Hoy ha muerto mi primer
amor. Se llamaba Pitusa, tenía diecisiete años y medio, los ojos
verdes y el pelo atigrado con un mechón inconfundible de color
anaranjado sobre el hombro derecho. Mi madre, pobre, me ha dado la
noticia hace pocas horas. Nos lo esperábamos; era muy viejita,
sufría desde hacía un tiempo de algunos achaques, hacía poco había
tenido una infección que la había dejado muy floja y llevaba tres
días sin comer ni beber nada. Aun así me he llevado un disgusto que
no me he llevado con personas que en teoría me tenían que importar
más. Porque esas personas no me dieron el amor que ella me ha dado,
incluso ahora que llevo ya tiempo viviendo fuera de casa de mis
padres y sólo voy de visita; aún se dejaba acariciar, me maullaba
reclamando mimos y a veces me buscaba para que la dejara amasar en el
hueco de mi codo, como cuando era pequeña. Porque una vez fue
pequeña, tanto que sus patitas traseras no le respondían bien aún
y se resbalaban cuando andaba sobre el suelo embaldosado de la casa
de mis padres. Mi hermano la trajo metida en una caja de zapatos,
envuelta en algodones, y me la pasó de contrabando para que la
custodiara en mi habitación por la noche, hasta que le diéramos la
noticia a mi madre a la mañana siguiente. No hizo falta: entró mi
madre a mi habitación para tender la ropa por mi ventana y mientras
la Pitusilla se puso a maullar debajo de mi cama. Mi madre se llevó
un susto cuando la vio aparecer de repente de debajo de la cama y al
principio se negó a que nos la quedáramos, pero al final aquella
bolita de pelo que apenas maullaba por encima del umbral auditivo la
conquistó y se acabó convirtiendo en la niña de sus ojos. Luego se
convirtió en una joven descarada que practicaba el funambulismo en
la barandilla del balcón, y después en una señorona que recibía a
cualquiera que viniera de fuera con bufidos y salidas de escena
dignas de una diva, y por último en una viejita que se tiraba casi
todo el tiempo tumbada en la cama de mis padres, mimetizada entre los
peluches, pero siempre ha sido mi niña, mi gatita mimosa. Ayer
estuve en casa de mis padres, y casi me echo a llorar cuando, para
ayudar a mi madre a que le diera agua con una jeringuilla, la levanté
y me di cuenta de que, siendo tan grande como Bu (siempre fue muy
grande para ser hembra), pesaba casi tan poquito como Leia, que es
una hembra pequeña; con la vejez se había quedado delgada porque
había desarrollado intolerancias alimenticias y comía poquito de
unas latas especiales, pero ahora, después de la infección y de
varios días sin comer, estaba casi consumida. Mi hermano y yo
hablamos por teléfono con un par de veterinarias que hacen visitas a
domicilio, por si podían venir a verla, pero ya era más tarde de lo
que creíamos. Hoy mi madre ha sido la que se ha dado cuenta de que
había dejado de respirar, tumbada en su cunita, Sé que ha dejado de
sufrir, pero no puedo evitar que me duela. Me queda el consuelo de
que la hemos querido y mimado mucho, aunque también me queda la cosa
de que nunca es suficiente. También me quedan los recuerdos: cuando
se metía en una de las zapatillas de mi hermano y sólo le asomaba
el rabito; cuando se resbaló del poyete de la ventana de la cocina
por querer atrapar un pájaro, y sólo se hizo un raspón en el culo;
cuando celebró sus primeras navidades robando una chuletita de
cordero de la encimera de la cocina en menos de un segundo, cuando mi
madre se dio cuenta ya se la estaba comiendo; cuando se pegaba a mis
piernas por encima de la manta todas las noches, acurrucándose en el
hueco de mis corvas para que le diera calor mientras dormíamos;
cuando me clavaba las uñitas en el brazo mientras amasaba y aun así
yo aguantaba porque me encantaba tenerla en brazos... Mi gatita, mi
niña, gracias a ti he aprendido a amar a los gatos y al resto de los
animales. Siempre serás mi primer amor.
domingo, 15 de septiembre de 2013
viernes, 30 de agosto de 2013
Mater amantisima
Aquí estoy de nuevo. Ya avisé que
podía ponerme un poco monotemática, dadas mis circunstancias
personales... Si no os apetece, no lo leáis, que lo entenderé
perfectamente. Pero cuando estás inmerso en algo que marca tanto tu
vida, no puedes evitar darle vueltas.
Voy al grano, que será mejor: hace no
mucho Carlos y yo vimos un documental en la 2 en el que precisamente
se entrevistaba a varias familias sobre su experiencia como padres.
No estaba mal y, como interesados en el asunto por razones obvias,
nos pareció interesante, pero para empezar tenía un sesgo bastante
marcado que a mi parecer no reflejaba lo que es la realidad de la
mayoría de las familias españolas: salvo tres casos (una pareja de
inmigrantes rumanos, una mujer que llevaba tiempo divorciada y otra
que directamente había tenido a su hijo estando soltera), el resto
eran familias bastante pijitas que lo pintaban todo de color de rosa:
que si era la experiencia más importante de sus vidas, que era
alucinante, que no lo cambiarían por nada, que sus hijos eran lo más
maravilloso del mundo mundial.... No digo que mintieran, pero cuando
dos de esas parejas admitieron que contaban con la inestimable ayuda
de señoras que llevaban toda la vida ocupándose de las tareas del
hogar y de cuidar a sus hijos mientras ellos trabajaban en
ocupaciones liberales y bien remuneradas, te cuadraba todo más.
