martes, 29 de marzo de 2022

Los últimos románticos

Hace no mucho tuve ocasión de volver a ver “Drácula” de Francis Ford Coppola en el cine, gracias a la gente de Tiempo de Culto (podcast que os recomiendo mucho). Es una de mis películas favoritas, y de las pocas que me parecen genuinamente románticas. Pero no tanto por la historia de amor entre Drácula y Mina (que, por si no lo sabéis, en la novela original no existe, se la inventaron totalmente para la película), sino por cómo se relata el origen de Drácula. 

He cruzado océanos de tiempo... y vais y me adelantáis la hora, capullos, que me tengo que levantar del ataúd una hora más tarde

 

Me explico: la mayoría de la gente identifica romanticismo con historias de amor ultra moñas, cuando no tóxicas. Los últimos ejemplos a nivel de masas son Crepúsculo (con un protagonista vampiro que se parece a Drácula como un huevo a una castaña) y su sucedáneo supuestamente transgresor, 50 sombras de Grey; no hace falta que os explique de qué van salvo que hayáis estado viviendo en una cueva completamente aislados del mundo los últimos 20 años.  Salvo por compartir un concepto supuestamente apasionado del amor, que en realidad tampoco tiene que ver mucho con el concepto original de pasión romántica, no tienen nada en común con el romanticismo primigenio.

Cuando estudiaba la carrera, en el último año tenía que elegir una optativa. Ya había decidido que me iba a matricular en paleografía, pero era una de las asignaturas que empezaban a impartirse más tarde, así que podía ir antes de oyente a otras optativas por si descubría alguna que me hiciera cambiar de idea. Una tarde asistí a la primera clase de una asignatura con el rimbombante nombre de “Literatura anglogermánica de finales del siglo XVIII y principios del XIX” y allí me quedé. Sí, habéis adivinado: la asignatura era sobre el Romanticismo. El bueno, el original, el fetén. El de William Blake y el primer Goethe, el de E.T.A. Hoffmann y Lord Byron. Allí leímos el Frankenstein de Mary Shelley, la Rima del Anciano Marinero de Coleridge (sí, la de la canción de Iron Maiden, uno de mis dos temas favoritos del grupo), los alucinados poemas de William Blake, los terroríficos cuentos de Hoffmann, las abracadabrantes aventuras del Estudiante de Salamanca de Espronceda, también nos asomamos un poco por la muralla del castillo de Otranto… Para mí, que era apenas una jovenzuela recién salida de una adolescencia heavy ochentera alimentada por canciones y películas de fantasía y terror que bebían, a veces directamente, a veces de segunda, tercera o cuarta mano, de aquellas fuentes, esa asignatura era una gozada. Parte del mérito hay que atribuírselo al profesor que la impartía, Abraham (no me quedé con su apellido, mecachis), un hombre ya mayor, encantador y sobre todo muy sabio, que sabía transmitirnos su entusiasmo por aquella literatura realmente rompedora, con sus virtudes y sus excesos, pero siempre fascinante. Y gracias a él aprendimos que la verdadera esencia del romanticismo no era ese concepto pasteloso del amor que nos ha quedado como su supuesto legado (en realidad de eso tienen más la culpa los imitadores malos de autores que en realidad eran posrománticos, como Bécquer o Rubén Darío, ya muy posteriores en el tiempo al romanticismo original), sino la rebeldía: primero contra los rígidos cánones artísticos del neoclasicismo, luego contra las reglas en general y las normas morales, sociales y políticas establecidas.  Contra el clasicismo academicista, la creatividad desatada; contra el orden, la libertad; contra la razón que delimita, la pasión que se desborda; contra la contención y el pudor, la exaltación de los sentimientos.

Los primeros románticos eran, en general, reivindicativos, incluso revolucionarios, también en el ámbito político. Sin embargo, a veces se producía el efecto contrario: como consecuencia de la reivindicación del arte y la cultura medievales y barrocos como reacción contra el academicismo clasicista, del que la Edad Media se percibía como su opuesto y el barroquismo de la Contrarreforma como su contrapunto, parte de la producción cultural del romanticismo que miraba con nostalgia el primitivismo medieval y la exaltación barroca derivó a lo largo del siglo XIX en géneros más conservadores como la novela histórica o el teatro histórico, que llegó a unos niveles de ranciedad importantes. Políticamente, la reivindicación de los nacionalismos emergentes que a menudo se conectaban con la visión idealizada de los antiguos reinos medievales también acabó derivando a veces en ideologías y opciones políticas conservadoras y retrógradas. Pero el núcleo de la esencia romántica, aunque luego evolucionara en algunos casos hacia el otro extremo del espectro, era la rebeldía. Contra las normas, contra el orden establecido, contra la moral imperante, incluso contra la religión. Porque, ¿qué mayor acto de rebeldía que rebelarse contra el poder supremo, contra el mismísimo Dios?

