viernes, 7 de febrero de 2020

Star Trek vs. Star Wars (pero no por lo que tú crees)


No es que de por sí suela estar muy alta, pero hay días en que mi escasa fe en la especie humana cae hasta niveles por debajo de la capa freática. Hace no mucho, por unas horas alcancé a comprender un poco (sólo un poco) lo que debe de sentir en ocasiones un tuitstar: escribí un tuit en el que opinaba que los servicios públicos (como el transporte, concretamente el metro) son servicios, no negocios, por lo que no están obligados a ser rentables, y lo retuitearon y “favearon” tanto que acabé silenciando las notificaciones porque me estaba agobiando. La falta de costumbre, es lo que tiene. Pero también obtuve bastantes respuestas en las que, no sé si por mala fe o por verdadera ignorancia (habría de todo), me replicaban que esa rentabilidad era imprescindible, y que si no la conseguían mantener esos servicios como públicos no tenían sentido y debían ser privatizados. Aparte de que muchos confundían rentabilidad con sostenibilidad, perdían de vista el punto principal: que los servicios públicos lo son porque en un Estado de derecho como el nuestro su función no es administrar el país como si fuera un negocio, sino proveer a los ciudadanos de los medios necesarios para vivir una vida digna gracias a que se respetan sus derechos fundamentales: a la educación, a la sanidad, a que se respeten sus derechos laborales, a poder cobijarse bajo un techo... Para eso se pagan impuestos, y si algunos de esos servicios de forma colateral generan beneficios económicos pues mejor que mejor, pero ese no es su principal propósito. 

Pues algo como eso, que parece tan básico y fácil de entender, mucha gente no lo piensa. El neoliberalismo impregna tanto todos los estratos de la sociedad que la mentalidad de “yo primero, sálvese quien pueda y los demás que se jodan” se está extendiendo como una mancha de aceite. Lees la opinión de la mayoría de los economistas más o menos conocidos y da miedo porque casi todos son una panda de sociópatas. Y eso no es lo peor. Al fin y al cabo, personas egoístas siempre ha habido, por supuesto, y la mayor parte de la historia de la humanidad se caracteriza por el dominio de una oligarquía, sea de la naturaleza que sea, sobre una mayoría atada con una correa más o menos larga según la época y las circunstancias, y aun así a lo largo de los siglos han ido cambiando las costumbres y las leyes, dando lugar en una parte del mundo a sociedades en las que se vive relativamente en paz y en buenas condiciones materiales. La Declaración Universal de Derechos Humanos es uno de los mayores hitos en nuestra historia, desde cierto punto de vista puede ser el más importante de todos, pero parte de una base que nos retrotrae a los inicios de la Revolución Francesa y antes, hasta llegar a los filósofos de la Antigüedad.

