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sábado, 13 de julio de 2019

Santísimas Trinidades

Como podéis ver, estoy en racha. Es lo que tiene procrastinar, que cuando tendrías que estar haciendo otra cosa es cuando te entran ganas de ponerte con alguna otra tarea perfectamente inútil pero que te apetece mucho más. Y como hace un rato se me ha venido a la cabeza una idea que ya tenía de hace tiempo pero nunca había plasmado, pues allá que voy, a daros la brasa con mis idas de olla, para no variar. 

El caso es que hace tiempo me di cuenta (o al menos eso creo, mi percepción puede estar equivocada) de que las grandes bandas de rock duro/heavy metal se podían agrupar en tríadas, las cuales se corresponderían más o menos a razón de una tríada por cada década. Así que procedo a hacer una lista de...

LAS SANTÍSIMAS TRINIDADES DEL METAL 

1. AÑOS 70: LED ZEPPELIN, DEEP PURPLE Y BLACK SABBATH.

He aquí a los padres del invento. En puridad, Deep Purple no son heavy metal sino hard rock, y Led Zeppelin casi se salen de cualquier clasificación: son lo previo al metal, incluso al hard rock, y al mismo tiempo van más allá. Pero da igual: para los que somos heavies clásicos, todo es heavy y punto 😝. Los que sí se puede decir que fueron la primera banda de heavy metal certificada son los Black Sabbath, pero entre los tres grupos sentaron las bases del estilo dominante en toda la década, por lo menos hasta que llegaron los punks en el 77 y la liaron parda. Lo curioso es que a los primeros que escuché fue a los Deep Purple, y en teoría debería preferir a los Sabbath, pero en realidad de los tres mis favoritos y a los que más valoro son los Led Zeppelin.
Igual que los Beatles, Led Zeppelin tenían un quinto miembro: la melena de Robert Plant
Ozzy fue el primer true metal pagan with rebequita de lana
Ritchie Blackmore se dejó bigote para que dejaran de confundirlo con un búho

2. AÑOS 80: JUDAS PRIEST, IRON MAIDEN Y AC/DC.

¡Mi primera camiseta chispas!
Igual que Led Zeppelin y Deep Purple en la santísima trinidad inicial, AC/DC no es heavy metal, pero también aceptamos pulpo. En realidad los tres grupos comenzaron sus carreras en los años 70, pero cuando consolidaron su estilo (bueno, AC/DC ya lo tenía consolidado de sobra; más que consolidado, fraguado en cemento Portland, porque son tan inmutables como Ana Blanco y su peinado) y sobre todo cuando lo petaron todo fue en los 80. Los Judas y los Maiden, en especial, contribuyeron a fijar la estética más clásica del heavy metal: Rob Halford con su cuero y sus tachuelas directamente extraídos de la estética gay leather (siempre me ha encantado esa paradoja de que muchos heavies machistas como ellos solos vistieran igual que los gays más notorios y activos) y las portadas de discos protagonizadas por Eddie, la "mascota" de los Maiden, plasmadas en camisetas negras que con el tiempo acabaron vendiendo hasta en el Bershka, pero que no podían faltar en el armario de ningún heavy de pro. Aunque fuera el único signo de que el heavy en cuestión lo era, porque a muchos sus padres no les dejaban llevar el pelo largo ni los vaqueros elásticos 😆. Con el tiempo fueron los Blind Guardian los que tomaron el relevo en el tema de las camisetas, pero los que sentaron las bases fueron los Maiden.

Y encima graban el vídeo de "Hot Rockin" tal que así. A Halford sólo le faltó salir con la bandera del arcoiris como capa a lo Superman XD
"A nosotros dejadnos de historias y traednos priva"
3. AÑOS 80, SEGUNDA PARTE: METALLICA, ANTHRAX Y MEGADETH.

Los años 80 fueron la edad de oro del heavy, y que tuvieran no una sino dos santísimas trinidades lo demuestra. A mitad de la década, aunque el género estaba en su punto más álgido, la fórmula comenzaba a estancarse. Mientras las discográficas y las radiofórmulas promocionaban a grupos que tiraban más por el hard rock suave, desde grupos de AOR ya veteranos a jovenzuelos hair metal herederos del glam de los 70 (estilos que también me gustan, que algunos de mis primeros grupos favoritos fueron Bon Jovi y Foreigner, por ejemplo) para llegar a más público, algunos nuevos grupos, fans de la segunda santísima trinidad y sus derivados, la NWOFBHM (no he estornudado, son las siglas de la New Wave Of British Heavy Metal) decidieron que la solución estaba en irse al otro extremo: meter más tralla hasta llegar al límite permitido por la capacidad auditiva humana. Los pioneros fueron Metallica, Megadeth (que en realidad era una escisión muy temprana de los Metallica) y Anthrax, que comenzaron por tocar a más velocidad (o sea, a hacer speed) y le dieron además un toque especial a la forma de tocar sus instrumentos, principalmente las guitarras, inventando el thrash (=trillar, y también azotar, golpear; vamos, que les pegaban unas palizas a las cuerdas de las guitarras de flipar). Por supuesto crearon escuela y surgieron cantidad de grupos que sonaban aún más extremos, como los Slayer, y miríadas de nuevos subgéneros: hardcore, grindcore, doom, death, black... Yo ahí fue cuando ya me perdí y renuncié a intentar aprenderme todas esas subdivisiones, porque el árbol genealógico resultante era más complicado que el de la familia de Sirius Black.

Cuando los Metallica aún usaban Clearasil en lugar de Just For Men
Sí, amigos: hasta los heavies más duros se cardaban el pelo
"Somos más malotes que el hermanastro de la pelirroja de Stranger Things"
4. AÑOS 90: PEARL JAM, SOUNDGARDEN Y NIRVANA.

Antes de que me saltéis a la yugular mientras gritáis: "¡Esos no son heaviiiiieeeeeees! ¡Muerte al gruuuuunge!", dejad que me explique: sí, ya lo sé. Como comentaba en el párrafo anterior, a mitad de los 80 el heavy metal clásico comenzó a estancarse y a decaer mientras se subdividía en múltiples subgéneros, como si intentara sobrevivir a base de reproducirse a lo loco. Aun así llegó un momento en que la decadencia está prohibida en tu menteeeeee... Ay, perdón, que se me va. Como decía, la decadencia del heavy metal por puro agotamiento provocó que, con el cambio de década, surgieran nuevos grupos que decidieron hacer borrón y cuenta nueva y crear otros estilos con bases musicales comunes pero con planteamientos y objetivos muy distintos a los metaleros de los años 80. Así surgió el grunge, que en el fondo lo que hizo fue retroceder para tomar impulso desde las raíces setenteras del rock duro, y mientras Nirvana se inspiraban más en el punk y los primeros grupos de garaje, Pearl Jam tiraba más por derroteros hardrockeros, incluso folkies (para mí son los que más me recuerdan a Led Zeppelin) y Soundgarden se inspiraban más en Black Sabbath y el rollo stoner. Muchos declararon el acta de defunción del heavy metal, aunque con el tiempo se podría decir que los rumores sobre su muerte habían sido exagerados. En fin, estos grupos ya eran otra historia, pero sin embargo siguieron reproduciendo el esquema trinitario de las décadas anteriores. 

