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domingo, 15 de marzo de 2020

Esas parejas felices


Ya sabéis que mi inspiración funciona a impulsos. Hace poco descubrí que mi mente funciona así en general: por lo visto hay dos tipos de personas, dependiendo de la forma en la que piensan. Están los que lo hacen en forma de monólogo interior, escuchando una voz en su interior que está constantemente parloteando (debe de ser agotador), y otros pensamos más en términos abstractos e imágenes. Me da la impresión de que esa forma de pensar debe de ser más propicia a la asociación de ideas porque el flujo de imágenes y conceptos es más rápido, tanto que a veces esas asociaciones se desbordan y yo misma flipo de cómo puedo llegar de una idea a otra que no tiene nada que ver con la inicial. Hoy, por ejemplo, en un momento dado que pasaba por el salón, estaba la tele puesta y en una pausa publicitaria en medio de la información constante sobre el coronavirus con la que nos bombardean (y no, no voy a hablar del coronavirus, tranquilos: en parte por eso estoy escribiendo esta entrada, para pensar en algo que NO sea ese puto bichito que si se cae de la mesa se mata -y si has pillado esa referencia eres tan viejo como yo y te jodes-), saltó un anuncio de un programa en el que por lo visto actúan niños y jóvenes prodigio, y un chico cantaba “Torna a Surriento”, con una estupenda voz, debo decir. Me entraron ganas de escuchar la canción completa, me puse una lista de ópera que tengo en Spotify, y de ahí saltó a otros temas y arias que tengo en esa lista, uno de los cuales era de Rigoletto, que es, de las óperas que he visto, la que más me gustó, entre otras cosas porque el protagonista no es un tenor sino un barítono (adoro las voces graves), lo que es poco común en ópera. Supongo que Verdi asignó el papel protagonista a un barítono porque el personaje es un hombre ya maduro; eso conduce a otra circunstancia tampoco muy común en la ópera, y es que los protagonistas no son la típica pareja de enamorados (aunque es verdad que los argumentos de las óperas pueden ser muy variados). Para mí eso es otro atractivo de esta ópera, porque, la verdad, la mayoría de las parejas protagonistas de óperas y musicales me aburren con sus historias apasionadas, trágicas y bastante lerdas. Me aburren mucho. Algunas se me hacen especialmente odiosas: por ejemplo, la parejita joven de Sweeney Todd, que en la película de Tim Burton, además de ser ñoñísimos, dan una grima insuperable. Tampoco se quedan muy atrás Cosette y Marius de Los miserables: no sé si me da más rabia ella por pavisosa o él por intensito y revolucionario de pastel. Que, en realidad, no son los protagonistas de la historia, por suerte, pero parece que hay que cubrir la cuota de moñismo y por eso los han plantado ahí, pese a que son unos puñeteros parches que no pegan ni con cola y si desaparecieran de la trama nadie los echaría de menos.
 
Góticos, no. Emos. Muy emos. Cada vez que él abre la boca para cantar "Johanna" quiero que Sweeney lo degüelle.
En fin, que ese tipo de parejitas “románticas” no me gustan. Y por fin llego al tema de esta entrada (ya os dije que mis asociaciones de ideas pueden llegar a destinos muy locos y apartados de la idea original): las parejas de obras de ficción que sí me gustan. No siempre son las protagonistas, pero son las que le dan vidilla a la historia y desde luego suelen representar modelos de relación bastante más sanos que el de las típicas parejas protagonistas. Así que procedo a enumerar algunas de mis favoritas: 

-Little John y Fanny, de Robin Hood, príncipe de los ladrones. La verdad, a mí Kevin Costner nunca me ha llamado la atención. Ni fu ni fa, funiculí, funiculá (se me ha pegado el rollo operístico). A mí de esta película lo que más me gusta con diferencia es Alan Rickman, por supuesto, seguido de esta estupenda pareja de secundarios que me dan un buen rollo fantástico. Los dos son unos brutotes encantadores que deben de darle al ñiqui ñiqui que da gusto porque tienen ocho hijos y unas caras de felicidad que dan ganas de pellizcarles los mofletes hasta hacerles pupa. Y, sobre todo, son, antes que nada, compañeros, colaboran y se respetan mutuamente como iguales. Para muestra, esta escena con la que me parto y me muero de ternura por la forma en que ella le dice “Hello, my lover” mientras balancea las piernecitas. Si es que hay que quererlos.
 


(Sí, he tenido que subir un vídeo que he grabado yo misma con el móvil porque soy así de cutre y porque no he encontrado esta escena por separado en el Intenné).