Todo esto que estoy contando parece muy obvio y no debería ni tener que escribir sobre ello, ¿verdad? Pues se ve que no. Hace unas semanas, se discutía sobre los servicios públicos. Hoy, sobre el derecho que tienes como enfermo a acudir al médico y que te atiendan, y si lo necesitas, a Urgencias: según algunos, no tienes derecho a bloquear el servicio de Urgencias por algo que a lo mejor no es grave (como si fueras adivino o médico tú mismo para audiagnosticarte), porque como somos muchos lo colapsamos y los profesionales sanitarios no pueden trabajar a gusto. Que vean el problema en que vamos al médico y no en que no hay suficientes médicos (ni enfermeras, ni auxiliares, ni nada) porque precisamente los que creen que los servicios públicos deben ser rentables a toda costa están desmantelando la sanidad pública para sacar su propio beneficio  es preocupante. La cantidad de gente que les señalas la luna y miran tu dedo es alarmante. La cantidad de gente que, directamente, es mala, es aterradora. Gente que aquí vota a VOX, que en el Reino Unido ha votado sí al Brexit, que en Estados Unidos ha votado a Trump (y lo volverá a votar), que en Hungría vota a Orbán, que en Brasil vota a Bolsonaro, por miedo, por egoísmo, por odio al que es diferente, al que viene de fuera, al que cree que le va a quitar lo poco que tiene. Gente que sólo cree en la competitividad, en la ley del más fuerte, en el beneficio inmediato, sin darse cuenta de que a largo plazo la solidaridad y la cooperación son mucho más beneficiosas para todo el mundo. Gente que cree que el mercado libre (mis ovarios libre, pero ese es otro tema) es lo que debe regir todas las relaciones humanas porque todo tiene un precio, incluso la propia vida. Gente que hoy se queja de que suban el salario mínimo a los trabajadores y que probablemente en el siglo XIX habrían protestado contra la abolición de la esclavitud por los mismos motivos. Gente que no es consciente que de que, como mínimo, el 90% de todos nosotros (y seguro que me quedo corta), si perdemos esos servicios públicos nos veremos en la miseria más absoluta o directamente moriremos, y que aun conservándolos de momento estamos en riesgo constante de caer en esa miseria por cualquier circunstancia de lo más cotidiana: quedarte en el paro, divorciarte, enfermar de cualquier enfermedad más o menos grave y/o crónica, así que aunque fuera por puro egoísmo nos convendría mantener un sistema social fuerte que nos dé cobertura a todos, por si las moscas. Gente que cree que en un apocalipsis zombi sobreviviría como Rick Grimes, cuando en realidad caerían bajo las hordas de muertos vivientes en el minuto uno.

Esa gente es la que está cuestionando los principios básicos que creíamos conquistados para siempre. La que está dando el poder a los que quieren abolirlos. El progreso que hasta hace pocas décadas parecía imparable en muchos sentidos retrocede. De vez en cuando recuerdo un capítulo de Star Trek: la Nueva Generación, el 4º de la tercera temporada. En él, por culpa de un accidente los habitantes de un mundo cuya civilización se encuentra en un estado preindustrial pero que ya han desarrollado una tecnología y un pensamiento de corte científico, abandonando en el proceso las creencias en religiones y supersticiones, descubren una estación secreta desde la que la Federación los observaba sin intervenir para no interferir en su evolución. El choque que se produce entre su cultura y la avanzada tecnología de la Federación les confunde, y algunos que recuerdan viejas leyendas sobre un ser divino empiezan a creer que éste es real y ha regresado. Me da mucho que pensar que en una serie de los años 80 se hablara libremente de lo perniciosas que pueden ser las creencias religiosas, mientras que tres décadas después me parece difícil que en otra serie de ciencia ficción (o del género que sea) se planteara un debate así. No hay más que ver, por ejemplo, la nueva Battlestar Galactica, serie que por lo demás disfruté un montón, pero en la que la insistencia en la existencia de un plan divino que conducía el destino de la humanidad me resultaba contradictoria y metida con calzador. Y encima eran los cylones, que, recordemos, son robots, los fanáticos religiosos, flipa. 

En comparación, la Star Trek clásica y la Nueva Generación eran un prodigio de pensamiento progresista. Como recordaréis, la sociedad del siglo XXIII en la que se ambienta la serie nos presenta una Tierra unificada bajo un gobierno global y a su vez integrada en una Federación a nivel galáctico dentro de la cual varias razas de diferentes planetas conviven en armonía y cuyos sistemas sociales respetan sus derechos básicos y garantizan una vida digna a sus habitantes. Por ejemplo, el dinero NO EXISTE. No es necesario, porque todo el mundo tiene sus necesidades cubiertas. Tampoco hay racismo, ni sexismo, ni guerras entre los diferentes sistemas de la Federación. Con otras civilizaciones fuera de la Federación sí, claro, como los klingons o los romulanos, que se sostienen sobre ideologías de corte más totalitario y dan por culo a la Federación periódicamente. Pero, en general, hay un consenso sobre la idoneidad de alcanzar un estado de paz política y social como el de la Federación, es a lo que nos gustaría aspirar, y en la época en la que se rodó la serie original mucha gente creía que era el destino al que la especie humana llegaría de forma natural. 

