martes, 26 de febrero de 2013

Poesía eres tú


Ya advertí en su momento que no soy buena reseñista. Como filóloga, se supone que es algo que no debería costarme mucho esfuerzo, ya que en teoría adquirí mientras estudiaba las herramientas necesarias para analizar un texto. Pero es que no soy buena analizando en general, para qué lo voy a negar XD. Funciono mucho más por intuición, de modo que, modestamente, creo que no tengo demasiado mal gusto para reconocer la calidad, pero no atino a explicar por qué. Tal vez no debería preoocuparme por eso; el análisis literario es útil, por supuesto, para entender los mecanismos de la producción de una obra de arte, pero en última instancia no determina qué es lo que hace que un escrito tenga esa calidad de obra de arte. Si no, el arte no sería arte sino mecánica.

Es curioso, cuando estudiaba COU realicé entonces un trabajo sobre un poema de Vicente Aleixandre que me reportó alabanzas por parte de un par de profesoras. Debe de ser la única vez que he hecho un análisis profundo y bien argumentado de una obra literaria. Por supuesto, tenía fresco lo que habíamos estudiado sobre la poesía de Aleixandre, y encima había descubierto que sus poemas me gustaban; ayudaba el comprender mejor sus imágenes gracias a lo que me habían explicado en clase acerca de sus claves personales de escritura, pero también de por sí esas imágenes me resultaban muy evocadoras. Además, está el hecho de que Aleixandre es uno de los mejores poetas en lengua castellana :P. El caso es que cuando nos tocaba estudiar poesía, me solía gustar lo que leíamos, pero luego no tomé la costumbre de leer poesía por mi cuenta. Supongo que sobre todo porque parece más fácil leer narrativa que poesía, para la cual da la impresión de que necesitas más concentración. Se me hace raro leer poesía en el metro, por ejemplo, aunque creo que es más prejuicio que otra cosa.

Total, que por comodidad y también porque me gustan mucho las novelas y tampoco me sobra tiempo para leer todo lo que me apetezca, no leo apenas poesía. Pero no porque no me guste ni porque piense que es tiempo perdido. Hay gente que no le gusta la poesía; no me voy a meter en gustos, aunque no se puede negar que hay mucho prejuicio contra la poesía por culpa de la extendida creencia de que es una cursilada. Por desgracia, muchos malos poetas de foulard (os aconsejo, por cierto, que busquéis una noticia de El Mundo Today sobre un poeta que tuvo que ser rescatado hace poco por los bomberos de la presa de su propio foulard en el que se había enredado, es descacharrante XD) han contribuido a esa mala imagen. Pero a poco que uno lea poesía se da cuenta de que no sólo hay una gran variedad de estilos, sino que, sobre todo, la poesía realmente buena no tiene nada de cursi.