Precisamente las únicas que admitían que a veces la maternidad les
había resultado muy dura eran las dos mujeres que no tenían pareja
(una de ellas era funcionaria y la otra también tenía un empleo
normal, no recuerdo cuál) y los rumanos directamente exponían su
situación, sin quejarse pero sin edulcorarla: su objetivo era
trabajar para ganar todo el dinero posible que les permitiera volver
a su país o al menos vivir en éste en unas condiciones dignas y
mientras se ocupaban de sus hijos lo mejor que podían.
Pero la intervención que más me llamó la atención fue la de una mujer que se podía incluir más en el bando “pijo”: si no recuerdo mal, se llama Inés París y es guionista y directora de cine. No conozco su trabajo, así que no sé si es mejor o peor ni tampoco viene al caso. Su situación era un poco diferente de la de las otras familias “pijas”: se había separado del padre de su hija y la había criado ella sola. Pero lo que más me impactó fue su actitud: reconocía que su maternidad no había sido algo planeado, que le había perjudicado laboralmente porque le pilló en un momento en que podía haberse lanzado a trabajos más ambiciosos de dirección y en cambio le hizo acomodarse a la escritura de guiones porque le ocupaba menos tiempo y era más fácil y compatible para ella con la crianza de su hija, y que en muchas ocasiones dicha crianza le había consumido un tiempo que habría preferido dedicar a otras cosas. Quería mucho a su hija, por supuesto, pero se desmarcaba del discurso imperante en el resto de familias: “entrega absoluta, amor absoluto, los hijos son lo mejor que te puede pasar”, etc. Admitía que cuando el médico le dijo que podía darle un biberón de vez en cuando a su hija (que entonces contaba con tres meses de edad), le enchufó un primer biberón, y un segundo, y un tercero, y el resto, porque tener que estar pendiente de darle el pecho le parecía algo que le restaba mucha autonomía. La verdad, dicha afirmación me pareció irresponsable en aquel momento, pero pensándolo luego, aunque yo no haría lo mismo que ella, agradecí su falta de hipocresía, y creo que puedo llegar a entenderla. Si yo, que he tenido a mi hijo por propia voluntad, siendo perfectamente consciente de la responsabilidad que adquiero con ello, dispuesta a aceptarla, y sin tener que renunciar a un trabajo por ello, porque en el momento en que me quedé embarazada estaba en paro y de todas formas mis perspectivas laborales, incluso sin hijos, ya son bastante penosas, así que tampoco me estoy perdiendo nada muy relevante, y además he tenido la suerte de que mi hijo en general es bastante bueno y me da la guerra justa que tiene que dar cualquier bebé, y de que su padre colabora en su crianza todo lo que puede, y hace mucho a pesar de que tiene que ausentarse de casa más de la mitad del día por la típica jornada laboral partida; aun con todo eso, digo, hay días que me encantaría que Eric tuviera un botón de on/off para poder apagarlo un ratito... Entonces, puedo comprender que haya muchas mujeres para las que la maternidad no sea lo mejor que les pueda pasar en la vida, sobre todo si no les ha llegado de forma voluntaria. En fin, que me estoy metiendo de abogada del diablo, porque personalmente no me puedo quejar, pero sé que hay muchas mujeres que no tienen la misma suerte que yo.
Pero la intervención que más me llamó la atención fue la de una mujer que se podía incluir más en el bando “pijo”: si no recuerdo mal, se llama Inés París y es guionista y directora de cine. No conozco su trabajo, así que no sé si es mejor o peor ni tampoco viene al caso. Su situación era un poco diferente de la de las otras familias “pijas”: se había separado del padre de su hija y la había criado ella sola. Pero lo que más me impactó fue su actitud: reconocía que su maternidad no había sido algo planeado, que le había perjudicado laboralmente porque le pilló en un momento en que podía haberse lanzado a trabajos más ambiciosos de dirección y en cambio le hizo acomodarse a la escritura de guiones porque le ocupaba menos tiempo y era más fácil y compatible para ella con la crianza de su hija, y que en muchas ocasiones dicha crianza le había consumido un tiempo que habría preferido dedicar a otras cosas. Quería mucho a su hija, por supuesto, pero se desmarcaba del discurso imperante en el resto de familias: “entrega absoluta, amor absoluto, los hijos son lo mejor que te puede pasar”, etc. Admitía que cuando el médico le dijo que podía darle un biberón de vez en cuando a su hija (que entonces contaba con tres meses de edad), le enchufó un primer biberón, y un segundo, y un tercero, y el resto, porque tener que estar pendiente de darle el pecho le parecía algo que le restaba mucha autonomía. La verdad, dicha afirmación me pareció irresponsable en aquel momento, pero pensándolo luego, aunque yo no haría lo mismo que ella, agradecí su falta de hipocresía, y creo que puedo llegar a entenderla. Si yo, que he tenido a mi hijo por propia voluntad, siendo perfectamente consciente de la responsabilidad que adquiero con ello, dispuesta a aceptarla, y sin tener que renunciar a un trabajo por ello, porque en el momento en que me quedé embarazada estaba en paro y de todas formas mis perspectivas laborales, incluso sin hijos, ya son bastante penosas, así que tampoco me estoy perdiendo nada muy relevante, y además he tenido la suerte de que mi hijo en general es bastante bueno y me da la guerra justa que tiene que dar cualquier bebé, y de que su padre colabora en su crianza todo lo que puede, y hace mucho a pesar de que tiene que ausentarse de casa más de la mitad del día por la típica jornada laboral partida; aun con todo eso, digo, hay días que me encantaría que Eric tuviera un botón de on/off para poder apagarlo un ratito... Entonces, puedo comprender que haya muchas mujeres para las que la maternidad no sea lo mejor que les pueda pasar en la vida, sobre todo si no les ha llegado de forma voluntaria. En fin, que me estoy metiendo de abogada del diablo, porque personalmente no me puedo quejar, pero sé que hay muchas mujeres que no tienen la misma suerte que yo.