-Lady Sybil Ramkin y Samuel Vimes. Por origen, circunstancias y carácter no pueden ser más diferentes, y sin embargo encajan maravillosamente. Su historia ya comienza desde la primera novela de la Guardia Nocturna de Ankh-Morpork de las novelas del Mundodisco de Terry Pratchett, y se va desarrollando de fondo a lo largo de las siguientes novelas, mientras Vimes va desvelándose como uno de los mejores personajes de Pratchett, que ya es decir. Lady Sybill no deja de ser un personaje secundario, pero muestra una personalidad tan firme como adorable. Lo que me gusta es que el profundo amor, respeto y admiración que sienten el uno por el otro parten precisamente de lo distintos que son, porque esas diferencias que los definen les han hecho ser, cada uno a su particular manera, auténticos en el mejor sentido de la palabra. Los quiero mucho a los dos y me encantaría que me adoptaran. La verdad es que Pratchett solía crear unas parejitas muy majas: Moist von Lipwig y Adora Belle Dearheart son también una pareja muy singular, Magrat Ajostiernos y Verence II de Lancre son para ponerlos de adorno encima de la tele… y, a su manera (y con la contribución de Neil Gaiman, of course), Aziraphale y Crowley también son muy cuquis.
 
¿Qué le dijo al oído? Eso sí que es un misterio sin resolver
-Mary Kate Danaher y Sean Thornton: qué puedo decir, adoro esta película y a sus protagonistas. Sin ser especialmente fan de John Wayne, creo que en esta película está estupendo, pero Maureen O’Hara se come la pantalla directamente. Los dos recrean a unos personajes geniales, igual de fuertes, cabezotas y carismáticos, que consiguen comprenderse y aceptarse el uno al otro tal como son, aunque al principio les cueste porque sus circunstancias han sido muy diferentes. Los dos aprenden a ceder cuando se dan cuenta de que sus cabezonerías les pueden perjudicar a sí mismos y al otro, pero no dejan de lado sus convicciones y consiguen una unión más fuerte que los puñetazos que se pegan Sean y su cuñado. Me los imagino treinta o cuarenta años después, tras haber tenido siete hijos e hijas más fuertes que una manada de bueyes irlandeses, discutiendo por un quítame allá ese rosal o me has manchado la alfombra de cerveza, para acabar dando un paseo cogidos de la mano. Absolutamente adorables.

-Leia Organa y Han Solo: no voy a decir nada que no sepáis. Aunque la nueva trilogía de secuelas de Star Wars nos ha roto parte de la magia (como decía un amigo mío, vivíamos contentos con la convicción de que Leia y Han eran felices y comían perdices para siempre, y tuvo que venir Abrams a cortarnos el rollo), para mí seguirán siendo ese sinvergüenza y esa princesa rebelde en permanente tira y afloja que a pesar de todo terminan felizmente con ese mítico “I love you – I know”. Mi corazón se quedó con ellos en Endor, y ahí vive feliz entre secuoyas.
 
Ays. Mira, yo ya.
En fin, no me enrollo más. Espero que este post haya servido para entreteneros un rato y daros sugerencias en forma de libros, películas, etc., para pasar la cuarentena menos aburridos. Salud y buenos alimentos, como diría Rosendo 😊.


viernes, 3 de enero de 2020

Café klachtiano


Esta noche he visto Klaus, la película de animación, y me ha gustado mucho. Es muy bonita, se agradece ver un tipo de animación con una estética distinta a la de Disney para variar y transmite un mensaje simple y reconfortante. El día anterior vi Los dos papas, la película sobre Benedicto XVI y su sucesor, el papa Francisco, de la que el Vaticano estará contento porque es muy buena publicidad para el actual papa, pero también es verdad que es muy buena película y, si non è vero, è ben trovato. El caso es que las dos basan sus historias en parte en el mismo hecho: la creencia en seres imaginarios, y me parece curioso que hayan coincidido más o menos en el mismo tiempo y que las dos me hayan hecho disfrutar mucho al verlas, sin ser creyente ni nada de eso yo.
- Así que está complicada la cosa en la diócesis de Desembarco...
- ¡Buf! No lo sabes tú bien, está que explota.
En Papá Noel, evidentemente, hace muchísimos años que dejé de creer, y en Dios hace algunos menos, pero también bastantes. De niña sí creía, claro. En mi generación, aunque hay algunas (muy escasas) excepciones, normalmente era impensable que no te educaran en la religión dominante: me bautizaron, hice la comunión porque era lo que había que hacer, y aunque después de eso apenas volví a pisar una iglesia, seguí sintiéndome creyente durante unos años más, entre otras cosas porque en el instituto tuve un profesor de religión, José Luis, uno de esos curas progres de los que ya no quedan, que se tiraba mucho el rollo y en vez de enchufarnos aquel vídeo ultra gore sobre el aborto que tanto proliferó por los institutos en los años 80 y 90 nos ponía El muro de Pink Floyd, le gustaba el heavy (se había aficionado gracias a los Stryper) y, sobre todo, era un hombre bueno y razonable con el que podías hablar de todo sin que se escandalizara y te juzgara. Gracias a él y a unos pocos ejemplos más sé que hay gente buena y decente dentro de la Iglesia, igual que tengo algunos amigos creyentes que son sinceros en su fe y que ésta les ayuda a ser mejores personas. Por eso, cuando he visto Los dos papas, he sentido un poco de pena mezclada con el buen sabor de boca que te deja al final la película, porque me ha provocado cierta nostalgia por aquella fe que perdí hace tanto. Cuando todavía me reconfortaba pensar que existía un ente superior que podía escucharme y me importaba lo que un señor vestido de blanco pudiera hacer o decir, ya que pensaba que tenía verdadero poder para contribuir a eliminar lo malo que hay en el mundo en nombre de ese ente superior.  Sí, yo fui otra víctima de Las sandalias del pescador. Echadle las culpas a Anthony Quinn, el hombre que, como decía mi padre, podía interpretar cualquier papel, hasta de mierda, y hacerlo magistralmente.
 
