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sábado, 1 de agosto de 2020

LA CASA DE TUS SUEÑOS

 
Para entrar a vivir. Si tienes pasta.



Hace un rato he estado leyendo un artículo que ha enlazado un amigo en Twitter. Un artículo aparentemente inofensivo sobre las expectativas no cumplidas de la gente de mi generación o un poco más joven (alrededor de los 40, vaya). Gente que en su momento tenía sueños, aspiraciones de joven rebelde que iba a conciertos, salía de marcha y quería dar la vuelta al mundo, pero ahora se encuentra casada, con hijos y viviendo en una urbanización de las afueras, burguesa y acogedora. Vamos, que ni tan mal. Si lo queréis leer, aquí os dejo el enlace:


El caso es que el tono del artículo es bastante amable. Es más, hasta cierto punto la mayoría de nosotros nos podemos sentir identificados con lo que cuenta, aunque no vivamos en esas mismas condiciones, porque ¿quién no quiere lo mejor para sus hijos? En el fondo el artículo va de eso, de cómo tus expectativas cambian porque la vida te lleva un poco por donde no te esperabas, o al menos no de esa manera, pero eso no quiere decir que el destino al que llegas sea peor, y en realidad tampoco tiene importancia porque el centro de tu vida ya no es tu vida sino la de tus hijos. Eso lo entiendo perfectamente y lo comparto. Luego están los golpes de mala suerte, que te pueden tocar o no, y tú puedes tener los medios necesarios para contrarrestarlos o no, pero eso ya es otra historia.

A lo que iba es que el artículo presenta una visión de la vida que es real y válida, pero no es la única ni mucho menos, y a poco que la examines tiene un sesgo bastante curioso. Para empezar, el titular no es completamente fiable: en realidad no habla de la vida en los PAU, sino de la vida en las urbanizaciones de las afueras (de Madrid, supongo, aunque imagino que se pueden identificar también con las de otras ciudades), de las que los PAU son un remedo, un quiero y no puedo hecho para la gente de barrio que aspira a vivir un poco mejor de lo que vivieron sus padres, aunque hipotecados para el resto de su vida, eso sí. Que, en fin, cada uno hace lo que puede con lo que tiene disponible, y no me parece mal en sí; el que pueda permitirse pagar por un chalé en Las Rozas, pues cojonudo si eso es lo que quiere y lo puede conseguir, bien con su esfuerzo, o bien porque ha tenido suerte de venir de un entorno en el que eso es normal y asequible. (Por eso, aclaro por si las moscas, los posibles comentarios sobre hombres con coleta que viven con su familia en Galapagar me los voy a pasar por el arco del triunfo; avisados quedáis).

Todo eso está muy bien, ya digo. El problema que le veo es cuando empieza a soltar alusiones a la política. Frases y párrafos como: 

En la urba, por primera vez en tiempo, te relacionas con personas que hablan poco de política.”. 

“Aceptas que es más agradable rodearte de gente que no espera grandes cosas ni de los políticos ni del Estado.”

“Es normal pensar en conservar cuando tienes tantas cosas buenas que perder. Claro que es lo correcto renunciar a todo tipo rencor social [sic]. Es lógico que les aburra estar debatiendo una noche de sábado la última decisión de Trump.”

Uy, qué curioso, ¿no? ¿Y esto a qué viene? Lo he comentado en Twitter y un mutual me ha contado que el autor del artículo en cuestión es concejal de Ciudadanos. 

Ah. 

Ahhh, filho da puta, agora sim entendo.

De repente todo encaja como un puzzle sideral. Es un artículo amable y costumbrista, sí. Escrito por alguien que, aparentemente, vive en una de esas urbas, sí. Pero no sólo eso, sino que también es un político cuyo nicho de votos también vive en esas urbas. Normal que haga una loa a la vida en las urbanizaciones, si no sólo vive en una sino que además gracias a los votos de lo que viven en esas urbanizaciones es por lo que tiene un trabajo que le permite vivir en una de esas urbanizaciones. Todo perfecto. Todo cuadra. Y no me parece mal, oye. Eso tampoco me parece mal, en serio. Cada uno mira por lo suyo, es lógico. 

