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domingo, 29 de mayo de 2022

Todo a la vez en todas partes

Ayer tuve la oportunidad de ver en el festival de cine TDC Weekend, gracias a unos cuantos locos adorables, Todo a la vez en todas partes (Everything Everywhere All At Once, o Todo a cholón para los amigos). Yo ya iba casi segura de que me iba a gustar, porque sabía que se trataba de una película de temática fantástica con bastante humor. Pero no esperaba que me fuera a tocar tanto la patata. No puedo comentar mucho sin hacer spoilers, pero digamos que lo que parece (y lo es) una trama muy compleja de viajes por un multiverso todavía más loco que el del Doctor Strange en el fondo es una historia muy humana sobre la relación entre una madre y una hija, con sus ramificaciones respecto al resto de la familia. “Como pasa en Red”, me ha dicho mi hermano esta mañana, y sí, pero ahí acaban las semejanzas entre ellas. Ojo, la película de Pixar me encanta. Pero Todo a la vez en todas partes tiene tantas capas, niveles y estratos que a su lado la Sima de Atapuerca parece un simple hoyo en el suelo. 

 


 

Por circunstancias personales, la historia de Evelyn Wang y su hija Joy me ha pulsado muchas cuerdas, y el caso es que para mí lo fácil sería identificarme con Joy, pero los personajes están tan bien escritos que también comprendo y me identifico con Evelyn, a la que tomas cariño desde el primer momento, esa mujer que tanto ha luchado por sacar adelante su negocio y sobre todo a su familia, que arrastra decepciones e insatisfacciones desde su mismo nacimiento, y que de repente se encuentra envuelta en una vorágine de destrucción que amenaza todo su mundo, literalmente. Envuelta en una narrativa disparatada pero muy calculada y una imaginería desatada que apabulla, la película nos habla de relaciones personales, de traumas, de la imposición de roles dañinos que sufres e intentas no traspasar a tus hijos pero a veces no puedes evitarlo porque no te das cuenta, de lo que quisiste ser y no pudiste, de cómo hasta las decisiones aparentemente más nimias pueden conducir tu vida por caminos insospechados. Sobre todo, de amor. De amor que ata, de amor que libera, de amor que termina, de amor que surge, que resurge, que te salva de desvanecerte en la nada. Es curioso, porque la única vez que se mencionan en la película las palabras “te quiero” son fingidas y por lo tanto no funcionan, pero se habla constantemente de amor mostrándolo de todas las formas alternativas posibles, porque el amor es infinito como el Multiverso y es lo único que te salva de caer en el nihilismo, que sería la consecuencia lógica del caos que nos rodea. Porque la lógica nos dice que no somos nada, sólo motas de polvo en el océano cósmico, pero el amor nos dice que cada uno de nosotros somos únicos e irrepetibles y que todo merece la pena a pesar de todo.

Si os digo que ésta es la escena más emocionante de la película no me creeréis. Pues os juro que lo es.

En fin, qué intensita me he puesto para una película aparentemente intrascendente 😅 (de eso nada). Habrá gente a quien le deje indiferente porque tiene que haber de todo (me dan pena, pero cada uno hace lo que quiere o lo que puede con su vida). Pero es que merece la pena verla, de verdad. Tanto que me ha dado por escribir esta entrada para el blog después de meses de tenerlo abandonado. El próximo viernes 3 de junio la estrenan, yo que vosotros iría a verla al cine. Es más, si puedo repetiré.

No quiero acabar esta entrada sin reivindicar a Michelle Yeoh, que es una diosa, y a Jamie Lee Curtis, que es diosa y media por lo menos. Ambas están fantásticas en esta película, y quiero que salgan mucho más en películas. Sobre todo Jamie Lee Curtis, que es una señora de la cabeza a los pies, con un talento tan grande como su sentido del humor. La admiro muchísimo. De mayor quiero ser como ella. La verdad es que si me corto el pelo cortito me parezco a ella, ya es algo XD.

Ha sido un gran fin de semana gracias al TDC Weekend, a sus organizadores y a la preciosa gente con la que he compartido sala, comida, cerveza y risas. A algunos ya los conocía en persona, a otros por fin los he desvirtualizado, que ya tenía ganas, y son todos seres humanos maravillosos y adorables a los que les deseo lo mejor y sobre todo mucho amor, todo a la vez, en todas partes.

Gracias.

martes, 29 de marzo de 2022

Los últimos románticos

Hace no mucho tuve ocasión de volver a ver “Drácula” de Francis Ford Coppola en el cine, gracias a la gente de Tiempo de Culto (podcast que os recomiendo mucho). Es una de mis películas favoritas, y de las pocas que me parecen genuinamente románticas. Pero no tanto por la historia de amor entre Drácula y Mina (que, por si no lo sabéis, en la novela original no existe, se la inventaron totalmente para la película), sino por cómo se relata el origen de Drácula. 

He cruzado océanos de tiempo... y vais y me adelantáis la hora, capullos, que me tengo que levantar del ataúd una hora más tarde

 

Me explico: la mayoría de la gente identifica romanticismo con historias de amor ultra moñas, cuando no tóxicas. Los últimos ejemplos a nivel de masas son Crepúsculo (con un protagonista vampiro que se parece a Drácula como un huevo a una castaña) y su sucedáneo supuestamente transgresor, 50 sombras de Grey; no hace falta que os explique de qué van salvo que hayáis estado viviendo en una cueva completamente aislados del mundo los últimos 20 años.  Salvo por compartir un concepto supuestamente apasionado del amor, que en realidad tampoco tiene que ver mucho con el concepto original de pasión romántica, no tienen nada en común con el romanticismo primigenio.

