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martes, 5 de noviembre de 2019

Te lo juro por los Silmarils


Últimamente sigo en Twitter a una tuitera muy graciosa, @_TheIronMaiden_ , tan graciosa como friki, que escribe unos hilos desternillantes, muchos dedicados a las películas de El señor de los anillos. Hace bastante tiempo que no las veo, pero gracias a esos hilos, además de partirme de risa, vuelvo a recordar detalles que tenía olvidados. Uno de ellos es la presencia de un personaje muy secundario, realmente un extra, que sin embargo consiguió una gran repercusión en Internet: Lindir, más conocido como Figwit. Si eres joven y no viviste la explosión internetera de cuando se estrenaron las películas, o no eres un frikazo como yo, te estarás preguntando: “¿Quién coño es Figwit?”. Me alegro de que te hagas esa pregunta, porque eso es justo lo que su nombre significa XD. 
Mira que eres Lindiiiiir, qué precioso eres
Me explico: en La comunidad del anillo, en la escena del Concilio de Elrond, entre los personajes que aparecen al fondo, casi todos elfos de Rivendel, hubo uno que por azar o porque Peter Jackson decidió ponerlo en esa posición resultaba bastante visible, pero no pronunciaba una sola palabra y se le veía tan lánguido que parecía una parodia del concepto de elfo tolkieniano. A algunos con mucho cachondeo en el cuerpo y bastante tiempo libre les dio por elucubrar sobre ese personaje, tan notorio como superfluo. Como no aparecía mencionado por ninguna parte, se les ocurrió llamarle Figwit, cuyas letras son las siglas de "Frodo is grea...who is THAT?!?". La coña se viralizó y el personaje cobró tanta relevancia que ya en El retorno del rey le dieron un par de líneas de diálogo: cuando Arwen, que marcha hacia los Puertos Grises, decide dar media vuelta y quedarse en la Tierra Media y Figwit, que forma parte de su séquito, haciendo honor a su reputación, le dice en un tono estudiadamente mustio: “Dama Arwen. No hay que demorarse. ¡Mi señora!”. La coña llegó a su punto culminante cuando le dedicaron un documental que está disponible en Youtube: Figwit Documentary y que incluso recibió premios, y por supuesto en El hobbit le volvieron a dar un papelito pequeño pero con algunas líneas de diálogo en la corte de Elrond y por fin le pusieron un nombre oficial: Lindir, un elfo que es mencionado en la obra original de Tolkien cuando Frodo llega a Rivendel.
Malditos enanos. Mira, de verdad, esto no está pagao.
Supongo que la coña tuvo tanto éxito entre otras cosas porque, como veis, Peter Jackson y compañía la aceptaron y promovieron haciendo gala de su sentido del humor, que al propio actor que lo interpreta, Bret McKenzie, no le falta porque resulta que es, entre otras cosas, uno de los dos componentes del dúo humorístico-musical Flight of the Conchords (si no los habéis visto nunca ya estáis corriendo a buscarlos en Youtube, son unos cracks. Y son amiguetes de Taika Waititi, of course). Por cierto, su padre es el que hace de Elendil en el prólogo de La Comunidad. Pero él fue el primer sorprendido por la fama que su personaje consiguió. ¿Qué fue lo que prendió la primera chispa que desencadenó el fenómeno?
Mi teoría es que en la base de la coña subyace algo que nos ocurre a muchos fans de El señor de los anillos: los elfos de las películas de Peter Jackson son RAROS. Muy raros. Muchos dirán que, directamente, son “raritos”, ya sabéis en qué sentido, y creo que parte de razón no les falta 😅. El problema es que Tolkien describe a los elfos de ambos sexos como seres extraordinariamente hermosos, y cada uno los imagina como quiere, pero llevar eso a imagen real es muy difícil en el caso de los elfos varones, porque ya sabemos que la belleza es una cualidad que se valora principalmente en las mujeres, por lo que cuando se presenta en un grado superlativo en un hombre se percibe como un síntoma de afeminamiento. Eso, unido al carácter propio de los elfos, aparentemente mucho más refinado y desapegado de las preocupaciones materiales que el de los hombres o los enanos, les ha creado una fama muy particular entre muchos de los fans de Tolkien. Hablando en plata: para sus detractores, los elfos son unos maricones. Sí, añadidle todas las connotaciones negativas que queráis a ese término, aunque estén bañadas con una capa considerable de jolgorio. Que no tengo nada en contra de que la naturaleza de los elfos sea mucho más andrógina o directamente femenina que la de los humanos, el problema es que es muy difícil representar esa naturaleza con actores que, obviamente, no tienen esa belleza élfica irreal. La verdad, a juicio de muchos (yo me incluyo) el look de los elfos de las películas no ayuda demasiado. Es muy difícil caracterizar a actores masculinos con un look andrógino y refinado y que, si no son realmente bellos por naturaleza, no parezcan unos travestis de la Tierra Media. Figwit todavía tiene a su favor que Bret McKenzie, al menos, es guapete, así que su aspecto es lánguido pero no da dentera, y Orlando Bloom es posiblemente el único que ofrece un aspecto realmente convincente como elfo en las películas, independientemente de que sea mejor o peor actor (menos mal, porque era uno de los protas 😂), pero el problema llega cuando el actor no es especialmente atractivo o tiene un tipo de belleza muy masculino: el efecto drag queen es demoledor. No lo digo ya tanto por Hugo Weaving, que al fin y al cabo es un gran actor y consigue que pasado el shock inicial nos acostumbremos a verlo con la diadema de Barbie Superstar (y recordemos que Elrond es medio humano, no tiene por qué ser tan guapo como un elfo de pura cepa), ni tampoco por Celeborn, que por suerte sale poco, sino sobre todo por otro elfo que nunca dejaré de considerar un error de casting garrafal: Haldir. Lo siento por Craig Parker, que hace lo que puede, pero no he visto a nadie que le siente peor el pelucón rubio que le plantaron. En serio, al natural ese hombre es guapo y todo, pero tiene un tipo de belleza que no pega ni con cola para un elfo. Seré una mala persona, pero para mí fue un alivio cuando cayó en la batalla del Abismo de Helm. No puedo con él, de verdad, no puedo, no puedorrrrrrr. 
Si es que no puedo con esa cara de pan de lembas >.<
Yo creo que el mismo Peter Jackson y sus colaboradores eran conscientes de ello, y viendo que no eran capaces de dar con la tecla adecuada para paliar ese efecto drag queen no buscado, pensaron que de perdidos al río y fueron a por todas. Y así es como hicieron de la necesidad virtud y en las películas de El hobbit nos presentaron a la auténtica reina de las hadas, que es ni más ni menos que Thranduil, el rey elfo del Bosque Negro y padre del mismísimo Legolas. Lee Pace, el actor que lo encarna, aparte de ser razonablemente guapo y bastante versátil (cuando me enteré de que interpretaba a Ronan el Acusador en las películas del MCU me quedé con el culo torcido XD) debe de ser un cachondo mental y, con la venia del director y los guionistas, creó a la verdadera reinona de la Tierra Media, con el permiso de Galadriel. Seguramente sabía lo que iban a opinar los trve fans de él, así que pensó: “Conque sí, ¿eh? Pues os vais a enterar”. El resultado es tan glorioso que para mí es de lo mejorcito de las películas de El hobbit, y lo digo en serio. Es que, de verdad, por favor, me muero con esa corona de Miss Arda de la Tercera Edad, con esa melena Pantene combinada con esas cejas de supersaiyajin, con esa montura que parece el padre de Bambi ultrahormonado, y sobre todo con esa prestancia, ese estilazo, esa mirada superreconcentrada de desprecio por todos los mortales de la Tierra Media y parte del extranjero. Que sólo le falta llevar un neón flotando sobre su cabeza que diga “Bitch, I’m fabulous”. Bueno, no, no le hace falta, todos lo sabemos. 
En fin, salvo la honrosísima excepción de Thranduil, que asumió su naturaleza con todas las consecuencias, y de su hijo Legolas, que es el mejor atisbador de la lejanía de la Tercera Edad y tiene el mérito de haber inventado el surf en épocas tan pretéritas, los elfos de PJ no han conseguido estar a la altura de las expectativas de muchos de nosotros. Me pregunto si hay alguna forma realmente satisfactoria de representar a un elfo que sea al mismo tiempo bellísimo y majestuoso como se espera de su raza sin caer en la parodia o la horterada. Creo que lo más parecido al concepto élfico tolkieniano, al menos a nivel estético, que he visto ha sido en un medio que en teoría está en las antípodas de la literatura fantástica que Tolkien consagró: en el manga y anime japonés, cuyos autores son capaces de diseñar personajes masculinos realmente hermosos de belleza etérea y, sin embargo, no dan sensación de fragilidad o falta de carácter. Pero no son seres humanos reales, claro, así que el problema de representar personajes élficos en imagen real sigue pendiente. Tengo verdadera curiosidad por ver cómo lo resuelven los de Amazon en la futura serie basada en El señor de los anillos que están preparando. También tengo ganas de ver si aparece algún elfo en la serie de Netflix de Geralt de Rivia, ya que en los libros de Andrzej Sapkowski sí aparecen elfos, pero no sé si en la adaptación a televisión se los fumarán o no. Si bien se parecen mucho a los elfos de Tolkien, tienen características propias que creo que harían más fácil su representación con seres humanos. Pronto lo sabremos. Hasta entonces, namarië 😉.

