domingo, 30 de septiembre de 2012

Heavy Metal forever and ever

Ya era hora de que volviera por aquí. No era por falta de ganas ni de ideas, pero entre unas cosas y otras, no veía el momento de dedicarle un rato a esto. Tengo una habilidad especial para desperdiciar mi tiempo en chorradas improductivas, pero, aparte de eso, no hay nada como pensar que tienes todo el tiempo del mundo para que al final te encuentres más liada que la pata de un romano y todavía te falten horas al día para hacer todo lo que quieres hacer.

A lo que íbamos. Supongo que habréis leído el título de esta entrada. También puede que os hayáis fijado en el subtítulo que hace un tiempo le puse al blog: efectivamente, yo fui una fan del heavy metal en mi adolescencia. Sigo siendo fan de la música, pero ya no sé si puedo afirmar tajantemente que soy heavy o no. Desde luego, a los quince años sí que lo era: me cardaba el pelo, vestía mallas, vaqueros elásticos y camisetas de mis grupos favoritos y acudía religiosamente todos los fines de semana a los pubs y discotecas heavies. Qué recuerdos... Me lo pasaba genial meneando la cabeza en la pista al ritmo de los grupos heavies ochenteros (es un milagro que no haya acabado sufriendo de las cervicales) en garitos tan míticos como Canciller, Barrabás y Sucursal, y, por supuesto, siendo de Vallecas, acudía asiduamente al Hebe, a la Urbe, al Kaos... Soñaba con ir a Donington algún año (entonces era la meca de los festivales heavies, igual que hoy lo es el Wacken) y me costó horrores y algún que otro cabreo monumental conseguir que mis padres me dejaran ir a conciertos; no sabéis el daño que hizo aquel americano gilipuertas de la base de Torrejón cuando, antes incluso de que yo supiera lo que era el heavy metal, no se le ocurrió otra cosa que asestarle una puñalada a un chaval en un concierto de Scorpions, si no recuerdo mal, en el Campo del Rayo (paradójicamente los Scorpions me parecen uno de los grupos que menos agresividad pueden suscitar dentro de este tipo de música... En fin, hay imbéciles en todas las épocas y lugares; probablemente ese mismo tío en otro momento habría hecho lo mismo en una rave o en un concierto de un grupo de hiphop). Años después, yo misma estuve en el Campo del Rayo viendo uno de los mejores conciertos de mi vida, el de Metallica en el 93.

Después, he seguido escuchando heavy prácticamente a diario, porque sigue siendo mi música favorita, aunque escucho casi todo tipo de géneros. También he seguido yendo a conciertos, y sigo sintiéndome bastante identificada con buena parte de lo que significa ser heavy. Pero los tiempos y las obligaciones conllevan cambios. Cuando acabé la carrera y me puse a buscar trabajo tuve que renunciar a los elásticos y las zapatillas guarripén, al menos para las entrevistas. No suele ser una buena táctica ir a una entrevista de trabajo con la chupa de cuero y los ojos pintados con la raya a lo egipcio. Pero también fue un cambio que yo misma deseaba hasta cierto punto. En la adolescencia, cuando uno se integra en alguna tribu urbana, adoptar su estética suele ser el primer e imprescindible paso para reafirmar tu voluntad de diferenciarte (sí, es paradójico pero así funciona: para hacer ver que no eres como los demás, tienes que vestirte igual que aquellos que pertenecen al grupo de tu elección :P). Los hay que se quedan en esa fase de poser para renegar de ella al cabo de un tiempo. Otros, después de ese primer paso y, con el tiempo, acabamos por asumir esa identidad de forma natural. Para mí llevar mallas y chupa de cuero llegó un momento en que ya no era mi forma de diferenciarme, sino mi manera natural de vestir. Me sentía cómoda y podía haber seguido así siempre, pero también llegó un momento, pasados los veinte años, en que me empecé a cansar y a sentir que en cierta manera iba tan uniformada como los que visten siempre de marca. Tuve una época de desconcierto en la que, entre la obligación de vestir la ropa "adecuada" para labrarme un futuro profesional y las ganas de conseguir mi propio estilo, y por ende mi propia identidad, anduve despistada y más de una prenda acabó en mi armario muerta de risa, a pesar de la insistencia de mi madre en que me pusiera "esos pantalones de pinzas, hija, qué lástima, que son clásicos y no pasan de moda". También durante unos años, por acompañar a los amigos con los que salía más habitualmente, aguanté el paso por los garitos de moda, para acabar aborreciendo el pachangueo, los intentos indiscriminados de ligoteo de los pardillos y salidos de turno y todos esos rituales absurdos de los sábados por la noche que dominaron los años noventa. Como en todo, acabé alcanzando un punto de compromiso en el que me encontré por fin a gusto: sin volver al uniforme de los vaqueros elásticos y las camisetas de Iron Maiden para demostrar mi dureza, acabé encontrando un estilo en el que me sentía cómoda, sin dejar de llevar mi chupa de cuero con una mini vaquera y botazas cuando me apetecía, pero poniéndome también vestidos de colores vivos en verano, por ejemplo, porque me gustan y porque son mucho más fresquitos que las camisetas negras, que dan un calor horrible, qué queréis que os diga. También me ayudó el hecho de que los trabajos que he tenido no han sido de cara al público, así que en eso he tenido bastante libertad. Y, por supuesto, acabé mandando al guano a esos garitos de pachangueo; pase lo que pase, cuando salgo sólo voy a sitios donde me encuentre a gusto, y si no, pues me voy a casa, que no es ningún delito. A eso también ayuda que el tiempo pone a cada uno en su lugar y, aunque conservo a algunos de mis mejores amigos de la adolescencia, el tiempo y el sentido común han hecho una buena criba y he conseguido acabar rodeada de gente con la que de verdad me apetece estar.

En fin, si algo bueno tiene la madurez es que te suele ayudar a llegar a un punto en el que te encuentras a gusto contigo misma y con tu vida. Ahora, más o menos, hago lo que quiero con quien quiero y cuando me apetece. Pero eso no quiere decir que haya dejado de lado mis antiguas aficiones. Ya decía antes que el heavy metal sigue siendo mi música favorita y le tengo especial cariño a los grupos heavies de la época dorada del género, los ochenta. Por eso me hizo ilusión cuando, mientras trabajaba en el Depósito Legal, me encontré con este libro: 


Leí la sinopsis y me atrajo irremediablemente: era una crónica de los años dorados del heavy metal desde la perspectiva personal de un americano de mi misma edad que, por ese motivo, habría vivido situaciones muy parecidas a las que viví yo en mi adolescencia, y que ahora era crítico musical. Tenía todos los ingredientes necesarios para que me sintiera identificada con el tema del libro, tratados además desde un punto de vista ligeramente humorístico e intrascendente que hacía que me resultara más atractivo. Lo apunté en mi lista de pendientes, y unos meses después terminé por comprarlo.

