viernes, 1 de marzo de 2013

Immigrant Song


“Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.”

(Antonio Machado, A un olmo seco)



No es la primera vez que cito estos versos. Ya lo hice hace tiempo en mi fotolog, aunque entonces sólo esperaba que la primavera volviera. Ahora espero un milagro auténtico, que nacerá casi al tiempo que esa primavera. Se llamará Eric, como el Rojo, nombre que evoca sagas nacidas de la nieve y el hielo, ese hielo al que Erik Thordvaldsson, Erik el Rojo, consiguió vencer fundando las primeras colonias estables en Groenlandia en el siglo X. Él venía de la dura y feroz Islandia de hielo y de fuego, y se asentó con éxito en las costas de una tierra más hospitalaria que ahora, una tierra verde (de ahí su nombre) hasta que la Pequeña Edad de Hielo, cinco siglos después, la reclamó de nuevo para las nieves perpetuas. Hijo de un exiliado, padre de otro pionero, Leif Eriksson, que llegó a establecerse en las costas de lo que hoy es Terranova y que él llamó Vinland porque ese clima más suave evocaba tierras de vino dulce, aunque sus colonias no prosperaron tanto tiempo como las de su padre.

Ojalá tenga mi hijo la audacia y la determinación de esos vikingos que hace mil años se aventuraron en pos de una prosperidad en la que no habían crecido. Le vendrá bien en estos tiempos en los que de nuevo el hielo y el fuego amenazan con arrasar las praderas primaverales que apenas habíamos vislumbrado. Ojalá cuente también con la fuerza de Thor, la astucia de Loki, la sabiduría de Odín, y suya sea la bondad de Balder, pero no su amargo final. A él le dedico esta entrada porque supongo que me tendrá bastante ocupada como para que no vuelva a escribir aquí durante una buena temporada :P. Para él es esta canción de Led Zeppelin, que ellos dedicaron a esos hombres del norte:


Venimos de la tierra del hielo y la nieve,

desde el sol de medianoche donde brotan las aguas termales.

El martillo de los dioses conducirá nuestras naves a nuevas tierras,

para luchar contra la horda, cantando y gritando: ¡Valhalla, estoy llegando!



Arrasamos con remos trilladores. Nuestra única meta será la costa occidental.



Venimos de la tierra del hielo y la nieve,

desde el sol de medianoche donde brotan las aguas termales.

Cuán suavemente tus campos tan verdes pueden susurrar cuentos de sangre,

de cómo calmamos las corrientes de guerra. Somos tus jefes supremos.



Arrasamos con remos trilladores. Nuestra única meta será la costa occidental.



Así que ahora será mejor que pares y reconstruyas todas tus ruinas,

para que la paz y la confianza puedan triunfar a pesar de todas tus derrotas.





miércoles, 27 de febrero de 2013

El sueño de los muertos


Ya amenazaba ayer con otra reseña, y hoy cumplo mi promesa. Si ayer era sobre un libro de poesía, esta vez es sobre un libro de fantasía, un género al que estoy más acostumbrada a leer, como mucha gente, pero no por ello sufre menos de un exceso de tópicos sobre sus características, al igual que la poesía.

No abundaré mucho sobre esos tópicos, la mayoría los conocemos de sobra (literatura apta sólo para niños y adolescentes, escasa calidad literaria, abuso de estereotipos, etc.). De todo hay, pero por suerte siempre ha habido grandes autores que han demostrado la falsedad de esos mitos, y en los últimos años, gracias al éxito de algunos de ellos, como George R. R. Martin con su Canción de hielo y fuego o al de Andrzej Sapkowski con la saga de Geralt de Rivia, el público lector más generalista ha empezado a comprobar que la literatura fantástica no sólo no tiene por qué ser un calco de Tolkien, sino que además no tiene nada que envidiar en calidad a la literatura realista. Lo que parecía más raro es que este género se cultivara en nuestro país. Pero también en las últimas décadas este tópico se ha ido desmintiendo, igual que otro que asegura que la fantasía interesa más a los hombres. De modo que la novela que voy a comentar es una rompetópicos, la mires por donde la mires: literatura fantástica de calidad, escrita por una española. Toma ya.

Me refiero a El sueño de los muertos, la nueva criatura de Virginia Pérez de la Puente. No es su primera obra publicada; ya hace un par de años sorprendió con su debut en Ediciones B, Öiyya: la elegida de la muerte, una más que estimable ópera prima. Por supuesto, Virginia no partía de cero, ya llevaba años fogueándose a base de escribir relatos, fanfics, presentarse a concursos... Así que su debut literario en la industria editorial no fue ningún farol. Pero la experiencia es un grado, y se nota en esta segunda novela que publica, nada menos que con Minotauro. Os copio la sinopsis que aparece en la contracubierta, para que os hagáis una idea de su argumento:


“En un reino al borde de la guerra, los destinos de un futuro rey y un esclavo que no se conocen parecen estar irremediablemente unidos.

El príncipe heredero de Novana, Danekal, intenta averiguar quién está detrás del atentado que casi le cuesta la vida a su padre en vísperas de la firma de un tratado con la reina de un país vecino. Al mismo tiempo deberá lidiar con los nobles que esperan la muerte del rey Tearate para hacerse con la corona, una horda invasora y sus propios fantasmas interiores.

Ajeno a ello, Kal, un hombre esclavizado por su capacidad para encauzar una antigua magia llamada Shah, pugna por liberarse de las cadenas que lo someten a la mujer que obtiene de él su poder: su Melliza.

Pese a sus enormes diferencias, el futuro rey y el esclavo descubrirán que existe entre ellos una unión, y que es mucho más profunda de lo que ambos suponen.”


