martes, 5 de julio de 2016

Operación Bikini


Muy buenas. Hoy toca tochopost (diréis: "ja, como siempre" XD); si sois capaces de aguantar hasta el final, os espera un regalito para vuestra vista. No digáis que no os avisé, ni tampoco que no os cuido.



En fin, a lo que iba. Gente, os presento a Barriga. Barriga, ésta es Gente. No, no estoy embarazada otra vez. No, no soy Kwuato. No, tampoco soy una boa ni me he tragado un elefante. Sólo es Barriga. Barriga lleva acompañándome prácticamente toda la vida. De pequeña no era consciente de su presencia, pero comencé a serlo en la adolescencia. Mucho. No era el único de mis complejos, pero sí el que arraigó con más fuerza. Sin demasiado motivo, la verdad, porque entonces Barriga era pequeñita y discreta, pero ya sabéis, los complejos son a la adolescencia lo que los gritos a las tertulias televisivas de este país. Una mierda, vamos.

El caso es que con el tiempo gané algo de peso, y Barriga lo hizo conmigo. Es más, Barriga acumulaba volumen con una eficacia y un entusiasmo dignos de mejor causa. Mientras otras chicas acumulan grasa en glúteos y muslos, yo soy de las que lo hacen en el abdomen. Pero, a diferencia de la mayor parte de mujeres barrigonas, que adquieren forma de barrilete ya que la grasa se acumula equitativamente por todo su abdomen, Barriga siempre lo ha hecho de forma peculiar, acumulando la grasa de tal forma que se proyecta hacia delante, como la tripa de una embarazada. No es que fuera tan desagradable al principio, porque así conservé un poco la forma de la cintura y de frente Barriga pasaba casi desapercibida y hasta podía parecer que estaba buena :-P. Pero según fui ganando peso, Barriga hizo lo propio y comenzó la pesadilla de toda mujer con Barriga:

EMPEZARON A CEDERME EL ASIENTO EN EL METRO.

Venga, lo estoy esperando. Decidlo de una vez: “¡Qué suerte! Aprovecha para sentarte”.

Ya. Es fácil decirlo. Pero probad a sentirlo en vuestras propias carnes, nunca mejor dicho. Bueno, no, mejor no lo probéis, que el sobrepeso no es aconsejable.

En fin, supongo que otras chicas a las que les han cedido el asiento en el metro sin estar embarazadas me entenderán. El caso es que sientes una vergüenza tan injustificada como inevitable. Es la causa por la que renuncié a llevar vestidos de corte imperio, aunque me encantan. No hablemos del odio que le tengo a la moda de los años 90, cuando los pantalones de cintura baja y las camisetas ridículamente cortas eran omnipresentes y me las veía negras para encontrar ropa que: a) no me obligara a mostrar a Barriga y b) no pareciera que se la había cogido prestada a mi madre. De verdad, el revival de los 80 me salvó la vida :-P.

En fin, mi relación con Barriga siempre ha sido conflictiva. No negaré que me gusta la comida y he tenido temporadas en las que no me he cortado un pelo. Por otra parte, estando sana no tendría por qué cortármelo; realmente no tengo mucho sobrepeso (como diría Martirio, “y es que yo gorda no estoy / lo que yo tengo es barriga”). Ni siquiera tendría por qué estar dando explicaciones (y de paso os ahorraría el tostonazo). Menos aún después de dos embarazos que han producido su efecto natural: chicas, el cuerpo cambia. Hagas lo que hagas, salvo que tengas una naturaleza envidiable y francamente rara, o seas una de esas famosas que van a parir a una clínica privada por cesárea y les hacen de paso un 3x1 para quitar todo lo sobrante, tu cuerpo ya no volverá a ser el mismo. Que se lo digan a mi pobre ombligo.

El caso es que no me queda más remedio que convivir con Barriga. Visto que para reducirla a su mínima expresión debería matarme de hambre cual modelo de alta costura, con resultados igualmente antiestéticos, y que lo de embeber barriga como Ana Obregón en su posado veraniego tampoco es una opción porque tengo la manía de respirar, y de operarme ni hablemos, que ni tengo dinero ni gana ninguna porque me da mucho repelús desde que vi en la tele cómo se hace una liposucción, he asumido que somos compañeras inseparables, y hemos firmado un armisticio en el que acordamos que, mientras ella me deje atarme los cordones de las zapatillas, yo no la obligaré a sufrir por mis complejos. Un acuerdo privado que zanja un conflicto bastante absurdo, sobre todo comparado con preocupaciones un poco más prioritarias como criar a mis hijos, volver a trabajar (en condiciones dignas, a poder ser), y cosillas de ese estilo.