"Mierda, se ha acabado el papel. Sí, el del váter también"
"Ups, nos han pillado"
"¡Mira, un OVNI! (¡Corre, Chris!)"
Que, por cierto, a mí estos tres grupos me encantan. Es lo que tiene ser politoxicómana, que le doy a todo mientras pueda. Eso sí, con el cambio de siglo llegué a mi límite. Como comentaba el otro día en un hilo de Twitter con Juanma Santiago (holiiiiii), a partir del 2000 ya no me daban más de sí las arterias y tuve que reducir las dosis de nueva música, más que nada porque la que se producía a partir de esas fechas ya estaba demasiado adulterada para mi gusto. Así que volví a la cerveza de toda la vida, permitiéndome sólo en ocasiones algunos chutes de Rammstein y otras hierbas variadas. En realidad, yo también he vuelto a mis raíces, en el sentido de que escucho prácticamente de todo, sea de la época y del estilo que sea, salvo alguna excepción como el reguetón y los triunfitos, porque eso no es drogaína, eso es matarratas. Pero aunque con los años me haya vuelto atea, sigo teniendo mucha devoción por las santísimas trinidades. El rock es mi pastor, nada me falta. Ea, id con Lemmy.

lunes, 2 de marzo de 2015

III Sides to Every Story: yours, mine and the truth

Hace poco caí en la cuenta de que llevaba mucho tiempo sin escuchar a Extreme, y eso no puede ser, así que me los enchufé en el Spotify a saco. Entre otras cosas, me sirvió para redescubrir un discazo, "III Sides to Every Story", el posterior al celebérrimo "Pornograffiti", y darme cuenta de que ahora me gusta más que el predecesor que les dio la fama hasta extremos a veces estomagantes; todavía hoy no puedo escuchar "More than Words" sin que me entren ganas de vomitar arco iris. Otra buena canción que la radio fórmula se encargó de estropear a base de machacarla... 

Arf


Los Extreme estaban sin duda en la plenitud de su creatividad; se podía decir que eran la cara amable y comercial, pero no por ello de menor calidad, de aquel movimiento a caballo entre el funk y el rock que triunfó al filo de los 90, del que hoy el único rastro, ya bastante desvaído, con cierta presencia en las listas de éxitos que queda son los Red Hot Chilli Peppers. En su momento, otros abanderados del funk rock en sus distintas ramificaciones y filias de finales de los 80 y principios de los 90 fueron los Living Colour, a los que tampoco estaría de más recordar, los Jane's Addiction, y otros grupos pioneros más de culto como Primus y Fishbone, que abrieron camino a aquel movimiento que reivindicaba, actualizándolo, el origen del rock dentro de la música negra.
Arf, arf, arf

Pero el grunge, por las fechas en que se grabó "III Sides" (1992), ya estaba arrasando con todo y probablemente perjudicó a los Extreme en cuestión de ventas, ya que dentro de ese espectro eran los que más cerca se encontraban del glam rock de los 80 al que Kurt Cobain y compañía se encargaron de defenestrar. Aun así por esa época les vi en el antiguo Palacio de los Deportes como teloneros de Aerosmith (creo que era la gira del "Get a Grip", ni os cuento lo que era ver a Steven Tyler en ese momento pegando saltos mortales) y puedo asegurar que eran unos cracks en el escenario; Gary Cherone lo daba todo en escena y qué voy a decir de Nuno Bettencourt, que es un puto máquina con la guitarra y encima estaba buenorrísimo :)_____.

De ese discazo es una de mis canciones favoritas, "Color Me Blind". Un mensaje contra el racismo del que no acabo de ver muy claro el enfoque (más que ser "ciego" a los colores se trataría de que todos fueran apreciados por igual, ¿no?), pero del que entiendo perfectamente su motivación (el mismo año que sacaron este disco ocurrieron los famosos disturbios de Los Ángeles a raíz de la paliza que sufrió Rodney King), y sobre todo un temazo:



Otra delicia de ese disco es la acústica "Tragic Comic", en la que se lucen demostrando su pericia y su facilidad para producir melodías irresistibles sin necesidad de meter decibelios. Por cierto, me encanta el vídeo, es tan Reality Bites XD :



Y la joya de la corona es la canción que remata el disco, una mini ópera-rock dividida en tres partes, que demuestra la influencia que sobre ellos ejercía la enorme impronta de Queen, además de otra gran influencia que impregna el disco entero, la de los Beatles. No en vano, en el homenaje a Freddie Mercury que se celebró en el Wembley en el 92, Extreme fueron posiblemente los grandes triunfadores; en vez de limitarse como hicieron muchos a cantar sus últimos éxitos, rindieron un auténtico tributo a la banda de Freddie, tocando un estupendo medley de varios de los éxitos de la Reina y demostrando que técnica y artísticamente no tenían nada que envidiar a otros grupos en teoría mucho más exitosos y veteranos que ellos. Extreme supo destilar sus influencias en esta maravilla que, a pesar de su longitud, no cansa. Escuchadla, no os arrepentiréis:



Después, su carrera siguió con altibajos. Se separaron, se volvieron a juntar, mientras Nuno Bettencourt siguió demostrando su habilidad con el hacha en solitario o en colaboraciones... Pero, en cualquier caso, para la historia quedan temazos como éstos. Disfrutadlos, todo el disco merece la pena.

lunes, 1 de diciembre de 2014

1, 2, 3, responda otra vez

Ayer teníamos puesta la tele en Kiss TV, un canal de vídeos que es igual de repetitivo a la hora de programar los vídeos que emite igual que su homólogo radiofónico, pero al menos está un poco más actualizado, así que de vez en cuando lo ponemos para escucharlo de fondo si no nos apetece encender el ordenador para escuchar Spotify. (Sí, lo nuestro con la música es vicio.) En un momento dado, emitieron este vídeo de un tal Cris Cab, que por lo menos a mí no me sonaba de nada (supongo que por eso cuenta con la colaboración del omnipresente Pharrell Williams, o sea, el tío de "Happy" o "el pavo de sombrero ridículo", para que los que no estamos puestos en novedades nos quedemos un poco con la copla), y la canción me llamó la atención. Primero, porque no está mal. Os la enlazo aquí por si la queréis escuchar:

 


Lo segundo que me sorprendió es que, como me está ocurriendo en los últimos meses, pensé: "Otra canción que suena a Police". Me había pasado antes con los Maroon 5 y este otro tema suyo (ojo, el vídeo es un poco fuertecito si eres impresionable)


 


Pero la primera vez que me sucedió fue con una canción que tiene un sonido Police aún más descarado, ésta de Bruno Mars:




La verdad es que Bruno Mars es un reciclador nato de estilos musicales, pero como parece majete y sus canciones tienen gracia, se lo perdono :P. En verdad, prácticamente todos los artistas que hoy día confeccionan las listas de éxitos son auténticos recicladores de estilos anteriores. Ya se sabe que no hay nada nuevo bajo el sol, y es difícil a estas alturas inventar algo que no suene a conocido, pero en los últimos años se reciclan estilos musicales de forma cada vez más descarada. El revival de los 80 ha sido bastante exhaustivo, tanto que hasta los que vivimos nuestra infancia y adolescencia en esa década nos estamos saturando ya :P, pero al fin y al cabo los principales consumidores de estos productos son chicos que podrían ser nuestros hijos y no tienen apenas referencias de esa época, así que lo que hagan artistas y grupos como los que he citado, u otros que no por ser más indies son más originales, lo cual no quita para que sean buenos (me pregunto cuántos chavales de instituto podrían ubicar en sus respectivas décadas a Joy Division y Editors). Pero destaco el caso del reciclaje de The Police porque me parece especialmente significativo, dado el sonido tan distintivo que tenía el grupo de Sting. Tanto que en su momento el éxito que consiguió, por supuesto, generó imitadores, pero estando aún presentes los originales, las imitaciones no prosperaron demasiado, porque cualquier comparación resultaba odiosa. Pero ya han transcurrido suficientes años como para que más de una generación entera no sepa quiénes eran The Police y, si acaso, les suene aquella canción de un tío que vigilaba constantemente a su ex (según unas interpretaciones, según otras podría ser un padre preocupado por su hijo, o vete tú a saber) porque la escuchaban de pequeños en un anuncio de la tele. Sí, os sonará raro, pero si hay chavales de 15 que no saben quién es Bruce Springsteen (atestiguado por un horrorizado amigo mío), pues ¿por qué van a saber qué grupo tocaba "Every Breath You Take"? Prafraseando aquel leit motiv de un famoso concurso que por supuesto esos chavales tampoco conocerán, ni por veinticinco pesetas ni por veinticinco céntimos de euro podrían dar más respuestas que ese ejemplo.



Así que se abre la veda para reinventar el estilo Police y presentarlo como algo novedoso y fresco. Y quien dice Police, dice muchos más grupos emblemáticos. Supongo que es una constante en la Historia que cada generación se crea que ha inventado la rueda (yo también tengo lagunas tan grandes como el lago Baikal antes de que se desecara), pero en la era pop esa constante se ha acelerado tanto que vamos reciclando décadas a razón de una por año, o incluso por estación. Seguramente es una impresión muy subjetiva, pero creo que desde los 90 no se ha inventado nada realmente nuevo; si acaso en estilos como el hip hop o la música electrónica se puede haber innovado algo más, pero lo supongo más por desconocimiento, así que les concedo el beneficio de la duda. En la moda textil ocurre igual: ya dicen que el reinado de los pantalones pitillo de los últimos años, por ejemplo, pronto se verá derrocado por el regreso de las campanas (¡nooooooooooooo, por favooooooooooooor!).

La verdad, no sé si este ir y venir de las modas es para mejor o para peor. Para peor, sin duda, por una parte, ya que llega un momento en que te cansas de escuchar tus discos favoritos de toda la vida, pero tampoco encuentras nada nuevo que te motive realmente como antaño. Por otro, dada la aceleración con que se recuperan modas y estilos, puede que llegue un momento en que todo se amalgame y tal vez ocurra el milagro de que hasta en las emisoras más mainstream se escuche todo tipo de música y en las tiendas de ropa haya tal mezcla de estilos que puedas vestir como te pete... Aunque no caerá esa breva, para la industria es mucho más fácil copiar un estilo hasta la saciedad por vez, es mucho más fácil trabajar así para las cadenas de producción. En fin, lo bueno de llegar a cierta edad es que lo que esté de ultimísima moda te la sopla bastante. Además, me temo que durante unos cuantos años en lo que más puesta voy a estar va a ser en los clásicos Disney y las canciones que más tararearé serán las de Pocoyó y Peppa Pig, o lo que toque cuando Eric tenga la edad suficiente XD. Hasta puede ser curioso comprobar cómo está el panorama cuando vuelva a asomarme por ahí fuera dentro de, no sé, quince años :P. A lo mejor hasta me sorprenden con algo nuevo, who knows?

martes, 21 de octubre de 2014

Video killed the radio star

¡Hola de nuevo! Mi inspiración caprichosa ha vuelto para daros la brasa otra vez. Hoy la culpa es de un vídeo que vi compartido hace poco en el Caralibro, un vídeo ochentero donde los haya. Ya se sabe que se suele decir que los ochenta fueron la edad de oro de los videoclips, y no por nada: es cierto que fue cuando se sentaron las bases definitivas de la manera estándar de grabar videoclips tal como estamos acostumbrados a visionarlos ahora, y se crearon verdaderas obras maestras como el archicitado "Thriller" de Michael Jackson, sin olvidar otras joyitas como "Wild boys" de Duran Duran, "Sledgehammer" de Peter Gabriel o "Take on me" de A-Ha, y vídeos tan entrañablemente gamberros como el "We're not gonna take it" de Twisted Sister. Luego llegarían los años 90, tan feos y sosos, en los que se pusieron de moda los vídeos en blanco y negro de atmósfera depresiva, pero eso es tema para otra entrada. Aun así, no han logrado borrar el recuerdo de los vídeos de los 80, tan expresivos y divertidos.

Pero también, como no podía ser menos en una época de estética tan extrema como los 80, hubo desvaríos rayantes, a medio camino entre el terror y el ridículo más desopilantes. Vídeos que te provocan desde la risa cómplice y nostálgica de cuando éramos jóvenes y horteras (ahora sólo somos sosos :P) hasta el deseo de arrancarte los ojos por no sufrir más. En concreto, el vídeo que me ha impulsado a escribir sobre el lado oscuro de los clips ochenteros ha sido éste, que además mereció su "versión literal", con la que gracias al descojono que provoca se puede superar el horror estético que te induce:






Si habéis sobrevivido al shock, podemos continuar. Otro clásico de los vídeos cutres de la época es el "Tarzan boy" de Baltimora. No sólo por el abuso del chroma y ese efecto raro que hacían con los colores, sino porque el pobre Baltimora iba vestido y maquillado como si se hubiera encargado de ello su sobrina de cinco años con el maletín de la señorita Pepis. No llega al nivel de WTF del vídeo de Bonnie Tyler, pero es que eso es casi imposible. A cambio, es una buena muestra de cómo se las gastaban en tan gloriosa década:




Y, cómo no, siendo una como es una heavy con solera, no puedo dejar de recordar algunos de los vídeos más impactantes del metal ochentero. Hay mucho donde elegir, pero lo primero que se me viene a la cabeza es este inefable vídeo que perpetraron los Mötley Crüe al comienzo de su carrera. Algo así sólo se podía producir en los 80, sin duda.


En una línea parecida, a medio camino entre la estética de los primeros videojuegos y la de las imitaciones de Mad Max y de la imaginería fantástica de cartón piedra a lo "Señor de las bestias" (que ya tiene tela), se atrevieron a producir su primer vídeo conocido los Queensryche, banda que luego se volvió bastante más sobria (y produjo discos cojonudos como "Operation: Mindcrime" o "Empire"). Pero antes de eso, el metal ochentero corría fuerte por sus venas y les impelía a crear vídeos como este "Queen of the Reich" (por otra parte, canción muy en la onda de la NWOBHM y entrañablemente powermetalera que me sigue gustando aunque ya haya perdido un poco la costumbre de tolerar que me perforen los tímpanos con esos chillidos, y conste que Geoff Tate me parece un cantante genial).
  