Cuando estudiaba la carrera, en el último año tenía que elegir una optativa. Ya había decidido que me iba a matricular en paleografía, pero era una de las asignaturas que empezaban a impartirse más tarde, así que podía ir antes de oyente a otras optativas por si descubría alguna que me hiciera cambiar de idea. Una tarde asistí a la primera clase de una asignatura con el rimbombante nombre de “Literatura anglogermánica de finales del siglo XVIII y principios del XIX” y allí me quedé. Sí, habéis adivinado: la asignatura era sobre el Romanticismo. El bueno, el original, el fetén. El de William Blake y el primer Goethe, el de E.T.A. Hoffmann y Lord Byron. Allí leímos el Frankenstein de Mary Shelley, la Rima del Anciano Marinero de Coleridge (sí, la de la canción de Iron Maiden, uno de mis dos temas favoritos del grupo), los alucinados poemas de William Blake, los terroríficos cuentos de Hoffmann, las abracadabrantes aventuras del Estudiante de Salamanca de Espronceda, también nos asomamos un poco por la muralla del castillo de Otranto… Para mí, que era apenas una jovenzuela recién salida de una adolescencia heavy ochentera alimentada por canciones y películas de fantasía y terror que bebían, a veces directamente, a veces de segunda, tercera o cuarta mano, de aquellas fuentes, esa asignatura era una gozada. Parte del mérito hay que atribuírselo al profesor que la impartía, Abraham (no me quedé con su apellido, mecachis), un hombre ya mayor, encantador y sobre todo muy sabio, que sabía transmitirnos su entusiasmo por aquella literatura realmente rompedora, con sus virtudes y sus excesos, pero siempre fascinante. Y gracias a él aprendimos que la verdadera esencia del romanticismo no era ese concepto pasteloso del amor que nos ha quedado como su supuesto legado (en realidad de eso tienen más la culpa los imitadores malos de autores que en realidad eran posrománticos, como Bécquer o Rubén Darío, ya muy posteriores en el tiempo al romanticismo original), sino la rebeldía: primero contra los rígidos cánones artísticos del neoclasicismo, luego contra las reglas en general y las normas morales, sociales y políticas establecidas.  Contra el clasicismo academicista, la creatividad desatada; contra el orden, la libertad; contra la razón que delimita, la pasión que se desborda; contra la contención y el pudor, la exaltación de los sentimientos.

Los primeros románticos eran, en general, reivindicativos, incluso revolucionarios, también en el ámbito político. Sin embargo, a veces se producía el efecto contrario: como consecuencia de la reivindicación del arte y la cultura medievales y barrocos como reacción contra el academicismo clasicista, del que la Edad Media se percibía como su opuesto y el barroquismo de la Contrarreforma como su contrapunto, parte de la producción cultural del romanticismo que miraba con nostalgia el primitivismo medieval y la exaltación barroca derivó a lo largo del siglo XIX en géneros más conservadores como la novela histórica o el teatro histórico, que llegó a unos niveles de ranciedad importantes. Políticamente, la reivindicación de los nacionalismos emergentes que a menudo se conectaban con la visión idealizada de los antiguos reinos medievales también acabó derivando a veces en ideologías y opciones políticas conservadoras y retrógradas. Pero el núcleo de la esencia romántica, aunque luego evolucionara en algunos casos hacia el otro extremo del espectro, era la rebeldía. Contra las normas, contra el orden establecido, contra la moral imperante, incluso contra la religión. Porque, ¿qué mayor acto de rebeldía que rebelarse contra el poder supremo, contra el mismísimo Dios?

Sí, amigos: el satanismo surgió del romanticismo, con su reivindicación de la figura del ángel caído por intentar levantarse contra Dios (algo de culpa tendría Milton) y de los personajes monstruosos y malditos de la novela gótica. Y el heavy metal, que desde el principio se vinculó con la imaginería satánica y gótica como parte de su trasfondo estético de reacción contra el flower power hippie, entronca así con el romanticismo, de modo que, como nos reveló Abraham, provocando mi asombro alborozado, los heavies somos los últimos románticos auténticos, mira por dónde. En realidad, esa imaginería satánica surgió por puro marketing; los primeros que la utilizaron, los Black Sabbath, admitieron que se dieron cuenta de que las películas de terror a finales de los años 60 tenían mucho éxito entre su público potencial, así que para llamar la atención de ese público tomaron su nombre de una de esas películas y las letras lisérgicas hicieron el resto. Por otro lado, los cultos satánicos de gente como Anton La Vey o Aleister Crowley eran sectas dirigidas por tipos que eran más unos jetas timadores que otra cosa, y los satanistas actuales son realmente ateos más cercanos a la filosofía hedonista que a otra cosa, así que el heavy metal y sus aficionados tienen de satánicos parte de su estética y poco más. Esos grupos noruegos de death metal que en los 90 se dedicaban a quemar iglesias y a cargarse a algún que otro desgraciado no son más que cuatro tarados que recurrieron al satanismo como excusa para hacer el bestia igual que podían haberse identificado con, yo qué sé, el supremacismo sudista de Estados Unidos (oh, WAIT). Y los que creen de verdad en la existencia de Satán y lo adoran son dos tarados y pico.

Aun así, el heavy metal a lo largo de su historia como género se ha identificado en muchos aspectos con esa imaginería satánica que implica una actitud de rebeldía ante el sistema. Como decía más arriba, el mayor acto de rebelión es levantarse contra Dios y sus leyes, y es en ese sentido en el que la película de Francis Ford Coppola es más auténticamente romántica: no ya tanto por la historia de amor entre el conde y su amada reencarnada en una joven inglesa, sino sobre todo por el acto de rebeldía suprema en el que Vlad Tepes reniega de Dios, desolado por la muerte de su amada cuyo Señor no quiso evitar, a pesar de haberle servido fielmente. Mientras que la novela es más heredera del romanticismo por todo el legado de la novela gótica de vampiros y monstruos que le precede, la película es romántica sobre todo por la sublevación de un hombre que había sido siervo de Dios hasta que decidió que ya bastaba de obedecer a un Señor tan desagradecido. Que uno no siembra los campos de batalla de Centroeuropa con miles de empalados para que su pobre novia acabe tirándose al río porque los pérfidos infieles la engañan y encima no la admitan en el camposanto, hombre ya.

