenes y atractivas, lo que ya de por sí resultaba sospechoso. Pero tampoco me extrañaría que, aunque no hubiera existido esa selección, de todas maneras pocas de sus activistas fueran mujeres maduras o con cuerpos imperfectos (que también hay chicas jóvenes que tienen los pechos caídos; no habría que aclarar esto si no fuera porque desde que se inventaron los implantes de silicona parece que buena parte de la sociedad lo ha olvidado :P). Aparte del tabú social sobre la desnudez, la presión social sobre el aspecto físico de las mujeres sigue siendo tan fuerte que muchas todavía nos avergonzamos de mostrar nuestro cuerpo en público si no es perfecto; yo misma nunca he hecho topless, por ejemplo. Así que, por paradójico que parezca, enseñar los pechos podría ser una forma más de liberación femenina.

En fin, no tengo del todo clara mi opinión sobre las Femen, porque hay muchos argumentos a favor y en contra de sus actuaciones. En cualquier caso, no me importa tanto que una mujer proteste contra el machismo en bolas o vestida de lagarterana. Mientras tenga claro por qué lo hace y, sobre todo, lo haga por su propia voluntad y de forma que no se pierda el respeto a sí misma y a las mujeres en general, ya es algo.

jueves, 12 de diciembre de 2013

La sartén por el Mango


Desde hace unos días se ha desarrollado una polémica acerca de una línea de ropa recién sacada por la cadena Mango de la que ésta no dice expresamente que sea de tallas grandes, pero el hecho de que abarque desde la talla 40 hasta la 52, que no son tallas habituales en sus tiendas, da a entenderlo. En principio no debería ser malo que Mango empiece a vender tallas más grandes de las que suele comercializar, pero el hecho de que en una línea que parece más enfocada hacia esas tallas grandes se hayan incluido tallas que se consideran normales, como la 40 y la 42, es lo que más ha molestado. ¿Están dando a entender que una mujer que usa una talla 40 ya tiene sobrepeso? 
 
 
Ella no podría comprar en Mango
Esa cuestión es la que más debate ha suscitado, pero a raíz de otros comentarios, como el de este blog: Os consideran inferiores, me he dado cuenta de que nos quedábamos en la superficie del problema nada más. Ya hace tiempo, en este mismo blog, me quejaba de la poca variedad que hay de ropa para embarazadas, ya que la sufrí en mis propias y redondas carnes cuando estaba embarazada de mi hijo. Aunque a mí me parece que por falta de clientela no será, algunas personas me dijeron que a los fabricantes no les merecía la pena esforzarse en producir más variedad de prendas. Si te conformas con apañártelas con tres o cuatro cosas, porque, total, para unos pocos meses que las vas a usar, ¿por qué te vas a complicar la vida y a gastarte un pastón?, pues ellos lo simplifican más aún, y eso que ganan en ahorro de costes. Sé que es posiblemente una forma muy simplificada de contemplar el problema, y no tengo todos los datos disponibles ni soy una experta en el tema. Quiero que esto se entienda como las reflexiones de una lega en la materia, pero que está tan interesada como cualquiera, porque me afecta como a todos.

Ella tampoco, pero porque no le pagan lo suficiente
Creo que de ahí viene toda la cuestión: lo que los empresarios quieren, desde siempre, es conseguir el máximo rendimiento de sus productos con la mínima inversión. Y esto se extiende a todos los ámbitos: desde la producción en países tercermundistas, en los que millones de personas producen en masa productos de calidad mínima a cambio de salarios de miseria en condiciones de esclavitud (y no creo que ninguna multinacional, y por supuesto dentro de esas multinacionales ninguna cadena de tiendas de ropa, se salve de la quema), hasta la venta de esos productos, por los que te cobrarán el máximo precio posible, o al menos un precio que a ti te parecerá asequible para que piques más fácilmente pero seguirá reportándoles ganancias, pasando por el diseño de dichos productos, que busca minimizar y rentabilizar todo lo posible esos gastos de producción: patrones muy simples que no contemplan variaciones antropométricas para no tener que complicar la producción, tejidos de baja calidad y por tanto más baratos, y, por supuesto, pocas tallas disponibles, para que seas tú quien se moleste en embutirse en la talla que más cercana esté a la forma real de tu cuerpo, en vez de producir más variedad de tallas a riesgo de que algunas se vendan en poca cantidad y den menos ganancias.