Por otro lado, mucha gente que no lee nunca poesía, sobre todo en el caso de la poesía contemporánea, alega que “no la entiende”, y por eso no la lee, porque, ¿para qué? Yo les diría que tampoco entiendo muchas veces exactamente qué quiere decir el poeta por culpa de esa falta de capacidad para el análisis que me aqueja, pero que en realidad eso no importa, porque no se trata de comprender racionalmente, sino de sentir. Y hay poemas que, cuando los leo, siento lo que dicen como algo con lo que me puedo identificar. De una forma irracional e intuitiva sé lo que quieren decir los poetas, o al menos lo asumo como algo propio. Ni siquiera sé si realmente pensaban expresar lo que yo he entendido, es muy posible que no sea así en muchos casos. Pero consiguen tocar algo dentro de mí, y eso es lo que cuenta. Así me ha ocurrido con la obra poética de alguien que conocí por casualidad en este volátil y azaroso mundo de Internet, y que me ha hecho volver a leer poesía. Hablo de Fernando López Guisado, cuyo último poemario publicado, La letra perdida, está a mi lado en este mismo instante, firmado por el propio autor. Lo leí hace poco en medio de una madrugada insomne; sería muy tópico decir que era el momento más adecuado, pero la verdad es que lo disfruté. En parte, porque compartimos claves generacionales que me hacen identificarme especialmente con sus poemas, con sus mínimas (sólo por extensión) historias de fracaso y redención, de amor y de muerte, de rutina cotidiana trascendida por una imaginación sin límite. Pero creo que cualquiera puede disfrutar de su lectura. Fernando es el perfecto ejemplo de poesía viva, certera, en las antípodas de la cursilería y que no sólo no se evade de la realidad sino que se hunde en ella y la analiza de una manera tan acertada, como un forense que diseccionara un cadáver putrefacto, que se pringa en su suciedad hasta darle la vuelta y extraer belleza de la podredumbre. Hay veces que una imagen suya te fascina porque te repele, como un cuadro de Francis Bacon; otras en que sientes el latido del horror cósmico que a todos nos ha podido asaltar alguna vez en esa hora perdida de la noche en la que todo duerme y sin embargo sabes que la bestia debajo de la cama sigue allí agazapada al cabo de los años, que nunca se fue aunque te aseguraran que cuando tú crecieras desaparecería. En otras sientes el desgarro del amor que lucha contra la muerte porque, aunque sepa que acabará perdiendo la guerra, tiene que luchar batalla a batalla porque no se puede hacer otra cosa. Y algunas veces sonríes con la boca sesgada, y hasta te ríes a carcajadas de una paradoja que tú también has vivido y que ridiculiza con la precisión del bisturí del forense. Para que os hagáis una idea, y con el permiso de Fernando, reproduzco dos fragmentos de dos poemas que me han gustado especialmente: 


“(...) Quiero que me mates cuando llegue el día en que no pueda
verte como entonces: con tu alma haciéndome todavía huir
de la locura afilada que rezuma enfermando los corazones
y provocando la náusea. No quiero ser un cangrejo incapaz
de llevar la boca a la cuchara (y me conformo sólo con llevarla),
de recordar un poema, o el nombre de mi abuelo, o la prueba
que me hicieron una semana antes para prorrogar la función.
No quiero gemir aparcado en un tiesto, ni volver a los pañales,
gritarle a cualquiera creyendo que quiere hacerme daño
(me hará daño) o que un familiar sea un extraño en el umbral.
Mátame, pero recuérdame que el paraíso está en ese coche, justo antes de casarnos (…).
Mátame mientras suena aquella cancion.”



“Quiero confesar que soy una mala persona. Soy el Rey de Amarillo.
Soy tu envidia, tu pecado de lujuria insana que no permitiría un dios
por muy indecente que fuera en sus premisas de libertad. Soy tú. (…)
Soy el Rey de Amarillo y quiero más:
probar el tacto de una espada hundida hasta el puño en una tripa, usar
diez veces más papel higiénico del necesario y abandonar la comida
en cualquier mesa procurando que quede todo lo más sucio posible. (…) Mear sobre
el rostro sollozante de la hipocresía de los que se dicen malditos.
Soy el corazón roto, el filo del cuchillo, la sangre y el rencor
almacenados en un tarro de kéfir en el fondo de la nevera. Quiero
confesar que son una mala persona aunque intento superarme.
Soy el Rey de Amarillo. Soy tu humanidad y he venido a quedarme.”


Podéis también echar un vistazo a su blog, Buenas Noches Nueva Orleans, que ya he citado más de una vez y en el que incluye tanto poemas de este poemario y de otros que ha publicado anteriormente o aún no publicados, como entradas tan oníricas como lúcidas sobre todo tipo de temas. En cualquier caso, leed poesía. De Fernando, de quien queráis, pero leed y maravillaos. 

PD: En cuanto pueda, sufriréis otra reseña, aunque se me dé fatal :P, en este caso de la última novela que he leído, El sueño de los muertos.

2 comentarios:

  1. Pedazo de reseña. Bella, inesperada, emotiva. Me ha encantado y me pilla en un momento muy sensible, así que buf... Muchas gracias amiga mía. Muchas gracias. Me alegro de que hayas compartido mis versos, que te hayan llegado al corazón.

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    1. Qué bien, me alegro de que te haya gustado tanto :D. Gracias a ti por tu poesía ^^.

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