En cambio, el universo de Star Wars no es tan idílico. Nos identificamos con el idealismo de los jedis, simpatizamos con el heroísmo de la Alianza Rebelde, odiamos al Imperio por su carácter dictatorial, pero el caso es que en la trilogía original es el Imperio el que rige la galaxia. Luego, con la trilogía de las precuelas, supimos que se había llegado a ese punto porque la Antigua República había ido sucumbiendo sin darse cuenta a las intrigas de Darth Sidious en la sombra, que había aprovechado un estado previo de descomposición de las instituciones democráticas, estado que había favorecido una corrupción sistemática que daba lugar a grandes desigualdades e injusticias en muchas regiones de la galaxia, especialmente en aquellas más lejanas, abandonadas a su suerte. Sidious sólo había tenido que empujar con discreción por aquí y por allá para hacer caer las fichas de dominó y hacerse con el control, imponiendo su dominio sobre la moribunda democracia en nombre de esa misma democracia. ¿Qué, os parece familiar? ¿Os parece que no sólo os recuerda a algo que ocurrió en nuestro siglo pasado, sino también a una situación que se está empezando a repetir en nuestro presente? Resulta que, siendo mucho más fantástica que Star Trek, y estando ambientada en un hipotético pasado lejano, Star Wars presenta una visión de futuro mucho más probable que la de Star Trek. Y yo soy muy fan de Star Wars, pero prefiero mil veces vivir en la Federación antes que en el Imperio, incluso que en la Antigua República (de la Nueva República ni hablemos, que si hacemos caso de la trilogía de las secuelas eso es un sindiós). Quiero ser optimista, quiero pensar que a pesar de todo, y con mucho esfuerzo de nuestra parte, podemos evitar el resurgir de un nuevo Imperio. Pero nos va a hacer mucha falta que la Fuerza nos acompañe, porque estamos jodidos. 

Make the Empire Great Again (MEGA)

viernes, 3 de enero de 2020

Café klachtiano


Esta noche he visto Klaus, la película de animación, y me ha gustado mucho. Es muy bonita, se agradece ver un tipo de animación con una estética distinta a la de Disney para variar y transmite un mensaje simple y reconfortante. El día anterior vi Los dos papas, la película sobre Benedicto XVI y su sucesor, el papa Francisco, de la que el Vaticano estará contento porque es muy buena publicidad para el actual papa, pero también es verdad que es muy buena película y, si non è vero, è ben trovato. El caso es que las dos basan sus historias en parte en el mismo hecho: la creencia en seres imaginarios, y me parece curioso que hayan coincidido más o menos en el mismo tiempo y que las dos me hayan hecho disfrutar mucho al verlas, sin ser creyente ni nada de eso yo.
- Así que está complicada la cosa en la diócesis de Desembarco...
- ¡Buf! No lo sabes tú bien, está que explota.
En Papá Noel, evidentemente, hace muchísimos años que dejé de creer, y en Dios hace algunos menos, pero también bastantes. De niña sí creía, claro. En mi generación, aunque hay algunas (muy escasas) excepciones, normalmente era impensable que no te educaran en la religión dominante: me bautizaron, hice la comunión porque era lo que había que hacer, y aunque después de eso apenas volví a pisar una iglesia, seguí sintiéndome creyente durante unos años más, entre otras cosas porque en el instituto tuve un profesor de religión, José Luis, uno de esos curas progres de los que ya no quedan, que se tiraba mucho el rollo y en vez de enchufarnos aquel vídeo ultra gore sobre el aborto que tanto proliferó por los institutos en los años 80 y 90 nos ponía El muro de Pink Floyd, le gustaba el heavy (se había aficionado gracias a los Stryper) y, sobre todo, era un hombre bueno y razonable con el que podías hablar de todo sin que se escandalizara y te juzgara. Gracias a él y a unos pocos ejemplos más sé que hay gente buena y decente dentro de la Iglesia, igual que tengo algunos amigos creyentes que son sinceros en su fe y que ésta les ayuda a ser mejores personas. Por eso, cuando he visto Los dos papas, he sentido un poco de pena mezclada con el buen sabor de boca que te deja al final la película, porque me ha provocado cierta nostalgia por aquella fe que perdí hace tanto. Cuando todavía me reconfortaba pensar que existía un ente superior que podía escucharme y me importaba lo que un señor vestido de blanco pudiera hacer o decir, ya que pensaba que tenía verdadero poder para contribuir a eliminar lo malo que hay en el mundo en nombre de ese ente superior.  Sí, yo fui otra víctima de Las sandalias del pescador. Echadle las culpas a Anthony Quinn, el hombre que, como decía mi padre, podía interpretar cualquier papel, hasta de mierda, y hacerlo magistralmente.
 