Me diréis que eso no explica por qué, si se trata de fabricar las menos tallas posibles y que nos adaptemos a ellas (en lugar de al revés, como sería lógico), se fabrican más precisamente las tallas que aparentemente menos se usan, esto es, las pequeñas. ¿No sería lo normal que, ya que, por constitución y por la vida sedentaria que llevamos, la mayor parte de las mujeres (hablo de mujeres porque son las que más dinero gastan en ropa habitualmente, aunque es una generalización, por supuesto) tenemos más tendencia al sobrepeso que a la delgadez, se fabricaran más tallas grandes que pequeñas, para que las empresas tuvieran más mercado disponible al que vender sus productos? Ah, pero no se trata simplemente de vender, o de vender más. Hay que convencer a la gente de que tiene que comprar, de que lo necesita, de que lo DESEA. Está en la naturaleza humana desear lo que no se tiene. Así sucede que, en épocas de escasez (es decir, durante una buena parte de la historia de la humanidad) las mujeres eran consideradas más deseables si estaban más entradas en carnes, y ahora que en el primer mundo ocurre al revés y la abundancia de alimentos propicia la gordura, lo raro, y por tanto lo deseable, es la delgadez. Así pues, si la mayor parte de las mujeres desean estar delgadas, los fabricantes producirán más tallas pequeñas, para que las mujeres las compren, quepan o no en ellas: si no caben, ya harán lo posible por caber. De paso, también otros fabricantes y empresarios hacen negocio con productos de adelgazamiento, gimnasios, etc. Una mujer satisfecha con su cuerpo probablemente no tenga tanta ansia por comprar ropa, porque ya está contenta con la que tiene, ya que se ve bien con ella. Y si la ropa es de buena calidad, se puede tirar años sin comprarse prendas nuevas.

Eso no interesa, por supuesto. Para que la maquinaria consumista funcione, tenemos que mantenernos permanentemente ansiosas por comprar lo que creemos que nos va a favorecer, aunque a la hora de la verdad no sólo no nos favorezca sino que nos siente como el culo. Imagino que también el cambio de modas a toda velocidad está relacionado con eso. De hecho, en los últimos años se ha disparado a extremos ridículos: como ya no se producen apenas ideas nuevas, se han ido reciclando sucesivamente los años setenta y ochenta en cuestión de unas pocas temporadas, y ya estamos empezando a reciclar los noventa, que ya reciclaban a los setenta... Dentro de dos temporadas, vaticino que se llevarán los miriñaques combinados con casacas rusas repletas de tachuelas, o alguna mezcla semejante. En cualquier caso, se trata de crear constantemente nuevas “necesidades”. Dentro de eso, el promover un modelo estético basado en la delgadez es un mecanismo más para conseguir que la maquinaria consumista siga rodando. Lo peor de todo es que ni siquiera han tenido que inculcarlo descaradamente; no hace falta buscar teorías conspiranoicas sobre diseñadores homosexuales que odian a las mujeres y chorradas semejantes. La semilla de la insatisfacción está en nuestra propia naturaleza, y los comerciantes, sean grandes o pequeños, sólo tienen que explotarla a su favor.

Entonces, me diréis, ¿qué hacemos? ¿Renunciamos a comprar ropa y nos la fabricamos nosotros mismos? Cada vez hay menos gente que sepa confeccionarse su propia ropa, o que no tiene tiempo para ello porque ya están ocupados con sus trabajos todo el día (el que aún lo tiene, claro). ¿Recurrimos entonces al pequeño comercio y a los artesanos que producen su ropa de forma más artesanal, ética y ecológica? Ah, pero cuesta más producir ropa de esa manera y por lo tanto sale más cara, y no sólo es posible que no nos la podamos permitir, es que aunque pudiéramos ya nos hemos acostumbrado a los precios de saldo de las tiendas de chinos, o a las rebajas de las tiendas de ropa de las cadenas más conocidas, y pagar más por una prenda, aunque sea de mejor calidad, ya se nos antoja un abuso, tan mal acostumbrados estamos a no valorar el trabajo. Por cierto, que la situación está a punto de dar otra vuelta de tuerca, si las previsiones se cumplen y no hacemos nada para evitarlo: dado que el fin último de la crisis y las reformas laborales y sociales que se han legislado en los últimos años para, en teoría, solucionarla, parece que es que nos convirtamos en otro país productor al estilo chino, con obreros no cualificados, el futuro de los españoles se perfila como el de unos canis con aspiraciones a poder volver a consumir como pijos de antes de la crisis: la situación perfecta para mantenernos atrapados en una espiral de consumismo low cost, dando vueltas como hámsters que corretean encerrados en sus bolas sin llegar a ninguna parte, agobiados como están sin ver más allá de su minúsculo horizonte. Todo está calculado, todo encaja.

¿Cuál es la solución, entonces? Lo de tirarse al monte nos tienta a muchos, pero a la hora de la verdad muy poca gente está dispuesta. Pero tampoco nos sentimos cómodos dejando que el sistema siga como está. No puedo daros una solución, desde luego. No estoy capacitada para ello, poca gente lo estaría; hay tantos factores implicados que la situación es demasiado compleja para resolverla de un plumazo. Es más, seguro que podéis rebatirme con argumentos mucho mejor razonados que los míos lo que he escrito a vuelapluma en dos ratos que he tenido libres. Pero creo que, por lo pronto, podríamos empezar por preocuparnos menos por la talla que usemos. Es mejor para nosotros en todos los sentidos, y será un eslabón menos que añadir a la cadena consumista.