En efecto, éste es el principal hilo argumental de la historia. Pero hay más, mucho más: multitud de personajes secundarios, tramas paralelas que al final están más relacionadas entre sí de lo que parece... El principio de la novela sirve para presentar estos personajes y tramas, por lo que el ritmo es más pausado, aunque no por ello aburrido, pues la información está bien dosificada y se alternan esos personajes con sus respectivas tramas de forma que no se hace pesado; pero una vez que arranca definitivamente la acción, el ritmo se vuelve imparable gracias a giros argumentales que te incapacitan para soltar el libro hasta que no has leído por lo menos unos capítulos más. Venga, por lo menos hasta saber qué pasa con este personaje. Bueno, espera, un poco más, que ahora aparece este otro, a ver qué pasa. Y así te encuentras con que te has leído ciento y pico páginas del tirón sin darte cuenta, como me pasó a mí. Hacía tiempo que no me enganchaba así con una novela, en serio. Gran parte de ese mérito lo tiene la propia historia, que ya es suficientemente atractiva por sí sola. Pero no hay que despreciar en absoluto la parte que corresponde al estilo de Virginia, muy depurado pero sin caer en la pedantería; al contrario, hay diálogos, a veces desternillantes, en los que los personajes no se cortan un pelo si tienen que soltar una vulgaridad, lo que no significa que lo hagan de forma gratuita para llamar la atención: se expresan de forma natural, adecuada en cada caso a las características y a la situación del personaje. Esa naturalidad dota de una gran agilidad a los diálogos y al mismo tiempo define a los personajes sin necesidad de añadir acotaciones que lastren el ritmo. Las descripciones son breves y precisas, y se nota que están bien documentadas. Se percibe un trasfondo muy elaborado: no en vano esta novela se puede considerar parte de una trilogía que, si bien no es continuidad de la anterior, Öiyya, pues no sigue su trama ni, salvo en un caso, cuenta con los mismos personajes, por lo que se puede leer de manera independiente, sí está ambientada en el mismo mundo, el continente de Ridia, que se está revelando mucho más amplio y variado de lo que aparentaba en un principio. Así, se nos presenta una variedad de naciones y pueblos con sus respectivas historias y culturas que a mí personalmente me parecen bastante atractivas.

Si bien ésta es una de las principales bazas de la novela, hay un caso en el que me da la impresión de que juega en contra suya, en lo que supone tal vez el único reproche que le puedo hacer: me refiero a una de las tramas secundarias, la de los berenitas, una secta dirigida con puño de hierro (y tal vez con martillo de Thor :P; cuando leáis la novela comprenderéis a qué me refiero) por Vantar, todo un ejemplo de lo que un líder fanático es capaz de conseguir cuando se empeña en destruir a los enemigos de la fe y tiene los medios y los seguidores necesarios a su alcance. La trama en sí es interesante, está bien llevada y establece un contrapunto interesante con otras subtramas, especialmente con todo lo relacionado con el mundo de las shalhias y los shalhed (esto es, los Mellizos). Pero, aunque está relacionada con la trama principal (y, como se descubre al final, de una manera más directa de lo que se sospecha en un principio), durante casi toda la novela me dio la impresión de que transcurría un poco descolgada del resto, como si no fuera imprescindible para que la trama principal no cojeara. Pero, por otra parte, ya digo que es una trama interesante en sí, y me da la impresión de que en el futuro puede tener una continuación en la siguiente novela de la trilogía (aunque ya digo que cada novela es independiente en cuanto a su argumento), así que tal vez sería mejor esperar a que se publique esa siguiente novela para poder valorarla en su conjunto.

En cualquier caso, no me impidió en absoluto disfrutar de la novela, al contrario. Para resumir, destacaré lo que más me ha gustado: historia muy interesante y con un punto onírico bastante original; tramas que enganchan; personajes variados, atractivos y algunos muy carismáticos (ojo, por cierto, con encariñarse con ellos... y no digo más :P); estilo cuidado al tiempo que ágil de leer... Ingredientes más que suficientes para gozar de su lectura. Os la recomiendo, sin duda.

martes, 26 de febrero de 2013

Poesía eres tú


Ya advertí en su momento que no soy buena reseñista. Como filóloga, se supone que es algo que no debería costarme mucho esfuerzo, ya que en teoría adquirí mientras estudiaba las herramientas necesarias para analizar un texto. Pero es que no soy buena analizando en general, para qué lo voy a negar XD. Funciono mucho más por intuición, de modo que, modestamente, creo que no tengo demasiado mal gusto para reconocer la calidad, pero no atino a explicar por qué. Tal vez no debería preoocuparme por eso; el análisis literario es útil, por supuesto, para entender los mecanismos de la producción de una obra de arte, pero en última instancia no determina qué es lo que hace que un escrito tenga esa calidad de obra de arte. Si no, el arte no sería arte sino mecánica.

Es curioso, cuando estudiaba COU realicé entonces un trabajo sobre un poema de Vicente Aleixandre que me reportó alabanzas por parte de un par de profesoras. Debe de ser la única vez que he hecho un análisis profundo y bien argumentado de una obra literaria. Por supuesto, tenía fresco lo que habíamos estudiado sobre la poesía de Aleixandre, y encima había descubierto que sus poemas me gustaban; ayudaba el comprender mejor sus imágenes gracias a lo que me habían explicado en clase acerca de sus claves personales de escritura, pero también de por sí esas imágenes me resultaban muy evocadoras. Además, está el hecho de que Aleixandre es uno de los mejores poetas en lengua castellana :P. El caso es que cuando nos tocaba estudiar poesía, me solía gustar lo que leíamos, pero luego no tomé la costumbre de leer poesía por mi cuenta. Supongo que sobre todo porque parece más fácil leer narrativa que poesía, para la cual da la impresión de que necesitas más concentración. Se me hace raro leer poesía en el metro, por ejemplo, aunque creo que es más prejuicio que otra cosa.