Podría seguir con muchos ejemplos, pero no quiero cansaros. Si la entrada tiene éxito, me podría plantear escribir otra con más vídeos horribles/cutres/hilarantes. O mejor todavía, proponed vosotros los vídeos que queráis: aquellos que, a pesar de su estética bizarra y sangraojos, o precisamente por ella, os hace sonreír cuando los volvéis a ver o escucháis las canciones que escenificaban. Por ahora, me despido con un vídeo absolutamente icónico de los 80; no es exactamente horrible (de hecho, seguramente a muchos les alegrará la vista), pero a su manera es un clásico digno de esta improvisada lista, y ha sido imitado y parodiado hasta la saciedad: "Simply irresistible" de Robert Palmer. Que lo disfrutéis.


viernes, 14 de febrero de 2014

El luchador

Pues ayer vi "El luchador". Sí, al cabo de los años y en la tele, pero oye, tiene su mérito ver una película casi entera en la tele cuando tienes un bebé :P. Y el caso es que la historia en sí no es nada que no hayamos visto millones de veces en telefilmes, ni tampoco tiene nada que ver con el resto de películas de Aronofsky que he visto, pero me tocó mucho la patata. No sólo porque el papel esté hecho tan a la medida de Mickey Rourke que da escalofríos (y, de paso, recordemos que este hombre es un gran actor, por mucho que se le vaya la pinza y que se haya destrozado a sí mismo en todos los sentidos), sino por la magistral sencillez  con que está contada y lo bien que retrata a los personajes y sus circunstancias (la galería de luchadores de lucha libre de segunda o tercera división es brutal, el tío de las grapas me dejó en estado de shock, pero no más que la gran humanidad del "Ayatolá", por ejemplo). Y ese final, perfecto tal como es. Pero reconozco que también me tocó la patata por otra cosa: ¡conocía todas las canciones de la banda sonora! XD Ay, los ochenta... Me sentí viejuna, pero me resultaba extrañamente agradable sentir esa nostalgia, porque además de escuchar esas canciones también me divertía viendo los teatrales combates de la WWF cuando empezó a emitirlos aquí Telecinco. De hecho, el papel de Randy the Ram me recordaba bastante al Último Guerrero. Así que esas coincidencias hicieron que la película me tocara un poco más la patata :P. En fin, creo que en el fondo la película de lo que habla es de ese momento en que nos damos cuenta de que nuestros sueños de juventud no se han cumplido, o al menos no como esperábamos. Pero eso no tiene por qué ser una tragedia; a veces ganas otras cosas en compensación que no te esperabas pero que valen más. Ya hablaba de algo parecido en otra entrada de este blog: La maldición de Heráclito. En fin, ya sabéis que una como buena abuela Cebolleta que es de vez en cuando se tiene que poner nostálgica y dar un poco la brasa con sus batallitas, es lo suyo :P. Pero supongo que tarde o temprano a todos nos pasa. Lo que no esperaba era que me ocurriera con esta película.

Y el momento en que me sentí totalmente identificada fue el que podéis ver en el minuto 1:37 del tráiler XD:

 ¡¡¡Yeaaaah!!! Bueno, no odio a Kurt Cobain, de hecho me encantan Nirvana, Pearl Jam y Soundgarden, pero, joder, no hacía falta cargarse la diversión. Los 90, por si alguien no lo recuerda, fueron muy sosos y deprimentes; sólo se salvan las camisas de cuadros y poco más :P. ¡Vivan los 80! Y, como Randy the Ram, vamos a echarle pelotas:


lunes, 8 de octubre de 2012

La maldición de Heráclito

Pensaba dedicar mi próxima entrada al premio Versatile Blogger que me concedieron amablemente las chicas de Envidien mi boda, pero me ha surgido otro tema de manera inesperada... Es el problema de funcionar a golpes de inspiración. 

En fin, vamos al tema. Si alguien a estas alturas no sabe que me gusta el heavy metal, es que no me conoce y es la primera vez que se encuentra este blog XD. Siguiendo la racha de revival que llevo últimamente, este fin de semana he visto The Decline of Western Civilization II: The Metal Years. "¿Ein? ¿Ezo qué é?" Pues es un documental que dirigió entre 1987 y 1988 Penelope Spheeris, la directora de Wayne's World, aquella película en la que, en tono de comedia americana boba pero graciosa (sobre todo para los que nos gusta el heavy metal, claro :P) se parodiaba sin hacer demasiada sangre el mundillo del heavy metal de finales de los 80. Supongo que sin pretenderlo, el documental que Spheeris dirigió justo antes y que retrata principalmente la escena glam metal de Los Ángeles en esos dos años, también resulta un poco paródico, aunque sea involuntariamente. Dejando aparte escenas inefables como un Chris Holmes (el guitarrista de siempre de los W.A.S.P.) poniéndose chuzo perdido de vodka en una piscina ante la mirada aterrorizada de su madre, que hace lo que puede por poner cara de póquer, o el fracasado intento de un pasadísimo Ozzy Osbourne (en su estado habitual, vamos) de freír unos huevos en una cocina que ni siquiera era la suya mientras comenta que la sobriedad es una p*** m*****, el documental no deja de ser bastante limitado en cuanto a que retrata sólo una parte muy concreta, por mucho éxito que tuviera en su momento, del mundo del heavy metal y no profundiza mucho más allá de los tópicos de siempre (las drogas son malas, todos quieren ser estrellas de rock pero no por el dinero sino porque su vida es el rock'n'roll, el ambiente metalero es muy machista...). Tal vez la única excepción es la breve pero relevante intervención de Dave Mustaine y su grupo, Megadeth, al final del documental, poniendo algunos puntos sobre las íes. No es que Dave Mustaine sea un modelo de modestia y contención, pero al menos en esta ocasión habla con bastante sentido común. El caso es que es de los pocos músicos que intervienen en el documental que al cabo del tiempo ha continuado una carrera bastante coherente y cuenta con una gran base de fans. 


Pero hay algo que, veinticinco años después, le da al documental una dimensión inesperada. No es más que eso, el paso del tiempo, pero es algo que nos afecta a todos, así que me ha dejado un regusto agridulce que necesitaba expresar. Además de entrevistar a músicos célebres como Steven Tyler y Joe Perry de Aerosmith, Paul Stanley y Gene Simmons de Kiss o Dios (es decir, Lemmy Kilmister de Motorhead), Spheeris también dedica una buena parte del documental a grupos emergentes como London, Seduce u Odin. De éstos sólo me sonaban los London como cantera de músicos que luego formaron parte de otros grupos que sí alcanzaron la fama, como Guns'n'Roses o L.A. Guns, pero en la vida había oído hablar de los otros dos. Obviamente, no debieron de conseguir su objetivo de hacerse mundialmente famosos. Desde esa perspectiva, resulta especialmente patética la entrevista al cantante de Odin. El pobre intenta dar una imagen tan guay de "nacido para ser una estrella" que da pena. Entre otras perlas, cuenta que se ha intentado suicidar alguna vez, y da a entender que si no consigue ser una estrella del rock ultrafamosa en un plazo de un par de años a lo sumo, probablemente vuelva a intentar quitarse la vida, porque no quiere ni puede hacer otra cosa. Casi prefiero no saber qué fue del pobre tipo.  Los miembros de otros grupos no son tan radicales, pero todos coinciden en su convencimiento de que ser estrellas del rock es su único objetivo vital y nada más merece la pena. Unos pocos lo consiguieron, como las Vixen, que aparecen brevemente y todavía hoy siguen en activo. Pero supongo que la mayoría habrán acabado viviendo de esos trabajos rutinarios que tanto aborrecían, y eso con suerte. Los pobres no se daban cuenta de que necesitaban algo más que muchos sprays de laca y su fe inquebrantable en que podían conseguir lo que quisieran si se lo proponían para triunfar. La mayoría eran pipiolos de veinte o veintipocos años que creían que serían eternamente jóvenes y cool y que seguirían divirtiéndose para siempre en fiestas glam repletas de alcohol, drogas y chicas fáciles. No tenían ni idea de que en un escaso par de años el grunge los arrasaría como una apisonadora.  