jueves, 18 de agosto de 2016

Títeres del azar

Buenos días :). Aunque no soy crítica literaria ni nada que se le parezca, sabéis que de vez en cuando escribo reseñas sobre libros, películas, series, etc., que me han gustado. En este caso, además, la novela que voy a reseñar es la última de una saga que hasta ahora he seguido y reseñado en sus anteriores entregas, así que no voy a hacerle el feo a la pobrecita de dejarla sin reseña :P. Y más cuando se merece una muy positiva :). Aunque sea con retraso, porque ya salió hace unos meses... Pero, ay, los minikingos me dejan muy poco tiempo para leer. Pero mira, para los que tenéis más tiempo y no sabéis qué leer tras la vuelta de vacaciones, o todavía las tenéis por delante, os puede venir bien ;).




Si habéis leído mi blog antes, sabréis de qué saga estoy hablando: la de El Segundo Ocaso, de Virginia Pérez de la Puente, que, a través de las visicitudes de varios personajes, nos narra lo que parece ser el imparable declinar de todo un continente, Ridia, sobre el que planea una catástrofe anunciada en profecías. Si dicha catástrofe se producirá como esperan habrá que verlo, pero mientras tanto las visicitudes de dichos personajes, todos involucrados en ese destino fatal, aunque la mayoría no lo sepan, son de lo más entretenidas. Yo estoy muy enganchada, por lo menos. La prueba son las entradas anteriores que he dedicado a las novelas, que os recomiendo leer si no lo habéis hecho antes. Y, para más información, aquí tenéis la web dedicada a la saga: El Segundo Ocaso y la web de la autora: Virginia Pérez de la Puente.

En fin, a lo que iba: Títeres del azar, como ya supondréis, me ha gustado. Mucho. Fin de la reseña.

Ja. Vale, la broma es muy mala, lo sé :P. No os vais a librar de mi ladrillo tan fácilmente XD. En serio, merece la pena leerla. Aunque desde el principio Virginia ha demostrado su calidad como escritora, la experiencia se nota y desde su primera novela publicada se puede ver esa progresión, para alegría de sus lectores. Siempre ha lucido un estilo muy depurado y poco común por su calidad, pero su maestría como narradora ha mejorado novela a novela, que se vuelven cada vez más adictivas. También ayuda que, en el caso de esta saga, ya conocemos a la mayor parte de los personajes y éstos se han ido desarrollando de forma coherente y natural, haciendo que nos encariñemos con ellos, les profesemos admiración, o les odiemos, pero con respeto y desde el cariño, oye :P. O sin respeto ni cariño, que alguno hay que se merece todos los males :P. Pero eso ya lo tendréis que decidir vosotros mismos en la lectura XD.

