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martes, 29 de marzo de 2022

Los últimos románticos

Hace no mucho tuve ocasión de volver a ver “Drácula” de Francis Ford Coppola en el cine, gracias a la gente de Tiempo de Culto (podcast que os recomiendo mucho). Es una de mis películas favoritas, y de las pocas que me parecen genuinamente románticas. Pero no tanto por la historia de amor entre Drácula y Mina (que, por si no lo sabéis, en la novela original no existe, se la inventaron totalmente para la película), sino por cómo se relata el origen de Drácula. 

He cruzado océanos de tiempo... y vais y me adelantáis la hora, capullos, que me tengo que levantar del ataúd una hora más tarde

 

Me explico: la mayoría de la gente identifica romanticismo con historias de amor ultra moñas, cuando no tóxicas. Los últimos ejemplos a nivel de masas son Crepúsculo (con un protagonista vampiro que se parece a Drácula como un huevo a una castaña) y su sucedáneo supuestamente transgresor, 50 sombras de Grey; no hace falta que os explique de qué van salvo que hayáis estado viviendo en una cueva completamente aislados del mundo los últimos 20 años.  Salvo por compartir un concepto supuestamente apasionado del amor, que en realidad tampoco tiene que ver mucho con el concepto original de pasión romántica, no tienen nada en común con el romanticismo primigenio.

Cuando estudiaba la carrera, en el último año tenía que elegir una optativa. Ya había decidido que me iba a matricular en paleografía, pero era una de las asignaturas que empezaban a impartirse más tarde, así que podía ir antes de oyente a otras optativas por si descubría alguna que me hiciera cambiar de idea. Una tarde asistí a la primera clase de una asignatura con el rimbombante nombre de “Literatura anglogermánica de finales del siglo XVIII y principios del XIX” y allí me quedé. Sí, habéis adivinado: la asignatura era sobre el Romanticismo. El bueno, el original, el fetén. El de William Blake y el primer Goethe, el de E.T.A. Hoffmann y Lord Byron. Allí leímos el Frankenstein de Mary Shelley, la Rima del Anciano Marinero de Coleridge (sí, la de la canción de Iron Maiden, uno de mis dos temas favoritos del grupo), los alucinados poemas de William Blake, los terroríficos cuentos de Hoffmann, las abracadabrantes aventuras del Estudiante de Salamanca de Espronceda, también nos asomamos un poco por la muralla del castillo de Otranto… Para mí, que era apenas una jovenzuela recién salida de una adolescencia heavy ochentera alimentada por canciones y películas de fantasía y terror que bebían, a veces directamente, a veces de segunda, tercera o cuarta mano, de aquellas fuentes, esa asignatura era una gozada. Parte del mérito hay que atribuírselo al profesor que la impartía, Abraham (no me quedé con su apellido, mecachis), un hombre ya mayor, encantador y sobre todo muy sabio, que sabía transmitirnos su entusiasmo por aquella literatura realmente rompedora, con sus virtudes y sus excesos, pero siempre fascinante. Y gracias a él aprendimos que la verdadera esencia del romanticismo no era ese concepto pasteloso del amor que nos ha quedado como su supuesto legado (en realidad de eso tienen más la culpa los imitadores malos de autores que en realidad eran posrománticos, como Bécquer o Rubén Darío, ya muy posteriores en el tiempo al romanticismo original), sino la rebeldía: primero contra los rígidos cánones artísticos del neoclasicismo, luego contra las reglas en general y las normas morales, sociales y políticas establecidas.  Contra el clasicismo academicista, la creatividad desatada; contra el orden, la libertad; contra la razón que delimita, la pasión que se desborda; contra la contención y el pudor, la exaltación de los sentimientos.