Tal vez a otros esa paradoja sólo les produzca risa. A mí me da un poco de lástima, porque me identifico en parte con ellos. Al fin y al cabo es algo universal; cuando somos jóvenes creemos que, una vez alcancemos ese estado ideal al que aspiramos en nuestros sueños adolescentes, permaneceremos en él felices para siempre. Seguramente todos o casi todos hemos soñado con prolongar eternamente una adolescencia perfecta en la que el grupo de amigos es inquebrantable, las fiestas y los fines de semana son eternos y podemos hacer por fin lo que queramos. Yo creía firmemente que seguiría llevando mis pintas heavies toda la vida, que pasaría todos los fines de semana en Canciller con mis  amigos y que podría ir al festival de Donington siempre que quisiera. Ay...

No es que me lamente de no haber conseguido mis sueños adolescentes. Lo que tengo ahora es distinto, pero no por ello es peor. Sólo siento cierta melancolía por aquella adolescente tan ingenua que fui, y por esos ídolos tan efímeros como mi juventud. ¿Qué me diría a mí misma si pudiera viajar al pasado? No lo sé. Lo único que ahora sé es que nada es inmutable, todo cambia, como dice el famoso axioma de Heráclito: "Nunca te bañarás dos veces en el mismo río". A los seres humanos nos cuesta aceptarlo, y la forma en que la vida nos lo enseña nos suele resultar dolorosa, pero una vez lo aceptas, supongo que lo mejor es responder con otro famoso lema: "Carpe diem". Lo cual no quita para que siga afirmando: ¡Larga vida al heavy metal!

domingo, 30 de septiembre de 2012

Heavy Metal forever and ever

Ya era hora de que volviera por aquí. No era por falta de ganas ni de ideas, pero entre unas cosas y otras, no veía el momento de dedicarle un rato a esto. Tengo una habilidad especial para desperdiciar mi tiempo en chorradas improductivas, pero, aparte de eso, no hay nada como pensar que tienes todo el tiempo del mundo para que al final te encuentres más liada que la pata de un romano y todavía te falten horas al día para hacer todo lo que quieres hacer.

A lo que íbamos. Supongo que habréis leído el título de esta entrada. También puede que os hayáis fijado en el subtítulo que hace un tiempo le puse al blog: efectivamente, yo fui una fan del heavy metal en mi adolescencia. Sigo siendo fan de la música, pero ya no sé si puedo afirmar tajantemente que soy heavy o no. Desde luego, a los quince años sí que lo era: me cardaba el pelo, vestía mallas, vaqueros elásticos y camisetas de mis grupos favoritos y acudía religiosamente todos los fines de semana a los pubs y discotecas heavies. Qué recuerdos... Me lo pasaba genial meneando la cabeza en la pista al ritmo de los grupos heavies ochenteros (es un milagro que no haya acabado sufriendo de las cervicales) en garitos tan míticos como Canciller, Barrabás y Sucursal, y, por supuesto, siendo de Vallecas, acudía asiduamente al Hebe, a la Urbe, al Kaos... Soñaba con ir a Donington algún año (entonces era la meca de los festivales heavies, igual que hoy lo es el Wacken) y me costó horrores y algún que otro cabreo monumental conseguir que mis padres me dejaran ir a conciertos; no sabéis el daño que hizo aquel americano gilipuertas de la base de Torrejón cuando, antes incluso de que yo supiera lo que era el heavy metal, no se le ocurrió otra cosa que asestarle una puñalada a un chaval en un concierto de Scorpions, si no recuerdo mal, en el Campo del Rayo (paradójicamente los Scorpions me parecen uno de los grupos que menos agresividad pueden suscitar dentro de este tipo de música... En fin, hay imbéciles en todas las épocas y lugares; probablemente ese mismo tío en otro momento habría hecho lo mismo en una rave o en un concierto de un grupo de hiphop). Años después, yo misma estuve en el Campo del Rayo viendo uno de los mejores conciertos de mi vida, el de Metallica en el 93.

Después, he seguido escuchando heavy prácticamente a diario, porque sigue siendo mi música favorita, aunque escucho casi todo tipo de géneros. También he seguido yendo a conciertos, y sigo sintiéndome bastante identificada con buena parte de lo que significa ser heavy. Pero los tiempos y las obligaciones conllevan cambios. Cuando acabé la carrera y me puse a buscar trabajo tuve que renunciar a los elásticos y las zapatillas guarripén, al menos para las entrevistas. No suele ser una buena táctica ir a una entrevista de trabajo con la chupa de cuero y los ojos pintados con la raya a lo egipcio. Pero también fue un cambio que yo misma deseaba hasta cierto punto. En la adolescencia, cuando uno se integra en alguna tribu urbana, adoptar su estética suele ser el primer e imprescindible paso para reafirmar tu voluntad de diferenciarte (sí, es paradójico pero así funciona: para hacer ver que no eres como los demás, tienes que vestirte igual que aquellos que pertenecen al grupo de tu elección :P). Los hay que se quedan en esa fase de poser para renegar de ella al cabo de un tiempo. Otros, después de ese primer paso y, con el tiempo, acabamos por asumir esa identidad de forma natural. Para mí llevar mallas y chupa de cuero llegó un momento en que ya no era mi forma de diferenciarme, sino mi manera natural de vestir. Me sentía cómoda y podía haber seguido así siempre, pero también llegó un momento, pasados los veinte años, en que me empecé a cansar y a sentir que en cierta manera iba tan uniformada como los que visten siempre de marca. Tuve una época de desconcierto en la que, entre la obligación de vestir la ropa "adecuada" para labrarme un futuro profesional y las ganas de conseguir mi propio estilo, y por ende mi propia identidad, anduve despistada y más de una prenda acabó en mi armario muerta de risa, a pesar de la insistencia de mi madre en que me pusiera "esos pantalones de pinzas, hija, qué lástima, que son clásicos y no pasan de moda". También durante unos años, por acompañar a los amigos con los que salía más habitualmente, aguanté el paso por los garitos de moda, para acabar aborreciendo el pachangueo, los intentos indiscriminados de ligoteo de los pardillos y salidos de turno y todos esos rituales absurdos de los sábados por la noche que dominaron los años noventa. Como en todo, acabé alcanzando un punto de compromiso en el que me encontré por fin a gusto: sin volver al uniforme de los vaqueros elásticos y las camisetas de Iron Maiden para demostrar mi dureza, acabé encontrando un estilo en el que me sentía cómoda, sin dejar de llevar mi chupa de cuero con una mini vaquera y botazas cuando me apetecía, pero poniéndome también vestidos de colores vivos en verano, por ejemplo, porque me gustan y porque son mucho más fresquitos que las camisetas negras, que dan un calor horrible, qué queréis que os diga. También me ayudó el hecho de que los trabajos que he tenido no han sido de cara al público, así que en eso he tenido bastante libertad. Y, por supuesto, acabé mandando al guano a esos garitos de pachangueo; pase lo que pase, cuando salgo sólo voy a sitios donde me encuentre a gusto, y si no, pues me voy a casa, que no es ningún delito. A eso también ayuda que el tiempo pone a cada uno en su lugar y, aunque conservo a algunos de mis mejores amigos de la adolescencia, el tiempo y el sentido común han hecho una buena criba y he conseguido acabar rodeada de gente con la que de verdad me apetece estar.