Todo esto no quita para que sigamos descubriendo muchas novedades y secretos sobre Ridia y sus habitantes. De hecho, os recomendaría que, si os animáis a leer la saga, leáis también las dos novelas cortas que funcionan como precuelas: Soñando con bosques y Mi alma por mi rey. Además de muy buenas, te ayudan a atar muchos cabos sueltos, y creedme que al final de Títeres del azar os vais a llevar más de una sorpresa y, si estáis atentos, gracias a esas precuelas vais a flipar cuando atéis esos cabos. (Además, la primera se puede conseguir gratis y la segunda tiradísima de precio).

En fin, os pongo en antecedentes porque, al ser una novela a mitad de la saga (ya tirando para el final), aunque se puede leer de forma independiente porque al principio un prólogo muy apañado te sitúa para que puedas enterarte de qué va la historia, si has leído las entregas anteriores la disfrutarás más y mejor. El caso es que a estas alturas de la historia el proverbial nudo se está apretando tanto que está a punto de estallar por la tensión, y todas las piezas del tablero de ajedrez (debería decir de jedra, que es lo que se juega en Ridia :P) que aún sobreviven están preparando el ataque final o intentando evitar desesperadamente que no les arrolle.  La acción se va acelerando a lo largo de la historia hasta llegar a un clímax, o, mejor dicho, varios clímax que os van a dejar con la mandíbula colgando.

Lo de los distintos clímax tiene su explicación en que la novela es bastante coral. Aunque se puede decir que hay un protagonista principal (aunque para mí hay otro más que se ha ganado a pulso el podio a golpes de carisma), hay muchos otros personajes, varios de ellos nuevos, que corren sus aventuras en distintos escenarios del continente ridiano, y que también son muy relevantes. Gracias a eso, se recupera la trama del reino de Phanobia, por ejemplo, que se había quedado bastante descolgada para mi gusto hace dos novelas, pero ahora se comprende por qué y se reintegra muy bien en la historia principal. Por cierto, que Phanobia merece un comentario aparte: la autora ya había dado en novelas anteriores algunas muestras de lo poco que se corta a la hora de describir situaciones propias de relatos de terror, pero con los capítulos de Phanobia consiguió que tuviera los pelos permanentemente de punta. Vale que soy bastante impresionable, pero aun así no creo que dejen indiferente ni al lector más acostumbrado al género. Pero lo mejor no es eso, sino cómo consigue recrear un ambiente de fanatismo y locura colectiva de forma muy verosímil, tanto que seguro que os recordará a situaciones actuales que estamos viendo a diario por las noticias, sin que por ello lo que describe parezca un pastiche mal calcado. Todo lo contrario, recoge tópicos del género y referencias dolorosamente realistas y los amalgama tan bien que a uno se le hace muy creíble que algo así ocurra tanto en un reino de Ridia como en otros rincones de nuestro mundo, y por eso da mucho miedo. Pero mucho.

Y eso es sólo una pequeña parte de la trama, en la que se entrelazan muchas otras historias de todo tipo que os van a tener en vilo. Gracias en buena parte a los personajes, algunos de los cuales han crecido inmensamente desde su primera aparición. En general, Virginia desarrolla personajes complejos y  atrayentes, e incluso a los secundarios más esporádicos  les aporta una pincelada de interés, y ellos a su vez aportan información relevante sobre la trama y el trasfondo. Tal vez por eso me resulta más cantosa la única pega que a lo mejor le puedo poner a esta novela: el personaje de Nureen, que me resulta soso comparado con los demás. No es mal personaje, ojo, pero me da que le falta algo. Tal vez sea porque en la comparación con su hermano, el emperador de Monmor, sale perdiendo por fuerza (comparado con él, cualquiera parece tonto de baba, la verdad), pero me da la impresión de que es un personaje que va un poco a bandazos y que su función es más instrumental que otra cosa. Tal vez es porque en la novela anterior (Entre las dos orillas) me pareció que prometía bastante y luego no ha desarrollado todo ese potencial, al menos para mi gusto. Pero aun así no le faltan puntos de interés; le daremos el beneficio de la duda porque aún queda saga por delante.

Ya digo que es posiblemente la única pega que le pongo a la novela. Del resto de personajes, no tengo ninguna queja, al contrario. Destaco especialmente a Angarad (insertar un montón de corazoncitos aquí), a Kinho de Talamn, un personaje secundario que gana protagonismo porque él lo vale, y a Kilian, del que no diré nada por no hacer spoiler pero que mola mazo :P. Mención especial para Valhiya, la emperatriz de Monmor, que también demuestra que es mucho más que una figura decorativa, y para Zanasis, el ianïe curioso :P. Y, por último, hay un personaje del que sí que no puedo decir nada porque todo lo que diga de él va a ser un gran spoiler, pero que sepáis que he sufrido mucho por él y espero que su final en la saga esté a la altura de lo que se merece. He dicho.

Por último, pero no menos importante, destaco la gran traca que se guarda la autora para el final, o, mejor dicho, los finales. De auténtico infarto, de verdad. Sólo por eso ya merece la pena leer la novela, y con mucha atención a todos los detalles que van preparando ese tremendo clímax. Ahora sí que me estoy mordiendo las uñas en espera de la próxima novela y deseando que la autora no nos haga un Martin, porque mi ira va a ser más terrible que la de Khan. Yo sólo aviso :P.


domingo, 30 de agosto de 2015

Hijos del dios tuerto

Como siempre, retomo el blog al cabo de meses... El verano ha sido muy productivo para otras cosas, pero en mi caso no para escribir :P. De hecho, llevo más de un mes queriendo escribir esta entrada y no veía el momento, pero por fin he agarrado el teclado y ya no lo suelto hasta que acabe XD.