La verdad es que, al leerlo, sentí una ligera decepción. Chuck Klosterman tiene mi misma edad, pero no vivió la misma adolescencia que yo, al menos no en muchos sentidos. Para empezar, aunque coincidíamos en el gusto por muchos grupos de la época, en otros no coincidíamos en absoluto: él, como es lógico hasta cierto punto, adora los grupos glam rock de los 80 como Mötley Crüe y Poison, y sobre todo a los Guns'n'Roses, cosa en la que coincidimos, pero al mismo tiempo le aburrían en general los grupos de heavy metal europeos como los Scorpions o Iron Maiden, que son de mis favoritos. Hasta cierto punto es comprensible: mientras que él se crió en un pueblo perdido de los páramos de Dakota del Norte (ni siquiera en el Fargo del título, sino en un pueblo mucho más pequeño), mi adolescencia transcurrió en Vallecas, barrio obrero (más que marginal, por mucho que se hayan empeñado en endosarle esa etiqueta) por excelencia, y mucho más semejante al Birmingham de Black Sabbath o Judas Priest que al medio oeste rural americano.

También da la impresión, por otra parte, de que se avergüenza un poco de su pasado heavy adolescente. Ahora es un crítico musical de reconocido prestigio en revistas que están más orientadas al pop independiente y otros géneros, y no es que sea un impostor por eso: realmente le gustan también esos géneros, igual que yo también escucho música de lo más variada. Pero mientras que yo he seguido escuchando heavy metal y lo he reconocido sin ningún complejo, y asumo que, como pasa en cualquier género, muchas veces ha llegado a extremos ridículos, pero no por ello me avergüenzo, el mismo Klosterman reconoce que a veces se ha sentido coartado a la hora de reconocer delante de según qué personas que en su adolescencia adoraba incondicionalmente a los Mötley Crüe, y en muchas ocasiones ironiza sobre las actitudes y los comportamientos de las estrellas y los fans del género. Leí en un blog en el que reseñaban el libro que alguien comentaba que en realidad Chuck Klosterman nunca había sido un auténtico fan del metal y que ya no le gustaba esa música. Pero, a pesar de todo, no estoy de acuerdo. Ahora está de moda el revival de los ochenta, y es muy normal que grupos musicales actuales reivindiquen que los Maiden fueron su grupo favorito y se pongan camisetas suyas, aunque los grupos en cuestión sean pura filfa comercial que sale a todas horas en la MTV. Incluso se han llegado a cometer herejías como la de perpetrar una película infame de cuyo nombre no quiero acordarme, protagonizada por, entre otros, Tom Cruise, que al parecer interpreta a una especie de parodia de Axl Rose, y que básicamente se dedica a destrozar grandes canciones de grupos de los 80 como Def Leppard, Bon Jovi y otros de ese estilo, convirtiéndolas en numeritos del Disney Channel. Supongo que es la señal de que el revival de los 80 se está agotando, pero el caso es que ahí está, y ahora, como digo, es muy fácil ir de guay presumiendo de que tenías todos los discos de Barón Rojo o de W.A.S.P., por poner un par de ejemplos. Pero, aunque en España seguramente se ha publicado la traducción de Fargo Rock City al rebufo de ese revival, hay un detalle que no carece de importancia: Klosterman publicó este libro en 2001. Entonces aún no se habían vuelto a poner de moda los 80, ni mucho menos. Aún se consideraban el colmo de lo hortera, y todavía podías ser clasificado como un auténtico desfasado cultural y quedar marginado de los círculos "in" si reconocías que lo que de verdad te hacía vibrar no eran los grupos indies, sino tus discos viejos de Saxon y Helloween. Así que, incluso desde esa postura incómoda de sentirte ligeramente avergonzado por haber vendido tu alma al diablo en tu adolescencia por amor al género musical probablemente más denostado de la historia, Chuck Klosterman tuvo valor para reconocer que sí, que la música que más le ha marcado, como no lo volverá a hacer ninguna otra, es el heavy metal.

Además, ya digo, todo el libro está escrito en un tono humorístico y autocrítico bastante gracioso y saludable. Hay que saber reírse de uno mismo, y en eso el heavy metal, aunque no lo parezca a ojos de muchos profanos, ha sido más abierto que muchos otros géneros: no hay más que ver a grupos paródicos como los Steel Panther, Spinal Tap o, aquí mismo, los geniales Gigatrón, para darse cuenta de que el heavy metal sabe reconocer sus propios defectos y reírse de ellos. A mí personalmente me encantan, y no son ningún obstáculo para que siga disfrutando de mis grupos favoritos de heavy metal. También, por supuesto, me parece importante que se reconozca que el heavy metal tiene mucho más que ofrecer, tanto a nivel musical como cultural en general, de lo que la mayoría de la gente piensa y que, por mucho que les pese a bastantes críticos y culturetas, ha tenido y tiene millones de fans por todo el mundo que demuestran que algo debe de tener para llegar al alma de tanta gente. Por supuesto, en ese sentido, es muy recomendable un documental (en el que, por cierto, también es entrevistado brevemente el propio Klosterman) que, con rigor y amenidad, realiza una excelente introducción a la historia y el presente del heavy metal: Metal, a Headbanbger's Journey, realizado por el canadiense Sam Dunn, un fan del heavy metal que se hizo antropólogo porque su amor por el heavy metal y toda la cultura y subcultura que le rodea le llevó a interesarse por todo lo que son otras culturas diferentes a la nuestra en general. Mientras que Fargo Rock City es más una crónica sentimental desde un punto de vista personal, Metal: a Headbanger's Journey es un estudio más riguroso y estructurado, en el que se analizan los orígenes y la evolución del movimiento musical, y se incluyen numerosas, instructivas y, al mismo tiempo, muy divertidas entrevistas con grandes estrellas del metal y el rock duro como Bruce Dickinson, Dee Snider, Lemmy Kilmister, Alice Cooper o el siempre recordado Ronnie James Dio. Posiblemente, el documental de Sam Dunn, aunque muy interesante para cualquiera que le guste la música en general, y no sólo el heavy metal, y sienta curiosidad, tendrá más salida entre los fans del heavy, mientras que el libro de Chuck Klosterman, por su enfoque más ligero y humorístico y el medio en el que se mueve el propio autor llegue a un público más amplio. Así es como funciona el mercado, aunque realmente ambos documentos tengan su valor, cada uno en su estilo, e, incluso sin pretenderlo, sean cada uno el complemento perfecto del otro para dar una visión global de lo que ha significado en el mundo de la música y en la cultura popular el heavy metal. En cualquier caso, yo seguiré amando para siempre el heavy metal. Fue lo que dio sentido a mi adolescencia, y sigue siendo una parte muy importante de mi vida. ¡Larga vida al heavy metal!