En fin, si algo bueno tiene la madurez es que te suele ayudar a llegar a un punto en el que te encuentras a gusto contigo misma y con tu vida. Ahora, más o menos, hago lo que quiero con quien quiero y cuando me apetece. Pero eso no quiere decir que haya dejado de lado mis antiguas aficiones. Ya decía antes que el heavy metal sigue siendo mi música favorita y le tengo especial cariño a los grupos heavies de la época dorada del género, los ochenta. Por eso me hizo ilusión cuando, mientras trabajaba en el Depósito Legal, me encontré con este libro: 


Leí la sinopsis y me atrajo irremediablemente: era una crónica de los años dorados del heavy metal desde la perspectiva personal de un americano de mi misma edad que, por ese motivo, habría vivido situaciones muy parecidas a las que viví yo en mi adolescencia, y que ahora era crítico musical. Tenía todos los ingredientes necesarios para que me sintiera identificada con el tema del libro, tratados además desde un punto de vista ligeramente humorístico e intrascendente que hacía que me resultara más atractivo. Lo apunté en mi lista de pendientes, y unos meses después terminé por comprarlo.

La verdad es que, al leerlo, sentí una ligera decepción. Chuck Klosterman tiene mi misma edad, pero no vivió la misma adolescencia que yo, al menos no en muchos sentidos. Para empezar, aunque coincidíamos en el gusto por muchos grupos de la época, en otros no coincidíamos en absoluto: él, como es lógico hasta cierto punto, adora los grupos glam rock de los 80 como Mötley Crüe y Poison, y sobre todo a los Guns'n'Roses, cosa en la que coincidimos, pero al mismo tiempo le aburrían en general los grupos de heavy metal europeos como los Scorpions o Iron Maiden, que son de mis favoritos. Hasta cierto punto es comprensible: mientras que él se crió en un pueblo perdido de los páramos de Dakota del Norte (ni siquiera en el Fargo del título, sino en un pueblo mucho más pequeño), mi adolescencia transcurrió en Vallecas, barrio obrero (más que marginal, por mucho que se hayan empeñado en endosarle esa etiqueta) por excelencia, y mucho más semejante al Birmingham de Black Sabbath o Judas Priest que al medio oeste rural americano.

También da la impresión, por otra parte, de que se avergüenza un poco de su pasado heavy adolescente. Ahora es un crítico musical de reconocido prestigio en revistas que están más orientadas al pop independiente y otros géneros, y no es que sea un impostor por eso: realmente le gustan también esos géneros, igual que yo también escucho música de lo más variada. Pero mientras que yo he seguido escuchando heavy metal y lo he reconocido sin ningún complejo, y asumo que, como pasa en cualquier género, muchas veces ha llegado a extremos ridículos, pero no por ello me avergüenzo, el mismo Klosterman reconoce que a veces se ha sentido coartado a la hora de reconocer delante de según qué personas que en su adolescencia adoraba incondicionalmente a los Mötley Crüe, y en muchas ocasiones ironiza sobre las actitudes y los comportamientos de las estrellas y los fans del género. Leí en un blog en el que reseñaban el libro que alguien comentaba que en realidad Chuck Klosterman nunca había sido un auténtico fan del metal y que ya no le gustaba esa música. Pero, a pesar de todo, no estoy de acuerdo. Ahora está de moda el revival de los ochenta, y es muy normal que grupos musicales actuales reivindiquen que los Maiden fueron su grupo favorito y se pongan camisetas suyas, aunque los grupos en cuestión sean pura filfa comercial que sale a todas horas en la MTV. Incluso se han llegado a cometer herejías como la de perpetrar una película infame de cuyo nombre no quiero acordarme, protagonizada por, entre otros, Tom Cruise, que al parecer interpreta a una especie de parodia de Axl Rose, y que básicamente se dedica a destrozar grandes canciones de grupos de los 80 como Def Leppard, Bon Jovi y otros de ese estilo, convirtiéndolas en numeritos del Disney Channel. Supongo que es la señal de que el revival de los 80 se está agotando, pero el caso es que ahí está, y ahora, como digo, es muy fácil ir de guay presumiendo de que tenías todos los discos de Barón Rojo o de W.A.S.P., por poner un par de ejemplos. Pero, aunque en España seguramente se ha publicado la traducción de Fargo Rock City al rebufo de ese revival, hay un detalle que no carece de importancia: Klosterman publicó este libro en 2001. Entonces aún no se habían vuelto a poner de moda los 80, ni mucho menos. Aún se consideraban el colmo de lo hortera, y todavía podías ser clasificado como un auténtico desfasado cultural y quedar marginado de los círculos "in" si reconocías que lo que de verdad te hacía vibrar no eran los grupos indies, sino tus discos viejos de Saxon y Helloween. Así que, incluso desde esa postura incómoda de sentirte ligeramente avergonzado por haber vendido tu alma al diablo en tu adolescencia por amor al género musical probablemente más denostado de la historia, Chuck Klosterman tuvo valor para reconocer que sí, que la música que más le ha marcado, como no lo volverá a hacer ninguna otra, es el heavy metal.