Digo que hace más de un mes que quería escribir esta entrada porque fue cuando terminé de leer Hijos del dios tuerto, la última novela publicada de Virginia Pérez de la Puente. Ya he comentado de ella otras novelas de su saga de Ridia en este mismo blog, pero ésta es especial. Primero, porque no pertenece a dicha saga, sino que es independiente, y segundo, y sobre todo, porque trata dos temas especialmente queridos para mí: la mitología nórdica y el mundo vikingo. Aunque no se trata sólo de eso, como podéis ver en la sinopsis que nos brinda la propia autora:



¿Quieres cambiar tu destino, Harek Haraldsson? Llegarán tras el deshielo. Llegarán sedientos de sangre, sedientos de vidas, sedientos de venganza. Y no puedes impedirlo.
¿Quieres cambiar tu destino, Loki? Tu camino está trazado. El camino hacia la traición, el camino hacia la muerte, el camino hacia la destrucción de los mundos. Y no puedes evitarlo.
El destino no se puede esquivar. El destino no se puede cambiar. El destino es.

Las nornas tejen en su tapiz el pasado, presente y futuro de los nueve mundos, entrelazando los hilos de las vidas de dioses, hombres y monstruos. Ocultas bajo las raíces de Yggdrasill, las tres hilanderas empiezan a hilvanar un hilo de oro: el hilo de un héroe, Harek Haraldsson, jarl de un clan de vikingar que se prepara para el ataque de otro fiordo con el que mantiene una deuda de sangre.

Mientras se debate entre la responsabilidad de proteger a su gente y la tentación de sucumbir a la sed de venganza, Harek ignora que su hilo está entretejido con los hilos de los dioses. De sus decisiones dependerá el destino de los æsir y su victoria o derrota en el Ragnarök, que llegará, como los enemigos de su clan, después del hielo.
Como podéis deducir, hay dos tramas principales en la novela, que transcurren en mundos diferentes pero están entrelazadas. Una, la que me llamó primero la atención por esa relación con la mitología nórdica, es la de los dioses asgardianos, a los que las nornas les revelan parte de su futuro, nada halagüeño para ellos: nada más y menos que el Ragnarok. En ese sentido, me recuerda un poco a Señores del Olimpo, la excelente novela de Javier Negrete, pero con la novedad de que Hijos del dios tuerto no se centra sólo en la trama divina, sino que ésta se une con otra trama centrada en el mundo humano, que a muchos seguramente os recordará a la serie Vikings, lo cual en sí no es mala comparación precisamente. Pero, ojito: esta novela, aunque por diversas circunstancias haya sido publicada ahora, fue escrita hace cosa de cuatro años, así que no se trata precisamente de un arrebato para seguir la última moda ;-). Esta otra trama transcurre en un poblado vikingo cuyo jarl, Harek Haraldsson, guarda un sorprendente parecido con el dios Thor. Sea por ese parecido o por razones que sólo las nornas comprenden, el destino de este hombre queda ligado al de los dioses: de él dependerá que se desencadene el Ragnarok o no.

Obviamente, los dioses no están dispuestos a sucumbir a ese destino por las buenas, y tratarán de controlar el destino de Harek por diferentes medios. Pero, aunque Thor y sobre todo Odín tienen papeles importantes en esta tarea, el que resulta más implicado por varios motivos es, para mí, el mejor personaje de la novela: Loki. Aparte del atractivo con que el dios nórdico ya cuenta de por sí en los mitos originales por su naturaleza astuta y retorcida, el retrato psicológico que de él se va trazando a lo largo de la novela es magistral. Ya en otras novelas la autora ha demostrado su dominio a la hora de perfilar personajes complejos y llenos de matices; como comenté en su momento, me encantó especialmente el personaje de Vanakao de Venver en Mi alma por mi rey, que se terminaba por revelar como el auténtico protagonista de la historia, cuando en principio parecía un secundario, más o menos relevante pero no principal. Pues en el caso de Loki es todavía más notorio: desde el primer momento se convierte en un robaescenas nato, por recurrir a la terminología cinematográfica, y según va avanzando su papel en la trama nos vamos enganchando más y nos implicamos emocionalmente con sus peripecias y sus desvelos hasta un clímax de los que te dejan ojiplático y sin uñas.

También es muy destacable que, aunque por supuesto los utiliza y adapta para sus fines narrativos, la autora respeta bastante los mitos originales, insertándolos en la historia de una manera muy lograda y consiguiendo hacerlos comprensibles a nuestra mentalidad sin por ello desvirtuarlos: lo comento como algo que aplica en general a toda la trama de Asgard, pero en el caso de Loki es aún más patente, y en ocasiones brinda escenas geniales. No os voy a espoilear nada, pero, por ejemplo, hay un comentario sobre cierta experiencia sexual bastante bizarra del dios de las mentiras que me hizo partirme de risa, sobre todo por la aplastante naturalidad con que él la asume XD.

En ese aspecto se nota que la autora se ha documentado mucho y seriamente, pero no sólo en la vertiente mitológica. También en la trama que transcurre en Sørfjord, el pueblo que dirige Harek, se ha esmerado por reproducir lo más fielmente posible la forma de vida cotidiana de los vikingos, según los testimonios documentales y arqueológicos con los que actualmente se cuenta. Por supuesto, igual que sucede con los dioses, ese trasfondo documental está supeditado a la acción y al retrato de los personajes, cada uno con su propia personalidad y evolución. Pero aun así se agradece que se haya tomado tantas molestias en reflejar el modo de vida de la época en la que transcurre la acción, sin concesiones a tópicos, por más implantados que estén. Incluso en el lenguaje respeta en la medida de lo posible las denominaciones originales, aunque no os inquietéis: se entienden bien por el contexto, y de todas formas al final del libro hay dos apéndices muy interesantes: el primero sobre las runas (cada capítulo está encabezado por una runa distinta, de la que se ofrece el significado en el apéndice), y el segundo, un glosario muy útil, en el que podréis resolver cualquier duda al respecto. En fin, si no tienes idea de mitología nórdica, no te preocupes porque vas a disfrutar igualmente de la novela y no tendrás problema para seguir la narración, pero si además es un tema que te interesa la disfrutarás aún más.