Total, que por comodidad y también porque me gustan mucho las novelas y tampoco me sobra tiempo para leer todo lo que me apetezca, no leo apenas poesía. Pero no porque no me guste ni porque piense que es tiempo perdido. Hay gente que no le gusta la poesía; no me voy a meter en gustos, aunque no se puede negar que hay mucho prejuicio contra la poesía por culpa de la extendida creencia de que es una cursilada. Por desgracia, muchos malos poetas de foulard (os aconsejo, por cierto, que busquéis una noticia de El Mundo Today sobre un poeta que tuvo que ser rescatado hace poco por los bomberos de la presa de su propio foulard en el que se había enredado, es descacharrante XD) han contribuido a esa mala imagen. Pero a poco que uno lea poesía se da cuenta de que no sólo hay una gran variedad de estilos, sino que, sobre todo, la poesía realmente buena no tiene nada de cursi.

Por otro lado, mucha gente que no lee nunca poesía, sobre todo en el caso de la poesía contemporánea, alega que “no la entiende”, y por eso no la lee, porque, ¿para qué? Yo les diría que tampoco entiendo muchas veces exactamente qué quiere decir el poeta por culpa de esa falta de capacidad para el análisis que me aqueja, pero que en realidad eso no importa, porque no se trata de comprender racionalmente, sino de sentir. Y hay poemas que, cuando los leo, siento lo que dicen como algo con lo que me puedo identificar. De una forma irracional e intuitiva sé lo que quieren decir los poetas, o al menos lo asumo como algo propio. Ni siquiera sé si realmente pensaban expresar lo que yo he entendido, es muy posible que no sea así en muchos casos. Pero consiguen tocar algo dentro de mí, y eso es lo que cuenta. Así me ha ocurrido con la obra poética de alguien que conocí por casualidad en este volátil y azaroso mundo de Internet, y que me ha hecho volver a leer poesía. Hablo de Fernando López Guisado, cuyo último poemario publicado, La letra perdida, está a mi lado en este mismo instante, firmado por el propio autor. Lo leí hace poco en medio de una madrugada insomne; sería muy tópico decir que era el momento más adecuado, pero la verdad es que lo disfruté. En parte, porque compartimos claves generacionales que me hacen identificarme especialmente con sus poemas, con sus mínimas (sólo por extensión) historias de fracaso y redención, de amor y de muerte, de rutina cotidiana trascendida por una imaginación sin límite. Pero creo que cualquiera puede disfrutar de su lectura. Fernando es el perfecto ejemplo de poesía viva, certera, en las antípodas de la cursilería y que no sólo no se evade de la realidad sino que se hunde en ella y la analiza de una manera tan acertada, como un forense que diseccionara un cadáver putrefacto, que se pringa en su suciedad hasta darle la vuelta y extraer belleza de la podredumbre. Hay veces que una imagen suya te fascina porque te repele, como un cuadro de Francis Bacon; otras en que sientes el latido del horror cósmico que a todos nos ha podido asaltar alguna vez en esa hora perdida de la noche en la que todo duerme y sin embargo sabes que la bestia debajo de la cama sigue allí agazapada al cabo de los años, que nunca se fue aunque te aseguraran que cuando tú crecieras desaparecería. En otras sientes el desgarro del amor que lucha contra la muerte porque, aunque sepa que acabará perdiendo la guerra, tiene que luchar batalla a batalla porque no se puede hacer otra cosa. Y algunas veces sonríes con la boca sesgada, y hasta te ríes a carcajadas de una paradoja que tú también has vivido y que ridiculiza con la precisión del bisturí del forense. Para que os hagáis una idea, y con el permiso de Fernando, reproduzco dos fragmentos de dos poemas que me han gustado especialmente: 


“(...) Quiero que me mates cuando llegue el día en que no pueda
verte como entonces: con tu alma haciéndome todavía huir
de la locura afilada que rezuma enfermando los corazones
y provocando la náusea. No quiero ser un cangrejo incapaz
de llevar la boca a la cuchara (y me conformo sólo con llevarla),
de recordar un poema, o el nombre de mi abuelo, o la prueba
que me hicieron una semana antes para prorrogar la función.
No quiero gemir aparcado en un tiesto, ni volver a los pañales,
gritarle a cualquiera creyendo que quiere hacerme daño
(me hará daño) o que un familiar sea un extraño en el umbral.
Mátame, pero recuérdame que el paraíso está en ese coche, justo antes de casarnos (…).
Mátame mientras suena aquella cancion.”



“Quiero confesar que soy una mala persona. Soy el Rey de Amarillo.
Soy tu envidia, tu pecado de lujuria insana que no permitiría un dios
por muy indecente que fuera en sus premisas de libertad. Soy tú. (…)
Soy el Rey de Amarillo y quiero más:
probar el tacto de una espada hundida hasta el puño en una tripa, usar
diez veces más papel higiénico del necesario y abandonar la comida
en cualquier mesa procurando que quede todo lo más sucio posible. (…) Mear sobre
el rostro sollozante de la hipocresía de los que se dicen malditos.
Soy el corazón roto, el filo del cuchillo, la sangre y el rencor
almacenados en un tarro de kéfir en el fondo de la nevera. Quiero
confesar que son una mala persona aunque intento superarme.
Soy el Rey de Amarillo. Soy tu humanidad y he venido a quedarme.”


Podéis también echar un vistazo a su blog, Buenas Noches Nueva Orleans, que ya he citado más de una vez y en el que incluye tanto poemas de este poemario y de otros que ha publicado anteriormente o aún no publicados, como entradas tan oníricas como lúcidas sobre todo tipo de temas. En cualquier caso, leed poesía. De Fernando, de quien queráis, pero leed y maravillaos. 