Sí, amigos: el satanismo surgió del romanticismo, con su reivindicación de la figura del ángel caído por intentar levantarse contra Dios (algo de culpa tendría Milton) y de los personajes monstruosos y malditos de la novela gótica. Y el heavy metal, que desde el principio se vinculó con la imaginería satánica y gótica como parte de su trasfondo estético de reacción contra el flower power hippie, entronca así con el romanticismo, de modo que, como nos reveló Abraham, provocando mi asombro alborozado, los heavies somos los últimos románticos auténticos, mira por dónde. En realidad, esa imaginería satánica surgió por puro marketing; los primeros que la utilizaron, los Black Sabbath, admitieron que se dieron cuenta de que las películas de terror a finales de los años 60 tenían mucho éxito entre su público potencial, así que para llamar la atención de ese público tomaron su nombre de una de esas películas y las letras lisérgicas hicieron el resto. Por otro lado, los cultos satánicos de gente como Anton La Vey o Aleister Crowley eran sectas dirigidas por tipos que eran más unos jetas timadores que otra cosa, y los satanistas actuales son realmente ateos más cercanos a la filosofía hedonista que a otra cosa, así que el heavy metal y sus aficionados tienen de satánicos parte de su estética y poco más. Esos grupos noruegos de death metal que en los 90 se dedicaban a quemar iglesias y a cargarse a algún que otro desgraciado no son más que cuatro tarados que recurrieron al satanismo como excusa para hacer el bestia igual que podían haberse identificado con, yo qué sé, el supremacismo sudista de Estados Unidos (oh, WAIT). Y los que creen de verdad en la existencia de Satán y lo adoran son dos tarados y pico.

Aun así, el heavy metal a lo largo de su historia como género se ha identificado en muchos aspectos con esa imaginería satánica que implica una actitud de rebeldía ante el sistema. Como decía más arriba, el mayor acto de rebelión es levantarse contra Dios y sus leyes, y es en ese sentido en el que la película de Francis Ford Coppola es más auténticamente romántica: no ya tanto por la historia de amor entre el conde y su amada reencarnada en una joven inglesa, sino sobre todo por el acto de rebeldía suprema en el que Vlad Tepes reniega de Dios, desolado por la muerte de su amada cuyo Señor no quiso evitar, a pesar de haberle servido fielmente. Mientras que la novela es más heredera del romanticismo por todo el legado de la novela gótica de vampiros y monstruos que le precede, la película es romántica sobre todo por la sublevación de un hombre que había sido siervo de Dios hasta que decidió que ya bastaba de obedecer a un Señor tan desagradecido. Que uno no siembra los campos de batalla de Centroeuropa con miles de empalados para que su pobre novia acabe tirándose al río porque los pérfidos infieles la engañan y encima no la admitan en el camposanto, hombre ya.

Y por todo eso, aunque como buena hobbit no me identifico en absoluto con el cliché del romanticismo que nos vendieron cuando desapareció el auténtico (no soy de celebrar San Valentín ni ninguna moñada de esas, y lo de dejar todo por amor, pues mira, como que me viene mal) y a veces los héroes románticos me cargan mucho con sus tonterías (desde aquí lo digo: Sigfrido, su primo Túrin Turambar y su cuñado Rhaegar Targaryen son unos singermornings), a pesar de todo eso, digo, siento fascinación y admiración por ese romanticismo originario, torturado y rebelde. El caso es que ni soy muy de sentir angustia existencial, ni de torturarme por amores y metas imposibles; en general procuro no comerme mucho la cabeza y no soy negativa ni pesimista por naturaleza. Pero sé que la oscuridad está más presente en nuestro interior de lo que queremos admitir, y que no siempre es mala, sino sólo parte de nuestra naturaleza, y como tal es mejor conocerla que rechazarla. No puedes controlarla si no. Tampoco puedes encerrarla siempre en una jaula de barrotes rectos y lisos. A veces es preferible dejar que se airee un poco paseando por un jardín que no tiene por qué estar perfectamente podado. La maleza también cumple su función. Sobre ella el monstruo puede descansar, tal vez libre por fin de su maldición. Cuando duerme tranquilo es hermoso.