Además, ya digo, todo el libro está escrito en un tono humorístico y autocrítico bastante gracioso y saludable. Hay que saber reírse de uno mismo, y en eso el heavy metal, aunque no lo parezca a ojos de muchos profanos, ha sido más abierto que muchos otros géneros: no hay más que ver a grupos paródicos como los Steel Panther, Spinal Tap o, aquí mismo, los geniales Gigatrón, para darse cuenta de que el heavy metal sabe reconocer sus propios defectos y reírse de ellos. A mí personalmente me encantan, y no son ningún obstáculo para que siga disfrutando de mis grupos favoritos de heavy metal. También, por supuesto, me parece importante que se reconozca que el heavy metal tiene mucho más que ofrecer, tanto a nivel musical como cultural en general, de lo que la mayoría de la gente piensa y que, por mucho que les pese a bastantes críticos y culturetas, ha tenido y tiene millones de fans por todo el mundo que demuestran que algo debe de tener para llegar al alma de tanta gente. Por supuesto, en ese sentido, es muy recomendable un documental (en el que, por cierto, también es entrevistado brevemente el propio Klosterman) que, con rigor y amenidad, realiza una excelente introducción a la historia y el presente del heavy metal: Metal, a Headbanbger's Journey, realizado por el canadiense Sam Dunn, un fan del heavy metal que se hizo antropólogo porque su amor por el heavy metal y toda la cultura y subcultura que le rodea le llevó a interesarse por todo lo que son otras culturas diferentes a la nuestra en general. Mientras que Fargo Rock City es más una crónica sentimental desde un punto de vista personal, Metal: a Headbanger's Journey es un estudio más riguroso y estructurado, en el que se analizan los orígenes y la evolución del movimiento musical, y se incluyen numerosas, instructivas y, al mismo tiempo, muy divertidas entrevistas con grandes estrellas del metal y el rock duro como Bruce Dickinson, Dee Snider, Lemmy Kilmister, Alice Cooper o el siempre recordado Ronnie James Dio. Posiblemente, el documental de Sam Dunn, aunque muy interesante para cualquiera que le guste la música en general, y no sólo el heavy metal, y sienta curiosidad, tendrá más salida entre los fans del heavy, mientras que el libro de Chuck Klosterman, por su enfoque más ligero y humorístico y el medio en el que se mueve el propio autor llegue a un público más amplio. Así es como funciona el mercado, aunque realmente ambos documentos tengan su valor, cada uno en su estilo, e, incluso sin pretenderlo, sean cada uno el complemento perfecto del otro para dar una visión global de lo que ha significado en el mundo de la música y en la cultura popular el heavy metal. En cualquier caso, yo seguiré amando para siempre el heavy metal. Fue lo que dio sentido a mi adolescencia, y sigue siendo una parte muy importante de mi vida. ¡Larga vida al heavy metal!

PD: aunque he tratado este tema en esta entrada porque llevaba rondándome la cabeza desde hace semanas, incluso meses, no me olvido de que tengo otro tema pendiente para la próxima entrada, y es que las chicas de Envidienmiboda, que son unos soles, me han dado otro premio, el Versatile Blogger. Aunque no creo que me lo merezca :P, justo es reconocerlo, y a ello le dedicaré la siguiente entrada en breve. Muchas gracias, chicas :D.


jueves, 24 de mayo de 2012

Mis chulazos favoritos

La inspiración es caprichosa, ya sabéis. Me puedo tirar dos meses sin escribir nada aquí, y luego hacerlo dos días seguidos, como ahora es el caso. De hecho, la inspiración para esta entrada me viene directamente de la entrada de ayer, que surgió a raíz de la noticia sobre la boda de un superhéroe, Estrella del Norte. Mirando el cómic que me había regalado mi hermano, pensaba "vaya con el dibujito", porque hay que ver cómo dibujan a los superhéroes :)____. Muchos no me gustan, demasiado musculados o con trajes demasiado ridículos, pero en el caso de Estrella del Norte se aúnan el atractivo y la elegancia, juzgad vosotros mismos en la foto de la derecha. El personaje es homosexual, pero eso no me impide admirarlo :P.

Eso me hizo pensar en los personajes, reales o ficticios, que me han gustado desde que era una adolescente. Es un fenómeno que existe desde que en las cortes medievales las jóvenes damiselas suspiraban por los trovadores más atractivos y talentosos, incluso desde antes, pero en la era pop ha llegado a su máxima expresión, y como buena ochentera que soy, obviamente no me iba a sustraer de ello. Amores platónicos que, salvo en nuestros delirios adolescentes más exacerbados, siempre hemos sabido que no van a pasar nunca del umbral de la imaginación, pero ¿y lo bien que se lo pasa una (o uno) alegrándose la vista y entregándose a fantasías con nuestros ídolos favoritos? Así que hay voy con una lista de mis amores platónicos, o mis chulazos preferidos, que diría mi amiga Ninotchka Ni:

David Bryan dándolo todo al teclado
El primero podría haber sido Bon Jovi, of course. Fue, junto con Europe, el primer grupo heavy (podría discutirse mucho sobre si son heavies o no, pero por mor de la concisión, dejémoslo así) que me gustó, y en parte no voy a negar que influyó la imagen tan atractiva de sus componentes. Pero, aunque tampoco le haría ascos, no fue el mismo Jon Bon Jovi el que me encandiló. A mí el que de verdad me gustaba era su teclista, David Bryan, a la izquierda de estas líneas. Ahí lo tenéis, tal como a mí me gustaba, con sus pelos cardados :P. Con el tiempo he acabado aborreciendo esos cardados (no sabéis lo que estropean el pelo), pero como dice el Reno Renardo, crecí en los ochenta, y entonces era lo que molaba... Probablemente a muchas les parecerá una herejía que me gustara más que el cantante, pero a mí me gusta quien me da la gana, y fun y pin :P. Otro músico heavy, en este caso cantante, que me parecía monísimo de la muerte y muy achuchable, era Michael Kiske, con un peinado igualmente ochentero pero mucho más Pantene:
Michael Kiske luciendo torso

Ays, qué mono era ^^ Daban tantas ganas de atusarle esa melena dorada... *___* Aparte de eso, es un gran cantante, una de mis voces favoritas dentro del heavy metal. Luego renegó del metal, se cortó el pelo y engordó, que es lo que suele pasar (bueno, lo de renegar del metal no tanto, y además no sé por qué, aunque el caso es que parece que ha vuelto con el grupo que se ha montado con Kai Hansen, su antiguo compañero de Helloween), pero para la posteridad y para la imaginación queda esa imagen efébica que llenó carpetas de chicas heavies como yo. La verdad es que lo de los chulazos enseñando torso (y además sin depilar, que es algo que parece que ha desaparecido del mapa, los pelos en el pecho, snifff) era algo muy habitual en el heavy metal, sobre todo dentro del hard rock americano; podría dar muchos ejemplos, pero tampoco es plan de hacer esta entrada kilométrica, así que continuaré con la lista. Sólo añado, de momento, otro nombre que no puedo olvidar, porque también sigue siendo uno de mis cantantes favoritos. Se le ha acusado de haberse vuelto un moñas, sobre todo en la etapa más comercial de su grupo a finales de los ochenta, y en los últimos años lo de no aceptar muy bien el paso del tiempo le ha pasado factura en forma de estiramiento facial exagerado, pero aun así, ¿quién podía resistirse a un madurito tan interesante como David Coverdale?:

David Coverdale, la apoteosis del rizo rubio
Oh, yeah. Pedazo de hombre. Ya digo que no ha llevado nada bien el paso del tiempo y si ahora ves sus fotos actuales no sabes si está intentando convertirse en clon de Jane Fonda o es que le han pegado un susto de muerte y se ha quedado así, pero su gloriosa madurez ochentera nos ponía orgásmicas a todas. Al menos, su voz sí sigue siendo orgásmica...