Y por todo eso, aunque como buena hobbit no me identifico en absoluto con el cliché del romanticismo que nos vendieron cuando desapareció el auténtico (no soy de celebrar San Valentín ni ninguna moñada de esas, y lo de dejar todo por amor, pues mira, como que me viene mal) y a veces los héroes románticos me cargan mucho con sus tonterías (desde aquí lo digo: Sigfrido, su primo Túrin Turambar y su cuñado Rhaegar Targaryen son unos singermornings), a pesar de todo eso, digo, siento fascinación y admiración por ese romanticismo originario, torturado y rebelde. El caso es que ni soy muy de sentir angustia existencial, ni de torturarme por amores y metas imposibles; en general procuro no comerme mucho la cabeza y no soy negativa ni pesimista por naturaleza. Pero sé que la oscuridad está más presente en nuestro interior de lo que queremos admitir, y que no siempre es mala, sino sólo parte de nuestra naturaleza, y como tal es mejor conocerla que rechazarla. No puedes controlarla si no. Tampoco puedes encerrarla siempre en una jaula de barrotes rectos y lisos. A veces es preferible dejar que se airee un poco paseando por un jardín que no tiene por qué estar perfectamente podado. La maleza también cumple su función. Sobre ella el monstruo puede descansar, tal vez libre por fin de su maldición. Cuando duerme tranquilo es hermoso.

domingo, 15 de marzo de 2020

Esas parejas felices


Ya sabéis que mi inspiración funciona a impulsos. Hace poco descubrí que mi mente funciona así en general: por lo visto hay dos tipos de personas, dependiendo de la forma en la que piensan. Están los que lo hacen en forma de monólogo interior, escuchando una voz en su interior que está constantemente parloteando (debe de ser agotador), y otros pensamos más en términos abstractos e imágenes. Me da la impresión de que esa forma de pensar debe de ser más propicia a la asociación de ideas porque el flujo de imágenes y conceptos es más rápido, tanto que a veces esas asociaciones se desbordan y yo misma flipo de cómo puedo llegar de una idea a otra que no tiene nada que ver con la inicial. Hoy, por ejemplo, en un momento dado que pasaba por el salón, estaba la tele puesta y en una pausa publicitaria en medio de la información constante sobre el coronavirus con la que nos bombardean (y no, no voy a hablar del coronavirus, tranquilos: en parte por eso estoy escribiendo esta entrada, para pensar en algo que NO sea ese puto bichito que si se cae de la mesa se mata -y si has pillado esa referencia eres tan viejo como yo y te jodes-), saltó un anuncio de un programa en el que por lo visto actúan niños y jóvenes prodigio, y un chico cantaba “Torna a Surriento”, con una estupenda voz, debo decir. Me entraron ganas de escuchar la canción completa, me puse una lista de ópera que tengo en Spotify, y de ahí saltó a otros temas y arias que tengo en esa lista, uno de los cuales era de Rigoletto, que es, de las óperas que he visto, la que más me gustó, entre otras cosas porque el protagonista no es un tenor sino un barítono (adoro las voces graves), lo que es poco común en ópera. Supongo que Verdi asignó el papel protagonista a un barítono porque el personaje es un hombre ya maduro; eso conduce a otra circunstancia tampoco muy común en la ópera, y es que los protagonistas no son la típica pareja de enamorados (aunque es verdad que los argumentos de las óperas pueden ser muy variados). Para mí eso es otro atractivo de esta ópera, porque, la verdad, la mayoría de las parejas protagonistas de óperas y musicales me aburren con sus historias apasionadas, trágicas y bastante lerdas. Me aburren mucho. Algunas se me hacen especialmente odiosas: por ejemplo, la parejita joven de Sweeney Todd, que en la película de Tim Burton, además de ser ñoñísimos, dan una grima insuperable. Tampoco se quedan muy atrás Cosette y Marius de Los miserables: no sé si me da más rabia ella por pavisosa o él por intensito y revolucionario de pastel. Que, en realidad, no son los protagonistas de la historia, por suerte, pero parece que hay que cubrir la cuota de moñismo y por eso los han plantado ahí, pese a que son unos puñeteros parches que no pegan ni con cola y si desaparecieran de la trama nadie los echaría de menos.
 
Góticos, no. Emos. Muy emos. Cada vez que él abre la boca para cantar "Johanna" quiero que Sweeney lo degüelle.
En fin, que ese tipo de parejitas “románticas” no me gustan. Y por fin llego al tema de esta entrada (ya os dije que mis asociaciones de ideas pueden llegar a destinos muy locos y apartados de la idea original): las parejas de obras de ficción que sí me gustan. No siempre son las protagonistas, pero son las que le dan vidilla a la historia y desde luego suelen representar modelos de relación bastante más sanos que el de las típicas parejas protagonistas. Así que procedo a enumerar algunas de mis favoritas: 

-Little John y Fanny, de Robin Hood, príncipe de los ladrones. La verdad, a mí Kevin Costner nunca me ha llamado la atención. Ni fu ni fa, funiculí, funiculá (se me ha pegado el rollo operístico). A mí de esta película lo que más me gusta con diferencia es Alan Rickman, por supuesto, seguido de esta estupenda pareja de secundarios que me dan un buen rollo fantástico. Los dos son unos brutotes encantadores que deben de darle al ñiqui ñiqui que da gusto porque tienen ocho hijos y unas caras de felicidad que dan ganas de pellizcarles los mofletes hasta hacerles pupa. Y, sobre todo, son, antes que nada, compañeros, colaboran y se respetan mutuamente como iguales. Para muestra, esta escena con la que me parto y me muero de ternura por la forma en que ella le dice “Hello, my lover” mientras balancea las piernecitas. Si es que hay que quererlos.
 