viernes, 5 de noviembre de 2021

MURDER FALCON

 

Anoche terminé de leer Murder Falcon. Por si no lo sabéis, es un cómic escrito y dibujado por Daniel Warren Johnson y coloreado por Mike Spicer, y me atrevo a decir que es una obra maestra. La trama es muy sencilla en apariencia, y para quien no esté acostumbrado a leer cómics ni sea aficionado al heavy metal, puede parecer casi ridícula: Jake, un guitarrista temporalmente retirado, se ve de repente empujado a luchar contra monstruos llegados de otra dimensión que intentan invadir nuestro mundo y absorber la energía vital de los seres humanos, enfrentándose a ellos con el poder de la música y el apoyo de Murder Falcon, Murf para los amigos, un gigantesco halcón antropomórfico más heavy que el viento. Para ello reúne a su antiguo grupo, del que se había apartado por motivos que iremos conociendo poco a poco y que le habían llevado a aislarse en general de su vida anterior.

 

Partiendo de una premisa tan bizarra y tan delimitada, Daniel Warren Johnson desarrolla una historia de dolor, amor y redención profundamente emocionante que reivindica la música, especialmente el heavy metal, como vehículo de trascendencia y superación. Como dice el autor en una breve introducción: “Perdona mi franqueza pero la vida puede ser una mierda a veces, o constantemente, y somos incapaces de pararlo. Incapaces, sí. Pero no hemos de quedarnos callados. […] Toco la guitarra desde que tenía once años. Es parte de mí. Y siempre que siento aproximarse una tormenta, toco la guitarra horas y horas. Atravesé una tormenta mientras dibujaba EXTREMITY. Mucho dolor y muchas noches interminables. Me hizo querer abandonar, dejar de intentarlo. […] Pero mi guitarra siempre estuvo ahí. La música siempre estuvo ahí. No arregló nunca nada, pero hizo que las cosas fueran un poco mejores. Como si aún hubiera esperanza por algo, en alguna parte. Por eso me encanta el estilo de música Metal. Es descarado, es absurdo, y no tiene miedo alguno a gritarle a la nada, incluso en mitad del sufrimiento. Alegría en un mar de oscuridad. ¿Y qué mejor manera de mostrar el dedo corazón a nuestras tragedias que lanzarse a un solo de guitarra?”.

 


Me siento muy identificada con sus palabras. Desde mi adolescencia, la música me ha ayudado a superar los malos momentos. Aunque no solucionara nada por sí misma, me ayudaba a evadirme de esos malos momentos, a evitar la negatividad y me levantaba el ánimo, y así conseguía superar los malos tragos y seguir adelante. Desde los 14 años, cuando empecé a escuchar heavy metal, la música ha sido mi compañera constante. Igual que la lectura, las películas y series y las narraciones de ficción en general que me permitían evadirme y al mismo tiempo me proporcionaban enseñanzas que a la larga me han calado y me han aportado más que la educación reglada y han contribuido decisivamente a convertirme en la persona que soy hoy en día. Todo va unido, y por eso no es raro que muchas veces las personas que escuchan con verdadera devoción determinado tipo de música también sean devotas de otras manifestaciones artísticas, no siempre canónicas, muchas veces enraizadas en una cultura pop poco apreciada y hasta hace no mucho relegada al rincón del “frikismo”. Ni todos los heavies son frikis, ni todos los que son frikis escuchan heavy metal, pero ambas circunstancias coinciden muy a menudo y no creo que sea por casualidad. Son aficiones que, cuando no se adquieren de manera impostada, por seguir la moda, se viven con fervor sincero y nunca te abandonan. Lejos del concepto del arte como algo elitista hay todo un mundo de manifestaciones artísticas populares que a veces pueden resultar horteras o ridículas a ojos de los que no las aprecian ni las sienten, pero son genuinas, e incluso cuando se han mercantilizado porque el capitalismo ha descubierto su rentabilidad, mantienen, aunque sea en el fondo, la esencia que hizo que tantas personas las atesoraran como fuente que eran de las pocas satisfacciones que tenían en sus vidas. Por eso Murder Falcon consigue la cuadratura del círculo, presentándonos una historia universal en un formato tan particular. Cualquiera puede apreciarla, pero si además eres fan del heavy metal, te llegará hondo al corazón. Aparte del final, muy emotivo de por sí, hay momentos de homenaje a figuras clave del heavy metal y el rock duro que me han hecho saltar las lágrimas, literalmente. Además, mis anteriores lecturas han sido precisamente las autobiografías de Lemmy Kilmister y Rob Halford, dos estrellas fundacionales del metal de los que se puede decir con propiedad que la música les salvó la vida (en serio, leedlas, es impresionante el espíritu de superación de ambos), así que estaba especialmente receptiva, y ambos, de maneras bastante curiosas pero patentes, aparecen en Murder Falcon. Igual que otros dos músicos muy relevantes, especialmente el último, que no nombraré por no hacer spoiler, pero cuyas apariciones son las que más me han emocionado. Joder, es que mientras recuerdo esos momentos al escribir se me pone un nudo en la garganta, os lo juro.

