lunes, 7 de abril de 2014

El de las sábanas blancas


Me encanta ir al cine. Por motivos obvios, desde que nació Eric sólo he vuelto dos veces, pero aun así sigue siendo uno de mis pasatiempos favoritos, aunque desde hace años lo practique mucho menos. Cuando era jovencita iba muy a menudo; mis amigas y yo tuvimos una temporada en la que, por sistema, íbamos todos los domingos a alguno de los cines cercanos a nuestro barrio, elegíamos la película que más nos llamaba la atención y probábamos suerte. Nos tragamos algunos truños sin pretenderlo, pero también descubrimos maravillas como Atrapado en el tiempo (o sea, El día de la marmota) por casualidad. Mi cine de referencia era el Excelsior. Estaba situado en la Avenida de la Albufera, la arteria principal de Vallecas, y, aunque no fuera especialmente relevante desde el punto de vista arquitectónico, poseía una fachada interesante del estilo de los años 50 en que fue construido y, sobre todo, una de esas inmensas salas de butacas con palcos y gallinero que tanto echo de menos. Allí he visto las películas que me marcaron en la infancia, como E.T., y he asistido desolada a su cierre y al maltrato al que le han sometido posteriormente. En este blog podéis leer su historia si os interesa y ver el progresivo deterioro que ha sufrido; no han respetado ni la fachada, que ya digo que no es que fuera espectacular pero tenía su aquel, y primero la dividieron de mala manera entre un supermercado y un gimnasio, para acabar alicatando la fachada hasta hacerla irreconocible y convertirlo en una tienda de chinos:



Ya sé que los tiempos cambian, que hay que evolucionar, y que no todos los cines eran obras de arte de la arquitectura, y en muchos sus condiciones eran muy mejorables. Si no recuerdo mal, El día de la bestia (ya van dos entradas del blog que cito una película de Álex de la Iglesia, ¡ja, payo, dame argo!) la vi en el cine Bogart, y sus diminutas butacas rivalizaban en incomodidad con las del Arlequín, en la que vi La buena estrella, de Ricardo Franco. También es muy común en los cines antiguos, sobre todo en aquellos cuyas salas son pequeñas (como los Princesa de la plaza de los cubos) que no haya apenas inclinación en el suelo, con lo que ya puedes rezar para que no se siente un cabezón delante de ti. En fin, que también nos hemos acostumbrado a la comodidad de los grandes multicines como el Kinépolis, con salas gigantescas, imagen digital en pantallas enormes, sonido envolvente de la hostia y unos sillones que no sabes si vas a despegar con ellos a la luna o a dormirte la siesta de tu vida.

Pero hay una diferencia con respecto a los cines de antaño. Obviamente, la exhibición de películas en pantalla grande siempre ha sido un negocio. Pero en los últimos tiempos se ha exacerbado la dimensión mercantil, de modo que si vas al cine más de dos veces al mes y no aprovechas el día del espectador (que ya no existe en todos los cines) tu presupuesto mensual corre peligro. ¿Exagero? En Madrid la media del precio de la entrada de cine es de unos 8 euros, pero si te vas al Kinépolis (lo cito porque, por casualidades de la vida, es el que más cerca me pilla de casa), por ejemplo, ya son 10, y más o menos por esa cantidad te puede salir un combo grande de palomitas con sus respectivos refrescos. Yo puedo pasar de las palomitas, pero ahora pensad en una familia estándar (papá, mamá y dos churumbeles) y multiplicad por el precio de las entradas y las palomitas (porque los churumbeles sí que no pasan de las palomitas). En fin, nada que nadie no sepa a estas alturas. Pero algo debe de haber pasado para que, cuando era una joven estudiante con una exigua paga, pudiera ir al cine todas las semanas sin problema, y ahora me lo tenga que pensar. Mientras, los antiguos cines cierran y son reconvertidos en cualquier otro negocio, sin respetar siquiera su integridad arquitectónica. Ese peligro corre de nuevo el Palacio de la Música:


Es otro cine en el que vi algunas películas antes de que lo cerraran, como Entrevista con el vampiro. El proyecto inicial era devolverlo a la función para la que fue inicialmente construido, la de auditorio, lo cual me parecía una excelente idea. Pero ese mercantilismo arrollador que se ha exacerbado en estos tiempos de crisis ha poseído también al consistorio madrileño y a nuestra excelentísima se la suda mucho lo que hagan con un edificio emblemático mientras le suelten pasta. Ya lo hicieron con el Avenida, que se situaba a escasos metros. Total, si no han respetado en absoluto un cine con menos entidad pero con cierta relevancia como era el Excelsior, y lo mismo han hecho con otros muchos cines del resto de Madrid, ¿para qué van a respetar tampoco los cines de la Gran Vía, por muy significativos que sean? Me da la impresión de que los que construyeron esos cines, aunque lo hicieran por negocio, sí que tenían cierta noción de que el cine también es un arte y merece un entorno acorde.

Hoy eso no tiene la menor importancia. La cuestión es que vayas a dejarte el dinero en entradas y palomitas a precios desorbitados. Para eso se hacen los blockbusters de Hollywood y los enormes multicines que los proyectan. Yo soy la primera que me encanta ver las pelis de los Vengadores, por ejemplo, en pantalla grande, porque para eso están hechas y me entretienen. Pero me da mucha lástima que para ver, por ejemplo, Kamikaze, de la que me han hablado bien, me plantee que es mejor verla en casa; haciendo cuentas, a veces te sale más barato comprarte el dvd de una película que ir al cine a verla, y las que no tienen efectos especiales parece que da igual verlas en pantalla grande o pequeña. El problema no está en que tengas varias opciones para elegir cómo quieres ver una película; lo malo es que a veces no te dejan opción realmente, porque los multicines casi siempre programan un tipo determinado de películas, las más espectaculares, ya que siguen ese razonamiento de que "si no tiene efectos especiales, da igual verla en pantalla grande o pequeña", y porque los cines de barrio prácticamente ya han desaparecido. Así que al final sólo quedarán los grandes multicines a los que hay que acudir en coche para ver esas películas de superhéroes, y el resto, a verlas en casa en tu dvd o blu-ray, si es que sale rentable editarlas en ese formato. Y los viejos cines, convertidos en tiendas de ropa fabricada por niños asiáticos. Antes, los cines rivalizaban por tener la pantalla más grande para ofrecer los sueños más gigantescos. Ahora, cuanto más grande es esa pantalla, más pequeño es el cine.