Los primeros románticos eran, en general, reivindicativos, incluso revolucionarios, también en el ámbito político. Sin embargo, a veces se producía el efecto contrario: como consecuencia de la reivindicación del arte y la cultura medievales y barrocos como reacción contra el academicismo clasicista, del que la Edad Media se percibía como su opuesto y el barroquismo de la Contrarreforma como su contrapunto, parte de la producción cultural del romanticismo que miraba con nostalgia el primitivismo medieval y la exaltación barroca derivó a lo largo del siglo XIX en géneros más conservadores como la novela histórica o el teatro histórico, que llegó a unos niveles de ranciedad importantes. Políticamente, la reivindicación de los nacionalismos emergentes que a menudo se conectaban con la visión idealizada de los antiguos reinos medievales también acabó derivando a veces en ideologías y opciones políticas conservadoras y retrógradas. Pero el núcleo de la esencia romántica, aunque luego evolucionara en algunos casos hacia el otro extremo del espectro, era la rebeldía. Contra las normas, contra el orden establecido, contra la moral imperante, incluso contra la religión. Porque, ¿qué mayor acto de rebeldía que rebelarse contra el poder supremo, contra el mismísimo Dios?

Sí, amigos: el satanismo surgió del romanticismo, con su reivindicación de la figura del ángel caído por intentar levantarse contra Dios (algo de culpa tendría Milton) y de los personajes monstruosos y malditos de la novela gótica. Y el heavy metal, que desde el principio se vinculó con la imaginería satánica y gótica como parte de su trasfondo estético de reacción contra el flower power hippie, entronca así con el romanticismo, de modo que, como nos reveló Abraham, provocando mi asombro alborozado, los heavies somos los últimos románticos auténticos, mira por dónde. En realidad, esa imaginería satánica surgió por puro marketing; los primeros que la utilizaron, los Black Sabbath, admitieron que se dieron cuenta de que las películas de terror a finales de los años 60 tenían mucho éxito entre su público potencial, así que para llamar la atención de ese público tomaron su nombre de una de esas películas y las letras lisérgicas hicieron el resto. Por otro lado, los cultos satánicos de gente como Anton La Vey o Aleister Crowley eran sectas dirigidas por tipos que eran más unos jetas timadores que otra cosa, y los satanistas actuales son realmente ateos más cercanos a la filosofía hedonista que a otra cosa, así que el heavy metal y sus aficionados tienen de satánicos parte de su estética y poco más. Esos grupos noruegos de death metal que en los 90 se dedicaban a quemar iglesias y a cargarse a algún que otro desgraciado no son más que cuatro tarados que recurrieron al satanismo como excusa para hacer el bestia igual que podían haberse identificado con, yo qué sé, el supremacismo sudista de Estados Unidos (oh, WAIT). Y los que creen de verdad en la existencia de Satán y lo adoran son dos tarados y pico.

Aun así, el heavy metal a lo largo de su historia como género se ha identificado en muchos aspectos con esa imaginería satánica que implica una actitud de rebeldía ante el sistema. Como decía más arriba, el mayor acto de rebelión es levantarse contra Dios y sus leyes, y es en ese sentido en el que la película de Francis Ford Coppola es más auténticamente romántica: no ya tanto por la historia de amor entre el conde y su amada reencarnada en una joven inglesa, sino sobre todo por el acto de rebeldía suprema en el que Vlad Tepes reniega de Dios, desolado por la muerte de su amada cuyo Señor no quiso evitar, a pesar de haberle servido fielmente. Mientras que la novela es más heredera del romanticismo por todo el legado de la novela gótica de vampiros y monstruos que le precede, la película es romántica sobre todo por la sublevación de un hombre que había sido siervo de Dios hasta que decidió que ya bastaba de obedecer a un Señor tan desagradecido. Que uno no siembra los campos de batalla de Centroeuropa con miles de empalados para que su pobre novia acabe tirándose al río porque los pérfidos infieles la engañan y encima no la admitan en el camposanto, hombre ya.