(Sí, he tenido que subir un vídeo que he grabado yo misma con el móvil porque soy así de cutre y porque no he encontrado esta escena por separado en el Intenné).


-Lady Sybil Ramkin y Samuel Vimes. Por origen, circunstancias y carácter no pueden ser más diferentes, y sin embargo encajan maravillosamente. Su historia ya comienza desde la primera novela de la Guardia Nocturna de Ankh-Morpork de las novelas del Mundodisco de Terry Pratchett, y se va desarrollando de fondo a lo largo de las siguientes novelas, mientras Vimes va desvelándose como uno de los mejores personajes de Pratchett, que ya es decir. Lady Sybill no deja de ser un personaje secundario, pero muestra una personalidad tan firme como adorable. Lo que me gusta es que el profundo amor, respeto y admiración que sienten el uno por el otro parten precisamente de lo distintos que son, porque esas diferencias que los definen les han hecho ser, cada uno a su particular manera, auténticos en el mejor sentido de la palabra. Los quiero mucho a los dos y me encantaría que me adoptaran. La verdad es que Pratchett solía crear unas parejitas muy majas: Moist von Lipwig y Adora Belle Dearheart son también una pareja muy singular, Magrat Ajostiernos y Verence II de Lancre son para ponerlos de adorno encima de la tele… y, a su manera (y con la contribución de Neil Gaiman, of course), Aziraphale y Crowley también son muy cuquis.
 
¿Qué le dijo al oído? Eso sí que es un misterio sin resolver
-Mary Kate Danaher y Sean Thornton: qué puedo decir, adoro esta película y a sus protagonistas. Sin ser especialmente fan de John Wayne, creo que en esta película está estupendo, pero Maureen O’Hara se come la pantalla directamente. Los dos recrean a unos personajes geniales, igual de fuertes, cabezotas y carismáticos, que consiguen comprenderse y aceptarse el uno al otro tal como son, aunque al principio les cueste porque sus circunstancias han sido muy diferentes. Los dos aprenden a ceder cuando se dan cuenta de que sus cabezonerías les pueden perjudicar a sí mismos y al otro, pero no dejan de lado sus convicciones y consiguen una unión más fuerte que los puñetazos que se pegan Sean y su cuñado. Me los imagino treinta o cuarenta años después, tras haber tenido siete hijos e hijas más fuertes que una manada de bueyes irlandeses, discutiendo por un quítame allá ese rosal o me has manchado la alfombra de cerveza, para acabar dando un paseo cogidos de la mano. Absolutamente adorables.

-Leia Organa y Han Solo: no voy a decir nada que no sepáis. Aunque la nueva trilogía de secuelas de Star Wars nos ha roto parte de la magia (como decía un amigo mío, vivíamos contentos con la convicción de que Leia y Han eran felices y comían perdices para siempre, y tuvo que venir Abrams a cortarnos el rollo), para mí seguirán siendo ese sinvergüenza y esa princesa rebelde en permanente tira y afloja que a pesar de todo terminan felizmente con ese mítico “I love you – I know”. Mi corazón se quedó con ellos en Endor, y ahí vive feliz entre secuoyas.
 
Ays. Mira, yo ya.
En fin, no me enrollo más. Espero que este post haya servido para entreteneros un rato y daros sugerencias en forma de libros, películas, etc., para pasar la cuarentena menos aburridos. Salud y buenos alimentos, como diría Rosendo 😊.


jueves, 12 de diciembre de 2019

Soy una maruja

Esta tarde he vuelto a ver la que probablemente sea mi comedia romántica favorita: Jack y Sarah. Digo comedia por diferenciarla de película romántica a secas, porque en ese caso mi  favorita es Eternal Sunshine of the Spotless Mind (llamarla Olvídate de mí me parece un mal chiste). El caso es que Jack y Sarah es una comedia romántica un poco atípica. Tiene los puntos básicos argumentales y los tópicos necesarios para que se considere como comedia romántica, como el del señor viudo (el tópico de los señores viudos en las novelas y películas románticas da para tesis), la jovencita repentinamente desvalida que recurre al trabajo de niñera/institutriz para salir del paso, la aspirante a ligar con el señor viudo que se intenta interponer entre él y la protagonista, los familiares metomentodo, los amigos estrambóticos, el bebé/hijo/criaturita inocente catalizadora de la acción...  Pero luego tiene también elementos que se salen un poco de lo habitual. Por ejemplo, para empezar, que el actor que encarna a Jack, el protagonista, sea alguien a quien no te imaginarías jamás en ese papel porque tiene una carrera muy dispar y, sobre todo, un careto incómodo de ver: Richard E. Grant. Según veía la película me acordaba de que dentro de unos días lo veré haciendo de alto mando de la Primera Orden y la disonancia cognitiva me superaba por un momento. Y, sin embargo, te lo crees en este papel. Está a ratos histriónico, a ratos hostiable, a ratos simpático, a ratos trágico... Me parece que hace un gran papel, pero dudo que fuera del Reino Unido lo hubieran elegido para ese papel, por buen actor que sea. Porque en el Reino Unido son muy suyos, como su humor, del que esta película va sobrada; no llega a ser tan negro como Cuatro bodas y un funeral, que se estrenó un año antes (y me imagino que Jack y Sarah se rodó un poco a rebufo del éxito de la película de Mike Newell), pero tiene ese toque tan característico que rara vez encuentras en las comedias románticas americanas. Y el resto del reparto también se luce: ahí están nada menos que Judi Dench y nuestro adorado Ian McKellen, en un papel genial. Aunque vi esta película antes que las de El señor de los anillos, tardé muchos años en relacionar a Gandalf con aquel maravilloso pordiosero borracho tan polite 😂. 