Precisamente lo que contaba esta mujer
en el documental me hizo recordar cierto mensaje que hace tiempo
circulaba, primero como cadena de correo y más tarde como otro
mensajito más de Facebook. Me imagino que muchos de vosotros, al
menos de los que tenéis cuenta en Facebook, habréis acabado hartos
de ver fotos de niñas con síndrome de Down con un mensaje al pie
que reza “dale al like si piensas que es bella”, o de niños con
cáncer o alguna malformación grave y otro mensajito similar del
tipo “dale al like si piensas que es un campeón”, etc. Chantaje
emocional puro y duro que no le hace ningún favor a esos niños y a
ti te deja con mal cuerpo y ganas de fostiar al listillo que se las
da de guay a costa de explotar la sensiblería del personal creando
esos mensajes, haciéndote quedar como un desalmado si no le das al
“me gusta”. Ésta es la versión extrema, pero ya digo que hace
tiempo circulaban en cadenas de correo, y luego tuvieron una segunda
vida en el Facebook, otros mensajes más sutiles pero que pueden ser
también bastante perniciosos. El que recordé en concreto a raíz de
este programa sobre la experiencia de tener familia era uno en el que
se ensalzaba el papel de la madre: la que siempre te da su amor
incondicional, la que lo da todo sin esperar nada a cambio, la que
responde a las ofensas con una sonrisa, y un sinfín de cualidades
más a medio camino entre la superheroína con poderes paranormales
que le permitían hacer absolutamente cualquier cosa de forma
perfecta y el equivalente a la madre Teresa de Calcuta con un chute
de endorfinas por añadidura. Vamos, una santa de toda la vida. Por
supuesto, el mensaje culminaba con la sugerencia de que lo
compartieras si querías a tu madre.
Pues mira, quiero muchísimo a mi madre, efectivamente, pero no me da la gana de compartir ese mensaje. Primero, porque ya digo que me jode mucho ese tipo de chantaje. Y segundo, porque en el fondo, con la excusa de alabar las infinitas cualidades que por lo visto brotan de la nada cuando eres madre y te revisten de esos superpoderes, lo que venía a decir era que ser madre significa que tienes que entregarte a una vida de abnegación absoluta, que tus hijos no sólo son lo más importante sino prácticamente lo único en tu vida y que debes entregarte a esa tarea sin la más mínima duda o protesta y realizarla a la perfección, porque si no eres una mala madre. Vamos, que al final el mensaje desprendía un tufazo rancio, el que emana de una idea que todavía persiste con más fuerza de lo que nos creemos, y es que con las mujeres no puede haber medias tintas: o somos santas o somos putas. Y por ahí no paso. Adoro a mi hijo, sí, es lo más importante que me haya ocurrido nunca, de acuerdo, y daría mi vida por él si es necesario, pero no es lo único, ni mucho menos. Hay vida más allá de él, y aunque él sea mi prioridad (así estoy de monotemática :P), no quiero quedarme reducida para siempre a ser madre de. Que lo soy, y a mucha honra, pero antes de nada, soy persona. Como todas las mujeres, seamos madres o no.
Pues mira, quiero muchísimo a mi madre, efectivamente, pero no me da la gana de compartir ese mensaje. Primero, porque ya digo que me jode mucho ese tipo de chantaje. Y segundo, porque en el fondo, con la excusa de alabar las infinitas cualidades que por lo visto brotan de la nada cuando eres madre y te revisten de esos superpoderes, lo que venía a decir era que ser madre significa que tienes que entregarte a una vida de abnegación absoluta, que tus hijos no sólo son lo más importante sino prácticamente lo único en tu vida y que debes entregarte a esa tarea sin la más mínima duda o protesta y realizarla a la perfección, porque si no eres una mala madre. Vamos, que al final el mensaje desprendía un tufazo rancio, el que emana de una idea que todavía persiste con más fuerza de lo que nos creemos, y es que con las mujeres no puede haber medias tintas: o somos santas o somos putas. Y por ahí no paso. Adoro a mi hijo, sí, es lo más importante que me haya ocurrido nunca, de acuerdo, y daría mi vida por él si es necesario, pero no es lo único, ni mucho menos. Hay vida más allá de él, y aunque él sea mi prioridad (así estoy de monotemática :P), no quiero quedarme reducida para siempre a ser madre de. Que lo soy, y a mucha honra, pero antes de nada, soy persona. Como todas las mujeres, seamos madres o no.
miércoles, 17 de julio de 2013
Feminismo: el "conceto"
Supongo que a estas alturas ya os resultará un poco
cansino el tema, lo entiendo, pero me gustaría dar mi opinión, que para eso tengo el blog :P. Se ha hablado mucho de las polémicas
fotos de los sanfermines en las que se ve a chavalas más o menos
alegres y chuzas enseñando las tetas. Bueno, enseñarlas, poco,
porque están tapadas por docenas de manos de tíos igualmente chuzos
y doblemente entusiasmados que, en cuanto se suben las chicas la
camiseta, levantan sus brazos para sobar aunque sea un centímetro
cuadrado de mama. Que si era acoso sexual, que si sólo era una
consecuencia intrascendente del jolgorio, que qué perra habéis
cogido con los sanfermines porque los pamplonicas no tienen culpa de
esas barbaridades que hacen los que vienen de fuera, que a los tíos
también los meten mano las chicas... Parto de este caso concreto
porque me sirve de ejemplo, pero lo que voy a comentar se puede
aplicar a otras muchas situaciones.