Ya digo que podría citar muchos chulazos melenudos que nos hacían suspirar a mis amigas y a mí, porque había abundancia de ellos en los años 80. Ahí seguía el incombustible Paul Stanley, de Kiss, el auténtico adalid del pelo en el pecho; Joey Tempest, que tanto dinero dio a las peluquerías gracias a todas las chicas que iban pidiendo que les hicieran el mismo moldeador que a él; Yngwie Malmsteen, que tenía un culo tan perfecto como Jon Bon Jovi; James Hetfield, que, aunque os sorprenda, para algunas de nosotras también tenía su aquel... Y un largo etcétera con el que ya digo que no os voy a dar la brasa. Pero no sólo de rock vive la adolescente ochentera, y por supuesto recopilé un buen puñado de ídolos de las películas que marcaron mi juventud. 

El primero no podía ser otro que Daniel Day-Lewis. Si alguna de mis contemporáneas no se enamoró de este póster promocional de El último mohicano, que levante la mano y la llamaré mentirosa:

Esa melena al viento... ¡Aghfffs!



Es, seguramente, la película en la que más irresistiblemente guapo está. En otras tal vez no se luce tanto, pero esos ojos profundamente azules, esos rasgos marcados, ese aire atormentado, ese inmenso talento con el que actúa en absolutamente cualquier papel que te puedas imaginar... ¿Qué adolescente no se enamoraría de él, y seguiría babeando ya en la madurez? Si tengo que elegir un actor fetiche, me quedo con él.

Una toalla para secarle, por favor...
Otro actor con el que suspiraba y que posiblemente os sorprenda es Kevin Bacon. Tiene una cara rara, lo sé, como también sé que algunos lo consideráis directamente feo, y con ganas, pero tiene algo que siempre me ha puesto. Nunca ha llegado al estatus de estrella, pero siempre se ha mantenido con tesón y buenas actuaciones. Desde que se hizo famoso de yogurín en Footloose hasta hoy, que encarna a un morboso Sebastian Shaw en X Men: First Class, ha pasado mucho tiempo, pero se mantiene bastante bien. Para que veáis lo impresionante que ha llegado a estar el que hoy sigue siendo un madurito interesante:









Keanu Reeves. Ay, omá, qué rico

Potente, ¿verdad? Otro actor, más joven y con tipo de atractivo totalmente distinto, pero que también empezó a hacerse famoso a finales de los ochenta, aunque su gran década fueron los noventa, es Keanu Reeves. Una vez superada su desgarbada adolescencia, se convirtió primero en oscuro objeto de deseo del cine independiente con Mi Idaho privado, se reveló después a las masas como todo un bombón en Le llaman Bodhi, y se convirtió en una estrella de las carpetas, sobre todo, gracias a Speed. Después ha seguido su carrera con altibajos, alternando éxitos como Drácula o Matrix con incursiones en la comedia romántica que por nuestra salud es aconsejable olvidar. Reconozcámoslo: no es un actor al que le vayan a dar un Oscar. Pero en la mayoría de las ocasiones cumple, y sigue teniendo un no se qué que qué sé yo que pa qué :P. Es lo que tiene la mezcla de razas (es medio chino, hawaiano, inglés y qué sé yo qué más), que produce unos ejemplares verdaderamente superiores :P.

Sean Bean, vuelve el Hombre
El chulazo al que voy a referirme ahora, sin embargo, es de pura cepa inglesa. Pero quién podría objetarle nada, por mucho que sea de la pérfida Albión a... Sean Bean (babas, babas, babas). Ese hombre spoiler que transpira masculinidad por todos los poros de su cuerpo... Realmente, ya le conocíamos de muchas películas anteriores, aunque casi siempre como secundario (de lujo, eso sí), pero ya en su Inglaterra natal se había creado una merecida fama como héroe romántico con una serie histórica que arrasó entre las inglesitas: Sharpe. Algún día tengo que hacerme con los deuvedeses de esa serie, ambientada en las guerras napoleónicas, tiene que ser todo un espectáculo. Pero todos sabemos que el papel que le llevó a la fama mundial fue el de Boromir en la trilogía de El señor de los anillos. No sólo imponía su presencia como orgulloso gondoriano, encima bordaba su papel, dándole una complejidad y una humanidad que, por mucho que suene a herejía, superaba al propio personaje de la obra de Tolkien. Es más, cada vez que coincidía en escena con otro chulazo que marcó a muchas, Viggo Mortensen, que también se dio a conocer al gran público con su papel de Aragorn, por muy bien que éste hiciera su papel y muy macizo que también estuviera, Sean Bean se lo comía con patatas. Después ha persistido en su manía de morirse en casi cada película y serie en la que aparece, de ahí que le llamemos cariñosamente "hombre spoiler" y que se ganara merecidamente su papel de Eddard Stark en la serie de Juego de tronos, pero se le sigue queriendo y babeando profusamente por él. Sean, espoiléame lo que quieras, corazón, yo me dejo XD.

Ay, esa sonrisilla de medio lado...
Y antes de que esta entrada se haga más larga que un día sin pan o lo que nos queda de año hasta que estrenen El hobbit, voy terminando con el que es mi último chulazo favorito: Robert Downey Jr. Ejemplo clarísimo de que no es necesario tener unos rasgos perfectos o un cuerpo de gimnasio (aunque no va mal equipado :P) para provocar sueños húmedos. Para eso ya tiene carisma de sobra. Podría haber sido el típico chico malo echado a perder, como Mickey Rourke, pero tuvo el suficiente sentido común como para regenerarse a tiempo, y hoy es una auténtica estrella. Pocas veces un actor y un personaje estuvieron tan hechos el uno para el otro como Robert Downey Jr. y Tony Stark (Iron Man), pero también luce su maravilloso encanto, su gran talento interpretativo y su enorme sentido del humor como Sherlock Holmes y en muchos otros papeles (una película que os recomiendo, por ejemplo, y que no es demasiado conocida, es Kiss Kiss, Bang, Bang: lo adoraréis y además os lo pasaréis bien con la propia película). Esa combinación de chulería (pero con gracia) y trasfondo sensible no se puede resistir... 

¡Ah! Una última mención: Michael Fassbender. No podía terminar sin al menos traer a colación al último descubrimiento del olimpo masculino hollywoodiense, un hombre que, además de ser un actorazo, es de los pocos que consiguen aunar belleza y masculinidad sin parecer ni un afeminado ni un macho man sobrado de hormonas. Una belleza clásica, casi comparable a la del mismísimo Paul Newman, ejemplo máximo de la belleza viril. Deseando estoy que llegue el estreno de la próxima de X Men... ¡Y es que encima hace de Magneto, el mejor villano de la Marvel! ¿Qué más se puede pedir? Yo no necesito más, desde luego.

Esto sí que es un atractivo magnético...

Me dejo unos cuantos más en el tintero, pero ya no quiero abusar más de vuestra paciencia. Estaré encantadísima de que hagáis vuestras aportaciones comentando cuáles son vuestros chulazos favoritos, y también de que me rebatáis respecto a los míos si no estáis de acuerdo ;). ¡Opiniones, disertaciones, explayaos, babead!

PD: cariño, de verdad, no te preocupes, que te sigo queriendo igual XD. Éstos son de papel y celuloide, tú eres mi chulazo de verdad :-*.