Como siempre, destacan el depurado estilo de la autora, su facilidad para escribir diálogos ágiles y muy naturales, el cuidado sutil con que trata la caracterización y evolución de sus personajes y las descripciones de su entorno trabajadas pero precisas, sin demorarse en detalles inútiles. Las dos tramas avanzan de manera paralela hasta unirse en un determinado punto; posiblemente la trama de Asgard da la impresión, al menos al principio, de tener más acción, mientras que la que transcurre en Sørfjord es más pausada, aunque a cambio se profundiza más en las relaciones y las motivaciones de los protagonistas humanos y, para compensar, antes de que ambas tramas se fusionen asistimos al desarrollo de una batalla muy impactante. Finalmente, todo encaja y se llega a un final que es autoconclusivo y consecuente, pero lo suficientemente abierto como para que, si la autora quisiera, pudiera escribir otra novela sobre el tema. Ya ha manifestado que en principio esto no es otra saga como la de Ridia, sino que es una novela única, y como tal se lee y se disfruta plenamente, pero yo ahí lo dejo por si acaso :P. Todo sea por leer más novelas chachis sobre vikingos buenorros y dioses molones :P.

En fin, como os podéis imaginar a estas alturas después de la chapa que os he soltado XD, he disfrutado leyendo esta novela y la recomiendo, por supuesto :). Si queréis más información, podéis consultar la página de la autora: Hijos del dios tuerto. Y si os decidís a leerla, está disponible en Amazon, tanto en formato digital como físico, en ambos casos a precios muy asequibles, sobre todo teniendo en cuenta lo cuidada que está la edición. Espero que la disfrutéis tanto como yo o más :).

viernes, 13 de marzo de 2015

No hay justicia

Ya lo sabréis a estas alturas, por desgracia. Ayer, 12 de marzo de 2015, Terry Pratchett murió. No por esperado duele menos. Tampoco voy a contar nada que no sepáis ya, ni mi humilde esquela aportará nada nuevo ni especialmente inspirado. Habrá homenajes mucho mejores que el mío, pero necesito dejar constancia de lo importante que era para mí. A muchos les resultará absurdo, incluso ridículo, que alguien a quien no conoces personalmente llegue a ser tan influyente en tu vida y que te duela tanto su ausencia. Posiblemente, son los mismos que tampoco entienden por qué puedes llorar por tu gato y no lo haces por un familiar tuyo (con el que posiblemente no tenías contacto desde hace años ni nada en común salvo la sangre, pero eso parece que no se tiene en cuenta). En fin. Seguro que a sir Terry se le ocurriría algún aforismo genial sobre eso, pero el problema es que ya no está aquí para hacerlo. Por boca de uno de sus mejores personajes, si no el mejor, la mismísima Muerte, ya él mismo constató que no existe la justicia, sólo Ella. Por eso se nos ha ido tan prematuramente uno de los mejores escritores contemporáneos. Pero de eso la Muerte tampoco tiene culpa, sólo hace su trabajo. Lo malo es que es jodidamente buena haciéndolo.


La cosa es que no se trata sólo de que Pratchett combinara magistralmente humor con fantasía, o que tuviera una imaginación desbordante que le permitiera producir cerca de cuarenta novelas desde que publicó El color de la magia en 1983. Ni siquiera que éstas fueran tan entretenidas que, en mi caso, fui capaz de zamparme casi todas en cuestión de meses sin intercalar otras lecturas entre medias cuando me vine a vivir con el que hoy es mi marido que, oh, ventura, es devoto lector de Pratchett (otro motivo más para amarle, of course). Ya había tenido el gusto de leer varias de sus novelas antes, pero aquella inmersión en el Mundodisco y alrededores me hizo fan absoluta del hombre del sombrero. No obstante, eso no es lo principal. Para mí, lo principal es que, bajo todas esas historias hilarantes, bajo toda esa exuberancia narrativa, subyace un análisis de la naturaleza humana que, al menos a mí, me ha hecho reflexionar mucho más que cualquier tratado filosófico. Y, sobre todo, late una profunda emoción, un amor por la humanidad tan consciente de que la humanidad no se merece ese amor como resignado a existir porque, a pesar de que la lucidez y el café klatchiano se empeñan en mostrarnos que los humanos no tenemos remedio, hay una pizca de bondad en el fondo que justifica que la lucha deba continuar. Porque Terry Pratchett era uno de esos escasos seres humanos que demuestran que, en realidad, las personas verdaderamente inteligentes no son malvadas. No, los que nos gobiernan, los que rigen los destinos del mundo, desde su escaño en el congreso o desde su sillón en el despacho de las oficinas de su gran multinacional, generalmente son inteligentes a su manera, pero les falta la auténtica sabiduría. Lo que pasa es que esa falta de sabiduría la suplen con astucia, descaro y egoísmo. Los auténticos sabios son dolorosamente conscientes de la maldad humana, de lo frágil que es la vida, y sienten una empatía con sus semejantes que les incapacita para luchar por el poder, porque eso implicaría volverse malvado y ruín, y acabarían dañando a los demás. Por eso va el mundo como va. Pratchett lo sabía, y nos lo enseñaba a cada nueva novela que escribía. Ya no podrá hacerlo más, y es casi lo que más me duele, saber que cuando termine de leer las novelas que tengo pendientes aún (si no me equivoco, me quedan las últimas cuatro o cinco de Mundodisco, la trilogía del Éxodo de los Gnomos, y creo que un par más) ya no habrá más. Aunque seguramente las disfrute tanto como todas las demás, ahora no podré evitar sentir un poco de amargura cuando las termine. Pero siempre podré releerlas (es más, seguro que lo haré, y con algunas no será la primera vez). Al menos, mientras queden personas que quieran leer sus libros, Terry Pratchett seguirá vivo en sus páginas.