El problema es que no lo cuenta todo. No sólo nos presenta la vida en las urbas como la opción más deseable a cierta edad, cosa muy discutible porque: a) no creo que tener familia sea incompatible con cualquier otra forma de vida que no sea ésa y b) es una forma de vida a la que muchos no podemos aspirar, queramos o no. El meollo de la cuestión no es ése, aunque lo parezca. El meollo de la cuestión es que otras formas de vida posibles en familia, como vivir en un barrio de toda la vida, o vivir en un pueblo, deberían ser igual de deseables y no lo son en muchos aspectos. Y eso es en parte por culpa de partidos como el suyo, que sólo miran por sus intereses, que son los que le dan votos, y no gobiernan para todos, vivan en urbanizaciones, en barrios obreros o en pueblos de la España vaciada. Por eso desde que empezó la pandemia, los lugares más castigados en Madrid (hablo de Madrid porque es lo que conozco, pero imagino que podréis poner otros ejemplos de otras ciudades) han sido los barrios obreros y las ciudades dormitorio del extrarradio, aparte de las residencias de ancianos, y ha habido altísimas tasas de mortalidad también en provincias como Soria, cada vez más despobladas porque están mayoritariamente habitadas por ancianos cuyos hijos se fueron hace tiempo a las grandes urbes. Porque muchos de esos barrios y pueblos no cuentan con las infraestructuras sanitarias públicas necesarias, o están saturadísimas por falta de medios y de personal, o las tienen demasiado lejos. Porque la gente de los barrios suele vivir en pisos pequeños que muchas veces no cuentan con terrazas, ni siquiera con balconcitos a los que asomarse a que te dé un poco más de sol, y no pueden mudarse a pisos más grandes y mejor acondicionados porque no tienen dinero para ello, ni siquiera se pueden hipotecar. Y cuando llegue septiembre, sus hijos tendrán que apiñarse en los colegios públicos, a riesgo de volverse el nuevo vector de contagio que puede matar a sus abuelos porque tampoco hay suficientes plazas de escolarización en la educación pública como para poder aplicar la necesaria distancia social ni se van a contratar más maestros de los que ya hay, que no son suficientes ni de lejos como para doblar turnos o impartir clases online para las que muchas familias tampoco tienen medios técnicos.

Y no tienen esas infraestructuras necesarias para tener una vida digna que no necesite mirarse en el espejo de las urbanizaciones de las afueras porque los que gobiernan no tienen voluntad de dotarlas con los medios necesarios, aunque sea su deber y para lo que muchos les han votado. Porque la solución ante esta crisis no es volver al ladrillazo para que los que puedan se muden a chalés con parcela y piscina pagando un precio astronómico por ellos y los demás que se jodan, ni construir un hospital ex profeso que no va a arreglar nada salvo la cuenta corriente de sus constructores, mientras los ya existentes se saturan por falta de ese personal que no quieren contratar y los ambulatorios de atención primaria no pueden servir de cortafuegos antes de que los enfermos saturen esos hospitales porque también están bajo mínimos desde hace años.

La solución es dotar de infraestructuras sanitarias y sociales suficientes para todo el mundo. Para que la especulación con el ladrillo no empuje a la gente que no puede comprarse un chalé o un señor piso en una urbanización a vivir cada vez más lejos y en peores condiciones. Para que sus hijos no estén destinados desde la escuela infantil a repetir el destino de sus padres. Para que los abuelos no se mueran solos en pueblos abandonados o en residencias en las que los dejan morir a precio de oro. Para que decidir si te vas a vivir a una urba con piscina o te quedas en tu barrio o en el pueblo sólo sea una opción personal cuyas distintas soluciones sean igualmente respetables. Para que la crisis de los 40 de unos no sean a costa de la crisis perpetua del resto de la sociedad.


No, no es rencor social. Es igualdad de oportunidades. Es democracia. Es justicia.

viernes, 7 de febrero de 2020

Star Trek vs. Star Wars (pero no por lo que tú crees)


No es que de por sí suela estar muy alta, pero hay días en que mi escasa fe en la especie humana cae hasta niveles por debajo de la capa freática. Hace no mucho, por unas horas alcancé a comprender un poco (sólo un poco) lo que debe de sentir en ocasiones un tuitstar: escribí un tuit en el que opinaba que los servicios públicos (como el transporte, concretamente el metro) son servicios, no negocios, por lo que no están obligados a ser rentables, y lo retuitearon y “favearon” tanto que acabé silenciando las notificaciones porque me estaba agobiando. La falta de costumbre, es lo que tiene. Pero también obtuve bastantes respuestas en las que, no sé si por mala fe o por verdadera ignorancia (habría de todo), me replicaban que esa rentabilidad era imprescindible, y que si no la conseguían mantener esos servicios como públicos no tenían sentido y debían ser privatizados. Aparte de que muchos confundían rentabilidad con sostenibilidad, perdían de vista el punto principal: que los servicios públicos lo son porque en un Estado de derecho como el nuestro su función no es administrar el país como si fuera un negocio, sino proveer a los ciudadanos de los medios necesarios para vivir una vida digna gracias a que se respetan sus derechos fundamentales: a la educación, a la sanidad, a que se respeten sus derechos laborales, a poder cobijarse bajo un techo... Para eso se pagan impuestos, y si algunos de esos servicios de forma colateral generan beneficios económicos pues mejor que mejor, pero ese no es su principal propósito. 

