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sábado, 9 de noviembre de 2019

Jornada de reflexión


El señor de la fotografía es mi abuelo Juan Pedro, el padre de mi padre. Murió antes de que yo naciera. Lo hizo con 65 años, así que en la foto debía de tener como máximo esa edad. No tuvo una vida fácil, como casi todos los de su generación. Era de Mula (Murcia) y casi toda su vida trabajó en la huerta, de jornalero. Se vino a Madrid poco antes de que empezara la guerra civil porque en su pueblo no conseguía trabajo. ¿Por qué? Porque no se callaba. Por si no lo sabéis, hace 70, 80 años, los capataces que dirigían el trabajo en el campo eran los que elegían a quién se llevaban a trabajar cada día a la huerta. Igual que aún pasa en muchos sitios, sólo que ahora los trabajadores suelen ser inmigrantes y en la época de mi abuelo eran los los hombres del pueblo. Se reunían en la plaza muy temprano y el capataz de turno decía: fulanito, menganito, zutanito, os venís. Mi abuelo, republicano y socialista, no era de callarse ante los abusos, así que muchas veces no lo elegían. Ante la falta de oportunidades decidió venir a Madrid, y aquí siguió trabajando en las huertas que había entonces por la zona de San Martín de la Vega, cerca de donde ahora está el parque de la Warner. Se suponía que mi abuela Lucía, mi padre y mi tía Carmen (mi tío Manolo nació después de la guerra) iban a acompañarle en breve, pero aquí le pilló la guerra. Por lo que sea no lo alistaron y siguió trabajando. Mientras, mi abuela se quedó en Mula con sus hijos. Mi padre tiene recuerdos de ver los bombardeos de Cartagena: mi abuela y mi bisabuela Remedios le decían que es que estaban de fiestas y esas luces eran fuegos artificiales. Al terminar la guerra, mi abuelo se pudo traer a su familia, no sin antes pasar cerca de un mes internado en el campo de concentración que montaron los vencedores en el antiguo campo del Rayo Vallecano porque al parecer algún vecino cabrón lo denunció. Por suerte salió de allí, pero luego le tocó aguantar una posguerra de miseria como a casi todo el mundo. Aun así, estaba en una posición más favorable que otros: solía traer verduras de su trabajo, y a veces las intercambiaba por pan en la tahona, o si sobraban mi abuela les daba a sus vecinos, que pasaban más hambre todavía. A pesar de eso tuvo que poner a mi padre y a mi tío a trabajar antes de que acabaran la escuela. Mi padre se sacó el último curso en el nocturno. A veces se quedaba dormido y sus compañeros le pintaban bigotes de tinta. Luego ya no pudo seguir estudiando, aunque le habría gustado. Mi tío Manolo ni siquiera acabó primaria.

Con los años, mi abuelo acabó cambiando de trabajo. Se hizo albañil. Cómo sería de dura la vida de jornalero en la huerta para preferir trabajar de albañil. O también puede que fuera porque las huertas de San Martín de la Vega desaparecieron, no lo sé. Todo esto que cuento es lo que me contó mi padre hace tiempo, que a su vez lo recordaba de su niñez. No tenía muchos datos, porque mi abuelo no le contó mucho. Por lo que he sabido después, es algo muy común entre la gente que sufrió la guerra: muchos de mis amigos y conocidos tampoco saben gran cosa porque sus abuelos y bisabuelos no solían contar su historia, como si quisieran borrarla, por miedo o por tristeza. Pero lo poco que sé lo he vuelto a recordar esta mañana. Una chica a la que sigo en Twitter, y a la que no mencionaré porque a lo mejor se le llenarían las menciones de pesados y no quiero fastidiarla, explicaba que no habían querido concertar una entrevista de trabajo con ella porque había cometido la osadía de preguntar dónde iba a trabajar y con qué horario. A quién se le ocurre. Y ya de preguntar por el sueldo ni hablemos. Los empresarios de ahora, como los señoritos de antaño, tienen disponibles a muchos desempleados desesperados por conseguir un trabajo que tragarán con lo que les echen con tal de obtener un sustento. Así que nada de preguntas, y mucho menos de exigencias, aunque estas no sean sino derechos laborales que se suponía que habían sido conquistados gracias a la lucha obrera de las generaciones de mis abuelos y mis bisabuelos, y que aun así no habían podido disfrutar plenamente y muchos de esos derechos se vieron eliminados o relegados tras la guerra. Se suponía que con la vuelta de la democracia y la legalización de partidos y sindicatos eso había revertido, pero ya sabemos que fue un espejismo. Con la excusa de la crisis cada vez perdemos más derechos, derechos que será muy difícil recuperar si alguna vez lo conseguimos. No sólo derechos laborales, sino de todo tipo. No sé si mis hijos podrán beneficiarse de becas el día de mañana para estudiar, como sí fue mi caso, por ejemplo.  Es verdad que los políticos que nos gobiernan pueden influir en el mantenimiento o la pérdida de esos derechos hasta cierto punto, pero como poder, pueden, más de lo que se creen muchos. Por eso os pido que mañana vayáis a votar, y que penséis muy bien a quién vais a votar. De nosotros depende que la historia de mi abuelo no se repita.