Y por todo eso, aunque como buena hobbit no me identifico en absoluto con el cliché del romanticismo que nos vendieron cuando desapareció el auténtico (no soy de celebrar San Valentín ni ninguna moñada de esas, y lo de dejar todo por amor, pues mira, como que me viene mal) y a veces los héroes románticos me cargan mucho con sus tonterías (desde aquí lo digo: Sigfrido, su primo Túrin Turambar y su cuñado Rhaegar Targaryen son unos singermornings), a pesar de todo eso, digo, siento fascinación y admiración por ese romanticismo originario, torturado y rebelde. El caso es que ni soy muy de sentir angustia existencial, ni de torturarme por amores y metas imposibles; en general procuro no comerme mucho la cabeza y no soy negativa ni pesimista por naturaleza. Pero sé que la oscuridad está más presente en nuestro interior de lo que queremos admitir, y que no siempre es mala, sino sólo parte de nuestra naturaleza, y como tal es mejor conocerla que rechazarla. No puedes controlarla si no. Tampoco puedes encerrarla siempre en una jaula de barrotes rectos y lisos. A veces es preferible dejar que se airee un poco paseando por un jardín que no tiene por qué estar perfectamente podado. La maleza también cumple su función. Sobre ella el monstruo puede descansar, tal vez libre por fin de su maldición. Cuando duerme tranquilo es hermoso.

miércoles, 2 de octubre de 2019

WHAT IS LOVE?