Pues algo como eso, que parece tan básico y fácil de entender, mucha gente no lo piensa. El neoliberalismo impregna tanto todos los estratos de la sociedad que la mentalidad de “yo primero, sálvese quien pueda y los demás que se jodan” se está extendiendo como una mancha de aceite. Lees la opinión de la mayoría de los economistas más o menos conocidos y da miedo porque casi todos son una panda de sociópatas. Y eso no es lo peor. Al fin y al cabo, personas egoístas siempre ha habido, por supuesto, y la mayor parte de la historia de la humanidad se caracteriza por el dominio de una oligarquía, sea de la naturaleza que sea, sobre una mayoría atada con una correa más o menos larga según la época y las circunstancias, y aun así a lo largo de los siglos han ido cambiando las costumbres y las leyes, dando lugar en una parte del mundo a sociedades en las que se vive relativamente en paz y en buenas condiciones materiales. La Declaración Universal de Derechos Humanos es uno de los mayores hitos en nuestra historia, desde cierto punto de vista puede ser el más importante de todos, pero parte de una base que nos retrotrae a los inicios de la Revolución Francesa y antes, hasta llegar a los filósofos de la Antigüedad.

Todo esto que estoy contando parece muy obvio y no debería ni tener que escribir sobre ello, ¿verdad? Pues se ve que no. Hace unas semanas, se discutía sobre los servicios públicos. Hoy, sobre el derecho que tienes como enfermo a acudir al médico y que te atiendan, y si lo necesitas, a Urgencias: según algunos, no tienes derecho a bloquear el servicio de Urgencias por algo que a lo mejor no es grave (como si fueras adivino o médico tú mismo para audiagnosticarte), porque como somos muchos lo colapsamos y los profesionales sanitarios no pueden trabajar a gusto. Que vean el problema en que vamos al médico y no en que no hay suficientes médicos (ni enfermeras, ni auxiliares, ni nada) porque precisamente los que creen que los servicios públicos deben ser rentables a toda costa están desmantelando la sanidad pública para sacar su propio beneficio  es preocupante. La cantidad de gente que les señalas la luna y miran tu dedo es alarmante. La cantidad de gente que, directamente, es mala, es aterradora. Gente que aquí vota a VOX, que en el Reino Unido ha votado sí al Brexit, que en Estados Unidos ha votado a Trump (y lo volverá a votar), que en Hungría vota a Orbán, que en Brasil vota a Bolsonaro, por miedo, por egoísmo, por odio al que es diferente, al que viene de fuera, al que cree que le va a quitar lo poco que tiene. Gente que sólo cree en la competitividad, en la ley del más fuerte, en el beneficio inmediato, sin darse cuenta de que a largo plazo la solidaridad y la cooperación son mucho más beneficiosas para todo el mundo. Gente que cree que el mercado libre (mis ovarios libre, pero ese es otro tema) es lo que debe regir todas las relaciones humanas porque todo tiene un precio, incluso la propia vida. Gente que hoy se queja de que suban el salario mínimo a los trabajadores y que probablemente en el siglo XIX habrían protestado contra la abolición de la esclavitud por los mismos motivos. Gente que no es consciente que de que, como mínimo, el 90% de todos nosotros (y seguro que me quedo corta), si perdemos esos servicios públicos nos veremos en la miseria más absoluta o directamente moriremos, y que aun conservándolos de momento estamos en riesgo constante de caer en esa miseria por cualquier circunstancia de lo más cotidiana: quedarte en el paro, divorciarte, enfermar de cualquier enfermedad más o menos grave y/o crónica, así que aunque fuera por puro egoísmo nos convendría mantener un sistema social fuerte que nos dé cobertura a todos, por si las moscas. Gente que cree que en un apocalipsis zombi sobreviviría como Rick Grimes, cuando en realidad caerían bajo las hordas de muertos vivientes en el minuto uno.