Sí. Este señor, con este careto (bueno, más joven, vale), fue protagonista de una comedia romántica. Cómo se te queda el cuerpo.

Otra cosa que, al menos en la época en la que se rodó esta película, no era tan habitual, son las puyitas feministas que te mete de forma no invasiva pero sí en un goteo constante. El carácter de la protagonista ya va un poco por ahí, es una chica con ovarios y desparpajo, pero son sobre todo pequeños detalles: cuando Sarah, la mujer de Jack, le reprocha que en las fiestas que celebran en casa siempre le acaba tocando pringar mientras él se emborracha (como efectivamente acaba ocurriendo); cuando cada vez que Jack se queja de que sufre mucho como padre viudo su familia le recuerda que no es el único que está pasando por eso y que eso no es excusa para despreocuparse de sus responsabilidades (su suegra le mete un buen corte en una ocasión); o, sobre todo, cuando, a falta de niñera, se lleva a la pequeña Sarah al trabajo, consigue encalomársela a algunas de sus compañeras para que la cuiden mientras él atiende sus asuntos y Anna, su jefa y medio ligue, le dice: "Has convertido esto en una guardería. Le has echado cara y te has salido con la tuya. (...) No, no, entiéndeme, no me parece mal. Me resulta interesante. Pero una mujer no lo habría conseguido". Me da la impresión de que ese momento pasó desapercibido, más que nada porque lo menciona un personaje que está escrito para que le cojamos manía porque es la rival de Amy, la niñera (aunque luego tampoco es culpa de Anna que su relación con Jack no prospere porque es el mismo Jack el que se la carga solito por capullo), pero que hace ya casi 25 años el problema de la conciliación familiar se viera desde esa perspectiva creo que era una novedad.
Ay, cuando mete a la nena en la bolsa de papel con un calcetín por gorro. Ahí es justo cuando me explotan los ovarios por sobredosis de cuquez.
En fin, que para tratarse de una comedia romántica no se reduce a los tópicos del género y retrata de forma bastante acertada los problemas del día a día, al menos de una parte de la sociedad del momento en que se rodó la película, y también retrata de manera plural y nada plana a personajes en los que podemos reconocernos en muchos aspectos, tanto hombres como mujeres, que es lo que le da la calidad a la película, como diría Ángel Sanchidrián. Y a todas las grandes obras de la literatura, el cine y demás artes narrativas. Como esas novelas de una señora que a lo mejor os suena el nombre, Jane Austen. Yo soy muy fan de Jane Austen. Y, aunque no lo parezca si has leído hasta aquí, no soy especialmente fan de las novelas y películas románticas. Ya dije en otra entrada del blog que mi historia de amor de cine favorita no está en una película romántica, sino que es la de Espartaco y Varinia en la película de Kubrick. De hecho, tampoco diría que las novelas de Jane Austen son románticas, tal como entendemos ese género hoy en día. Lo que me gusta, más que nada, son las historias bien contadas. Y Jane Austen era la maestra absoluta a la hora de narrar una historia de forma que nos enganchara con las peripecias de personajes finamente perfilados y desarrollados con unas pocas pero certeras pinceladas que retrataban con precisión la sociedad de su época. Una entiende perfectamente que las protagonistas de sus novelas, lejos de ser unas damiselas pasivas que sólo quieren casarse porque quieren que las mantengan, son mujeres que luchan por salir adelante con los recursos de que disponen, que en su época eran francamente ridículos, así que son auténticas heroínas. Por eso me fastidió mucho cuando hace unos días cierta pava con ganas de llamar la atención, para ensalzar a George Eliot, no tuvo mejor idea que contraponerla a Jane Austen afirmando que esta última era una escritora para marujas en el sentido más peyorativo que le queráis dar. Pues bien, si ser una maruja es disfrutar con historias que hablan de sentimientos sin complejos, que reflejan con fidelidad pero sin obviedades la esencia de su tiempo, que retratan la complejidad humana y que además te transmiten alegría y optimismo, que buena falta nos hace, pues soy una maruja. Ea. Más marujas y sobre todo más buenas historias hacen falta en este mundo, coñoyá.

Maruja and proud.
 