 


Pero, ojo, no son los protagonistas. Los verdaderos protagonistas: Jake, Murf, sus compañeros de grupo y otros personajes más secundarios pero muy relevantes también son verdaderamente cautivadores, les tomas cariño y te identificas con ellos y con su dolor y su valor. Unidos a una narración y unas ilustraciones épicas a más no poder, crean una historia que recomiendo mucho, no sólo para los que amáis el heavy metal como yo, sino para cualquiera que quiera disfrutar de una buena historia. Yo la releeré más de una vez y más de dos, seguro.

domingo, 13 de junio de 2021

Soy una supervillana

Soy una supervillana. No tengo el superpoder de pintarme bien las uñas, pero soy una supervillana. No porque sea especialmente malvada (para eso también hay que valer), sino porque me he dado cuenta de que mi combinación favorita de colores, tanto para vestir como para pintarme las uñas, es verde+morado. En invierno utilizo más el morado porque me parece un color muy propio para la época fría y oscura del año, y para combinarlo con negro y destacar la blancura de la piel, y en verano uso más el verde porque me gustan los colores claritos para esta época del año en la que además me pongo más morena y me mola el contraste, aunque procuro no usar tonos que me parecen chonis, como el blanco o el amarillo.

La manicura no es lo mío, lo sé

El caso es que verde y morado suelen ser los colores de los uniformes de los supervillanos y los malvados de fantasía en general, junto con el negro. El Joker, Loki, Thanos, Poison Ivy, Ursula de "La sirenita", Magneto, Don Cristal... Yo creo que al principio se empezaron a usar esos colores para que contrastaran y se distinguieran de los colores clásicos de los uniformes de superhéroes, rojo y azul, sobre todo, pero también blanco y dorado. Pero la costumbre ha hecho que el morado y el verde, junto con el negro, que ya era un color tradicionalmente asignado a los malvados, se hayan acabado asociando en el inconsciente colectivo con los supervillanos. Hay muchas excepciones, por supuesto, pero en general creo que esa es la regla. Y coincide con mis dos colores favoritos para vestir y pintarme las uñas y las sombras de ojos. En realidad mi preferido es el morado, pero el verde también me gusta y juntos combinan de fábula. Así que voy por la vida como una especie de hobbit que se cree un poco bruja aunque en realidad sea más inofensiva que la fórmula de la mayonesa. (Hablando de eso, ya me he pedido para el próximo Halloween ir vestida de Agatha Harkness, que lo sepáis. Es que para mí es perfecta).
 
¿Veis? También va de morado y verde
 
También podría hablar de otros significados y simbolismos que se asocian con esos colores, como el feminismo con el morado o el ecologismo para el verde, valores con los que por otra parte estoy de acuerdo, pero ya se está haciendo esto demasiado largo y se lo dejo a alguien que tenga más idea de estos temas. De hecho, esto iba a ser una entrada para Instagram y me ha salido tan extensa que por eso he preferido incluirla en este pobre blog, y ya de paso lo actualizo, que lo tengo muy abandonado. Ay, qué tiempos aquellos en los que tenía ídem suficiente para escribir una buena parrafada casi a diario. Eso fue en otra vida. 
 
En cualquier caso, pintaos las uñas, da igual que seáis hombre, mujer, no binarie o perro salchicha. Quedan muy bonitas y pintarlas potencia la higiene porque para acicalarlas primero  hay que lavarse bien las manos y cuidarlas en general. Y pintaos los ojos, también. Mirad al cantante de Måneskin qué guapísimo va y cómo andamos muchas europeas (y muchos europeos) loquitas por él; aunque sea sólo para alegrarnos la vista, pero eso también se agradece. Ea, os dejo un regalito musical, disfrutadlo.
 