PD: aunque he tratado este tema en esta entrada porque llevaba rondándome la cabeza desde hace semanas, incluso meses, no me olvido de que tengo otro tema pendiente para la próxima entrada, y es que las chicas de Envidienmiboda, que son unos soles, me han dado otro premio, el Versatile Blogger. Aunque no creo que me lo merezca :P, justo es reconocerlo, y a ello le dedicaré la siguiente entrada en breve. Muchas gracias, chicas :D.


lunes, 9 de julio de 2012

Verano

Siempre ha sido mi estación preferida. El verano era relax, no tener nada que hacer y disfrutarlo. Era piscina, era helados (que entonces no me engordaban, snifff), era calor, pero un calor que no me afectaba demasiado, que era infinitamente más agradable que el frío mordiente del invierno. Era luz, mucha luz, era tardes gloriosas de estar en la calle hasta las diez de la noche porque a las diez aún no era de noche. Eran tres meses de libertad.

Ella sí que sabe disfrutar del verano.
Luego, cuando dejé de ser una estudiante, cambió. Había veranos en los que no disfrutaba de vacaciones, porque era justo cuando me salía trabajo. Entonces no tenía descanso, pero aun así seguía disfrutando de la luz, del calor, de la piscina, ya un poco menos de los helados. Cuando sí tenía vacaciones, se me hacían cortas, pero disfrutaba el no tener que madrugar, el zanganear todo lo que podía. Nunca he hecho grandes viajes en vacaciones porque tampoco me ha sobrado normalmente el dinero, pero para mí unos días en el pueblo de unos amigos o simplemente salir a hacer excursiones a la sierra, a otros pueblos y ciudades, ya era suficiente. Pensaba que ya tendría tiempo, cuando consiguiera un trabajo mejor, un sueldo mejor que me permitiera ahorrar para hacer un viaje al extranjero: los fiordos noruegos, Irlanda, Italia, incluso destinos más lejanos como Australia y Nueva Zelanda...

Pero ese trabajo mejor, ese sueldo más alto, nunca llegó. Parece que es mi sino, llegar tarde a todas partes. Cuando repartieron los últimos trabajos buenos y estables, yo todavía iba tirando con uno de esos trabajos que te salen en verano. Por lo visto, no he sido la única. Ahora somos legiones de veraneantes que tenemos vacaciones forzosas. Aquí estamos, con el bañador debajo de la ropa, listos para irnos a una playa a aliviar el calor sumergidos en aguas frescas y transparentes, pero no tenemos dinero para el billete de avión. No tenemos dinero ni para llegar al aeropuerto, con lo que ha subido el billete de metro. Así que he vuelto a los veranos de mi infancia, pero ahora tengo que prepararme yo la tortilla si quiero ir a la piscina, y no sé si tendré plaza en el colegio público cuando llegue el próximo curso...

En fin, quién sabe qué otoño llegará detrás de este largo y cálido verano. Hablan de otoño caliente, temo que más bien pueda ser frío, muy frío. Yo tengo la suerte, de momento, de tener cobijo, pero a muchos les va a pillar a la intemperie. Como diría cualquier fan de Canción de Hielo y Fuego, somos hijos del verano que creímos que duraría eternamente, pero ahora nos encontramos con que se acerca el invierno, y será muy largo, y el Muro no sólo se está derrumbando, lo están tirando abajo los mismos que ocupan el Trono de Hierro. ¿Quién me presta un dragón?

De todas formas, el verano sigue siendo mi estación favorita. Así que, mientras me busco plaza para el próximo curso, disfruto de la luz, del calorcito, de unos días con buenos amigos, y del mejor compañero de viaje que podría imaginar y desear. Ah, y de los perritos calientes. No olvidemos los perritos calientes. Gracias a ellos este invierno me sentiré calentita aunque fuera esté nevando ^^.

viernes, 6 de julio de 2012

Perritos calientes

No tenía pensado actualizar el blog todavía (la verdad es que, entre que he estado ocupada en otras cosas, y que no andaba muy inspirada, me estoy volviendo muy perrona :P), pero mira por dónde, me han dado una bonita sorpresa: unas estupendas blogueras me han dado el premio Liebster. ¿Qué es ese premio?, os preguntaréis. Y aunque no os lo preguntéis, me da igual, os lo voy a explicar de todas formas :P.



El premio Liebster es un premio que se concede a tus cinco blogs favoritos que tengan menos de doscientos seguidores. Es una forma de dar a conocer blogs que merecen la pena pero no gozan de mucha difusión, porque es tal la cantidad de blogs que hay que en medio de esa saturación pasan desapercibidos muchos que por sus cualidades merecerían más reconocimiento. No es el caso del mío, pero las chicas de Envidienmiboda han pensado que sí, ellas sabrán por qué :P. El caso es que me hace mucha ilusión, así que tenía que decirlo ^^. Además, lo suyo es que cuando recibes este premio, a su vez tú lo adjudiques a los cinco blogs minoritarios que más te gusten, para que la cadena continúe, tal como indican las normas de este premio:

1. Copiar y pegar el premio en el blog
2. Enlazálo con el blogger que te lo ha otorgado.
3. Premiar a 5 blogs con la condición de que tengan menos de 200 seguidores y dejarles un comentario en sus entradas para notificarles que han ganado el premio.
4. Confiar en que continúen la cadena premiando a su vez a sus 5 blogs preferidos.

Así que procedo a ello. Mis cinco blogs preferidos con menos de doscientos seguidores son éstos:

Envidienmiboda: no es por peloteo porque me hayan dado el premio, es que realmente Marta y Cris se curran un montón su blog. Incluso aunque no estés pensando en casarte, es interesante, dan consejos de maquillaje (por cortesía de Aída), recopilan un montón de ideas originales que te pueden servir para otro tipo de celebraciones, descubren el trabajo de estupendos fotógrafos y otros artistas... Y todos, todos los días publican su entrada de rigor, muy trabajada y documentada. Sólo por eso ya se merecen el premio, pero es que además como personas son encantadoras ^^.

Buenas Noches Nueva Orleans: Como decían en V de Vendetta, "los artistas mienten para decir la verdad". Os recomiendo vivamente las mentiras verdaderas de este blog, en el que las fronteras entre la poesía y la prosa desaparecen para crear un país rico y vasto que, sin embargo, es el nuestro, sólo que al otro lado del espejo que son los ojos de un poeta. Ah, y tiene gatetes y bustos parlantes de Lovecraft.