El problema es complejo, desde luego, porque se
conjugan en él varias cuestiones. La primera es si las chicas se han
buscado que las magreen por enseñar las tetas. La cuestión en sí
ya tiene tela: volvemos al clásico “ellas se lo han buscado por
andar provocando”. Parece mentira que a estas alturas todavía nos
planteemos dudas sobre este tema. Aquí también se mezcla otro
asunto, el del exacerbamiento de las masas (porque, obviamente, un
tío solo no se atrevería a meterle mano a una chavala, so pena de
llevarse un guantazo, pero si lo hacen quince o veinte tíos a la
vez, a ver quién les chista), que también da para mucho, y
reconozco que en esas condiciones es difícil que un ser humano tenga
completo uso de su raciocinio, y más si va hasta arriba de kalimotxo
o cualquier otra sustancia embriagante. Pero aun así, el mero hecho
de plantearse que esos berracos tienen derecho a meterle mano a una
chavala porque ella se ha despelotado ya indica que algo mal. Salvo
que la chica expresamente lo solicite, nadie tiene derecho a meterle
mano si ella no lo ha pedido, por mucho que enseñe las tetas o
cualquier otra parte de su cuerpo. Y no “aunque” vaya borracha,
sino con más motivo si es así, porque es una canallada y una
mezquindad aprovecharse de alguien que tiene sus facultades mermadas.
![]() | |
| Al menos ella tuvo más vista con los hombres que su madre... |
A eso he leído a más de una persona y más de dos
responder que no pasa nada, porque al revés ocurre igual: también
hay chicas que meten mano a los chicos, incluso los acorralan y los
magrean contra su voluntad, especialmente a chicos con pinta de
deportista, a los que llegan a arrancar la camiseta para sobarle los
abdominales. Ah, qué bonito. Como ellos nos meten mano, nosotras
hacemos lo mismo, aunque a ellos no les apetezca. (Porque, por
supuesto, estoy hablando de casos en los que la persona sobada no
quiere que se le sobe: Baco me libre de ponerme en contra de las
orgías libremente consensuadas.) Aunque ahí creo que entra en juego
otro concepto tan erróneo y perjudicial para los hombres como para
las mujeres: que cualquier hombre, por el mero hecho de serlo, estará
encantado de la vida de dejarse avasallar y hasta violar por una
mujer, o mejor si son varias, sean atractivas o no, porque para eso
es un machote y tiene que demostrar en cualquier momento y
circunstancia que su hombría está a punto para ser desenfundada. A
lo mejor soy muy ignorante en ese tema, no dudo de que la
testosterona influye mucho en los hombres, y en general suelen ser
menos selectivos que nosotras, pero aun así me niego a creer que no
les importe que cualquier mujer les meta mano y que les apetezca
siempre y con cualquiera. Es lo que tienen los prejuicios: los padece
el que es víctima de ellos, pero también limitan y a la larga
perjudican a quien los aplica.
Pero, como digo, la cuestión principal me parece
que está en otro concepto mal entendido: la igualdad. Muchos de los
males achacados al feminismo vienen de esa confusión. Se ha
extendido la creencia de que el feminismo predica la igualdad entre
hombres y mujeres sin matices de ningún tipo, que en el fondo esa
igualdad consiste en que las mujeres hagan lo mismo que los hombres,
que cometan los mismos errores si es necesario. Así, si los tíos
nos meten mano aunque sea sin permiso, nosotras hacemos lo mismo con
ellos. Si mi chico me arrea un cate, en vez de mandarle a la mierda y
la próxima vez que quiera estar con otro buscarme uno que no arree
cates, yo le meto otro. Alucinante, ¿verdad? Pues más de un caso he
visto ya de esto último. Es algo que implica no sólo una concepción
equivocada de lo que es la igualdad, sino algo más profundo y que es
lo que realmente está en la base del problema: la falta de respeto
por los demás y, en último término, por uno mismo. Si respetas a
tu pareja, no la maltratas ni la desprecias. Si respetas a los seres
humanos del otro sexo (o del mismo, si eres gay; no conozco si hay
casos, pero me imagino que en todas partes se cocerán habas), no les
metes mano indiscriminadamente sin saber si lo desean o no. Si te
respetas a ti mismo, no les haces a los demás lo que no quieres que
te hagan a ti. Y para mí ésa es la base del auténtico feminismo:
el respeto. Que los hombres respeten a las mujeres para que éstas
puedan tener igualdad de derechos y de oportunidades, que no se les
exija ni más ni menos que a ellos en igualdad de condiciones, y, por
supuesto, las mujeres también deben respetar a los hombres; quien
demuestre no merecer ese respeto, debe sufrir las consecuencias
sociales y legales pertinentes, sea cual sea su sexo. Por eso me
considero feminista. Y por eso la próxima vez que oiga a alguna
idiota decir aquello de “yo no soy feminista, soy femenina”, le
diré “tú lo que eres es gilipollas”. Porque estoy hasta los
cojones de que se confundan el culo con las témporas. Ea.
jueves, 11 de julio de 2013
Tres
Tres años. Hoy cumplo tres años con Carlos, el que es el hombre de mi vida y el padre de mi hijo. También somos tres ahora en casa, con Eric. O cinco, contando a los gatos, que también son de la familia, pobretes.