 

martes, 18 de mayo de 2021

Nómadas

Según Google, el disco "Nómadas" de Franco Battiato, un recopilatorio sus canciones más conocidas hasta la fecha en versión española, se editó en 1987. Debió de ser poco después cuando mi madre lo compró en el Círculo de Lectores, al que entonces estábamos apuntados. Yo entonces tenía 15 años, ya era una adolescente que escuchaba heavy, pero (por suerte) seguía amando la música italiana de los 60 y 70 que escuchaba desde que nací gracias a que mis padres son gente con criterio. Así que seguía (y sigo) apreciando la música melódica de calidad, compuesta con mimo y buen gusto. Y si alguien destacaba en componer ese tipo de música era Franco Battiato. De modo que disfrutamos durante mucho tiempo ese disco. No sé cuántas veces lo habré escuchado, las suficientes como para saberme las canciones de memoria. El único inconveniente es que ahora me cuesta escuchar las canciones de ese recopilatorio en italiano, y mira que me parece el idioma más bello del mundo. Es una de mis asignaturas pendientes, aprender a hablar en italiano. De todas formas, la adaptación al español estaba bastante bien hecha, si no recuerdo mal el mismo Battiato dijo en una ocasión que le gustaba más cómo habían quedado algunas de esas canciones en español. Aunque también puede que lo dijera por cortesía, porque era un hombre educado y maravilloso que rebosaba bonhomía. En cualquier caso, lo he seguido escuchando en español y en italiano, porque además tiene una discografía extensísima de la que no conozco aún ni la mitad.

Creo que gracias a él es por lo que me gustan las narices grandes

Hoy nos hemos despertado con la tristísima noticia de su muerte. Todo lo que diga para expresar lo que me ha dolido será insuficiente e innecesario. Ni siquiera debería estar escribiendo esta entrada, la verdad. Aparte de que muchos van a expresar mil veces mejor que yo la magnitud de su pérdida, no es el primer obituario que escribo en este blog, lo que no me hace ni puta gracia. Pero, por otra parte, quiero recordarlo. No con tristeza, sino con alegría y mucho amor, porque es lo que se merece: creo que pocos han escrito tan bien como él sobre el amor. El amor no sólo a la pareja, sino a a todo lo bueno que hay en este mundo, a las cosas pequeñas y bonitas que nos ayudan a sobrellevar los días, a la vida, en resumen. No conozco nada de su vida personal, no sé si estaba casado, emparejado o qué, pero espero y confío en que haya sido muy amado, porque lo merecía. Seres tan sabios y sensibles que escriben y componen canciones tan hermosas y que nos hacen tanto bien se merecen el respeto y el cariño de toda la humanidad. Espero que todo ese cariño y ese respeto los reciba con creces en su próxima reencarnación.

 


 



martes, 3 de noviembre de 2020

Mentalidad de covid

 

Esta mañana he vuelto al centro de Madrid. La última vez fue el 6 de marzo. Recuerdo esa fecha porque esa mañana fui a recoger a un amigo a Barajas y fuimos al centro a comer y a hacer tiempo antes de encaminarnos a una reunión inesperada (para él). Ya entonces sabíamos que la situación a causa del covid no era buena, pero no teníamos ni idea de la que se nos venía encima. Una semana más tarde, yo ya estaba confinada en mi casa. Hoy, casi 8 meses exactos después, he tomado por primera vez el metro desde aquel día porque tenía que ir a que me graduaran la vista para unas lentillas nuevas en mi óptica de siempre y ya he aprovechado para visitar a mis amigos de Atlántica Juegos. No me había atrevido a hacerlo antes porque tenía miedo de meterme en un metro abarrotado de gente y salir de él con el bicho incorporado, pero el trayecto fuera de hora punta ha sido tranquilo y no creo que haya corrido mucho riesgo.

La experiencia ha sido curiosa y un poco triste. Un martes lluvioso por la mañana nunca es el momento en que más abarrotado está el centro de cualquier ciudad, evidentemente, pero, sin ser la ciudad fantasma que fue durante los meses de confinamiento estricto, tampoco ha vuelto a la normalidad antes de la pandemia. De hecho, me pregunto si alguna vez volveremos a esa normalidad, aunque el covid termine por ser controlado gracias a una futura vacuna o algún tratamiento efectivo.