martes, 5 de noviembre de 2019

Te lo juro por los Silmarils


Últimamente sigo en Twitter a una tuitera muy graciosa, @_TheIronMaiden_ , tan graciosa como friki, que escribe unos hilos desternillantes, muchos dedicados a las películas de El señor de los anillos. Hace bastante tiempo que no las veo, pero gracias a esos hilos, además de partirme de risa, vuelvo a recordar detalles que tenía olvidados. Uno de ellos es la presencia de un personaje muy secundario, realmente un extra, que sin embargo consiguió una gran repercusión en Internet: Lindir, más conocido como Figwit. Si eres joven y no viviste la explosión internetera de cuando se estrenaron las películas, o no eres un frikazo como yo, te estarás preguntando: “¿Quién coño es Figwit?”. Me alegro de que te hagas esa pregunta, porque eso es justo lo que su nombre significa XD. 
Mira que eres Lindiiiiir, qué precioso eres
Me explico: en La comunidad del anillo, en la escena del Concilio de Elrond, entre los personajes que aparecen al fondo, casi todos elfos de Rivendel, hubo uno que por azar o porque Peter Jackson decidió ponerlo en esa posición resultaba bastante visible, pero no pronunciaba una sola palabra y se le veía tan lánguido que parecía una parodia del concepto de elfo tolkieniano. A algunos con mucho cachondeo en el cuerpo y bastante tiempo libre les dio por elucubrar sobre ese personaje, tan notorio como superfluo. Como no aparecía mencionado por ninguna parte, se les ocurrió llamarle Figwit, cuyas letras son las siglas de "Frodo is grea...who is THAT?!?". La coña se viralizó y el personaje cobró tanta relevancia que ya en El retorno del rey le dieron un par de líneas de diálogo: cuando Arwen, que marcha hacia los Puertos Grises, decide dar media vuelta y quedarse en la Tierra Media y Figwit, que forma parte de su séquito, haciendo honor a su reputación, le dice en un tono estudiadamente mustio: “Dama Arwen. No hay que demorarse. ¡Mi señora!”. La coña llegó a su punto culminante cuando le dedicaron un documental que está disponible en Youtube: Figwit Documentary y que incluso recibió premios, y por supuesto en El hobbit le volvieron a dar un papelito pequeño pero con algunas líneas de diálogo en la corte de Elrond y por fin le pusieron un nombre oficial: Lindir, un elfo que es mencionado en la obra original de Tolkien cuando Frodo llega a Rivendel.
Malditos enanos. Mira, de verdad, esto no está pagao.
Supongo que la coña tuvo tanto éxito entre otras cosas porque, como veis, Peter Jackson y compañía la aceptaron y promovieron haciendo gala de su sentido del humor, que al propio actor que lo interpreta, Bret McKenzie, no le falta porque resulta que es, entre otras cosas, uno de los dos componentes del dúo humorístico-musical Flight of the Conchords (si no los habéis visto nunca ya estáis corriendo a buscarlos en Youtube, son unos cracks. Y son amiguetes de Taika Waititi, of course). Por cierto, su padre es el que hace de Elendil en el prólogo de La Comunidad. Pero él fue el primer sorprendido por la fama que su personaje consiguió. ¿Qué fue lo que prendió la primera chispa que desencadenó el fenómeno?
Mi teoría es que en la base de la coña subyace algo que nos ocurre a muchos fans de El señor de los anillos: los elfos de las películas de Peter Jackson son RAROS. Muy raros. Muchos dirán que, directamente, son “raritos”, ya sabéis en qué sentido, y creo que parte de razón no les falta 😅. El problema es que Tolkien describe a los elfos de ambos sexos como seres extraordinariamente hermosos, y cada uno los imagina como quiere, pero llevar eso a imagen real es muy difícil en el caso de los elfos varones, porque ya sabemos que la belleza es una cualidad que se valora principalmente en las mujeres, por lo que cuando se presenta en un grado superlativo en un hombre se percibe como un síntoma de afeminamiento. Eso, unido al carácter propio de los elfos, aparentemente mucho más refinado y desapegado de las preocupaciones materiales que el de los hombres o los enanos, les ha creado una fama muy particular entre muchos de los fans de Tolkien. Hablando en plata: para sus detractores, los elfos son unos maricones. Sí, añadidle todas las connotaciones negativas que queráis a ese término, aunque estén bañadas con una capa considerable de jolgorio. Que no tengo nada en contra de que la naturaleza de los elfos sea mucho más andrógina o directamente femenina que la de los humanos, el problema es que es muy difícil representar esa naturaleza con actores que, obviamente, no tienen esa belleza élfica irreal. La verdad, a juicio de muchos (yo me incluyo) el look de los elfos de las películas no ayuda demasiado. Es muy difícil caracterizar a actores masculinos con un look andrógino y refinado y que, si no son realmente bellos por naturaleza, no parezcan unos travestis de la Tierra Media. Figwit todavía tiene a su favor que Bret McKenzie, al menos, es guapete, así que su aspecto es lánguido pero no da dentera, y Orlando Bloom es posiblemente el único que ofrece un aspecto realmente convincente como elfo en las películas, independientemente de que sea mejor o peor actor (menos mal, porque era uno de los protas 😂), pero el problema llega cuando el actor no es especialmente atractivo o tiene un tipo de belleza muy masculino: el efecto drag queen es demoledor. No lo digo ya tanto por Hugo Weaving, que al fin y al cabo es un gran actor y consigue que pasado el shock inicial nos acostumbremos a verlo con la diadema de Barbie Superstar (y recordemos que Elrond es medio humano, no tiene por qué ser tan guapo como un elfo de pura cepa), ni tampoco por Celeborn, que por suerte sale poco, sino sobre todo por otro elfo que nunca dejaré de considerar un error de casting garrafal: Haldir. Lo siento por Craig Parker, que hace lo que puede, pero no he visto a nadie que le siente peor el pelucón rubio que le plantaron. En serio, al natural ese hombre es guapo y todo, pero tiene un tipo de belleza que no pega ni con cola para un elfo. Seré una mala persona, pero para mí fue un alivio cuando cayó en la batalla del Abismo de Helm. No puedo con él, de verdad, no puedo, no puedorrrrrrr. 
Si es que no puedo con esa cara de pan de lembas >.<
Yo creo que el mismo Peter Jackson y sus colaboradores eran conscientes de ello, y viendo que no eran capaces de dar con la tecla adecuada para paliar ese efecto drag queen no buscado, pensaron que de perdidos al río y fueron a por todas. Y así es como hicieron de la necesidad virtud y en las películas de El hobbit nos presentaron a la auténtica reina de las hadas, que es ni más ni menos que Thranduil, el rey elfo del Bosque Negro y padre del mismísimo Legolas. Lee Pace, el actor que lo encarna, aparte de ser razonablemente guapo y bastante versátil (cuando me enteré de que interpretaba a Ronan el Acusador en las películas del MCU me quedé con el culo torcido XD) debe de ser un cachondo mental y, con la venia del director y los guionistas, creó a la verdadera reinona de la Tierra Media, con el permiso de Galadriel. Seguramente sabía lo que iban a opinar los trve fans de él, así que pensó: “Conque sí, ¿eh? Pues os vais a enterar”. El resultado es tan glorioso que para mí es de lo mejorcito de las películas de El hobbit, y lo digo en serio. Es que, de verdad, por favor, me muero con esa corona de Miss Arda de la Tercera Edad, con esa melena Pantene combinada con esas cejas de supersaiyajin, con esa montura que parece el padre de Bambi ultrahormonado, y sobre todo con esa prestancia, ese estilazo, esa mirada superreconcentrada de desprecio por todos los mortales de la Tierra Media y parte del extranjero. Que sólo le falta llevar un neón flotando sobre su cabeza que diga “Bitch, I’m fabulous”. Bueno, no, no le hace falta, todos lo sabemos. 
En fin, salvo la honrosísima excepción de Thranduil, que asumió su naturaleza con todas las consecuencias, y de su hijo Legolas, que es el mejor atisbador de la lejanía de la Tercera Edad y tiene el mérito de haber inventado el surf en épocas tan pretéritas, los elfos de PJ no han conseguido estar a la altura de las expectativas de muchos de nosotros. Me pregunto si hay alguna forma realmente satisfactoria de representar a un elfo que sea al mismo tiempo bellísimo y majestuoso como se espera de su raza sin caer en la parodia o la horterada. Creo que lo más parecido al concepto élfico tolkieniano, al menos a nivel estético, que he visto ha sido en un medio que en teoría está en las antípodas de la literatura fantástica que Tolkien consagró: en el manga y anime japonés, cuyos autores son capaces de diseñar personajes masculinos realmente hermosos de belleza etérea y, sin embargo, no dan sensación de fragilidad o falta de carácter. Pero no son seres humanos reales, claro, así que el problema de representar personajes élficos en imagen real sigue pendiente. Tengo verdadera curiosidad por ver cómo lo resuelven los de Amazon en la futura serie basada en El señor de los anillos que están preparando. También tengo ganas de ver si aparece algún elfo en la serie de Netflix de Geralt de Rivia, ya que en los libros de Andrzej Sapkowski sí aparecen elfos, pero no sé si en la adaptación a televisión se los fumarán o no. Si bien se parecen mucho a los elfos de Tolkien, tienen características propias que creo que harían más fácil su representación con seres humanos. Pronto lo sabremos. Hasta entonces, namarië 😉.