Tres años. Si hace tres años y un día me dicen que hoy iba a estar escribiendo lo que acabo de escribir, les habría preguntado que qué habían fumado, que yo también quería porque tenía pinta de ser muy bueno. Qué cosas.
![]() |
| Son reales, lo juro. |
No es más que un número. Hace dos días estaba exactamente en la misma situación que ahora. Pero los humanos somos así, nos gusta marcar hitos, establecer símbolos, asignar un significado a lo arbitrario para dotarlo de sentido. Pero para los humanos pequeñitos, como para cualquier animal, eso no se aplica. Ahora mismo escribo esto al lado de mi hijo, mientras con un pie mezo su hamaca para que se eche un sueñecito, que le está costando, en plan mujer orquesta. Así es ahora mi vida, y es la razón por la que no he escrito nada desde hace algo más de tres (otra vez el número) meses: un bebé es lo más parecido que hay a un agujero negro en cuanto a poder de atracción. Todo (familia, amigos, actividades, necesidades) es arrastrado a su órbita sin remedio. Es ley de vida: el humano pequeñito tiene que crecer y llegar a adulto con éxito y para ello se dispondrán todos los medios necesarios. Pero por ahora, para él, tres años no significan nada, como tampoco tres minutos. Vive en un presente continuo, en el que en un momento está llorando porque la tos de su madre le ha asustado (estamos acatarrados, sí, mi tesssoro) y al siguiente se ha dormido gracias al balanceo de la hamaca.
![]() |
| A este paso, Eric tendrá más peluches que la prota de "Dentro del laberinto". |
En fin, poco a poco, iré haciendo mi vida, mientras me dedico a criar a mi humano pequeñito. En este momento, mientras escribo al mismo tiempo que mezo su hamaca, miro su preciosa carita perfecta y eso me compensa el esfuerzo de hacer de mujer orquesta. Perdonadme que me haya vuelto un poco monotemática. Es lo que tiene pasar las 24 horas del día con un humano pequeñito. Pero procuraré no descolgarme del todo por el horizonte de sucesos . Ya iré dando noticias por aquí de vez en cuando. Sed felices.
viernes, 1 de marzo de 2013
Immigrant Song
“Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.”
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.”
(Antonio Machado, A un olmo seco)
No es la primera vez que
cito estos versos. Ya lo hice hace tiempo en mi fotolog, aunque
entonces sólo esperaba que la primavera volviera. Ahora espero un
milagro auténtico, que nacerá casi al tiempo que esa primavera. Se
llamará Eric, como el Rojo, nombre que evoca sagas nacidas de la
nieve y el hielo, ese hielo al que Erik Thordvaldsson, Erik el Rojo,
consiguió vencer fundando las primeras colonias estables en
Groenlandia en el siglo X. Él venía de la dura y feroz Islandia de
hielo y de fuego, y se asentó con éxito en las costas de una tierra
más hospitalaria que ahora, una tierra verde (de ahí su nombre)
hasta que la Pequeña Edad de Hielo, cinco siglos después, la
reclamó de nuevo para las nieves perpetuas. Hijo de un exiliado,
padre de otro pionero, Leif Eriksson, que llegó a establecerse en
las costas de lo que hoy es Terranova y que él llamó Vinland porque
ese clima más suave evocaba tierras de vino dulce, aunque sus
colonias no prosperaron tanto tiempo como las de su padre.
Ojalá tenga mi hijo la audacia y la determinación de esos vikingos que hace mil años se aventuraron en pos de una prosperidad en la que no habían crecido. Le vendrá bien en estos tiempos en los que de nuevo el hielo y el fuego amenazan con arrasar las praderas primaverales que apenas habíamos vislumbrado. Ojalá cuente también con la fuerza de Thor, la astucia de Loki, la sabiduría de Odín, y suya sea la bondad de Balder, pero no su amargo final. A él le dedico esta entrada porque supongo que me tendrá bastante ocupada como para que no vuelva a escribir aquí durante una buena temporada :P. Para él es esta canción de Led Zeppelin, que ellos dedicaron a esos hombres del norte:
Ojalá tenga mi hijo la audacia y la determinación de esos vikingos que hace mil años se aventuraron en pos de una prosperidad en la que no habían crecido. Le vendrá bien en estos tiempos en los que de nuevo el hielo y el fuego amenazan con arrasar las praderas primaverales que apenas habíamos vislumbrado. Ojalá cuente también con la fuerza de Thor, la astucia de Loki, la sabiduría de Odín, y suya sea la bondad de Balder, pero no su amargo final. A él le dedico esta entrada porque supongo que me tendrá bastante ocupada como para que no vuelva a escribir aquí durante una buena temporada :P. Para él es esta canción de Led Zeppelin, que ellos dedicaron a esos hombres del norte:
Venimos de la tierra del hielo y la nieve,
desde el sol de medianoche donde brotan
las aguas termales.
El martillo de los dioses conducirá
nuestras naves a nuevas tierras,
para luchar contra la horda, cantando y
gritando: ¡Valhalla, estoy llegando!
Arrasamos con remos trilladores.
Nuestra única meta será la costa occidental.
Venimos de la tierra del hielo y la
nieve,
desde el sol de medianoche donde brotan
las aguas termales.