Pero poco a poco fui dejando de tener fe. No mucho después de dejar el instituto ya me empecé a plantear si creía de verdad o sólo creía que creía. Durante bastantes años me consideré agnóstica, pero al final llegué a un punto en el que me pareció que el agnosticismo no era más que una excusa para no admitir que en realidad no creía en ninguna entidad superior, porque admitir eso da un poco de vértigo cuando es lo que te han estado inculcando desde siempre y porque, la verdad, dejar de creer en que hay una especie de padre que te sigue ayudando desde arriba aunque ya seas adulto y admitir que no habrá otra vida más allá de la muerte acojona un poquito. Ya eres adulto, no puedes esperar ayuda ni tampoco vas a poder corregir tus errores, la vida no tiene control+z. Es una putada, pero como buena hobbit soy más bruta que un arado y prefiero la verdad aunque duela. Y joder que si duele. A veces desearía ser más crédula, pero no puedo, no me sale. Qué le voy a hacer.
 
Así que no hay dios, no hay papá Noel, los Reyes son los padres y el amor verdadero es más difícil de encontrar que un votante de Vox que sea buena persona. Y encima no me gustan los bocadillos de cordero, mecachis en la mar. No sé quién será el cabrón que me echó unas gotas de café klachtiano en la copa, pero me jodió más que si me hubieran echado burundanga. En fin, ya no tiene remedio.
 
Hablando de café klachtiano, me acuerdo cada vez más a menudo de Terry Pratchett. Él se había tomado la cafetera entera, pero le salvaba su sensibilidad extraordinaria y su profundo amor por la vida a pesar de todo. Donde más lo noto es en los libros de Tiffany Dolorido. Sí, esos que en teoría están destinados a un público más juvenil. Ja. Mis ovarios, juvenil. Que sí, claro que lo pueden leer lectores adolescentes (es más, deberían), pero cada libro tiene más cargas de profundidad que el anterior, y con ellos se puede aprender más sobre filosofía y sobre la condición humana que con el programa entero de filosofía de Bachillerato (si es que no la han quitado ya del currículum). La relación que mantienen Tiffany y Yaya Ceravieja es especialmente ilustrativa al respecto. Mi segunda bruja favorita (la primera es Tata Ogg, yo quiero ser como Tata de mayor; de momento ya he tenido un señor Ogg y he ganado unos cuantos kilos, ahora me faltan otros dos señores Ogg y unas merendolas y cervezas más, estoy en ello. Me refiero a las merendolas y a las cervezas, lo de más señores Ogg lo veo chungo), que a primera vista parece una misántropa de mucho cuidado, enseña a Tiffany, más con la práctica que con las palabras, que la tarea de las brujas, lejos de conseguir más poder para dominar a los demás, es ayudar a la gente, incluso a pesar de que la propia gente muchas veces no se lo merezca. No porque espere una recompensa de esas personas a las que ayuda, ni de un ente superior que te vaya a premiar por haber sido buena. Es lo que hay que hacer, y punto. Porque si no, el mundo se va a la mierda, y a pesar de todo lo malo que hay en él, merece la pena. No estoy hablando siquiera de karma, no creo en el karma, ni en esta vida ni en la otra (que ya hemos quedado en que seguramente no exista). Pero sí creo que es necesario cierto equilibrio y debemos respetarlo. Y que ese mismo equilibrio propicia que a veces sí se produzca cierta justicia, aunque sea sólo poética. Muy pocas veces ocurre, pero sí. En ocasiones discuto con mi madre porque ella no concibe el ateísmo, piensa que “en algo hay que creer”, y yo no pienso igual que ella. No pienso que haya que creer en una entidad superior que nos ha puesto aquí porque le ha salido de sus santas gónadas o que nos premie o castigue según nos portemos. Pero sí creo en el amor: no me refiero al tópico romántico, sino al que de verdad te llena y da sentido a la existencia. Yo lo he conocido sobre todo gracias a mis hijos, otros gracias a su familia, a sus amigos, a su pareja, a lo que de verdad les importa. A la vida, en general. Somos lo que somos, no tenemos más. Ni menos. Con eso ya es suficiente. No lo desaprovechemos.
 