jueves, 22 de mayo de 2014

Vota, coño, vota

Ayer, después de mucho tiempo, leí "¡Indignaos!", de Stéphane Hessel. Diréis: "a buenas horas". Pues sí, a buenas horas XD. Lo tenía en casa desde hace bastante tiempo, pero entre otras lecturas pendientes y el poco tiempo que me deja Eric para leer, lo iba postergando, y no será porque no se lee rápido. De hecho, me lo ventilé ayer en el metro, mientras salía a arreglar papeleos varios y el niño se quedaba a cargo de mis suegros. Es curioso, mientras lo leía tenía la sensación de que todo lo que este hombre exponía en su ensayo era tan de sentido común y tan sencillo y evidente que no me explicaba por qué fue tal bombazo cuando se publicó. Pero después me di cuenta de que, al fin y al cabo, lo he leído muy a toro pasado, tres años después del 15 M, cuando todas sus tesis y otras cuantas más han sido debatidas hasta la saciedad. Ahora parece que todo el mundo cuestiona el sistema vigente, que se pone en duda la legitimidad de las instituciones más sacrosantas y se replantean ideas antes comúnmente aceptadas como verdades indiscutibles. 

Mucho más carisma que Cañete, dónde va a parar
Pero, pensándolo bien, antes de que la crisis sacara a la luz todas nuestras miserias y de que el señor Hessel y otros (al principio, pocos) llamaran la atención sobre la necesidad de replantearnos nuestra forma de vida, ¿quién reparaba en ello? ¿Cuándo se empezó a cuestionar en público y de forma masiva si era necesario mantener una institución como la monarquía? ¿Cuándo se empezaron a levantar voces contra el sistema electoral vigente y el bipartidismo que se sustenta en él? ¿Cuándo comenzó a decirse en voz alta que la Constitución de 1978 no es intocable? ¿Que el sistema capitalista especulativo actual es un callejón sin salida? ¿Que no es normal que tengas que endeudarte hasta la jubilación (si es que llegas a tenerla) para pagar tu casa, y que si no puedes pagarla la perderás pero deberás seguir pagando al banco? ¿Que el gobierno tiene que enterarse de una vez que España es un estado aconfesional y que por tanto no debería dar apoyo económico a la Iglesia católica ni a ninguna otra? ¿Que somos las mujeres las que tenemos que decidir qué hacer con nuestros propios cuerpos y no debería haber marcha atrás en este y otros derechos fundamentales?  ¿Que los servicios de la administración pública, la sanidad, la educación, etc., no deben ser valorados por su rentabilidad monetaria sino por el beneficio que representan para toda la sociedad? 

Un clásico que no pierde vigencia
Ya me gustaría poder votarle... 
Es verdad, llevamos ya varios años inmersos en estas discusiones. Y menos mal, porque antes ni se planteaban, y ya era hora. Pero precisamente porque no sólo no están resueltas sino que quieren que dejemos de discutir y nos quedemos calladitos, hay que votar (aparte de otras muchas cosas). Personalmente no votaré a ninguno de los partidos mayoritarios; eso es lo único que tengo claro, porque aún no sé a qué partido votar de los nuevos que han surgido en los últimos tiempos: es difícil desbrozar el populismo y la demagogia de las propuestas realmente nuevas y honestas. Pero votaré. Y más os valdría votar a todos vosotros también. A quien queráis. Incluso si queréis votar al PPSOE o a cualquiera de los partidos ya establecidos y con escaños, aunque no me parezca precisamente coherente si lo que queremos es salir del hoyo y no repetir los errores del pasado, pero no soy quién para deciros a quién tenéis que votar. Nadie lo es. Pero sí puedo deciros, porque como conciudadana vuestra las decisiones que toméis también me afectan a mí, que votéis. Porque si el día 25 vuelven a repartirse los escaños (europeos en este caso, pero eh, que las elecciones europeas sí importan, ¿o acaso no os habéis acordado de la familia de la señora Merkel unas cuantas  veces desde el 2008?) los mismos de siempre, bien sea porque no votéis, bien porque les votéis otra vez hagan lo que hagan, las consecuencias las sufriremos todos. 

Además, si hace bueno, luego os podéis ir de cañas. Ea.