Pero poco a poco fui dejando de tener fe. No mucho después de dejar el instituto ya me empecé a plantear si creía de verdad o sólo creía que creía. Durante bastantes años me consideré agnóstica, pero al final llegué a un punto en el que me pareció que el agnosticismo no era más que una excusa para no admitir que en realidad no creía en ninguna entidad superior, porque admitir eso da un poco de vértigo cuando es lo que te han estado inculcando desde siempre y porque, la verdad, dejar de creer en que hay una especie de padre que te sigue ayudando desde arriba aunque ya seas adulto y admitir que no habrá otra vida más allá de la muerte acojona un poquito. Ya eres adulto, no puedes esperar ayuda ni tampoco vas a poder corregir tus errores, la vida no tiene control+z. Es una putada, pero como buena hobbit soy más bruta que un arado y prefiero la verdad aunque duela. Y joder que si duele. A veces desearía ser más crédula, pero no puedo, no me sale. Qué le voy a hacer.
 
Así que no hay dios, no hay papá Noel, los Reyes son los padres y el amor verdadero es más difícil de encontrar que un votante de Vox que sea buena persona. Y encima no me gustan los bocadillos de cordero, mecachis en la mar. No sé quién será el cabrón que me echó unas gotas de café klachtiano en la copa, pero me jodió más que si me hubieran echado burundanga. En fin, ya no tiene remedio.
 
Hablando de café klachtiano, me acuerdo cada vez más a menudo de Terry Pratchett. Él se había tomado la cafetera entera, pero le salvaba su sensibilidad extraordinaria y su profundo amor por la vida a pesar de todo. Donde más lo noto es en los libros de Tiffany Dolorido. Sí, esos que en teoría están destinados a un público más juvenil. Ja. Mis ovarios, juvenil. Que sí, claro que lo pueden leer lectores adolescentes (es más, deberían), pero cada libro tiene más cargas de profundidad que el anterior, y con ellos se puede aprender más sobre filosofía y sobre la condición humana que con el programa entero de filosofía de Bachillerato (si es que no la han quitado ya del currículum). La relación que mantienen Tiffany y Yaya Ceravieja es especialmente ilustrativa al respecto. Mi segunda bruja favorita (la primera es Tata Ogg, yo quiero ser como Tata de mayor; de momento ya he tenido un señor Ogg y he ganado unos cuantos kilos, ahora me faltan otros dos señores Ogg y unas merendolas y cervezas más, estoy en ello. Me refiero a las merendolas y a las cervezas, lo de más señores Ogg lo veo chungo), que a primera vista parece una misántropa de mucho cuidado, enseña a Tiffany, más con la práctica que con las palabras, que la tarea de las brujas, lejos de conseguir más poder para dominar a los demás, es ayudar a la gente, incluso a pesar de que la propia gente muchas veces no se lo merezca. No porque espere una recompensa de esas personas a las que ayuda, ni de un ente superior que te vaya a premiar por haber sido buena. Es lo que hay que hacer, y punto. Porque si no, el mundo se va a la mierda, y a pesar de todo lo malo que hay en él, merece la pena. No estoy hablando siquiera de karma, no creo en el karma, ni en esta vida ni en la otra (que ya hemos quedado en que seguramente no exista). Pero sí creo que es necesario cierto equilibrio y debemos respetarlo. Y que ese mismo equilibrio propicia que a veces sí se produzca cierta justicia, aunque sea sólo poética. Muy pocas veces ocurre, pero sí. En ocasiones discuto con mi madre porque ella no concibe el ateísmo, piensa que “en algo hay que creer”, y yo no pienso igual que ella. No pienso que haya que creer en una entidad superior que nos ha puesto aquí porque le ha salido de sus santas gónadas o que nos premie o castigue según nos portemos. Pero sí creo en el amor: no me refiero al tópico romántico, sino al que de verdad te llena y da sentido a la existencia. Yo lo he conocido sobre todo gracias a mis hijos, otros gracias a su familia, a sus amigos, a su pareja, a lo que de verdad les importa. A la vida, en general. Somos lo que somos, no tenemos más. Ni menos. Con eso ya es suficiente. No lo desaprovechemos.
 