Feliz 2020, y los que vengan.

viernes, 13 de marzo de 2015

No hay justicia

Ya lo sabréis a estas alturas, por desgracia. Ayer, 12 de marzo de 2015, Terry Pratchett murió. No por esperado duele menos. Tampoco voy a contar nada que no sepáis ya, ni mi humilde esquela aportará nada nuevo ni especialmente inspirado. Habrá homenajes mucho mejores que el mío, pero necesito dejar constancia de lo importante que era para mí. A muchos les resultará absurdo, incluso ridículo, que alguien a quien no conoces personalmente llegue a ser tan influyente en tu vida y que te duela tanto su ausencia. Posiblemente, son los mismos que tampoco entienden por qué puedes llorar por tu gato y no lo haces por un familiar tuyo (con el que posiblemente no tenías contacto desde hace años ni nada en común salvo la sangre, pero eso parece que no se tiene en cuenta). En fin. Seguro que a sir Terry se le ocurriría algún aforismo genial sobre eso, pero el problema es que ya no está aquí para hacerlo. Por boca de uno de sus mejores personajes, si no el mejor, la mismísima Muerte, ya él mismo constató que no existe la justicia, sólo Ella. Por eso se nos ha ido tan prematuramente uno de los mejores escritores contemporáneos. Pero de eso la Muerte tampoco tiene culpa, sólo hace su trabajo. Lo malo es que es jodidamente buena haciéndolo.


La cosa es que no se trata sólo de que Pratchett combinara magistralmente humor con fantasía, o que tuviera una imaginación desbordante que le permitiera producir cerca de cuarenta novelas desde que publicó El color de la magia en 1983. Ni siquiera que éstas fueran tan entretenidas que, en mi caso, fui capaz de zamparme casi todas en cuestión de meses sin intercalar otras lecturas entre medias cuando me vine a vivir con el que hoy es mi marido que, oh, ventura, es devoto lector de Pratchett (otro motivo más para amarle, of course). Ya había tenido el gusto de leer varias de sus novelas antes, pero aquella inmersión en el Mundodisco y alrededores me hizo fan absoluta del hombre del sombrero. No obstante, eso no es lo principal. Para mí, lo principal es que, bajo todas esas historias hilarantes, bajo toda esa exuberancia narrativa, subyace un análisis de la naturaleza humana que, al menos a mí, me ha hecho reflexionar mucho más que cualquier tratado filosófico. Y, sobre todo, late una profunda emoción, un amor por la humanidad tan consciente de que la humanidad no se merece ese amor como resignado a existir porque, a pesar de que la lucidez y el café klatchiano se empeñan en mostrarnos que los humanos no tenemos remedio, hay una pizca de bondad en el fondo que justifica que la lucha deba continuar. Porque Terry Pratchett era uno de esos escasos seres humanos que demuestran que, en realidad, las personas verdaderamente inteligentes no son malvadas. No, los que nos gobiernan, los que rigen los destinos del mundo, desde su escaño en el congreso o desde su sillón en el despacho de las oficinas de su gran multinacional, generalmente son inteligentes a su manera, pero les falta la auténtica sabiduría. Lo que pasa es que esa falta de sabiduría la suplen con astucia, descaro y egoísmo. Los auténticos sabios son dolorosamente conscientes de la maldad humana, de lo frágil que es la vida, y sienten una empatía con sus semejantes que les incapacita para luchar por el poder, porque eso implicaría volverse malvado y ruín, y acabarían dañando a los demás. Por eso va el mundo como va. Pratchett lo sabía, y nos lo enseñaba a cada nueva novela que escribía. Ya no podrá hacerlo más, y es casi lo que más me duele, saber que cuando termine de leer las novelas que tengo pendientes aún (si no me equivoco, me quedan las últimas cuatro o cinco de Mundodisco, la trilogía del Éxodo de los Gnomos, y creo que un par más) ya no habrá más. Aunque seguramente las disfrute tanto como todas las demás, ahora no podré evitar sentir un poco de amargura cuando las termine. Pero siempre podré releerlas (es más, seguro que lo haré, y con algunas no será la primera vez). Al menos, mientras queden personas que quieran leer sus libros, Terry Pratchett seguirá vivo en sus páginas.

Muchas gracias por todo, señor Pratchett. Le echaré de menos.