Cuán suavemente tus campos tan verdes
pueden susurrar cuentos de sangre,
de cómo calmamos las corrientes de
guerra. Somos tus jefes supremos.
Arrasamos con remos trilladores.
Nuestra única meta será la costa occidental.
Así que ahora será mejor que pares y
reconstruyas todas tus ruinas,
para que la paz y la confianza puedan
triunfar a pesar de todas tus derrotas.
miércoles, 27 de febrero de 2013
El sueño de los muertos
Ya amenazaba ayer con
otra reseña, y hoy cumplo mi promesa. Si ayer era sobre un libro de
poesía, esta vez es sobre un libro de fantasía, un género al que
estoy más acostumbrada a leer, como mucha gente, pero no por ello
sufre menos de un exceso de tópicos sobre sus características, al
igual que la poesía.
No abundaré mucho sobre
esos tópicos, la mayoría los conocemos de sobra (literatura apta
sólo para niños y adolescentes, escasa calidad literaria, abuso de
estereotipos, etc.). De todo hay, pero por suerte siempre ha habido
grandes autores que han demostrado la falsedad de esos mitos, y en
los últimos años, gracias al éxito de algunos de ellos, como
George R. R. Martin con su Canción de hielo y fuego o al de
Andrzej Sapkowski con la saga de Geralt de Rivia, el público lector
más generalista ha empezado a comprobar que la literatura fantástica
no sólo no tiene por qué ser un calco de Tolkien, sino que además
no tiene nada que envidiar en calidad a la literatura realista. Lo
que parecía más raro es que este género se cultivara en nuestro
país. Pero también en las últimas décadas este tópico se ha ido
desmintiendo, igual que otro que asegura que la fantasía interesa
más a los hombres. De modo que la novela que voy a comentar es una
rompetópicos, la mires por donde la mires: literatura fantástica de
calidad, escrita por una española. Toma ya.
Me refiero a El sueño
de los muertos, la nueva criatura de Virginia Pérez de la
Puente. No es su primera obra publicada; ya hace un par de años
sorprendió con su debut en Ediciones B, Öiyya: la elegida de la
muerte, una más que estimable ópera prima. Por supuesto,
Virginia no partía de cero, ya llevaba años fogueándose a base de
escribir relatos, fanfics, presentarse a concursos... Así que su
debut literario en la industria editorial no fue ningún farol. Pero
la experiencia es un grado, y se nota en esta segunda novela que
publica, nada menos que con Minotauro. Os copio la sinopsis que
aparece en la contracubierta, para que os hagáis una idea de su
argumento:
“En un reino al borde de la guerra, los destinos de un futuro rey y un esclavo que no se conocen parecen estar irremediablemente unidos.
El príncipe heredero de
Novana, Danekal, intenta averiguar quién está detrás del atentado
que casi le cuesta la vida a su padre en vísperas de la firma de un
tratado con la reina de un país vecino. Al mismo tiempo deberá
lidiar con los nobles que esperan la muerte del rey Tearate para
hacerse con la corona, una horda invasora y sus propios fantasmas
interiores.
Ajeno a ello, Kal, un
hombre esclavizado por su capacidad para encauzar una antigua magia
llamada Shah, pugna por liberarse de las cadenas que lo someten a la
mujer que obtiene de él su poder: su Melliza.
Pese a sus enormes
diferencias, el futuro rey y el esclavo descubrirán que existe entre
ellos una unión, y que es mucho más profunda de lo que ambos
suponen.”
En efecto, éste es el
principal hilo argumental de la historia. Pero hay más, mucho más:
multitud de personajes secundarios, tramas paralelas que al final
están más relacionadas entre sí de lo que parece... El
principio de la novela sirve para presentar estos personajes y
tramas, por lo que el ritmo es más pausado, aunque no por ello
aburrido, pues la información está bien dosificada y se alternan
esos personajes con sus respectivas tramas de forma que no se hace
pesado; pero una vez que arranca definitivamente la acción, el ritmo
se vuelve imparable gracias a giros argumentales que te incapacitan
para soltar el libro hasta que no has leído por lo menos unos
capítulos más. Venga, por lo menos hasta saber qué pasa con este
personaje. Bueno, espera, un poco más, que ahora aparece este otro,
a ver qué pasa. Y así te encuentras con que te has leído ciento y
pico páginas del tirón sin darte cuenta, como me pasó a mí.
Hacía tiempo que no me enganchaba así con una novela, en serio.
Gran parte de ese mérito lo tiene la propia historia, que ya es
suficientemente atractiva por sí sola. Pero no hay que despreciar en
absoluto la parte que corresponde al estilo de Virginia, muy depurado
pero sin caer en la pedantería; al contrario, hay diálogos, a veces
desternillantes, en los que los personajes no se cortan un pelo si
tienen que soltar una vulgaridad, lo que no significa que lo hagan de
forma gratuita para llamar la atención: se expresan de forma
natural, adecuada en cada caso a las características y a la
situación del personaje. Esa naturalidad dota de una gran agilidad a
los diálogos y al mismo tiempo define a los personajes sin necesidad
de añadir acotaciones que lastren el ritmo. Las descripciones son
breves y precisas, y se nota que están bien documentadas. Se percibe
un trasfondo muy elaborado: no en vano esta novela se puede
considerar parte de una trilogía que, si bien no es continuidad de
la anterior, Öiyya, pues no sigue su trama ni, salvo en un
caso, cuenta con los mismos personajes, por lo que se puede leer de
manera independiente, sí está ambientada en el mismo mundo, el
continente de Ridia, que se está revelando mucho más amplio y
variado de lo que aparentaba en un principio. Así, se nos presenta
una variedad de naciones y pueblos con sus respectivas historias y
culturas que a mí personalmente me parecen bastante atractivas.