PD: En cuanto pueda, sufriréis otra reseña, aunque se me dé fatal :P, en este caso de la última novela que he leído, El sueño de los muertos.

jueves, 24 de enero de 2013

El tío de Peter Parker

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Hemos operado a Leia. Vamos a ser precisos: los veterinarios han operado a Leia para castrarla. Pobre mía, lo está pasando mal. Ahora mismo lleva puesta una redecilla que le cubre el cuerpo para que no se toquetee/lametee/arranque los puntos, además del famoso collar isabelino (el embudo, vamos) que evita lo mismo. Se tira la mayor parte del tiempo durmiendo, aunque ya va comiendo y el veterinario dice que la ve bien y que está evolucionando correctamente y sin complicaciones. Demasiado bien se está portando, pobrecita mía. La noche que la operaron consiguió, no sabemos cómo (sospechamos que con la colaboración de Bu) quitarse el dichoso collarín, pero conseguimos ponérselo de nuevo y no ha vuelto a hacer amago de quitárselo, me imagino que porque se debió de hacer daño en el proceso. También sospecho que está más apagadilla en parte por eso; el dichoso collar la tiene desorientada, va dando bandazos cuando anda y eso la debe de deprimir un poco, aunque supongo que lo peor será el dolor de la cicatriz, claro. Sé que a la larga será mejor para ella: ya ha tenido tres celos y cada vez le daba más fuerte y lo pasaba peor, porque sentía que le ocurría algo pero no sabía qué ni qué remedio ponerle, lo único que podía hacer era ponernos el culo en pompa y emitir maulliditos lastimeros pidiendo que la ayudáramos... Total, para nada, porque no queríamos que tuviera gatitos de los que luego no podríamos hacernos cargo (para colmo, el veterinario nos dijo después de la operación que habían comprobado que tenía una parte del útero más larga de lo habitual; le ocurre a muchas gatas, son las que están preparadas para tener camadas más numerosas, como para haber dejado que la preñaran) y para que lo pasara mal y luego corriera el riesgo de desarrollar tumores...

Total, hemos hecho que la operen convencidos de que es lo mejor para ella en sus circunstancias, y lo sigo pensando. Aunque le suponga unos días de molesta convalecencia, dentro de un tiempo se habrá olvidado de lo que era tener el celo y vivirá tranquila el resto de su vida. Pero también me hace plantearme algo que precisamente comentaba en su blog (lo recomiendo) Aura Zombie. ¿Qué potestad tenemos para tomar decisiones como domesticar a un animal o traer un hijo al mundo? En el caso de los gatos, que son más oportunistas, me parece que la alianza beneficia a ambas partes. La vida de los gatos callejeros es más arriesgada, suelen vivir la mitad o menos que los gatos domésticos, y eso los que logran superar sus primeros meses de vida sin sucumbir a enfermedades, accidentes, etc. Un gato casero sigue siendo un gato, su carácter no cambia sustancialmente salvo en el caso de los machos castrados, que pierden parte de su agresividad, y doy fe de que disfrutan de la tranquilidad, la rutina y la comida servida en cómodas porciones. En el caso de los perros ya es otro cantar. El hombre seleccionó a los cachorros de lobos más dóciles, y de los perros que resultaron de esa selección, durante milenios prosiguió seleccionando artificialmente a los que tenían determinadas características según sus necesidades, lo que llevó a la creación de las distintas razas. Pueden ser muy distintas entre sí, pero prácticamente todas tienen algo en común: la dependencia del animal respecto a su amo. Algunos perros, según su carácter y su raza (o mezcla de razas), están más capacitados para sobrevivir en un entorno salvaje en caso de que sean abandonados. Pero la mayoría de los perros abandonados acaban muriendo porque no son capaces de apañárselas solos y no pueden evitar esos accidentes y enfermedades de los que antes hablábamos en una proporción aún más elevada que en el caso de los gatos. Dependen de nosotros porque así es como los hemos hecho. Otro tanto ocurre con la mayoría, si no todos, de los animales domésticos: por ejemplo, las vacas lecheras, por culpa de una selección similar, han llegado a un punto en el que no sólo producen leche cuando tienen un ternero, que es lo natural, sino constantemente a lo largo de casi toda su vida, y morirían si les faltara el ordeño diario porque las mamas les reventarían de leche acumulada y enranciada. De modo que, a cambio de una existencia más segura (y de nuestro propio provecho, desde luego), les hemos quitado a los animales domésticos la capacidad de sobrevivir por sí mismos sin depender de nuestra manutención y cuidados. Una apuesta arriesgada, sin duda.


Por no hablar del tema de los hijos. Es cierto que, como en todos los seres vivos, el instinto de reproducción es uno de los más poderosos en los seres humanos. Es natural que muchos deseemos reproducirnos (dejando aparte el hecho de que el medio para conseguirlo nos guste a todos, queramos reproducirnos o no :P). Yo misma he tenido siempre el deseo de tener hijos, y pronto lo voy a cumplir. Pero cuando nuestra especie ha llegado a niveles de plaga mundial y hay millones de niños desamparados en el mundo, ¿qué sentido tiene traer más criaturas para contribuir a la superpoblación? No hace mucho descubrí la existencia del Movimiento por la Extinción Humana Voluntaria. Suena a cachondeo, y desde luego los que participan en este movimiento hacen gala de un gran sentido del humor. Pero bajo esa apariencia cómica subyacen tesis que te hacen pensar seriamente en el problema. Como seres pensantes que no sólo obedecemos a nuestros instintos sino que podemos controlarlos según convenga a las circunstancias que nos rodean y que somos conscientes de cuáles son esas circunstancias, tenemos la capacidad y, sobre todo, la responsabilidad de relacionarnos con nuestro entorno de la forma más respetuosa y menos perjudicial posible. Ya lo decía el tío de Peter Parker: un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Si fuéramos absolutamente coherentes, hace tiempo que habríamos limitado drásticamente la tasa de reproducción en la mayoría de los países. Por supuesto, no digo que tengamos que hacerlo al estilo chino, y también sé que ése no es el único problema: también tendríamos que haber dejado de practicar la guerra, el comercio injusto, la producción de residuos contaminantes, la tala de árboles, la caza de animales si no es estrictamente por necesidad alimenticia, y tantas y tantas barbaridades que el ser humano sigue cometiendo. Y, por supuesto, deberíamos redistribuir las riquezas de manera que la pobreza desapareciera. En fin, todo este festival de obviedades viene a cuento de que a veces, pensándolo, me siento un poco culpable por traer un hijo al mundo. Sobre todo al mundo actual y futuro, que no va a ser mejor que el que hemos conocido, al menos en muchos aspectos. Me asusta un poco que un día mi hijo me pueda reprochar haberle hecho nacer en esta bola rocosa repleta y siempre al borde del desastre.