… Baby, don’t hurt me, don’t hurt me, no more…

Con esta cantinela me he tirado por lo menos un par de días. Volví a oír la canción de pasada y aprovechó para subírseme a la chepa y quedárseme pegada como una lapa. En fin, no me desagrada así que tampoco protestaré. Podría haber sido peor, que se me hubiera quedado pegada la de “Despacito” o algo así. Pero me he puesto a pensar en el significado del título y ya se me ha empezado a ir la pinza. Sí, lo sé, no es de estar muy bien de la azotea esto de que una canción chorra de discoteca te haga elucubrar sobre el amor, como si fuera una filósofa de verdad y no una tarada cualquiera. Tampoco he elaborado un tratado sobre el tema, la verdad. Ni valgo para ello ni tampoco tengo más base que mi propia experiencia, así que poco puedo sacar. Pero sí me da para ponerme pesada un rato :P.
En fin, ¿qué es el amor? La verdad es que mi definición es más simple que el mecanismo de un botijo. Tampoco es raro, teniendo en cuenta que mi idea de lo que es el amor cobró forma cuando era una niña de, no sé, 8 o 9 años como mucho, y desde entonces no ha variado sustancialmente, ni yo tampoco me he vuelto más lista, la verdad. En realidad, tengo la teoría de que cuando crecemos nos volvemos más tontos. La cuestión es que, hasta entonces, los referentes principales que tenía sobre el amor eran dos: por una parte, las historias de ficción (principalmente películas y series de televisión) que casi siempre representaban parejas de enamorados (heterosexuales, por supuesto) que vivían un amor apasionado y lleno de dificultades que acababan superando para acabar viviendo felices y comiendo perdices, sin que se nos mostrara nada más allá de ese punto. Por otra, la relación de mis padres, un matrimonio convencional con sus roles tradicionales muy asentados, en el que cualquier parecido con las historias de ficción era pura coincidencia. Ni un extremo ni otro me acababan de convencer, la verdad, porque no me acababa de identificar con ninguno de ellos. No es que pensara que el amor era algo que no fuera a experimentar nunca. De hecho, con 7 añitos tuve mi primer crush, un compañerito de clase monísimo que, cómo no, pasaba de mí y no quería ser mi novio XD. Pero no me imaginaba ni como la heroína de una rocambolesca historia ni como la típica señora casada. Ambas situaciones me parecían igual de lejanas.
El caso es que una tarde iba en el metro a Madrid (porque en Vallecas seguimos diciendo “ir a Madrid” cuando vamos al centro), no me acuerdo a qué, y supongo que con mi familia. No recuerdo los detalles, sólo que me llamó la atención una parejita de chico y chica adolescentes. A mí me parecían mayores, pero seguramente no tendrían más de 15 o 16 años; iban con las típicas carpetas de instituto, así que supongo que o volvían de clase o iban a alguna academia.  Iban charlando animadamente, así que parecían amigos.  Pero en un momento dado empezaron a besarse y para mí eso fue un flash. Pensé: “anda, son amigos y también son novios. MOLA.” No es que lo decidiera conscientemente, pero creo que en ese momento fue cuando se plantó la semilla de lo que para mí con el tiempo sería el concepto de relación ideal. Porque, como decía, los modelos de relación amorosa que se me habían presentado hasta entonces me resultaban bastante ajenos y no incluían el concepto de amistad, que a su vez implica los de complicidad, confianza y respeto. Que, como dicen los Mago de Oz en su tema “Maite Zaitut”, lo principal para mantener una relación es, precisamente, “la confianza, el respeto y un colchón”(1). Por eso para mí es imprescindible que mi pareja (hablo de relaciones serias, claro, para echar un kiki cualquiera que te atraiga vale) sea también mi amigo. Y, sobre todo, que sepa mantener ese respeto y esa confianza. Porque usar bien el colchón, aunque sea también imprescindible, si en un momento dado falla, se puede arreglar; no siempre, pero es más fácil. Pero cuando faltan el respeto o la confianza… mal asunto. Eso sí que es difícil de arreglar, porque implican un cambio de actitud, incluso de carácter, por parte de la persona que ha fallado en ese aspecto, y voluntad de mantenerlo, y capacidad de perdón por parte de la persona agraviada, lo que no siempre es posible. Sin respeto, una relación no marcha. Sin confianza, no se puede recuperar.
Eso sí, cuando todos esos parámetros funcionan y cuadran, es la hostia. A mí, desde luego, me vale más que todas esas historias apasionadas que vemos reflejadas en la literatura, en el cine, en la televisión… A ver, que me puedo divertir con una comedia romántica como cualquiera si está bien hecha, por supuesto. Pero no es mi género favorito. Puede que sea una rarita, pero mi historia de amor favorita en la ficción no está en ninguna película o novela romántica; ni siquiera es el centro de la trama. Es la de Espartaco y Varinia en Espartaco (la película de Stanley Kubrick, of course; la serie no la he visto, pero sospecho que, por lo que me han contado, no tendrá mucho que ver). Precisamente lo que más me gusta es que es una relación en la que el amor surge de una situación en la que ambos, en condiciones muy desfavorables, consiguen sentir respeto y admiración el uno por el otro y mantenerlos porque son capaces de conservar su dignidad como seres humanos y reconocerla en el otro, y se sienten como iguales. Y, curiosamente, esto ocurre en una historia ambientada en una época en la que eso posiblemente no era lo habitual ni lo esperable.
Se supone que hoy en día debería ser más fácil establecer relaciones de este tipo. Y muchas veces es así, pero otras muchas, más de las que sería esperable, no. Y no digamos ya mantenerlas. Pero sé que es posible sentir ese tipo de amor. Yo lo he hecho. Que luego me hayan correspondido o no, o que hayan dejado de hacerlo, es otra historia. Que vuelva a tener la ocasión de vivirlo, ya se verá (difícil lo veo, pero bueno :P). Pero es posible. Cómo y con quién es lo de menos.  Sólo importan esos tres parámetros: la confianza, el respeto y el colchón.
Por supuesto, no podía despedirme sin dejaros un regalito. Si yo llevo dos días con la canción metida en la cabeza, vosotros también vais a pringar, ea :P. Eso sí, en la versión más chanante posible: la de Jim Carrey en el que por lo que he leído fue su debut en el Saturday Night Live. Mira que normalmente no soporto a Carrey en su faceta histriónica (una vez empecé a ver Ace Ventura y no aguanté más de diez minutos, me estaba poniendo atacadita perdida), pero este vídeo es genial XD XD XD. Venga, ¡a menear el cuello!