 

Madrid, calle Preciados, esta mañana

Me explico: alguna vez he hablado con otras personas de lo que yo llamo “mentalidad de pobre”. En la generación de mis padres se puede solapar con la mentalidad de posguerra: se criaron, si no en la miseria, sí en una austeridad agobiante por muchos motivos, y eso les ha dejado mucha huella. Seguro que muchos de vosotros sabéis a lo que me refiero: vuestros padres o vuestros abuelos es muy posible que sean de esa gente que no tira nada si piensa que puede tener arreglo o le puede servir a alguien de la familia, que considera pecado tirar un cuscurro de pan duro, que aprovecha al máximo el uso de cualquier prenda de ropa, mueble, herramienta o aparato, que ahorra como hormiguita todo lo que puede, todo “por si acaso”. Es una mentalidad que tienen grabada a fuego y que no abandonan aunque ahora vivan de forma mucho más cómoda y desahogada que cuando eran niños. Es cierto que es una mentalidad útil en tiempos de crisis y les ha salvado de muchos problemas, pero también puede cronificarse y convertirse en un obstáculo que les impide disfrutar de los pequeños placeres de la vida porque les cuesta mucho darse un capricho de vez en cuando aunque puedan, y si lo hacen no lo disfrutan al 100% porque hay una vocecita muy al fondo de su cabeza que les susurra que están malgastando ese dinero que tanta falta les puede hacer si un día les vienen mal dadas.

Estos últimos 8 meses han sido muy duros. No sabemos hasta cuándo durará esta situación, o si nos volverá a tocar estar confinados como en marzo, o “sólo” tener que acatar una restricción de movimientos que antes sólo asociábamos a tiempos de guerra y dictadura. No sé a vosotros, pero a mí me está afectando más de lo que esperaba. Al principio, incluso en los momentos de reclusión más estricta, no noté mucha diferencia. Total, mi vida social ya era casi inexistente y llevaba unos meses en el paro, así que mi situación no cambiaba demasiado. Pero incluso después de levantarse el confinamiento, mi vida sigue estando muy limitada, y por pura precaución y porque tampoco puedo hacer mucho más he seguido practicando el aislamiento. Puedo salir de casa cuando quiera, pero tampoco hago mucho más aparte de salir a comprar y llevar a los niños al colegio, y quedar una vez o dos al mes con unos pocos amigos del barrio de toda la vida para dar un paseo y como mucho tomar una caña en una terraza. Por suerte las redes sociales y de comunicación me mantienen en contacto con el resto de mis amigos, pero echo de menos poder quedar con ellos cuando quiera y hacer una escapadita para visitar a los que viven fuera de mi ciudad; podría haberlo hecho este verano, pero no me atreví. Sé que es lo que debo hacer, pero me siento cada vez más cansada y desanimada. Físicamente lo único que me ha afectado es el aumento de peso, pero anímicamente estoy agotada. Cada vez estoy más irritable, más malhumorada, más triste. Creo que todos, unos en mayor medida que otros, vamos a salir bastante tocados de esta experiencia. Antes pensaba que con el tiempo ese malestar iría remitiendo una vez que volviéramos a la normalidad. Pero ahora empiezo a pensar que nunca vamos a volver a esa normalidad al 100%, aunque el covid sea controlado, incluso anulado. No sólo porque estamos entrando en una crisis económica muy grave de la que vamos a tardar años en recuperarnos, si es que lo hacemos, sino, sobre todo, porque temo que, a semejanza de nuestros padres y abuelos, en los que quedó marcada la impronta de la mentalidad de posguerra, quede marcada en nosotros la mentalidad de covid y ya no disfrutemos igual que antes de la libertad de movimiento, de salir de viaje, de reunirnos libremente para celebrar lo que sea, no ya sólo porque las circunstancias externas nos amarguen, sino porque nuestro ánimo ya no se recupere incluso aunque la situación mejore y perdamos la poca esperanza que nos queda en el futuro. Ya muchos de nosotros nos hemos acostumbrado, mejor o peor, a vivir en crisis permanente, y esto puede ser el remate. Tengo miedo de vivir el resto de mi vida con miedo.

Siento no ser muy positiva ahora mismo. Probablemente mañana me levantaré de mejor humor y pensaré “joder, qué ceniza soy”. Pero tampoco quiero autoengañarme con misterwonderfulleces. Ojalá dentro de unos años, cuando sea vieja, hable de esto con mis hijos y mis posibles nietos y nos lo podamos tomar con humor dentro de lo posible. Pero sé que esto nunca se nos va a olvidar.