domingo, 6 de octubre de 2019

El Joker, el Robocop y el crusaíto

Mientras escribo estas líneas (siempre quise escribir esto 😁) ya se ha estrenado Joker de Todd Phillips, con Joaquin Phoenix de protagonista. Aún no la he visto así que no puedo opinar sobre ella, pero me ha llamado la atención algo que se comentó en Twitter. Cristina Fallarás llamaba la atención sobre el hecho de que algunos padres de familia estaban llevando a sus hijos a ver la película del Joker sin que supuestamente nadie les avisara de que no es una película apta para que la vean los niños. Muchos le respondieron que sí estaban avisados: la película se ha estrenado, como todas, con su clasificación por edades ya adjudicada, y por otra parte no hay más que ver el tráiler o incluso el póster promocional para saber que no es infantil, ni de lejos. En eso estoy de acuerdo, la responsabilidad sobre lo que ven los niños es principalmente de los padres. Pero me ha hecho recordar una anécdota. Mejor dicho, un par de anécdotas.

La primera es de cuando se estrenó Robocop, la original de Paul Verhoeven. En España la clasificación que le dieron fue para mayores de 16 años (en otros países la elevaban a 18). Lógico, porque si la habéis visto sabréis que la película tiene escenas bastante bestias. Bien, pues yo tenía 15 años cuando fui a verla. Pero lo mejor es que me llevé a mi hermano y a un amigo suyo que tenían 10 años y que querían ver esa peli tan guay del robot, a lo que ni mis padres ni los del amigo de mi hermano pusieron reparos. Recuerdo estar viendo la película, mirar sus caras de pasmo, a medio camino entre el susto y la fascinación y pensar "a lo mejor no tenía que haberlos traído". El caso es que no dijeron que se quisieran ir, y cuando la película terminó y les pregunté me dijeron que les había gustado. Hoy por hoy, mi hermano es un hombre normal con una vida normal al que no parece haberle afectado el trauma (del amigo hace años que no sé nada, espero que esté bien), pero no se me olvidará lo calladitos que estuvieron durante toda la película 😅. 

¿Quién es ese Crusaíto? No lo tengo en la base de datos

La siguiente anécdota es de unos cuantos años después, cuando estrenaron Harry Potter y el prisionero de Azkaban. La situación era distinta: ya era adulta, y seguramente muchos pensarían que demasiado mayor para ver esa película. En cambio, a mi lado tenía sentado a un padre que había ido a ver la película con sus dos hijos pequeños. El mayor tampoco es que lo fuera mucho, tendría 6 o 7 años. Pero el pequeño era realmente pequeño, no tendría más de 3. El pobrecito se tiró media película abrazado a su padre murmurando "papá, tengo miedo". Aun así, no creáis que al padre se le ocurrió decir "venga, vámonos". Ahí se quedó sentado, con sus huevos morenos y su hijo pequeño en brazos. El mayor parece que sobrevivió sin daños apreciables, pero por si no la habéis visto ya os digo yo que esa película, por muy de Harry Potter que sea, no es para niños de menos de 10 o 12 años como poco.

El caso es que, como veis, lo de llevar a los niños a ver películas que no son apropiadas para su edad no es nada nuevo. Es más, seguro que antes era mucho peor. Precisamente estoy escuchando ahora el podcast de La Órbita de Endor sobre Poltergeist y tanto Antonio Runa como su colega Mario García comentan que ambos la vieron a una edad un poco inapropiada (lo típico de que echan la película en la tele y la ven los padres con los niños), con las consiguientes pesadillas, aunque también la disfrutaron y ahora es una película que aprecian mucho. En general, creo que la gente tiene un concepto bastante difuso, por no decir equivocado, de lo que es cine para niños o para adultos. Normalmente se suele identificar todo aquello que no sea realista, especialmente la fantasía, y ya no digamos el cine de animación, con cine infantil. Me comentaba también otra tuitera, Lara Santaella, que ella vio en los años 90 Urotsukidoji en la sección de películas para niños del Blockbuster. Toma ya. UROTSUKIDOJI. Me habría encantado ver las caras de esos padres cuando los tentáculos entran en acción mientras sus hijos abren los ojos como platos 😂.  
 