(1)Sí, me gustan los Mago de Oz. Ya sé que desde hace mucho lo cool es ponerlos a caldo, y concedo que Txus es un impresentable y los últimos discos una mierda, pero tienen al menos tres que para mí siguen siendo putas obras maestras (Jesús de Chamberí, La leyenda de La Mancha y Finisterra, concretamente, y los dos primeros de Gaia tampoco están mal) y me la suda lo que digan los que van de guays. Que ya son unas cuantas décadas de aguantar a los gilipollas que van de auténticos y dictaminan lo que mola y lo que no, paso totalmente de ellos y me pueden comer lo que ya sabéis. Mira, eso es tema para otra entrada, ahora que lo pienso. Uy, lo a gusto que me voy a quedar.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Los malditos

Como muchos sabéis, durante varios años he estado dando la brasa en el Fotolog :P. Ahora que me he hecho este blog, y después de la chapuza que armaron hace pocos meses, a causa de la cual muchos estuvimos a punto de perder todas esas entradas, no creo que vuelva a usarlo. Pero le tengo cariño porque durante ese tiempo fue lo más parecido a un diario que he tenido nunca, y de vez en cuando me descolgaba con rayadas como la que reproduzco a continuación, y que perpetré el 5 de febrero de 2009. Entenderé que os dé pereza leerlo, pero me costó un buen rato escribirlo y al menos quería preservarlo también aquí, además de en el disco duro de mi ordenador. Si alguien quiere ver el original, aquí lo tiene: Los malditos.


 
Hoy toca tocho-post, no digáis que no avisé. Aún estáis a tiempo de huir :P.

El otro día hablaba de una de mis grandes adicciones, la música, pero la otra es la literatura. Igual que escucho prácticamente cualquier tipo de música, con pocas excepciones, también leo de todo. Pero mis gustos casi siempre han tirado por géneros malditos a los ojos de la crítica tradicional y del público general. No me voy a hacer la exquisita, eso de hacerme la guay vacilando de que sólo me gustan géneros minoritarios no me va; huyo de los que van de "auténticos", que para mí sólo han conseguido desvirtuar la palabra.

De hecho, los géneros que más me gustan no tienen esa aura de "exquisitos" que tienen otros supuestamente underground y a la vanguardia; todo lo contrario, se les tacha de "géneros populares", normalmente en sentido peyorativo, igual que el término "friki" sigue teniendo para la mayoría de la gente esa carga de menosprecio con la que nació. El heavy metal siempre ha sido pasto de desprecio y parodias (no digo que en ocasiones no se las mereciera), igual que, en la literatura, la ciencia ficción y la fantasía no han sido valoradas generalmente por su calidad, y también en ese caso hay ejemplos deleznables.

Pero los prejuicios se aplican en conjunto; si no, no serían prejuicios. Así que escritores tan dignos de recibir un Nobel como cualquier escritor "realista" encumbrado o que, por lo menos, no tienen nada que envidiar a otros escritores conocidos en estilo, profundidad intelectual y capacidad de entretener al lector, se ven reducidos a la etiqueta de "escritores de género" o, como mucho, les conceden el estatus de "escritores de culto" como si les hicieran un favor. Seguro que tenéis en mente a Tolkien; también pienso en autores como Ray Bradbury, Ursula K. Le Guin, Kurt Vonnegut o Philip K. Dick, por citar algunos de los ejemplos más notorios de excelentes escritores "de género". Irónicamente, escritores mundialmente reconocidos y galardonados como Doris Lessing, Philip Roth o Haruki Murakami escriben de vez en cuando obras que se podrían encuadrar sin ningún problema en la ciencia ficción o la literatura fantástica, si las entendemos en su sentido más amplio. Por no hablar de Borges o Cortázar. Porque una cualidad que tienen estos géneros es que pueden servir de vehículo a cualquier tema, por polémico que sea, lo que ha permitido en muchos casos esquivar la censura en países donde la libertad de expresión estaba seriamente coartada; curiosamente, en los países del Este la literatura de ciencia ficción estaba muy valorada y su popularidad llegaba a todos los niveles. Stanislav Lem era lectura obligada en los institutos, y hoy día Andrzej Sapkowski es en Polonia como aquí Pérez Reverte. En el mundo anglosajón no son tan radicales, pero aquí muchos te siguen mirando con condescendencia si, en lugar de leer a Javier Marías (que también me gusta), te ven con un libro de Arthur C. Clarke. Igual que ocurre con el heavy metal, que no creo que termine nunca de salir de su gueto, aunque cuente con músicos geniales y su calidad media sea bastante superior a toda esa mierda que se tragan los oyentes habituales de los 40 Criminales. No me meto en gustos, claro, y comprendo que no es una música apta para todos los oídos (aunque según qué géneros, que el heavy metal es mucho más variado de lo que se piensa). Pero mis oídos tampoco soportan los 40 Latinos y los tengo que sufrir en muchos bares si quiero tomarme una caña .