Feliz 2020, y los que vengan.

jueves, 12 de diciembre de 2019

Soy una maruja

Esta tarde he vuelto a ver la que probablemente sea mi comedia romántica favorita: Jack y Sarah. Digo comedia por diferenciarla de película romántica a secas, porque en ese caso mi  favorita es Eternal Sunshine of the Spotless Mind (llamarla Olvídate de mí me parece un mal chiste). El caso es que Jack y Sarah es una comedia romántica un poco atípica. Tiene los puntos básicos argumentales y los tópicos necesarios para que se considere como comedia romántica, como el del señor viudo (el tópico de los señores viudos en las novelas y películas románticas da para tesis), la jovencita repentinamente desvalida que recurre al trabajo de niñera/institutriz para salir del paso, la aspirante a ligar con el señor viudo que se intenta interponer entre él y la protagonista, los familiares metomentodo, los amigos estrambóticos, el bebé/hijo/criaturita inocente catalizadora de la acción...  Pero luego tiene también elementos que se salen un poco de lo habitual. Por ejemplo, para empezar, que el actor que encarna a Jack, el protagonista, sea alguien a quien no te imaginarías jamás en ese papel porque tiene una carrera muy dispar y, sobre todo, un careto incómodo de ver: Richard E. Grant. Según veía la película me acordaba de que dentro de unos días lo veré haciendo de alto mando de la Primera Orden y la disonancia cognitiva me superaba por un momento. Y, sin embargo, te lo crees en este papel. Está a ratos histriónico, a ratos hostiable, a ratos simpático, a ratos trágico... Me parece que hace un gran papel, pero dudo que fuera del Reino Unido lo hubieran elegido para ese papel, por buen actor que sea. Porque en el Reino Unido son muy suyos, como su humor, del que esta película va sobrada; no llega a ser tan negro como Cuatro bodas y un funeral, que se estrenó un año antes (y me imagino que Jack y Sarah se rodó un poco a rebufo del éxito de la película de Mike Newell), pero tiene ese toque tan característico que rara vez encuentras en las comedias románticas americanas. Y el resto del reparto también se luce: ahí están nada menos que Judi Dench y nuestro adorado Ian McKellen, en un papel genial. Aunque vi esta película antes que las de El señor de los anillos, tardé muchos años en relacionar a Gandalf con aquel maravilloso pordiosero borracho tan polite 😂. 

Sí. Este señor, con este careto (bueno, más joven, vale), fue protagonista de una comedia romántica. Cómo se te queda el cuerpo.