Pero luego pienso que, con suerte y con la educación que nosotros podamos darle, a lo mejor él y otros como él constituirán la generación que por fin conseguirá poner fin al expolio al que estamos sometiendo a nuestro planeta, o al menos serán los que comiencen el proceso antes de que sea demasiado tarde. Supongo que soy demasiado optimista respecto a la naturaleza humana, y encima le estoy colgando un enorme y mesiánico marrón a la pobre criatura antes de que haya nacido XD. Pero su padre y yo haremos todo lo que podamos por darle una educación que le haga consciente y responsable. Luego él que haga lo que quiera.

Por descontado, tengo que despedirme con esta canción. No me diréis que no viene a huevo XD:


jueves, 10 de enero de 2013

Días de garrafón y Guns'n'Roses

Qué alivio que hayan pasado las fiestas navideñas... No están mal, pero si no tienes vacaciones o las tienes indefinidas como yo, generalmente se reducen a unos cuantos días de reuniones familiares y comilonas que te dejan exhausto. Las reuniones con amigos están muy bien, pero si se juntan con las familiares y las comilonas también acaban dejándote hecho unos zorros, como me pasó el finde que se juntó con Nochevieja y Año Nuevo. El sábado por la noche salimos y nos lo pasamos muy bien, pero acabé agotada. Eso sí, fue una noche curiosa.  Primero, me hizo ilusión comprobar que el único garito heavy de Huertas sigue abierto después de veintisiete años en activo: el Rainbow. Sigue siendo tan cutre como siempre, lo único que ha cambiado es que han puesto una tele plana para ver los vídeos y que ahora también sirven mojitos (ni un solo bar de Huertas sin mojitos). Luego deambulamos por algunos sitios más, hasta que terminamos la noche en otro local que no mencionaré aquí porque no me da la gana de hacerle publicidad (al Rainbow es que le tengo cariño :P), pero si vais por la plaza de Jacinto Benavente seguro que sabréis de qué garito hablo. 

El lugar en cuestión es una discoteca, pero fuimos atraídos por su oferta musical que, en principio, es más decente que la del resto de discotecas de la ciudad. En vez de pachangueo y maquineo, pinchan rock, pop indie y hasta algo de metal, aunque también acaban metiendo algo de chunda chunda, pero más industrial. Dejando aparte el tema de que no me hizo ni puñetera gracia pagar diez euros por entrar para consumir un triste zumo (de todas formas, ese problema lo tengo casi siempre, ya que habitualmente no consumo copas sino cervezas, por eso no me hace gracia pagar entrada en general), el garito no tenía mala pinta. Para mí, de hecho, era algo nuevo, porque en los pubs sí he visto siempre bastante variedad de gente, pero en las discotecas, al menos cuando yo iba, el público estaba mucho más compartimentado, por decirlo de alguna manera. A las discotecas heavies íbamos los heavies, como mucho gente con pintas "estándar" pero a los que les gustaba la música; nunca encontrarías a un pijo habitual de Pachá en el Canciller, eso seguro. Por otra parte, en las discotecas "normales" la música, por lo que vi las dos o tres veces que fui, era lo de menos: la gente, como supongo que seguirá ocurriendo, iba a 1) pillar cacho, 2) pillar cacho, 3) venga, a ver si hoy por fin pillamos cacho y 4) ponerse ciegos de cubatas. A ver, no es que los heavies no quisiéramos pillar cacho, lo estábamos deseando como el que más, y también la mayoría eran partidarios de ponerse ciegos a cubatas (de garrafón, of course, aunque luego descubrí que también lo ponían en las discotecas pijas, lo que tiene más delito porque la entrada era más cara); pero también la mayoría íbamos porque realmente nos gustaba la música que pinchaban en las discotecas heavies. Al menos, ésa era la impresión que me daba (chúpate la tilde, RAE, ¡¡¡sí!!!: La RAE pierde la batalla contra la tilde en las palabras "sólo" y "éste" - fin del inciso exaltado). Sí, admito que esa supuesta inocencia que les atribuyo a mis coetáneos musicales es posiblemente una proyección de mi propia inocencia que no tiene por qué corresponderse con la realidad. Pero ya más de una persona y más de dos que no pertenecían al mundillo pero sí habían hecho incursiones en él acompañando a amigos heavies y que habían podido comparar entre distintos ambientes me han confirmado que se habían llevado la misma impresión que yo.