Super Furry Librarian: porque los bibliotecarios pop no tienen nada que ver con la imagen tópica del bibliotecario amargado y gafotas. (Bueno, muchos tienen gafas, pero las gafas son sexis, así que no hay problema :P).  Y porque este bibliotecario pop en concreto nos descubre cuán variado, divertido e incluso bizarro es el mundo que rodea a los libros y a las bibliotecas: todo lo que tenga que ver con ellos, desde la música, el cine, la fotografía, hasta las historias más peregrinas. Ya lo decían Vainica Doble: todo, todo, todo está en los libros.

Desde la Nieve: cuando se tiene tanto talento para la escritura que te sale a borbotones, es imposible ignorarlo. Virginia Pérez de la Puente lo mismo te escribe un novelón en un mes (y encima escribe bien) que hace que te desternilles y reflexiones con una entrada de su blog, al que últimamente se dedica poco... Eso debe de ser señal de que está pariendo otro novelón (seguro que tan bueno o mejor que el primero publicado, La elegida de la muerte), espero que pronto nos anuncie el feliz alumbramiento :P. Mientras, os podéis entretener con las aventuras y reflexiones de una escritora y periodista friki, y a mucha honra.

Rydwlf: este bloguero sí que se prodiga poco, y es una lástima. Cada una de sus entradas es una joya de sabiduría, sobre todo en lo referente a la cultura de los antiguos pueblos anglogermánicos. Perlas de filología, literatura, mitología y folclore que enlazan la asombrosa Antigüedad y la rica Edad Media nórdicas con la Europa de nuestros días, pasando por la literatura fantástica y por volcanes islandeses cuyo nombre sí es pronunciable, aunque creamos que no. 

Pues por ahora eso es todo :). Se me quedan más blogs en el tintero, claro, pero sólo podía meter cinco... Ah. ¿el título de la entrada? Eso es otra historia que debe ser contada en otra ocasión :P.


jueves, 24 de mayo de 2012

Mis chulazos favoritos

La inspiración es caprichosa, ya sabéis. Me puedo tirar dos meses sin escribir nada aquí, y luego hacerlo dos días seguidos, como ahora es el caso. De hecho, la inspiración para esta entrada me viene directamente de la entrada de ayer, que surgió a raíz de la noticia sobre la boda de un superhéroe, Estrella del Norte. Mirando el cómic que me había regalado mi hermano, pensaba "vaya con el dibujito", porque hay que ver cómo dibujan a los superhéroes :)____. Muchos no me gustan, demasiado musculados o con trajes demasiado ridículos, pero en el caso de Estrella del Norte se aúnan el atractivo y la elegancia, juzgad vosotros mismos en la foto de la derecha. El personaje es homosexual, pero eso no me impide admirarlo :P.

Eso me hizo pensar en los personajes, reales o ficticios, que me han gustado desde que era una adolescente. Es un fenómeno que existe desde que en las cortes medievales las jóvenes damiselas suspiraban por los trovadores más atractivos y talentosos, incluso desde antes, pero en la era pop ha llegado a su máxima expresión, y como buena ochentera que soy, obviamente no me iba a sustraer de ello. Amores platónicos que, salvo en nuestros delirios adolescentes más exacerbados, siempre hemos sabido que no van a pasar nunca del umbral de la imaginación, pero ¿y lo bien que se lo pasa una (o uno) alegrándose la vista y entregándose a fantasías con nuestros ídolos favoritos? Así que hay voy con una lista de mis amores platónicos, o mis chulazos preferidos, que diría mi amiga Ninotchka Ni:

David Bryan dándolo todo al teclado
El primero podría haber sido Bon Jovi, of course. Fue, junto con Europe, el primer grupo heavy (podría discutirse mucho sobre si son heavies o no, pero por mor de la concisión, dejémoslo así) que me gustó, y en parte no voy a negar que influyó la imagen tan atractiva de sus componentes. Pero, aunque tampoco le haría ascos, no fue el mismo Jon Bon Jovi el que me encandiló. A mí el que de verdad me gustaba era su teclista, David Bryan, a la izquierda de estas líneas. Ahí lo tenéis, tal como a mí me gustaba, con sus pelos cardados :P. Con el tiempo he acabado aborreciendo esos cardados (no sabéis lo que estropean el pelo), pero como dice el Reno Renardo, crecí en los ochenta, y entonces era lo que molaba... Probablemente a muchas les parecerá una herejía que me gustara más que el cantante, pero a mí me gusta quien me da la gana, y fun y pin :P. Otro músico heavy, en este caso cantante, que me parecía monísimo de la muerte y muy achuchable, era Michael Kiske, con un peinado igualmente ochentero pero mucho más Pantene:
Michael Kiske luciendo torso

Ays, qué mono era ^^ Daban tantas ganas de atusarle esa melena dorada... *___* Aparte de eso, es un gran cantante, una de mis voces favoritas dentro del heavy metal. Luego renegó del metal, se cortó el pelo y engordó, que es lo que suele pasar (bueno, lo de renegar del metal no tanto, y además no sé por qué, aunque el caso es que parece que ha vuelto con el grupo que se ha montado con Kai Hansen, su antiguo compañero de Helloween), pero para la posteridad y para la imaginación queda esa imagen efébica que llenó carpetas de chicas heavies como yo. La verdad es que lo de los chulazos enseñando torso (y además sin depilar, que es algo que parece que ha desaparecido del mapa, los pelos en el pecho, snifff) era algo muy habitual en el heavy metal, sobre todo dentro del hard rock americano; podría dar muchos ejemplos, pero tampoco es plan de hacer esta entrada kilométrica, así que continuaré con la lista. Sólo añado, de momento, otro nombre que no puedo olvidar, porque también sigue siendo uno de mis cantantes favoritos. Se le ha acusado de haberse vuelto un moñas, sobre todo en la etapa más comercial de su grupo a finales de los ochenta, y en los últimos años lo de no aceptar muy bien el paso del tiempo le ha pasado factura en forma de estiramiento facial exagerado, pero aun así, ¿quién podía resistirse a un madurito tan interesante como David Coverdale?:

David Coverdale, la apoteosis del rizo rubio
Oh, yeah. Pedazo de hombre. Ya digo que no ha llevado nada bien el paso del tiempo y si ahora ves sus fotos actuales no sabes si está intentando convertirse en clon de Jane Fonda o es que le han pegado un susto de muerte y se ha quedado así, pero su gloriosa madurez ochentera nos ponía orgásmicas a todas. Al menos, su voz sí sigue siendo orgásmica...