Lo curioso es que esos géneros suelen ir unidos en los gustos de los que los disfrutamos. No siempre, desde luego; hay mucha gente a la que sólo le gusta el heavy pero no lee ciencia ficción, fantasía o terror (o no leen, directamente). Y muchos lectores de esos géneros no escuchan heavy metal. Pero, desde sus inicios, el heavy ha bebido de esas fuentes literarias, probablemente más que ninguna otra música. Ahora parece que se asocia más con la fantasía, sobre todo la de inspiración tolkieniana, y siempre ha estado asociado al terror. Pero en los años 80, en la edad de oro del heavy metal, la temática futurista era la que dominaba en las letras de las canciones y en las portadas de los discos. Por eso la imagen que ilustra esta entrada es la portada del Somewhere in Time de Iron Maiden, uno de mis discos favoritos de siempre, con su estética directamente tomada de Blade Runner. Supongo que era lo que tocaba. En esa época de guerra fría y enfrentamiento nuclear, las novedades informáticas nos alucinaban, todavía pensábamos que en el 2000 viajaríamos en naves espaciales y los supuestos avistamientos de ovnis aún eran una noticia cotidiana. Hoy no hay guerra fría, sino decenas de guerras calientes y crisis por todo el planeta, seguimos viajando en coches que funcionan con gasolina, la luna continúa mirándonos desde arriba fría y distante y, desencantados de las profecías futuristas y de la tecnología que, sin embargo, nos rodea, volvemos los ojos a fantasías medievalizantes para evadirnos de la rutina, y eso también se refleja en la música que escuchamos.


El caso es que, de una forma u otra, el heavy metal siempre ha estado unido a una imaginería fantástica, en el sentido más amplio de la palabra, el que engloba ciencia ficción, fantasía heroica y terror. Nunca me había planteado por qué hasta que escogí en 5º de carrera una asignatura optativa, "Literatura anglogermánica s. XVIII-XIX" (es decir, Romanticismo) y que ya he comentado alguna vez que fue una de mis favoritas de toda la carrera, en buena parte gracias al profesor que la impartía, Abraham, uno de los mejores profesores que he tenido en mi vida. Éste llamó mi atención al comentar que el rock duro era el último movimiento romántico musical del siglo XX. Todo empezó cuando a Black Sabbath se le ocurrió vincular su música con el satanismo. Que fueran satánicos de verdad o no es lo de menos; realmente, salvo en el caso de algunos grupos de black metal noruego que están lo suficientemente pirados como para creérselo, el satanismo en el rock era más una pose estética que otra cosa. Pero la rebeldía nihilista que ya cundía en los primeros setenta, producto del desencanto respecto a los ideales hippies, entroncaba perfectamente con la rebeldía que representó en su momento el movimiento romántico que surgió a finales del siglo XVIII en Alemania y Gran Bretaña. La rebelión contra las encorsetadas normas artísticas neoclásicas que ensalzaban la razón y las reglas y tomaban como modelo el mundo clásico produjo que los románticos se fueran al otro extremo, exaltando los sentimientos, la pasión, la rebeldía contra las normas establecidas, y que reivindicaran la Edad Media, para ellos lo opuesto al clasicismo. ¿Y qué mayor rebelión que rebelarse contra el mismísimo Dios? De ahí surgió el satanismo, precisamente.

Así que de ahí puede venir la explicación de que toda esa imaginería fantástica se haya asociado al heavy metal: la rebeldía satánica, la tenebrosa iconografía gótica como opuesto del concepto clásico de la belleza, la idealización medievalizante que luego inspiró la fantasía heroica y su complementario producto de la industrialización, la evasión a mundos futuros...

Somos los últimos románticos. Hay que joderse.