Por eso me chocó un poco el ambiente que observé en esa discoteca en la que estuve el fin de semana anterior a Nochevieja. La música, aunque no coincidiera plenamente con las discotecas heavies, sí que se podía catalogar de manera amplia como rockera. Supongo que esa discoteca se ofrece precisamente como alternativa a los que quieren ir de discoteca pero no aguantan la morralla musical habitual, que también los hay, y en ese sentido me parece una idea bastante loable e inteligente por parte de sus promotores. Pero me hizo gracia comprobar que el ambiente era mucho más variopinto, una mezcla de lugar de moda, discoteca pija y un ligero toque de pub de barrio, incluso: gente joven sobre todo, muchos con pintas alternativas, otros con pintas heavies más clásicas, pero también mucho pijito, tanto de los pijippies aquejados por cierto complejo de culpabilidad como de los que complejo ninguno, mira qué mono voy con mi camisita de rayas finas; monas también eran muchas niñas que parecían sacadas de los vídeos de la MTV, a las que se comían con la mirada los José Luis López Vázquez de la vida, pegados a la barra y al cubata solos o en parejas, y grupitos variados en los que se mezclaban todos los anteriores y alguno más. Me hizo especial gracia un grupito de dos chicas y dos chicos (presumo que parejitas) que bailaban de la misma manera cualquier cosa que les echaran, ya fuera AC/DC, Rammstein, Guns'n'Roses, Muse, Placebo o Metallica: como si estuvieran en el plató de uno de esos antiguos programas musicales de televisión en los que la gente se meneaba desganadamente al ritmo de cualquier one hit wonder de turno cantando en playback. Criaturitas, ellos serán los futuros bailarines de paso único en las bodas de sus hijos; porque seguro que si habéis estado alguna vez en vuestra vida en una boda, los habréis visto: señoras y señores cincuentones que bailan absolutamente todo al mismo ritmo moviendo brazos y piernas como si les hubieran dado cuerda. Y así aguantan toda la noche, oye.

Hablando de bodas, había otro grupo que seguro que se había reunido por una ídem o algún evento similar: una parejita joven que sí tenía pinta de ser asidua al local, el probable padre rockero de uno de ellos y la mujer y los consuegros, que parecían mismamente sacados del público del programa de Ana Rosa Quintana o del Sálvame, amén de algunos primos recién venidos del pueblo. Los pobres consuegros estaban más perdidos que un abogado del Estado en "Hora de aventuras" :P.

Total, que Cristóbal Fortúnez, el de "Fauna mongola", tenía un filón en ese sitio como para seis o siete entradas de su blog seguidas. Yo no aspiro a tanto, pero al menos, los ratos en que me sentaba un poco a descansar o no bailaba porque estaba sonando alguna canción que no me llamara la atención como para jorobarme las cervicales, estuve muy entretenida observando aquel minizoo. Por supuesto, no pretendo aparentar que soy una observadora imparcial y al margen: seguro que yo también tengo un nicho en esa fauna mongola, probablemente algo a medio camino entre la recién llegada a la madurez que aún no se da por aludida y la abuela rockera cebolleta :P. Vamos, que aquel principio de la física cuántica según el cual el observador modifica al fenómeno observado por el mero hecho de observarlo no es nada nuevo, lleva aplicándose empíricamente en todas las sociedades humanas desde que el mundo es mundo XD.

En fin, que no estuvo mal el experimento, pero para qué quiero un sucedáneo si han vuelto a abrir el Excalibur. Hasta los de "La hora chanante" lo prefieren:


¡Soy heavy! ¡Soy heavy! ¡Cucu cha cucu cha cucu ueroooo!

lunes, 24 de diciembre de 2012

Heavy Christmas and a Metal New Year

Mi barriguita sonriente y yo os deseamos felices obviedades y pánfilo año huevo. Da igual que la crisis vaya a más o que sea un 13 (no soy supersticiosa), quiero que seáis tan felices como yo espero serlo :). Como, salvo inspiración repentina que me asalte en un rato libre, no creo que escriba nada más por aquí hasta que pasen, os deseo que celebréis estas fiestas como os apetezca con quien os dé la gana y conmemoréis lo que os salga de los kinder, seáis creyentes, ateos, agnósticos o semidesnatados, y que las disfrutéis como yo las veo: la celebración de una nueva oportunidad. Nos vemos el año que viene ;).




miércoles, 5 de diciembre de 2012

Vuelva usted pasado mañana

Nunca tuve una ilusión especial en casarme. No me parece mal, siempre que sea una elección libre y cada uno se lo pueda montar como quiera, pero pensaba que para decidir pasar el resto de tu vida (o por lo menos el tiempo que te apetezca) con alguien lo imprescindible son el amor, el respeto y las ganas de compartir tu tiempo, tus aficiones y tus ocupaciones, si se da el caso, con alguien con quien estás feliz, a gusto y te consideras compatible. El matrimonio en si no es más que un papel, papel que con cuya firma facilita esa convivencia de cara a las cuestiones legales, eso sí. Si además lo quieres adornar con una ceremonia porque te hace ilusión compartir tu felicidad con tus seres queridos, perfecto. Y si no te apetece, tampoco pasa nada. De hecho, ni siquiera hace falta que para compartir esa alegría firmes previamente un papel, será por falta de ganas para montar fiestas y celebraciones.

En fin, el caso es que cuando me quedé embarazada, Carlos y yo nos planteamos la idea de casarnos. En principio por el niño, aunque comprobamos que, en realidad, a efectos legales el niño tendrá los mismos derechos que cualquier otro, estén sus padres o no casados (al menos, por ahora, que a este paso no me extrañaría que a algún lumbreras de nuestro desgobierno se le ocurriera rescatar la idea de los hijos ilegítimos). Si yo permanecía soltera, era posible que pudiera acceder a ayudas económicas para madres solteras, pero eso en principio es sólo en caso de que, aparte de acreditar mi insolvencia (eso ahora mismo no es difícil :P), demostrara que no convivo con mi pareja ni ésta me mantiene, lo que no es el caso. En cambio, casarnos nos traía más ventajas legales y fiscales, así que decidimos dar el paso. Ya digo que para nosotros es firmar un papel; si más adelante decidiéramos celebrarlo, ya lo haríamos con tiempo, tranquilidad y a nuestra manera (que no será la habitual, eso podéis tenerlo por seguro :P).