Otra cosa que, al menos en la época en la que se rodó esta película, no era tan habitual, son las puyitas feministas que te mete de forma no invasiva pero sí en un goteo constante. El carácter de la protagonista ya va un poco por ahí, es una chica con ovarios y desparpajo, pero son sobre todo pequeños detalles: cuando Sarah, la mujer de Jack, le reprocha que en las fiestas que celebran en casa siempre le acaba tocando pringar mientras él se emborracha (como efectivamente acaba ocurriendo); cuando cada vez que Jack se queja de que sufre mucho como padre viudo su familia le recuerda que no es el único que está pasando por eso y que eso no es excusa para despreocuparse de sus responsabilidades (su suegra le mete un buen corte en una ocasión); o, sobre todo, cuando, a falta de niñera, se lleva a la pequeña Sarah al trabajo, consigue encalomársela a algunas de sus compañeras para que la cuiden mientras él atiende sus asuntos y Anna, su jefa y medio ligue, le dice: "Has convertido esto en una guardería. Le has echado cara y te has salido con la tuya. (...) No, no, entiéndeme, no me parece mal. Me resulta interesante. Pero una mujer no lo habría conseguido". Me da la impresión de que ese momento pasó desapercibido, más que nada porque lo menciona un personaje que está escrito para que le cojamos manía porque es la rival de Amy, la niñera (aunque luego tampoco es culpa de Anna que su relación con Jack no prospere porque es el mismo Jack el que se la carga solito por capullo), pero que hace ya casi 25 años el problema de la conciliación familiar se viera desde esa perspectiva creo que era una novedad.
Ay, cuando mete a la nena en la bolsa de papel con un calcetín por gorro. Ahí es justo cuando me explotan los ovarios por sobredosis de cuquez.
En fin, que para tratarse de una comedia romántica no se reduce a los tópicos del género y retrata de forma bastante acertada los problemas del día a día, al menos de una parte de la sociedad del momento en que se rodó la película, y también retrata de manera plural y nada plana a personajes en los que podemos reconocernos en muchos aspectos, tanto hombres como mujeres, que es lo que le da la calidad a la película, como diría Ángel Sanchidrián. Y a todas las grandes obras de la literatura, el cine y demás artes narrativas. Como esas novelas de una señora que a lo mejor os suena el nombre, Jane Austen. Yo soy muy fan de Jane Austen. Y, aunque no lo parezca si has leído hasta aquí, no soy especialmente fan de las novelas y películas románticas. Ya dije en otra entrada del blog que mi historia de amor de cine favorita no está en una película romántica, sino que es la de Espartaco y Varinia en la película de Kubrick. De hecho, tampoco diría que las novelas de Jane Austen son románticas, tal como entendemos ese género hoy en día. Lo que me gusta, más que nada, son las historias bien contadas. Y Jane Austen era la maestra absoluta a la hora de narrar una historia de forma que nos enganchara con las peripecias de personajes finamente perfilados y desarrollados con unas pocas pero certeras pinceladas que retrataban con precisión la sociedad de su época. Una entiende perfectamente que las protagonistas de sus novelas, lejos de ser unas damiselas pasivas que sólo quieren casarse porque quieren que las mantengan, son mujeres que luchan por salir adelante con los recursos de que disponen, que en su época eran francamente ridículos, así que son auténticas heroínas. Por eso me fastidió mucho cuando hace unos días cierta pava con ganas de llamar la atención, para ensalzar a George Eliot, no tuvo mejor idea que contraponerla a Jane Austen afirmando que esta última era una escritora para marujas en el sentido más peyorativo que le queráis dar. Pues bien, si ser una maruja es disfrutar con historias que hablan de sentimientos sin complejos, que reflejan con fidelidad pero sin obviedades la esencia de su tiempo, que retratan la complejidad humana y que además te transmiten alegría y optimismo, que buena falta nos hace, pues soy una maruja. Ea. Más marujas y sobre todo más buenas historias hacen falta en este mundo, coñoyá.

Maruja and proud.