Ya digo que podría citar muchos chulazos melenudos que nos hacían suspirar a mis amigas y a mí, porque había abundancia de ellos en los años 80. Ahí seguía el incombustible Paul Stanley, de Kiss, el auténtico adalid del pelo en el pecho; Joey Tempest, que tanto dinero dio a las peluquerías gracias a todas las chicas que iban pidiendo que les hicieran el mismo moldeador que a él; Yngwie Malmsteen, que tenía un culo tan perfecto como Jon Bon Jovi; James Hetfield, que, aunque os sorprenda, para algunas de nosotras también tenía su aquel... Y un largo etcétera con el que ya digo que no os voy a dar la brasa. Pero no sólo de rock vive la adolescente ochentera, y por supuesto recopilé un buen puñado de ídolos de las películas que marcaron mi juventud. 

El primero no podía ser otro que Daniel Day-Lewis. Si alguna de mis contemporáneas no se enamoró de este póster promocional de El último mohicano, que levante la mano y la llamaré mentirosa:

Esa melena al viento... ¡Aghfffs!



Es, seguramente, la película en la que más irresistiblemente guapo está. En otras tal vez no se luce tanto, pero esos ojos profundamente azules, esos rasgos marcados, ese aire atormentado, ese inmenso talento con el que actúa en absolutamente cualquier papel que te puedas imaginar... ¿Qué adolescente no se enamoraría de él, y seguiría babeando ya en la madurez? Si tengo que elegir un actor fetiche, me quedo con él.

Una toalla para secarle, por favor...
Otro actor con el que suspiraba y que posiblemente os sorprenda es Kevin Bacon. Tiene una cara rara, lo sé, como también sé que algunos lo consideráis directamente feo, y con ganas, pero tiene algo que siempre me ha puesto. Nunca ha llegado al estatus de estrella, pero siempre se ha mantenido con tesón y buenas actuaciones. Desde que se hizo famoso de yogurín en Footloose hasta hoy, que encarna a un morboso Sebastian Shaw en X Men: First Class, ha pasado mucho tiempo, pero se mantiene bastante bien. Para que veáis lo impresionante que ha llegado a estar el que hoy sigue siendo un madurito interesante:









Keanu Reeves. Ay, omá, qué rico

Potente, ¿verdad? Otro actor, más joven y con tipo de atractivo totalmente distinto, pero que también empezó a hacerse famoso a finales de los ochenta, aunque su gran década fueron los noventa, es Keanu Reeves. Una vez superada su desgarbada adolescencia, se convirtió primero en oscuro objeto de deseo del cine independiente con Mi Idaho privado, se reveló después a las masas como todo un bombón en Le llaman Bodhi, y se convirtió en una estrella de las carpetas, sobre todo, gracias a Speed. Después ha seguido su carrera con altibajos, alternando éxitos como Drácula o Matrix con incursiones en la comedia romántica que por nuestra salud es aconsejable olvidar. Reconozcámoslo: no es un actor al que le vayan a dar un Oscar. Pero en la mayoría de las ocasiones cumple, y sigue teniendo un no se qué que qué sé yo que pa qué :P. Es lo que tiene la mezcla de razas (es medio chino, hawaiano, inglés y qué sé yo qué más), que produce unos ejemplares verdaderamente superiores :P.

Sean Bean, vuelve el Hombre
El chulazo al que voy a referirme ahora, sin embargo, es de pura cepa inglesa. Pero quién podría objetarle nada, por mucho que sea de la pérfida Albión a... Sean Bean (babas, babas, babas). Ese hombre spoiler que transpira masculinidad por todos los poros de su cuerpo... Realmente, ya le conocíamos de muchas películas anteriores, aunque casi siempre como secundario (de lujo, eso sí), pero ya en su Inglaterra natal se había creado una merecida fama como héroe romántico con una serie histórica que arrasó entre las inglesitas: Sharpe. Algún día tengo que hacerme con los deuvedeses de esa serie, ambientada en las guerras napoleónicas, tiene que ser todo un espectáculo. Pero todos sabemos que el papel que le llevó a la fama mundial fue el de Boromir en la trilogía de El señor de los anillos. No sólo imponía su presencia como orgulloso gondoriano, encima bordaba su papel, dándole una complejidad y una humanidad que, por mucho que suene a herejía, superaba al propio personaje de la obra de Tolkien. Es más, cada vez que coincidía en escena con otro chulazo que marcó a muchas, Viggo Mortensen, que también se dio a conocer al gran público con su papel de Aragorn, por muy bien que éste hiciera su papel y muy macizo que también estuviera, Sean Bean se lo comía con patatas. Después ha persistido en su manía de morirse en casi cada película y serie en la que aparece, de ahí que le llamemos cariñosamente "hombre spoiler" y que se ganara merecidamente su papel de Eddard Stark en la serie de Juego de tronos, pero se le sigue queriendo y babeando profusamente por él. Sean, espoiléame lo que quieras, corazón, yo me dejo XD.

Ay, esa sonrisilla de medio lado...
Y antes de que esta entrada se haga más larga que un día sin pan o lo que nos queda de año hasta que estrenen El hobbit, voy terminando con el que es mi último chulazo favorito: Robert Downey Jr. Ejemplo clarísimo de que no es necesario tener unos rasgos perfectos o un cuerpo de gimnasio (aunque no va mal equipado :P) para provocar sueños húmedos. Para eso ya tiene carisma de sobra. Podría haber sido el típico chico malo echado a perder, como Mickey Rourke, pero tuvo el suficiente sentido común como para regenerarse a tiempo, y hoy es una auténtica estrella. Pocas veces un actor y un personaje estuvieron tan hechos el uno para el otro como Robert Downey Jr. y Tony Stark (Iron Man), pero también luce su maravilloso encanto, su gran talento interpretativo y su enorme sentido del humor como Sherlock Holmes y en muchos otros papeles (una película que os recomiendo, por ejemplo, y que no es demasiado conocida, es Kiss Kiss, Bang, Bang: lo adoraréis y además os lo pasaréis bien con la propia película). Esa combinación de chulería (pero con gracia) y trasfondo sensible no se puede resistir... 

¡Ah! Una última mención: Michael Fassbender. No podía terminar sin al menos traer a colación al último descubrimiento del olimpo masculino hollywoodiense, un hombre que, además de ser un actorazo, es de los pocos que consiguen aunar belleza y masculinidad sin parecer ni un afeminado ni un macho man sobrado de hormonas. Una belleza clásica, casi comparable a la del mismísimo Paul Newman, ejemplo máximo de la belleza viril. Deseando estoy que llegue el estreno de la próxima de X Men... ¡Y es que encima hace de Magneto, el mejor villano de la Marvel! ¿Qué más se puede pedir? Yo no necesito más, desde luego.