Me da que éstos no lo tenían tan difícil
Así que nos pusimos a ello. Y ahí empieza la parte de la historia que justifica el título de la entrada: mientras que en el matrimonio canónico todo son facilidades (la Iglesia se encarga de arreglar los papeles para el juzgado; tú prácticamente sólo tienes que pasar por el aro de los cursillos prematrimoniales, esa farsa que se sacaron de la manga hace unos años para justificarse, queriendo hacer creer que la mayor parte de la gente que se casa por la Iglesia lo hace porque son católicos y creen en el sacramento del matrimonio, y no porque les parece que casarse en una iglesia luce más o por tener contenta a la familia), en el matrimonio civil te tienes que buscar tú la vida y aportar todo lo que te piden: ir al Registro Central (en Madrid, el de Pradillo), pedir cita previa para que te abran un expediente matrimonial, presentarte para dicho trámite el día de la cita con tu pareja y un testigo, amén de los papeles correspondientes: unos formularios que has debido rellenar exhaustivamente (uno de ellos es para el Instituto Nacional de Estadística, así que ni siquiera es necesario para el enlace en si) y que te han sido entregados el primer día que fuiste a informarte y a pedir la cita previa; certificado de empadronamiento (incluyendo el actual y el histórico, en caso de que en los dos últimos años hayas cambiado de domicilio) de los dos contrayentes, certificados de nacimiento de ambos, así como fotocopias de los respectivos DNI. El certificado de empadronamiento lo tienes que pedir en tu municipio; el certificado de nacimiento lo puedes pedir por internet siempre que pidas el literal, para lo cual necesitas consignar todos los datos que te piden. Si todo va bien, el día que has sido citado (que es ya la tercera vez que vas al Registro) abren tu expediente matrimonial, y una vez concluido te avisan para que sepas que ya puedes ir a pedir cita allí donde quieras casarte. Si es en Madrid capital, tendrá que ser un día entre semana, nada de sábados o domingos, y ni siquiera cualquier día de lunes a viernes, porque en muchas juntas municipales sólo casan un día determinado de la semana, o incluso un solo día al mes. En total, el tiempo mínimo estimado desde que decides casarte y empiezas los trámites hasta que, efectivamente, te casas, es de al menos dos o tres meses, y eso si todo va bien y no hay ningún contratiempo. Esto no es Las Vegas, cariño.

Como habréis adivinado ya a estas alturas, no es mi caso :P. Supongo que mi karma ha decidido que últimamente me había tratado demasiado bien, y decidió ponerme las cosas un poco más complicadas. Como algunos sabéis, nací en Suiza porque mis padres estaban allí trabajando, como unos cuantos cientos de miles de emigrantes más. Nada más nacer yo, mi padre fue al consulado de Berna, el cantón donde nací, y me nacionalizó española. Cuando volvimos a España, contando yo con tres añitos, también fue al Registro Central, que entonces se encontraba en María de Molina, y volvió a inscribirme. Hasta ahí, todo correcto. Como nunca había necesitado solicitar mi partida de nacimiento para ningún otro trámite, era una novata en estas lides burocráticas. Así que descubrí que no podía pedir mi certificado por Internet, cosa que Carlos, para suerte suya, sí pudo hacer, porque me faltaban justo los datos de mi inscripción en María de Molina (los de Suiza constaban en el libro de familia de mis padres). Bueno, no hay problema: como estoy parada y tengo toooodo el tiempo del mundo, al menos según el criterio de la Administración, para perderlo en sus oficinas, me fui una mañana a la calle Montera, donde se puede solicitar dicho documento en persona. Como eso por suerte sí está informatizado, imprimen la copia escaneada del registro en papel que en su momento debieron de cumplimentar en María de Molina, que incluye la copia del registro original de Suiza además de los datos que faltaban, los del tomo y la página del libro del registro español.

Ahí es donde comienza mi odisea: a mis 40 años, con casi tres décadas de experiencia en pringar mensualmente artículos de higiene íntima, y manifiesta e innegablemente embarazada en el momento presente, descubro que soy VARÓNN.

Sí, VARÓNN. Además, tal como lo escribo, con dos enes y en mayúsculas. Toma ya. No sabía si descojonarme de la risa, entrar en una crisis existencial sobre mi naturaleza sexual, presentar mi caso a la revista Nature como el del primer hombre en la historia de la humanidad que se queda embarazado o ir a la televisión para forrarme contando mi historia en los programas de cotilleos. Al final decidí optar por la primera opción y suponer que la confusión sobre mi sexo se debía a: 1) un despistado funcionario suizo que en vez de aprender español por el método Vaughan debió de optar por el método Milton y así le fue, o 2) un funcionario español del consulado que ese día estaba de resaca, o griposo, o era un tonto a las tres crónico e irremediable. Porque, a todo esto, no contento con equivocarse sobre mi sexo y encima escribirlo mal, también se equivocó con la fecha de nacimiento de mi padre, quitándole de golpe diez años y tres meses de edad. Eso sí que es un método antienvejecimiento efectivo, oiga.