Te voy a meter de todo además de miedo
¿Y por qué se hace esto? Puedo equivocarme, pero creo que la secuencia es esta: se tiene el concepto de que la fantasía/ciencia ficción/aventuras (todo lo que no sea realismo, vaya) es evasión, por lo que no refleja la realidad de la condición humana (jajajaja) y por tanto no puede ser serio ni complejo, ergo es para personas simples, ¿y quiénes son simples? Los niños (JAJAJAJAJA). Eso explica que sistemáticamente se desprecie como algo menor el cine de superhéroes, por ejemplo. Y, aunque no creo que Martin Scorsese sea precisamente tonto ni caiga en simplificaciones cuñadescas porque sí, tal vez explique en parte lo que ha declarado en los últimos días sobre las películas de Marvel, ya que según él no son cine: Martin Scorsese arremete contra Marvel

Ojo, no voy a ponerlo a parir como han hecho muchos estos dos últimos días en las redes. Nada más lejos de mi intención. Admiro a Scorsese, las películas que he visto de él me han encantado, y no dudo de que tenga un lugar de honor en la historia del cine porque es un genio que ha retratado esa condición humana como pocos en sus películas. Incluso admito que pueda tener bastante razón en lo que dice: el monopolio de Disney en las carteleras de cine está llegando a unos niveles peligrosos para el resto de la producción cinematográfica, y las películas más o menos independientes o que no entran en franquicias exitosas tienen dificultades para durar mucho tiempo en salas, incluso para ser estrenadas, sencillamente porque no hay suficientes salas de cine disponibles para que los estrenos se mantengan mucho tiempo, ya que las superproducciones copan la mayoría de esas salas. Es muy difícil hoy en día, tal vez ya imposible, que se produzca el fenómeno de las sleepers: películas que, recién estrenadas, no parece que vayan a conseguir un éxito reseñable porque no llaman la atención, pero sin embargo, con el boca a boca, van consiguiendo que se propague su fama y acaban recaudando muchos millones a lo largo de meses y meses en pantalla, resistiendo y triunfando en taquilla al final. Yo recuerdo haber visto El día de la bestia, por ejemplo, al cabo de casi un año de ser estrenada porque todavía seguía proyectándose en cines. Hoy, si una película dura más de dos meses en cartelera sin ser un blockbuster de Disney ya puede inscribirse en el libro Guinness de los Récords. Incluso estrenos de cineastas consagrados apenas consiguen recuperar la inversión porque desaparecen enseguida de la gran pantalla. A lo mejor por eso es por lo que el mismo Scorsese va a estrenar The Irishman en Netflix poco después de hacerlo en los cines, y lo mismo, no sé yo, está un poco picado con Disney en parte por eso, y no se lo reprocho, porque es para mosquearse. Precisamente de Netflix hace no mucho Christopher Nolan, que seguramente admira a Scorsese y lo tiene como referente, decía que las películas que se estrenaban en esa plataforma no eran cine. Entonces, ¿si veo sus películas en bluray en mi casa tampoco son cine? ¿Y Roma, que estrenó Alfonso Cuarón asimismo en Netflix, tampoco es cine? En fin. 

Lo que me descojoné cuando vi a Michael Keaton haciendo de El Buitre en Spiderman: Homecoming. Yo sé por que lo digo

El caso es que, consideraciones aparte sobre si el dominio de Disney está poniendo en peligro el cine que no encaja en sus parámetros, cosa que no discuto (me gustaría mucho que Paco Fox se animara a hablar del tema, porque ya lo ha comentado en alguno de sus vídeos y creo que su opinión puede ser muy interesante), lo que a mí me molesta es que continúen estas discusiones bizantinas sobre si determinadas películas y géneros son o no cine. O literatura, o cualquier otra forma de expresión artística. En fin, que seguimos con la división entre alta y baja cultura. No voy a entrar a defender a las películas Marvel; por mucho que me gusten y me entretengan, soy capaz de reconocer que no son obras maestras tan profundas como los títulos más reconocidos de Scorsese y otros cineastas reconocidos. Pero tampoco me convencerá nadie de que Capitán América: Civil War o Vengadores: Endgame son malas películas. Aparte de su espectacularidad, su fabulosa puesta en escena y lo entretenidísimas que son, no creo que los personajes que las protagonizan sean simples, ni tampoco el desarrollo de sus conflictos. Y aunque sólo sirvan para entretener, ¿qué tiene de malo eso? Precisamente la película más conocida de Georges Méliès (a quien Scorsese rinde homenaje en La invención de Hugo), De la Tierra a la Luna, es ciencia ficción hecha para el entretenimiento del público. Y también es cine, e historia del cine. Ya he hablado en más de una ocasión del valor de la ciencia ficción y la fantasía para hablar de nuestro mundo a través de otros mundos y su capacidad para hacernos pensar y reflexionar sobre asuntos muy serios con más eficacia que mucha literatura y cine realista. Aunque eso no me invalida la existencia de cine y literatura de evasión, que también son necesarias. En fin, que mientras haya sitio para todos los tipos de expresiones artísticas, no veo por qué hay que pelearse. Que cada uno disfrute y saque provecho de lo que quiera. Y guardaos los carnés, que no nos hacen falta para nada.  

Ay, se me ha metido un gafapasta en el ojo