Esto sí que es un atractivo magnético...

Me dejo unos cuantos más en el tintero, pero ya no quiero abusar más de vuestra paciencia. Estaré encantadísima de que hagáis vuestras aportaciones comentando cuáles son vuestros chulazos favoritos, y también de que me rebatáis respecto a los míos si no estáis de acuerdo ;). ¡Opiniones, disertaciones, explayaos, babead!

PD: cariño, de verdad, no te preocupes, que te sigo queriendo igual XD. Éstos son de papel y celuloide, tú eres mi chulazo de verdad :-*.

miércoles, 23 de mayo de 2012

El superhéroe y su marido

Hoy venía en los periódicos esta noticia: Marvel anuncia la boda gay de uno de sus superhéroes. La boda en cuestión es la de Estrella del Norte, Jean Paul Beauvier cuando va de paisano, canadiense antiguo miembro de Alpha Flight y ahora en las filas de la Patrulla X, con su novio, Kyle Jinadu, un humano normal y corriente. Me ha hecho gracia porque precisamente por mi cumpleaños mi hermano me ha regalado un número antiguo de la Patrulla X (sí, todavía los llamo así, lo de X Men como que me cuesta acostumbrarme) que es, precisamente, el principio del primer crossover de Alpha Flight y los mutantes más famosos del multiverso. El número en cuestión se publicó en Estados Unidos en 1985, y en España lo publicó Forum en 1987, cuando yo era una pipiola que acababa de descubrir el universo Marvel. De hecho, posiblemente ese mismo número todavía esté escondido en algún rincón del sótano de la casa de mis padres, pero vete a saber, así que me hizo ilusión que mi hermano lo rescatara de alguna tienda de cómics para regalármelo, porque recuerdo con mucho cariño lo que disfruté leyendo aquel crossover. 

Portada del número de la boda de Estrella del Norte

Según dice la noticia, Estrella del Norte salió del armario en 1992, pero ya en ese cómic que yo tenía se insinuaba que sufría su orientación sexual en silencio :P. Total, que pasaron unos siete años hasta que lo reconoció públicamente, y han pasado otros veinte para que los de la Marvel se decidieran a casarlo. Una evolución bastante parecida a la de muchos homosexuales en la vida real, me parece. Veinte años para llegar al punto en que se vea normal que un superhéroe se case con su novio (y aun así sabemos que en el fondo no es tan normal, si no, no sería noticia) son bastantes años, o no demasiados, según se mire. (Desde el punto de vista de la sociedad, claro, desde el de los afectados, siempre han sido demasiados años.) ¿Quién nos iba a decir cuando yo leía aquellos tebeos que España sería uno de los primeros países en permitir el matrimonio entre personas del mismo sexo? Ahora parece normal, pero entonces habríamos flipado bastante. 

El caso es que esa normalidad se abre paso en muchos ámbitos, y también en la ficción. Ahora estamos acostumbrados a que aparezcan personajes homosexuales (más hombres que mujeres, pero esa es otra historia que será contada en otra ocasión) en películas, series de televisión, cómics... Algunos protagonizan esas series y películas, o por lo menos tienen papeles destacados. Todo muy guay, muy políticamente correcto y muy happy, happy. Tomemos, por ejemplo, el caso de Modern Family. Ahí tenemos a esa simpática parejita, Cameron y Michell, que viven juntos y tienen una preciosa niñita adoptada en Vietnam. Son divertidos, encantadores, viven su situación con mucha naturalidad, y son aceptados con la misma naturalidad por el resto de la familia, incluido el padre de Mitchell, que por muy cavernícola que parezca a primera vista parece haber evolucionado y aunque se da a entender que al principio le costó aceptar la homosexualidad de su hijo, ahora lo acepta plenamente e incluso se lleva mejor con Cameron que con su otro yerno, Phil Dunphy (para mí el mejor personaje con diferencia, qué crack XD).
Mitchell y Cam, familia feliz

Oh, qué modernos, cómo mola esta serie. ¿Seguro que son tan modernos? Por supuesto está genial que den a Mitchell y Cameron tanto protagonismo como al resto de los personajes. Pero en un momento dado, mi chico me llamó la atención sobre algo en lo que antes no había reparado, y me di cuenta de que tiene toda la razón. Es más, es tan obvio que no sé cómo no lo había visto antes, lo cual supongo que dice bastante de lo que todavía nos falta para alcanzar la verdadera normalidad. Como suele ocurrir en muchas otras parejas gays, mientras Mitchell es más discreto, no tiene demasiada pluma y le costó más salir del armario, Cameron es una auténtica locaza, con mucha más pluma y ningún complejo, el alma de la fiesta. De hecho, cuando adoptaron a su hija decidieron que Cameron dejaría su trabajo para ocuparse de la niña a tiempo completo porque le apetecía ejercer de mamá y Mitchell tiene un absorbente trabajo como abogado que no le deja pasar mucho tiempo en casa. Todo estupendo, es la decisión de los personajes y por lo que parece la toman libremente y están a gusto con ella, pero yo me pregunto: ¿por qué tiene que ser así? ¿Todavía hay que seguir el estereotipo de pareja gay en la que uno de los dos hace de hombre y el otro de mujer? Ya digo que esta pareja en concreto me parece muy divertida, son personajes encantadores y propician unas situaciones verdaderamente cómicas por el contraste de sus personalidades, pero que los hayan creado así me da la impresión de que el mensaje de la serie, en el fondo, no es tan rompedor como nos quieren hacer creer.

Hablo de este estereotipo porque, aunque todavía exista en la vida real, no creo que sea la constante en todas las parejas gays (tanto hombres como mujeres), ni mucho menos. Reconozco que, al ser heterosexual, no conozco demasiado el mundo homosexual, y si cometo algún error o incurro en alguna inexactitud, que los homosexuales que puedan leer esto (si es que lo llega a leer alguien :P) me disculpen. Pero vamos, sé que hay muchos homosexuales que no tienen pluma, igual que no creo que la mayoría de las lesbianas sean del tipo camionero. Y digo yo que habrá muchas parejas en las que ambos miembros sean del mismo tipo, ya sea "camionero", "oso", "maciza a lo Instinto Básico", "locaza" o, simplemente, personas normales y corrientes que no por tener una orientación sexual u otra tienen que llamar la atención por nada en especial. Es decir, que no tienen por qué llevar un rol determinado en la pareja como los que se han perpetuado durante siglos en las parejas heterosexuales. Creo que precisamente las parejas homosexuales tienen una oportunidad de oro para romper con esos roles tradicionales, lo que no sólo les haría un favor a ellos, sino también a los heterosexuales.