Si bien ésta es una de
las principales bazas de la novela, hay un caso en el que me da la
impresión de que juega en contra suya, en lo que supone tal vez el
único reproche que le puedo hacer: me refiero a una de las tramas
secundarias, la de los berenitas, una secta dirigida con puño de
hierro (y tal vez con martillo de Thor :P; cuando leáis la novela
comprenderéis a qué me refiero) por Vantar, todo un ejemplo de lo
que un líder fanático es capaz de conseguir cuando se empeña en
destruir a los enemigos de la fe y tiene los medios y los seguidores
necesarios a su alcance. La trama en sí es interesante, está bien
llevada y establece un contrapunto interesante con otras subtramas,
especialmente con todo lo relacionado con el mundo de las shalhias y
los shalhed (esto es, los Mellizos). Pero, aunque está relacionada
con la trama principal (y, como se descubre al final, de una manera
más directa de lo que se sospecha en un principio), durante casi
toda la novela me dio la impresión de que transcurría un poco
descolgada del resto, como si no fuera imprescindible para que la
trama principal no cojeara. Pero, por otra parte, ya digo que es una
trama interesante en sí, y me da la impresión de que en el futuro
puede tener una continuación en la siguiente novela de la trilogía
(aunque ya digo que cada novela es independiente en cuanto a su
argumento), así que tal vez sería mejor esperar a que se publique
esa siguiente novela para poder valorarla en su conjunto.
En cualquier caso, no me
impidió en absoluto disfrutar de la novela, al contrario. Para
resumir, destacaré lo que más me ha gustado: historia muy
interesante y con un punto onírico bastante original; tramas que
enganchan; personajes variados, atractivos y algunos muy carismáticos
(ojo, por cierto, con encariñarse con ellos... y no digo más :P);
estilo cuidado al tiempo que ágil de leer... Ingredientes más que
suficientes para gozar de su lectura. Os la recomiendo, sin duda.
martes, 26 de febrero de 2013
Poesía eres tú
Ya advertí en su momento
que no soy buena reseñista. Como filóloga, se supone que es algo
que no debería costarme mucho esfuerzo, ya que en teoría adquirí
mientras estudiaba las herramientas necesarias para analizar un
texto. Pero es que no soy buena analizando en general, para qué lo
voy a negar XD. Funciono mucho más por intuición, de modo que,
modestamente, creo que no tengo demasiado mal gusto para reconocer la
calidad, pero no atino a explicar por qué. Tal vez no debería
preoocuparme por eso; el análisis literario es útil, por supuesto,
para entender los mecanismos de la producción de una obra de arte,
pero en última instancia no determina qué es lo que hace que un
escrito tenga esa calidad de obra de arte. Si no, el arte no sería
arte sino mecánica.
Es curioso, cuando
estudiaba COU realicé entonces un trabajo sobre un poema de Vicente
Aleixandre que me reportó alabanzas por parte de un par de
profesoras. Debe de ser la única vez que he hecho un análisis
profundo y bien argumentado de una obra literaria. Por supuesto,
tenía fresco lo que habíamos estudiado sobre la poesía de
Aleixandre, y encima había descubierto que sus poemas me gustaban;
ayudaba el comprender mejor sus imágenes gracias a lo que me habían
explicado en clase acerca de sus claves personales de escritura, pero
también de por sí esas imágenes me resultaban muy evocadoras.
Además, está el hecho de que Aleixandre es uno de los mejores
poetas en lengua castellana :P. El caso es que cuando nos tocaba
estudiar poesía, me solía gustar lo que leíamos, pero luego no
tomé la costumbre de leer poesía por mi cuenta. Supongo que sobre
todo porque parece más fácil leer narrativa que poesía, para la
cual da la impresión de que necesitas más concentración. Se me
hace raro leer poesía en el metro, por ejemplo, aunque creo que es
más prejuicio que otra cosa.
Total, que por comodidad y también porque me gustan mucho las novelas y tampoco me sobra tiempo para leer todo lo que me apetezca, no leo apenas poesía. Pero no porque no me guste ni porque piense que es tiempo perdido. Hay gente que no le gusta la poesía; no me voy a meter en gustos, aunque no se puede negar que hay mucho prejuicio contra la poesía por culpa de la extendida creencia de que es una cursilada. Por desgracia, muchos malos poetas de foulard (os aconsejo, por cierto, que busquéis una noticia de El Mundo Today sobre un poeta que tuvo que ser rescatado hace poco por los bomberos de la presa de su propio foulard en el que se había enredado, es descacharrante XD) han contribuido a esa mala imagen. Pero a poco que uno lea poesía se da cuenta de que no sólo hay una gran variedad de estilos, sino que, sobre todo, la poesía realmente buena no tiene nada de cursi.
Total, que por comodidad y también porque me gustan mucho las novelas y tampoco me sobra tiempo para leer todo lo que me apetezca, no leo apenas poesía. Pero no porque no me guste ni porque piense que es tiempo perdido. Hay gente que no le gusta la poesía; no me voy a meter en gustos, aunque no se puede negar que hay mucho prejuicio contra la poesía por culpa de la extendida creencia de que es una cursilada. Por desgracia, muchos malos poetas de foulard (os aconsejo, por cierto, que busquéis una noticia de El Mundo Today sobre un poeta que tuvo que ser rescatado hace poco por los bomberos de la presa de su propio foulard en el que se había enredado, es descacharrante XD) han contribuido a esa mala imagen. Pero a poco que uno lea poesía se da cuenta de que no sólo hay una gran variedad de estilos, sino que, sobre todo, la poesía realmente buena no tiene nada de cursi.