Ya digo que soy una novata en ciertos aspectos de la burocracia e, ingenua de mí, creí que dos errores tan manifiestamente tontos podrían ser fácilmente subsanables, así que el día que teníamos cita para que nos abrieran nuestro expediente matrimonial, fuimos acompañados de mi suegro, que está jubilado y además es un encanto de hombre que siempre está dispuesto a ayudarnos, para presentarlo como testigo. Menos mal que Carlos también podía pedir un justificante para el trabajo. Presentamos los papeles ante una funcionaria, por lo demás bastante amable y diligente, y le comento casi de pasada el chistoso error sobre mi condición sexual y ese pequeño detallito sobre la fecha de nacimiento de mi señor padre, pensando que lo podrían arreglar allí mismo. JA-JA-JA. Y otro JA.

La chica, aunque comprende perfectamente mi problema y está de acuerdo en que es absurdo, me dice que no pueden arreglarlo ellos, y que mientras no lo corrijan no pueden continuar con el expediente; al menos éste no queda anulado, pero sí paralizado. Me dice que vaya de nuevo a Montera, que allí se encargarán. (A todo esto, también a Carlos le hacía falta un certificado de empadronamiento histórico para demostrar dónde vivía antes de empadronarse en Madrid... Así que le toca a mi suegro ir a pedirlo al Ayuntamiento de Móstoles. Guay. Eso al menos lo resolvió en pocos días.)

Me voy directamente a Montera para no perder más tiempo, y de ahí lanzan la pelota a la calle Bolsa (suerte que está cerca y se puede ir andando), donde se encargan de corregir estos errores. Y ahí llega lo mejor: me dicen que el fallo es del registro original, para lo cual tienen que mandar los papeles a Suiza; una vez el registro sea corregido, enviarán los papeles de vuelta a la calle Bolsa, de ahí me los mandarán a casa por correo, y entonces podré volver a Pradillo a que me reabran el expediente matrimonial ... Ése fue el punto exacto en el que se me cayó el alma a los pies. Pero aún tuve el valor de preguntar al funcionario que me atendió cuánto podía tardar ese trámite; como os podéis imaginar, me dijo que no lo sabía y me facilitó el teléfono del consulado de Berna, por si quería llamarles para saber cuándo les iban a llegar los papeles...

De modo que allá se quedó la copia de mi partida de nacimiento original, en la que consta que soy un VARÓNN. De esto hace ya más de un mes. Volví a llamar hace poco y me dijeron que sólo podían decirme que el proceso estaba en trámite, pero no cuánto tiempo duraría. Intenté ponerme en contacto telefónico infructuosamente con el consulado de Berna (llamando tanto desde el móvil como desde el fijo me salía una voz grabada que me advertía de que dicho número no existía), así que al final opté por buscar en Internet, y en la página web del consulado encontré un correo electŕonico al que dirigirme; les escribí y un par de días más tarde me contestaron que todavía no les había llegado nada. Supongo que mi certificado de nacimiento, junto con los papeles que tuve que rellenar para pedir que corrigieran los errores correspondientes, estará todavía guardado en algún cajón de la calle Bolsa, o bien en la caja de una valija que no sé cuándo saldrá en dirección a Suiza.

Decidí tomármelo con paciencia. Prefería casarme antes de que naciera mi hijo, más que nada por comodidad, pero ya puestos, asumí que si había que ir al juzgado o junta municipal que terminemos por elegir con nuestro churumbel en brazos o incluso de la manita, no era tan grave. Con lo que no contaba es con que, mientras, a cierto ministro al que ya había sufrido como alcalde de mi ciudad durante la friolera de ocho largos años, tan largos que me habían parecido dieciséis, se le iba a ocurrir la brillante idea de empezar a cobrarnos por todos esos trámites que antes eran gratis. Señoras, señores: ha llegado el TASAZO. Cuando se empiece a aplicar (porque, por mucho que protesten incluso los jueces sobre los que manda este señor, lo va a aplicar igualmente por mor de sus santos testículos), trámites que hasta ahora sólo me han costado tiempo y billetes de metro, como pedir un certificado de nacimiento, van a dejar de ser gratis. Igual que tampoco va a serlo casarse: hasta ahora, lo que es el trámite estricto de firmar tus papeles de matrimonio en tu municipio de residencia no se cobra; sólo tienes que pagar si quieres casarte en otro municipio que no sea el tuyo. Una vez que se implante el tasazo, va a tocar pasar por caja. Y no creo que vayan a cobrar cinco euritos, no. Así que, si la tradicional parsimonia en la ejecución de los trámites legales, acrecentada por la falta de recursos que últimamente se está agravando gracias a los recortes de nuestro ya mencionado desgobierno (que les servirá de excusa para promover la privatizacíón de esos servicios, alegando que lo privado es más rápido y eficiente que lo público), si esa parsimonia, digo, no lo remedia, para cuando me quiera casar ya se nos habrá echado el tasazo encima y nos tocará apoquinar por algo que, unos meses antes, nos habría salido gratis.

Puedo tomármelo por el lado gracioso: a lo mejor, de esta forma Ruiz Gallardón, ferviente católico practicante del “a Dios rogando y con el mazo (de juez) dando”, hace más por las uniones sin papeles y el amor libre que más de treinta años de (supuesta) democracia aconfesional. Pero no me hace ni puñetera gracia que, justo ahora que yo no tengo ingresos y debo depender del sueldo de mi novio, que en breve deberá mantener también a nuestro hijo, nos toque pagar un dinero que se supone ya habíamos aportado con nuestros impuestos y cotizaciones. Soy consciente de que, de todos los problemas que plantea el tasazo de Gallardón, el mío es el más irrisorio. Pero me toca las narices tener que pagar por un error que ni siquiera yo cometí, qué queréis que os diga. Ay, mísera de mí, ay, infelice, como diría Segismundo, que también sufría por el pecado de haber nacido. Muchas gracias, señor Gallardón. No cuente con mi voto para las próximas elecciones, desde luego. No lo iba a tener de todas formas, pero con lo que sí puede contar es con que me acordaré mucho de su familia el día que me case.