En fin, creo que la normalidad total se alcanzará el día en que dos señoras mayores celebren sus bodas de oro con su familia y no sólo todo el mundo lo vea como algo normal, sino que a todos les parezca algo tierno y digno de admiración. Pero mientras tanto, si un superhéroe se casa con su novio, no vamos mal.

lunes, 21 de mayo de 2012

Cuarenta

Sí, cuarenta. Ésos son los años que he cumplido. Un número redondo, rotundo, acojonante. Es la auténtica frontera: acabas de pasar el umbral de la mitad de tu vida, si hacemos caso de las estadísticas de mortalidad; a partir de ahí, cuentan las leyendas, sólo puedes ir cuesta abajo. Ya ni el cacareado alargamiento de la juventud nimileurista que caracteriza a los treintañeros de este país te vale: tienes cuarenta años, ya no eres joven, y ni siquiera puedes protestar si los dependientes de las tiendas te llaman señora. Para las mujeres, esto en teoría es especialmente grave. Se supone que nos volvemos invisibles de repente, que los hombres ya no se fijan en ti y te ignoran mientras siguen persiguiendo a las mozas de veintitantos. Por no hablar de los empresarios, para los que sólo eres un currículum más tirado a la papelera. Uf, cuarenta, malo, seguro que ya tiene hijos, y si no los tiene, o está loca por tenerlos deprisa y corriendo antes de que se le pase el arroz, o  es una solterona  amargada porque no tiene con quién tenerlos, o peor, una mujer con experiencia laboral suficiente como para no querer aceptar el sueldo y las condiciones laborales de mierda que le quieren imponer, o como mínimo protestar por ellas e intentar mejorarlas. Uf, quita, quita, que se quede en casa fregando los platos.

Total: debería estar deprimida como una cucaracha. (No sé el por qué de la comparación con la cucaracha, será que me parece absolutamente deprimente vivir siempre con el riesgo de ser pisoteada y fumigada, o a lo mejor es que me recuerda al complejo de inferioridad que tenía la cucaracha alien de Men in Black :P). Y, bueno, un poco impresionada sí que estoy, con eso de que ya no puedo considerarme joven ni objetiva ni subjetivamente (también habría que analizar el por qué del valor absoluto de la juventud en nuestra sociedad), y también cuento con que, efectivamente, estoy en el paro. Cobrando todavía, menos mal, ese subsidio que tan mal le sienta a nuestros gobernantes porque parece que lo estoy robando en vez de recuperar lo que he cotizado durante años. Pero sin trabajo, al fin y al cabo. Sin trabajo remunerado, realmente, porque parar, no paro. 

A lo mejor eso influye en parte para que, a pesar de todo, no esté lo supuestamente deprimida que debería estar. El caso es que me sentó peor el cambio de los treinta años que éste. No es que haya prosperado una barbaridad desde entonces, no he salido del rango de nimileurista (miento, hubo tres o cuatro meses hace años que sí lo conseguí gracias a una productividad que cobraba, pero cuando el jefe se dio cuenta nos subió el mínimo exigido para cobrar esa productividad, así que volví a mi sueldo mediocre de nimileurista) y nunca he tenido una estabilidad laboral duradera, pero las circunstancias han cambiado un poco. Siempre he tenido y sigo teniendo buenos amigos, que eso ya es para darse con un canto en los dientes. La familia, bien, gracias, que eso también cuenta. Eso se ha mantenido así, por lo que doy gracias al azar, a los dioses antiguos o a quien sea. Sí que ha cambiado, primero, que me independicé, y segundo, que luego conocí a Carlos y soy feliz con él, las cosas como son. No hay que perseguir el amor como si fuera lo único que te pueda hacer feliz, pero qué carajo, cuando tienes un novio tan estupendo como el mío, te alegra la vida, para qué lo vamos a negar :P. Quiero hacer una mención especial a mis gatitos, que me tienen bastante entretenida y embelesada ^^.

Pero, sobre todo, me he dado cuenta de que soy yo la que decido si me quiero deprimir o no. Cuarenta no deja de ser una cifra. Los números son útiles, las fechas nos ayudan a organizarnos, pero no tienen por qué clasificarnos. Obviamente, mi cuerpo no es el que era, pero conozco mis límites y tampoco me cuesta respetarlos; ellos, a cambio, procuran seguir siendo flexibles. Por otro lado, mis cuarenta años no son los mismos que los de mi abuela, por ejemplo, que a esas alturas ya había tenido cinco hijos y había pasado por una guerra y una posguerra. 

Yo de mayor quiero ser como Tata Ogg, que ha vivido siempre de puta madre y sigue haciéndolo.

 Y, por encima de todo lo demás, es cuestión de mentalidad. La sociedad parece empujarte a conseguir unas determinadas metas a determinadas edades. En eso no es que me haya apresurado precisamente. Muchas mujeres de mi edad están casadas, tienen hijos ya mayorcitos, están hipotecadas hasta las incipientes patas de gallo, etc. No digo que eso sea malo en si (bueno, estar hipotecado sí lo es :P), y si las circunstancias hubieran sido otras y ése hubiera sido mi camino elegido, a lo mejor tampoco me importaría encontrarme ahora en esa situación. Por lo visto, eso es a lo que llaman "éxito social". Pero no ha sido así. A veces pienso que llevo unos diez años de atraso con respecto al programa oficial, porque me encuentro en una situación a la que la mayoría de las personas, al menos hasta hace poco, llegaban alrededor de los treinta. Pero no me han venido así las cosas, y tampoco creo que eso tenga que ser un handicap, ni que tenga que conseguir lo mismo que los demás. Creo que las metas, las cosas que deseas, llegan cuando estás preparada para recibirlas; eso requiere un esfuerzo, por supuesto, no es que espere que me caigan del cielo, sino que hay que trabajárselas, y cuando ya estás lista para aprovecharlas, las consigues. También es verdad que nunca he sido especialmente lanzada ni me he dado demasiada prisa, es mi forma de ser. Tal vez he dado demasiadas vueltas para llegar a este punto, pero esas vueltas también me han hecho aprender más. Así que realmente no doy esos años por perdidos. Es sólo que he llevado mi ritmo, no el que debería llevar según algunos. 