Muchas gracias por todo, señor Pratchett. Le echaré de menos.

jueves, 19 de febrero de 2015

Entre las dos orillas

¡Buenas! Vuelvo a la carga en mi faceta de reseñista aficionada. Digo lo de aficionada porque ya sabéis que no es algo a lo que me dedique habitualmente y cuando lo hago es simplemente porque me ha gustado especialmente una obra que he leído y, en la pequeñísima medida de mis posibilidades, quiero difundirla para que los demás también podáis disfrutar con ella. 

Como sabéis, soy seguidora de las novelas de Virginia Pérez de la Puente. Ya comenté aquí en su momento El sueño de los muertos y Mi alma por mi rey, dos de las novelas (la segunda es una novela corta... al menos según los estándares de la autora :P) de su saga de Ridia. También leí en su momento La elegida de la muerte y Soñando con bosques, que forman parte de la misma saga. Si queréis más información, aquí tenéis la web de Virginia: Virginia Pérez de la Puente - página oficial y la web de la saga: El Segundo Ocaso.

Hace pocos días he terminado de leer la por ahora última novela de la saga, Entre las dos orillas. Si contamos sólo las novelas largas, sería la tercera de la saga, y la quinta si incluimos las dos novelas cortas. En su momento señalé que las anteriores novelas se pueden leer independientemente, y también se podría decir lo mismo de Entre las dos orillas, pero en este caso os aconsejaría que leyerais al menos las otras dos novelas largas, si no lo habéis hecho ya, porque os aportarán una visión de conjunto que os ayudará a disfrutar más de esta nueva novela. De hecho, los protagonistas de La elegida (la mercenaria Issi y su compañero Keyen) y El sueño (Kal y Dila), que no habían coincidido en las novelas anteriores, sí lo hacen en ésta; cada uno sigue su propia trama, pero según avanza la novela se va viendo cómo todas las tramas tienden a confluir en otra trama superior que implica a buena parte del continente de Ridia (y, suponemos, alcanzará al resto en las próximas novelas, porque ya la autora ha avisado de que le quedan otras tres. Con dos ovarios).

Esto tiene otra consecuencia: como los principales protagonistas y otros personajes que ya aparecían en las anteriores novelas y que cobran aún más importancia en ésta ya nos han sido presentados y también conocemos bastante sobre la geografía, la política y la historia del continente de Ridia, la acción comienza antes y con más fuerza que en los otros libros. Desde el principio se entra en materia, y el ritmo va acelerando en progresión constante hasta llegar a un clímax verdaderamente impactante. No es tanto una progresión tipo montaña rusa, sino más bien un aumento en la intensidad que, sin hacerse notar mucho, se acumula peligrosamente hasta estallar como una olla a presión. Y ya lo creo que estalla. Ya lo veréis, ya. 

Como decía, si ya habéis leído las dos primeras novelas (más las dos novelas cortas), la mayoría de los personajes os serán conocidos. (Si no, no os preocupéis, la autora incluye un prefacio muy apañado en el que os pone en antecedentes sobre lo más importante que ha ocurrido hasta el momento.) Pero también hay personajes nuevos, y entre ambos grupos destacaría a dos personajes: uno que no conocíamos de antes salvo por alguna mención previa, Iven, y otro que ya nos había sido presentado, pero muy de soslayo, aunque en sólo dos breves apariciones ya nos había deslumbrado: el emperador niño de Monmor. La relevancia de Iven se debe sobre todo a que es el catalizador que desencadena la acción principal: es el primer hombre que regresa de entre los muertos (ya veréis por qué) y su condición será decisiva para el desarrollo de los acontecimientos y su resolución (y, por cierto, gracias a él podemos disfrutar al principio de la novela de un capítulo verdaderamente hilarante que demuestra que la fantasía y el humor no están reñidos en absoluto, aunque conforme va avanzando la historia su tono se va oscureciendo progresivamente de manera muy consecuente). Porque sí, amigos, en la novela hacen su aparición los no muertos. Pero, gracias a la pericia de la autora, esto no se convierte en una novela de zombies; de hecho, no tiene nada que ver con el subgénero zombi tan en boga en los últimos años. En este caso, los que regresan de entre los muertos no andan por ahí comiendo cerebros: sencillamente, la gente deja de morir por un motivo que ahora no os voy a explicar para no destripar la trama :P, y esto se traduce en que todo el sistema social ridiano se subvierte y corre peligro de venirse abajo. Los no muertos, después de volver a la vida, siguen existiendo: no comen, no beben, no duermen, ni siquiera respiran, pero siguen teniendo conciencia de sí mismos, recuerdan cómo eran y se mantienen tal como se encontraban en el momento de fallecer, en peor o mejor estado. De hecho, Iven es el único personaje que podría recordar más al zombi clásico porque en el momento de su "resurrección", después de llevar muerto más de dos años, se encuentra bastante deteriorado, pero ahí terminan todos los paralelismos. Las paradojas propias de esa especie de vida después de la muerte y la reacción de la sociedad en su conjunto, especialmente de los que ostentan el poder, hacia la situación de estos no muertos y su papel en una sociedad que no sabe muy bien cómo afrontar semejante problema, tiene consecuencias que, creo, pocas veces se han tratado en otras novelas y que por más lógicas que nos parezcan no dejan de ser un punto a favor de la autora, que ha sabido sacarle bastante jugo, y a las que nosotros también podemos sacarles muchas interpretaciones (¿os he dicho alguna vez que una de las cosas que más me gustan de la fantasía y la ciencia ficción es la aplicabilidad que tienen a la hora de analizar el mundo real? Pues aquí hay bastante materia para analizar).