Esa gente es la que está cuestionando los principios básicos que creíamos conquistados para siempre. La que está dando el poder a los que quieren abolirlos. El progreso que hasta hace pocas décadas parecía imparable en muchos sentidos retrocede. De vez en cuando recuerdo un capítulo de Star Trek: la Nueva Generación, el 4º de la tercera temporada. En él, por culpa de un accidente los habitantes de un mundo cuya civilización se encuentra en un estado preindustrial pero que ya han desarrollado una tecnología y un pensamiento de corte científico, abandonando en el proceso las creencias en religiones y supersticiones, descubren una estación secreta desde la que la Federación los observaba sin intervenir para no interferir en su evolución. El choque que se produce entre su cultura y la avanzada tecnología de la Federación les confunde, y algunos que recuerdan viejas leyendas sobre un ser divino empiezan a creer que éste es real y ha regresado. Me da mucho que pensar que en una serie de los años 80 se hablara libremente de lo perniciosas que pueden ser las creencias religiosas, mientras que tres décadas después me parece difícil que en otra serie de ciencia ficción (o del género que sea) se planteara un debate así. No hay más que ver, por ejemplo, la nueva Battlestar Galactica, serie que por lo demás disfruté un montón, pero en la que la insistencia en la existencia de un plan divino que conducía el destino de la humanidad me resultaba contradictoria y metida con calzador. Y encima eran los cylones, que, recordemos, son robots, los fanáticos religiosos, flipa. 

En comparación, la Star Trek clásica y la Nueva Generación eran un prodigio de pensamiento progresista. Como recordaréis, la sociedad del siglo XXIII en la que se ambienta la serie nos presenta una Tierra unificada bajo un gobierno global y a su vez integrada en una Federación a nivel galáctico dentro de la cual varias razas de diferentes planetas conviven en armonía y cuyos sistemas sociales respetan sus derechos básicos y garantizan una vida digna a sus habitantes. Por ejemplo, el dinero NO EXISTE. No es necesario, porque todo el mundo tiene sus necesidades cubiertas. Tampoco hay racismo, ni sexismo, ni guerras entre los diferentes sistemas de la Federación. Con otras civilizaciones fuera de la Federación sí, claro, como los klingons o los romulanos, que se sostienen sobre ideologías de corte más totalitario y dan por culo a la Federación periódicamente. Pero, en general, hay un consenso sobre la idoneidad de alcanzar un estado de paz política y social como el de la Federación, es a lo que nos gustaría aspirar, y en la época en la que se rodó la serie original mucha gente creía que era el destino al que la especie humana llegaría de forma natural. 

En cambio, el universo de Star Wars no es tan idílico. Nos identificamos con el idealismo de los jedis, simpatizamos con el heroísmo de la Alianza Rebelde, odiamos al Imperio por su carácter dictatorial, pero el caso es que en la trilogía original es el Imperio el que rige la galaxia. Luego, con la trilogía de las precuelas, supimos que se había llegado a ese punto porque la Antigua República había ido sucumbiendo sin darse cuenta a las intrigas de Darth Sidious en la sombra, que había aprovechado un estado previo de descomposición de las instituciones democráticas, estado que había favorecido una corrupción sistemática que daba lugar a grandes desigualdades e injusticias en muchas regiones de la galaxia, especialmente en aquellas más lejanas, abandonadas a su suerte. Sidious sólo había tenido que empujar con discreción por aquí y por allá para hacer caer las fichas de dominó y hacerse con el control, imponiendo su dominio sobre la moribunda democracia en nombre de esa misma democracia. ¿Qué, os parece familiar? ¿Os parece que no sólo os recuerda a algo que ocurrió en nuestro siglo pasado, sino también a una situación que se está empezando a repetir en nuestro presente? Resulta que, siendo mucho más fantástica que Star Trek, y estando ambientada en un hipotético pasado lejano, Star Wars presenta una visión de futuro mucho más probable que la de Star Trek. Y yo soy muy fan de Star Wars, pero prefiero mil veces vivir en la Federación antes que en el Imperio, incluso que en la Antigua República (de la Nueva República ni hablemos, que si hacemos caso de la trilogía de las secuelas eso es un sindiós). Quiero ser optimista, quiero pensar que a pesar de todo, y con mucho esfuerzo de nuestra parte, podemos evitar el resurgir de un nuevo Imperio. Pero nos va a hacer mucha falta que la Fuerza nos acompañe, porque estamos jodidos. 