Y, sobre todo, no me siento acabada, ni en la mitad cuesta abajo de la vida. Al contrario, ahora creo que es cuando empieza lo bueno de verdad. Anda que no será porque me queden cosas por hacer... Sigo teniendo el mismo ánimo y la misma curiosidad de siempre; yo lo atribuyo a que como soy una hobbit, eso me viene de fábrica. Además, los hobbits alcanzamos la mayoría de edad a los treinta y tres años, así que en realidad soy una jovenzuela :P. En fin, que no noto que haya cambiado de un día para otro precisamente. Sigo pensando y sintiendo lo mismo que hace dos días a estas horas, así que me parece que el calendario no me influye demasiado en esta cuestión. Si algo ha cambiado en estos últimos años, ha sido, si acaso, que me he quitado de encima buena parte del empanamiento en el que he estado sumergida casi toda mi vida, y eso es bueno, así que, salvo por el hecho de que ahora tengo resaca si me paso con la cerveza la noche anterior y de que me cuesta más adelgazar, no noto diferencias apreciables. ¿Los cuarenta? Eso es una cadena de radio infame que hace décadas que no escucho, nada más XD.

Así que, como dice el chiste: Virgencita, que me quede como estoy. Del resto ya me encargo yo.

martes, 8 de mayo de 2012

Love cats

Mucha gente opina que los gatos no son animales de fiar. Que no quieren a sus dueños, que van a lo suyo, que son traicioneros. Pienso que esa gente no ha tenido gatos, o no han sabido relacionarse con ellos, entenderlos. Siempre me habían gustado, pero, desde que hace dieciséis años llegó mi hermano a casa con una bolita de pelo refugiada en una caja de cartón con algodones, se han convertido en una parte esencial de mi vida. 

Pitusa y su mirada intimidante
Aquella bolita de pelo se llama Pitusa y hoy es una señora muy mayor, con achaques propios de su edad. Se tira casi todo el día durmiendo y se ha vuelto más caprichosa, a veces se pone a maullar de madrugada para que mi madre se levante para darle de comer, tarea que también se ha vuelto complicada porque ha desarrollado una alergia alimentaria que le limita mucho la gama de marcas y productos que puede comer. También le duelen los huesos, tiene reúma como cualquier abuelo y a veces la pobre se queja si le tocas en las caderas; un par de veces le han tenido que inyectar antiinflamatorios. Pero sigue siendo mi niña, y a pesar de que hace más de dos años ya que no convivo con ella y con mis padres, cada vez que voy a su casa me maúlla pidiéndome que la coja en brazos, y una vez recogida cómodamente en mi regazo se pone a amasar hasta que se queda dormida. Para que luego digan que los gatos no te quieren ni te recuerdan si te vas. Ojalá tenga unos cuantos años más por delante para seguir mimándola.

Después, he tenido la suerte de que a Carlos también le gusten los gatos (él es más de perros, pero realmente le gustan todos los animales, es lo que tiene poseer un corazón tamaño king size ^^). Así que adoptamos a Bu, que me ha hecho recordar lo divertidos, encantadores, graciosos y adorables que son los gatos jovencitos. Aunque requiera más atención porque quiere jugar contigo muy a menudo y a veces tengas que vigilarle para que no haga alguna pifia, compensa de sobra, y más con un gato tan bueno como Bu, que es un santo varón. La compañía que nos hace no la cambio por nada, creo que ya no sería capaz de volver a vivir sin tener un gato en casa.

Bu, el gato más guapo. Punto.
Como nos podemos llegar a tirar muchas horas fuera de casa, no nos parecía justo que Bu estuviera solo. Así que, aprovechando que yo ahora sí estoy más tiempo en casa, decidimos buscarle un compañerito. Nos apetecía tener un gato pequeñín, no lo voy a negar, ¿quién se puede resistir a un gatito? :P Pero sobre todo queríamos que Bu también tuviera un compañero con quien jugar y compartir el día, sobre todo cuando (espero XD) vuelva a trabajar y no pueda quedarme en casa con él. Una llamada providencial de Helena, que fue quien nos dio en su momento a Bu y que trabaja con AGAR (la asociación que cuida de los gatos del parque del Retiro), nos facilitó enormemente la tarea, y desde hace casi dos semanas vive con nosotros un nuevo miembro de la familia: Leia. Yo siempre había sido de "gato único" y no sabíamos muy bien cómo podría reaccionar Bu, pero se está portando muy bien como hermano mayor, mejor incluso de lo que me esperaba. No la ha bufado ni agredido en ningún momento, e incluso aunque se le note algo de pelusa, lo manifiesta de forma positiva, porque se ha vuelto más mimoso con las visitas para llamar su atención, en vez de reaccionar contra la pequeñita. El único problema es que es tan grande comparado con ella que nos da un poquito de miedo que a veces, jugando, le pueda hacer daño sin querer, pero por ahora no parece ser el caso. De hecho, creo que cuando ella crezca un poco más, va a ser la que le domine, porque la señorita está demostrando que es toda una princesa rebelde XD. 

Nuestra princesita Leia ^^

Porque eso es algo curioso también. En contra de esa creencia generalizada de la que hablaba al principio, cada gato tiene su carácter. Igual que la Pitusa siempre ha sido muy mimosa con mi familia, al tiempo que muy arisca y desconfiada con el resto de los mortales, Bu no rechaza a los extraños pero mantiene cierta reserva inicial, y tiene un carácter mucho más suave, y por otra parte Leia, como cachorrita que es, se deja mimar por todo el mundo, pero tiene un genio más fuerte y es muy aventurera, casi una kamikaze XD. Incluso entre ella y sus hermanitos de camada, con apenas un mes cuando los vi por primera vez, se notaba ya el carácter de cada uno: ella era la mimosa, su hermano "vaquita" (esto es, blanco y negro) era el dominante que protegía al resto de los hermanos, su hermana negrita era la exploradora independiente y el cuarto hermano, también negrito, era el tranquilote, hasta el punto de que estaba más gordo que el resto de sus hermanos, que hacían de él lo que querían XD. 

Bu y Leia, ying y yang

Así que ahora viven con nosotros Bu y Leia, y espero que crezcan juntos y se lleguen a querer como verdaderos hermanos, y que sea por muchos años. Reconozco que estoy enamorada de mis gatos, pero es que tengo motivos para ello. Son mimosos, divertidos, dulces, encantadores, y al mismo tiempo tienen su propio carácter, y quiero que lo conserven, porque me gustan tal como son. Si quisiera un peluche, me habría comprado uno en una tienda de juguetes. Por eso, aunque por las mañanas las pequeña Leia nos haga de despertador con sus maulliditos exigiéndonos con insistencia el desayuno, o aunque Bu nos haya dejado ligeramente destrozado un lado del sofá :P (menos mal que es el que menos se ve XD), me siento feliz y orgullosa de esta pequeña familia que ahora somos. Si os gustan los gatos y estáis dispuestos a asumir una responsabilidad que, por otra parte, recompensa de sobra con el cariño y la compañía que vais a recibir, no lo dudéis. Y, salvo que deseéis un gato de una raza concreta por alguna razón específica, os aconsejo que adoptéis, porque contribuiréis a salvar sus vidas y las de otros gatitos, literalmente.