Pero si hay otro importante catalizador de la acción en la novela, y, sobre todo, si hay un personaje que destaque por encima de los demás, es el emperador de Monmor. Oh, sí, amigos, aunque en conjunto es una historia bastante coral y no se puede decir que haya un protagonista claro al uso, ésta es su novela. Ya os comentaba que en sus breves apariciones anteriores se hacía evidente que el personaje prometía mucho. Pues lo que prometía lo cumple: descubrimos que el emperador niño no es tan niño, que de hecho tal vez nunca fue niño, y que su mente maquiavélica lleva urdiendo una fabulosa telaraña desde antes incluso de que comenzara la historia de la primera novela y que envuelve a toda Ridia, incluyendo Monmor, el imperio sobre el que reina, y que se nos presenta en esta novela en toda su complejidad. Ya veíamos venir los tiros, y a lo largo de la historia se va viendo cómo el personaje despliega su potencial. Pero cuando piensas "qué cabrón, cómo se está saliendo con la suya, pero bueno, sí da miedo pero a lo mejor no tanto, también es humano y tiene alguna debilidad".... JA. JA. JA. Y más JA. Os aseguro que su último golpe os dejará con la boca abierta. Y una vez que consigues cerrar la boca, entonces la vuelves a abrir para acordarte de la autora y toda su familia. Ya veréis, ya. Os aviso desde ya: la autora no tiene piedad. No lo digo sólo por este personaje, sino por las peripecias que sufren otros muchos. Agarraos que vienen cuervas.

Porque, ya digo, hay bastantes más personajes, unos conocidos, como el rey Adelfried de Thaledia, otros nuevos, como Osvan el mayordomo, todos con sus propias tramas dentro de la general, con los que empatizas o los odias con facilidad, gracias a la precisión con que se les retrata a través de sus acciones. Porque, como ya veíamos en las otras novelas, la autora maneja magistralmente la narración por medio de tempos meticulosamente medidos y de un estilo muy natural precisamente porque está muy trabajado (ya sabéis, esto es como el maquillaje, cuanto menos se nota mejor, pero no se nota precisamente porque la maquilladora se lo ha currado muchísimo :P). Ese estilo y los diálogos ágiles con múltiples registros siguen siendo la marca de la casa, y hacen muy agradable la lectura. La autora consigue aunar las ventajas del best seller (lectura liviana, tramas que enganchan) con una escritura elaborada y rica, lo que demuestra que un buen libro puede entretener sin por ello empobrecer su calidad. Y lo consigue en uno de los géneros más denostados por los críticos "sesudos", la fantasía. De paso, también rompe otro tópico: que las novelas autopublicadas en Amazon lo son porque no tienen la suficiente calidad como para que las saquen las editoriales tradicionales, como suelen decir las malas lenguas. Hay de todo, por supuesto, pero en este caso os puedo asegurar que ya quisieran muchas editoriales establecidas publicar algo con tanta calidad como esta novela. No sólo por la calidad de la historia en sí, sino porque la autora se ha currado la edición al máximo: la corrección (de Natalia Cervera, que ha corregido, entre otros, los libros de Canción de Hielo y Fuego para Gigamesh) y maquetación son impecables, la portada y los mapas han sido realizados por Fernando López Ayelo, un excelente ilustrador, y el resultado final no puede ser más profesional.

En fin, me reitero, por si no había quedado claro: me lo he pasado como una enana leyéndola. De verdad que engancha y deja con ganas de más: literalmente, porque el final, aunque lleva las tramas principales a una conclusión, no es cerrado, sino que deja todo preparado para que la acción continúe en la próxima novela, que espero que la autora no tarde mucho en escribir. Más le vale, porque si no conocerá mi ira ¬¬. En serio, merece la pena. Si al final la leéis, no creo que os defraude. Además, tanto ésta como las anteriores tienen el aliciente de que están muy bien de precio (de hecho, Soñando con bosques es una edición gratuita porque se sacó para promocionar El sueño de los muertos). Así que si os apetece leer una novela (o varias) de calidad con aventuras, fantasía y con historias que te entretienen y al mismo tiempo tienen un trasfondo con más miga de la que parece, ésta es mi recomendación.

Ah, y mucho ojito con Tije. Ya sabréis por qué lo digo.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Los malditos

Como muchos sabéis, durante varios años he estado dando la brasa en el Fotolog :P. Ahora que me he hecho este blog, y después de la chapuza que armaron hace pocos meses, a causa de la cual muchos estuvimos a punto de perder todas esas entradas, no creo que vuelva a usarlo. Pero le tengo cariño porque durante ese tiempo fue lo más parecido a un diario que he tenido nunca, y de vez en cuando me descolgaba con rayadas como la que reproduzco a continuación, y que perpetré el 5 de febrero de 2009. Entenderé que os dé pereza leerlo, pero me costó un buen rato escribirlo y al menos quería preservarlo también aquí, además de en el disco duro de mi ordenador. Si alguien quiere ver el original, aquí lo tiene: Los malditos.


 
Hoy toca tocho-post, no digáis que no avisé. Aún estáis a tiempo de huir :P.

El otro día hablaba de una de mis grandes adicciones, la música, pero la otra es la literatura. Igual que escucho prácticamente cualquier tipo de música, con pocas excepciones, también leo de todo. Pero mis gustos casi siempre han tirado por géneros malditos a los ojos de la crítica tradicional y del público general. No me voy a hacer la exquisita, eso de hacerme la guay vacilando de que sólo me gustan géneros minoritarios no me va; huyo de los que van de "auténticos", que para mí sólo han conseguido desvirtuar la palabra.

De hecho, los géneros que más me gustan no tienen esa aura de "exquisitos" que tienen otros supuestamente underground y a la vanguardia; todo lo contrario, se les tacha de "géneros populares", normalmente en sentido peyorativo, igual que el término "friki" sigue teniendo para la mayoría de la gente esa carga de menosprecio con la que nació. El heavy metal siempre ha sido pasto de desprecio y parodias (no digo que en ocasiones no se las mereciera), igual que, en la literatura, la ciencia ficción y la fantasía no han sido valoradas generalmente por su calidad, y también en ese caso hay ejemplos deleznables.