Pero, como buen conflicto interno, no podían faltar las injerencias externas. La última ha llegado por un flanco inesperado: hace dos fines de semana fui a la boda de unos amigos, evento para el cual me compré un vestido precioso y que me sentaba bien (¡milagro!), pero que propició observaciones de todo tipo sobre la conveniencia de usar una faja, no sólo para lucir mejor el vestido, sino porque, por lo visto, las fajas tienen el poder mágico de hacer desaparecer (no instantáneamente, eso sí) la tripa de las recién paridas. Es más, debería haberla usado desde el minuto cero del primer posparto, como hicieron las que me lo aconsejaban (mientras con la mirada me decían: “si no te hubieras abandonado a las consecuencias naturales de un parto, ahora no tendrías ese barrigón que debería estar prohibido por decreto ley”). En otras circunstancias habría contestado amablemente que me lo pensaría, mientras mentalmente las mandaba a tomar viento a la Farola de Málaga, porque Barriga y yo odiamos las fajas. Es un odio que nos viene de tiempos lejanos. Las chicas de la generación Dragon Ball y siguientes os librasteis de conocer un mundo en el que no existían las compresas extraplanas y los tampones mini, pero las que somos de la generación Pippi Calzaslargas para atrás sufrimos en nuestra pubertad la maldición de las fajas que sujetaban las voluminosas compresas que se notaban, se movían y traspasaban. Si a la incomodidad opresora propia de la faja unías el dolor propio de tus ovarios menstruantes, el resultado era traumático. En cuanto aparecieron las compresas extraplanas, desterré la faja al fondo del cajón más escondido, decidida a no rescatarla de allí nunca jamás, como la reliquia de tiempos oscuros y ominosos que era.

Pero, como Terminator, la faja volvió. En realidad, nunca se fue. Debí haberlo sospechado cuando Bridget Jones la usó como arma de seducción para darse un revolcón con el capullo de su jefe, aunque a éste le pareciera tan bizarra y tróspida como a mí. Aunque su renacer triunfante lo tiene que agradecer sobre todo a las chicas latinas que siguen usándola para contener y remodelar sus curvas, ya que la publicidad de fajas en las corseterías suele ir dirigida a ellas. Así que la faja vuelve a ser un complemento imprescindible, y si no embutes tus lorzas en una para poder lucir palmito eres poco menos que una hereje.

El caso es que me pillaron con la guardia baja y pensé: “bueno, voy a probar por una vez, que ya puesta a lucir un vestido bonito...”. Resultó que la faja que al final me compré no es tan incómoda como las de antes, y hasta me vino bien porque me abrigó los riñones en la que resultó ser una noche fría, pero sigue sin convencerme de sus bondades. Ni te disimula la tripa cuando tienes un barrigón como el mío (como mucho, te la remodela un poco recogiéndote las lorzas y ya), ni me sigue pareciendo admisible con temperaturas como la de hoy mismo (hoy se esperan 36º C de máxima en Madrid). Tampoco hay acuerdo sobre si beneficia la reducción del vientre después del parto o al contrario. Y, sobre todo, me parece de lo más antiestética. Ya sé que hay gente para todo, pero a mí me da la impresión de que debe de bajar la libido a temperaturas dignas del palacio de Elsa en Frozen.

Como tampoco me apetece nada plegarme a otro mandato no escrito pero ampliamente difundido: si tienes barriga, y sobrepeso en general, no debes llevar bikini, sino bañador. Por ahí sí que no paso. Nunca me han gustado los bañadores; hasta cuando en mi adolescencia estaban de moda, llevaba bikinis. Son mucho más cómodos, sobre todo para ir al baño, sujetan mejor las tetas (ya sé que hay bañadores armados, pero son los que lleva tu abuela. O sea, NO), y no se te queda la tripa blanca como la de un burro. Yo es que ni me lo cuestionaba, vamos. Total, mi barriga se iba a notar igual, cubierta o descubierta. Hasta que hará un par de años me enteré de que, por lo visto, es anatema enseñar tripa si no la tienes plana, y que había un movimiento (principalmente en Estados Unidos, cómo no) que se rebelaba contra esa ley no escrita y reivindicaba el derecho de las mujeres gordas a llevar bikini como todo el mundo. La intención es buena; el problema es que ni por ésas parecen las chicas librarse del estigma del bañador, porque muchas lucen bikinis de braga tan alta que les cubre toda la tripa y casi se les junta con el sujetador, con lo que van tan tapadas como con un bañador y el bikini deja de tener sentido. Y para mí esas bragas altas son tan antiestéticas como las fajas. El caso es que tengo un bikini monísimo, que me compré el año pasado, naranja con lunares blancos y con una braguita normal que queda a la altura de la cadera, y no pienso renunciar a él. Así que ésa va a ser mi operación bikini: ponérmelo y meterme al agua. No hay más, chicas. Si he escrito este tochopost (enhorabuena si has llegado hasta el final, un poquito más abajo te espera tu premio) es, aparte de para exorcizar mis complejos, sobre todo para que no os dejéis dominar por los vuestros, las que los sufráis (ojalá que seáis pocas). Si yo puedo lucir mi barrigón en la playa o en la piscina, vosotras también podéis. Total, peor que yo no vais a estar, seguro. Y mucho más cómodas y fresquitas, también. Disfrutad del verano.



Ea. No me digáis que Michael Fassbender no es un premio para la vista. Espero que os compense la horrible visión que habéis tenido que soportar al principio :P


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