Make the Empire Great Again (MEGA)

sábado, 9 de noviembre de 2019

Jornada de reflexión


El señor de la fotografía es mi abuelo Juan Pedro, el padre de mi padre. Murió antes de que yo naciera. Lo hizo con 65 años, así que en la foto debía de tener como máximo esa edad. No tuvo una vida fácil, como casi todos los de su generación. Era de Mula (Murcia) y casi toda su vida trabajó en la huerta, de jornalero. Se vino a Madrid poco antes de que empezara la guerra civil porque en su pueblo no conseguía trabajo. ¿Por qué? Porque no se callaba. Por si no lo sabéis, hace 70, 80 años, los capataces que dirigían el trabajo en el campo eran los que elegían a quién se llevaban a trabajar cada día a la huerta. Igual que aún pasa en muchos sitios, sólo que ahora los trabajadores suelen ser inmigrantes y en la época de mi abuelo eran los los hombres del pueblo. Se reunían en la plaza muy temprano y el capataz de turno decía: fulanito, menganito, zutanito, os venís. Mi abuelo, republicano y socialista, no era de callarse ante los abusos, así que muchas veces no lo elegían. Ante la falta de oportunidades decidió venir a Madrid, y aquí siguió trabajando en las huertas que había entonces por la zona de San Martín de la Vega, cerca de donde ahora está el parque de la Warner. Se suponía que mi abuela Lucía, mi padre y mi tía Carmen (mi tío Manolo nació después de la guerra) iban a acompañarle en breve, pero aquí le pilló la guerra. Por lo que sea no lo alistaron y siguió trabajando. Mientras, mi abuela se quedó en Mula con sus hijos. Mi padre tiene recuerdos de ver los bombardeos de Cartagena: mi abuela y mi bisabuela Remedios le decían que es que estaban de fiestas y esas luces eran fuegos artificiales. Al terminar la guerra, mi abuelo se pudo traer a su familia, no sin antes pasar cerca de un mes internado en el campo de concentración que montaron los vencedores en el antiguo campo del Rayo Vallecano porque al parecer algún vecino cabrón lo denunció. Por suerte salió de allí, pero luego le tocó aguantar una posguerra de miseria como a casi todo el mundo. Aun así, estaba en una posición más favorable que otros: solía traer verduras de su trabajo, y a veces las intercambiaba por pan en la tahona, o si sobraban mi abuela les daba a sus vecinos, que pasaban más hambre todavía. A pesar de eso tuvo que poner a mi padre y a mi tío a trabajar antes de que acabaran la escuela. Mi padre se sacó el último curso en el nocturno. A veces se quedaba dormido y sus compañeros le pintaban bigotes de tinta. Luego ya no pudo seguir estudiando, aunque le habría gustado. Mi tío Manolo ni siquiera acabó primaria.

Con los años, mi abuelo acabó cambiando de trabajo. Se hizo albañil. Cómo sería de dura la vida de jornalero en la huerta para preferir trabajar de albañil. O también puede que fuera porque las huertas de San Martín de la Vega desaparecieron, no lo sé. Todo esto que cuento es lo que me contó mi padre hace tiempo, que a su vez lo recordaba de su niñez. No tenía muchos datos, porque mi abuelo no le contó mucho. Por lo que he sabido después, es algo muy común entre la gente que sufrió la guerra: muchos de mis amigos y conocidos tampoco saben gran cosa porque sus abuelos y bisabuelos no solían contar su historia, como si quisieran borrarla, por miedo o por tristeza. Pero lo poco que sé lo he vuelto a recordar esta mañana. Una chica a la que sigo en Twitter, y a la que no mencionaré porque a lo mejor se le llenarían las menciones de pesados y no quiero fastidiarla, explicaba que no habían querido concertar una entrevista de trabajo con ella porque había cometido la osadía de preguntar dónde iba a trabajar y con qué horario. A quién se le ocurre. Y ya de preguntar por el sueldo ni hablemos. Los empresarios de ahora, como los señoritos de antaño, tienen disponibles a muchos desempleados desesperados por conseguir un trabajo que tragarán con lo que les echen con tal de obtener un sustento. Así que nada de preguntas, y mucho menos de exigencias, aunque estas no sean sino derechos laborales que se suponía que habían sido conquistados gracias a la lucha obrera de las generaciones de mis abuelos y mis bisabuelos, y que aun así no habían podido disfrutar plenamente y muchos de esos derechos se vieron eliminados o relegados tras la guerra. Se suponía que con la vuelta de la democracia y la legalización de partidos y sindicatos eso había revertido, pero ya sabemos que fue un espejismo. Con la excusa de la crisis cada vez perdemos más derechos, derechos que será muy difícil recuperar si alguna vez lo conseguimos. No sólo derechos laborales, sino de todo tipo. No sé si mis hijos podrán beneficiarse de becas el día de mañana para estudiar, como sí fue mi caso, por ejemplo.  Es verdad que los políticos que nos gobiernan pueden influir en el mantenimiento o la pérdida de esos derechos hasta cierto punto, pero como poder, pueden, más de lo que se creen muchos. Por eso os pido que mañana vayáis a votar, y que penséis muy bien a quién vais a votar. De nosotros depende que la historia de mi abuelo no se repita.