Pero los prejuicios se aplican en conjunto; si no, no serían prejuicios. Así que escritores tan dignos de recibir un Nobel como cualquier escritor "realista" encumbrado o que, por lo menos, no tienen nada que envidiar a otros escritores conocidos en estilo, profundidad intelectual y capacidad de entretener al lector, se ven reducidos a la etiqueta de "escritores de género" o, como mucho, les conceden el estatus de "escritores de culto" como si les hicieran un favor. Seguro que tenéis en mente a Tolkien; también pienso en autores como Ray Bradbury, Ursula K. Le Guin, Kurt Vonnegut o Philip K. Dick, por citar algunos de los ejemplos más notorios de excelentes escritores "de género". Irónicamente, escritores mundialmente reconocidos y galardonados como Doris Lessing, Philip Roth o Haruki Murakami escriben de vez en cuando obras que se podrían encuadrar sin ningún problema en la ciencia ficción o la literatura fantástica, si las entendemos en su sentido más amplio. Por no hablar de Borges o Cortázar. Porque una cualidad que tienen estos géneros es que pueden servir de vehículo a cualquier tema, por polémico que sea, lo que ha permitido en muchos casos esquivar la censura en países donde la libertad de expresión estaba seriamente coartada; curiosamente, en los países del Este la literatura de ciencia ficción estaba muy valorada y su popularidad llegaba a todos los niveles. Stanislav Lem era lectura obligada en los institutos, y hoy día Andrzej Sapkowski es en Polonia como aquí Pérez Reverte. En el mundo anglosajón no son tan radicales, pero aquí muchos te siguen mirando con condescendencia si, en lugar de leer a Javier Marías (que también me gusta), te ven con un libro de Arthur C. Clarke. Igual que ocurre con el heavy metal, que no creo que termine nunca de salir de su gueto, aunque cuente con músicos geniales y su calidad media sea bastante superior a toda esa mierda que se tragan los oyentes habituales de los 40 Criminales. No me meto en gustos, claro, y comprendo que no es una música apta para todos los oídos (aunque según qué géneros, que el heavy metal es mucho más variado de lo que se piensa). Pero mis oídos tampoco soportan los 40 Latinos y los tengo que sufrir en muchos bares si quiero tomarme una caña .

Lo curioso es que esos géneros suelen ir unidos en los gustos de los que los disfrutamos. No siempre, desde luego; hay mucha gente a la que sólo le gusta el heavy pero no lee ciencia ficción, fantasía o terror (o no leen, directamente). Y muchos lectores de esos géneros no escuchan heavy metal. Pero, desde sus inicios, el heavy ha bebido de esas fuentes literarias, probablemente más que ninguna otra música. Ahora parece que se asocia más con la fantasía, sobre todo la de inspiración tolkieniana, y siempre ha estado asociado al terror. Pero en los años 80, en la edad de oro del heavy metal, la temática futurista era la que dominaba en las letras de las canciones y en las portadas de los discos. Por eso la imagen que ilustra esta entrada es la portada del Somewhere in Time de Iron Maiden, uno de mis discos favoritos de siempre, con su estética directamente tomada de Blade Runner. Supongo que era lo que tocaba. En esa época de guerra fría y enfrentamiento nuclear, las novedades informáticas nos alucinaban, todavía pensábamos que en el 2000 viajaríamos en naves espaciales y los supuestos avistamientos de ovnis aún eran una noticia cotidiana. Hoy no hay guerra fría, sino decenas de guerras calientes y crisis por todo el planeta, seguimos viajando en coches que funcionan con gasolina, la luna continúa mirándonos desde arriba fría y distante y, desencantados de las profecías futuristas y de la tecnología que, sin embargo, nos rodea, volvemos los ojos a fantasías medievalizantes para evadirnos de la rutina, y eso también se refleja en la música que escuchamos.


El caso es que, de una forma u otra, el heavy metal siempre ha estado unido a una imaginería fantástica, en el sentido más amplio de la palabra, el que engloba ciencia ficción, fantasía heroica y terror. Nunca me había planteado por qué hasta que escogí en 5º de carrera una asignatura optativa, "Literatura anglogermánica s. XVIII-XIX" (es decir, Romanticismo) y que ya he comentado alguna vez que fue una de mis favoritas de toda la carrera, en buena parte gracias al profesor que la impartía, Abraham, uno de los mejores profesores que he tenido en mi vida. Éste llamó mi atención al comentar que el rock duro era el último movimiento romántico musical del siglo XX. Todo empezó cuando a Black Sabbath se le ocurrió vincular su música con el satanismo. Que fueran satánicos de verdad o no es lo de menos; realmente, salvo en el caso de algunos grupos de black metal noruego que están lo suficientemente pirados como para creérselo, el satanismo en el rock era más una pose estética que otra cosa. Pero la rebeldía nihilista que ya cundía en los primeros setenta, producto del desencanto respecto a los ideales hippies, entroncaba perfectamente con la rebeldía que representó en su momento el movimiento romántico que surgió a finales del siglo XVIII en Alemania y Gran Bretaña. La rebelión contra las encorsetadas normas artísticas neoclásicas que ensalzaban la razón y las reglas y tomaban como modelo el mundo clásico produjo que los románticos se fueran al otro extremo, exaltando los sentimientos, la pasión, la rebeldía contra las normas establecidas, y que reivindicaran la Edad Media, para ellos lo opuesto al clasicismo. ¿Y qué mayor rebelión que rebelarse contra el mismísimo Dios? De ahí surgió el satanismo, precisamente.

Así que de ahí puede venir la explicación de que toda esa imaginería fantástica se haya asociado al heavy metal: la rebeldía satánica, la tenebrosa iconografía gótica como opuesto del concepto clásico de la belleza, la idealización medievalizante que luego inspiró la fantasía heroica y su complementario producto de la industrialización, la evasión a mundos futuros...

Somos los últimos románticos. Hay que joderse.