Por otro lado, mucha
gente que no lee nunca poesía, sobre todo en el caso de la poesía
contemporánea, alega que “no la entiende”, y por eso no la lee,
porque, ¿para qué? Yo les diría que tampoco entiendo muchas veces
exactamente qué quiere decir el poeta por culpa de esa falta de
capacidad para el análisis que me aqueja, pero que en realidad eso
no importa, porque no se trata de comprender racionalmente, sino de
sentir. Y hay poemas que, cuando los leo, siento lo que dicen como
algo con lo que me puedo identificar. De una forma irracional e
intuitiva sé lo que quieren decir los poetas, o al menos lo asumo
como algo propio. Ni siquiera sé si realmente pensaban expresar lo
que yo he entendido, es muy posible que no sea así en muchos casos.
Pero consiguen tocar algo dentro de mí, y eso es lo que cuenta. Así
me ha ocurrido con la obra poética de alguien que conocí por
casualidad en este volátil y azaroso mundo de Internet, y que me ha
hecho volver a leer poesía. Hablo de Fernando López Guisado, cuyo
último poemario publicado, La letra perdida, está a mi lado
en este mismo instante, firmado por el propio autor. Lo leí hace
poco en medio de una madrugada insomne; sería muy tópico decir que
era el momento más adecuado, pero la verdad es que lo disfruté. En
parte, porque compartimos claves generacionales que me hacen
identificarme especialmente con sus poemas, con sus mínimas (sólo
por extensión) historias de fracaso y redención, de amor y de
muerte, de rutina cotidiana trascendida por una imaginación sin
límite. Pero creo que cualquiera puede disfrutar de su lectura.
Fernando es el perfecto ejemplo de poesía viva, certera, en las
antípodas de la cursilería y que no sólo no se evade de la
realidad sino que se hunde en ella y la analiza de una manera tan
acertada, como un forense que diseccionara un cadáver putrefacto,
que se pringa en su suciedad hasta darle la vuelta y extraer belleza
de la podredumbre. Hay veces que una imagen suya te fascina porque te
repele, como un cuadro de Francis Bacon; otras en que sientes el
latido del horror cósmico que a todos nos ha podido asaltar alguna
vez en esa hora perdida de la noche en la que todo duerme y sin
embargo sabes que la bestia debajo de la cama sigue allí agazapada
al cabo de los años, que nunca se fue aunque te aseguraran que
cuando tú crecieras desaparecería. En otras sientes el desgarro del
amor que lucha contra la muerte porque, aunque sepa que acabará
perdiendo la guerra, tiene que luchar batalla a batalla porque no se
puede hacer otra cosa. Y algunas veces sonríes con la boca sesgada,
y hasta te ríes a carcajadas de una paradoja que tú también has
vivido y que ridiculiza con la precisión del bisturí del forense.
Para que os hagáis una idea, y con el permiso de Fernando, reproduzco dos
fragmentos de dos poemas que me han gustado especialmente:
“(...) Quiero que me mates cuando
llegue el día en que no pueda
verte como entonces: con tu alma
haciéndome todavía huir
de la locura afilada que rezuma
enfermando los corazones
y provocando la náusea. No quiero ser
un cangrejo incapaz
de llevar la boca a la cuchara (y me
conformo sólo con llevarla),
de recordar un poema, o el nombre de mi
abuelo, o la prueba
que me hicieron una semana antes para
prorrogar la función.
No quiero gemir aparcado en un tiesto,
ni volver a los pañales,
gritarle a cualquiera creyendo que
quiere hacerme daño
(me hará daño) o que un familiar sea
un extraño en el umbral.
Mátame, pero recuérdame que el
paraíso está en ese coche, justo antes de casarnos (…).
Mátame mientras suena aquella
cancion.”
“Quiero confesar que soy una mala
persona. Soy el Rey de Amarillo.
Soy tu envidia, tu pecado de lujuria
insana que no permitiría un dios
por muy indecente que fuera en sus
premisas de libertad. Soy tú. (…)
Soy el Rey de Amarillo y quiero más:
probar el tacto de una espada hundida
hasta el puño en una tripa, usar
diez veces más papel higiénico del
necesario y abandonar la comida
en cualquier mesa procurando que quede
todo lo más sucio posible. (…) Mear sobre
el rostro sollozante de la hipocresía
de los que se dicen malditos.
Soy el corazón roto, el filo del
cuchillo, la sangre y el rencor
almacenados en un tarro de kéfir en el
fondo de la nevera. Quiero
confesar que son una mala persona
aunque intento superarme.
Soy el Rey de Amarillo. Soy tu
humanidad y he venido a quedarme.”
Podéis también echar un
vistazo a su blog, Buenas Noches Nueva Orleans, que ya he citado más de una vez y
en el que incluye tanto poemas de este poemario y de otros que ha
publicado anteriormente o aún no publicados, como entradas tan oníricas como lúcidas
sobre todo tipo de temas. En cualquier caso, leed poesía. De
Fernando, de quien queráis, pero leed y maravillaos.
PD: En cuanto pueda, sufriréis otra reseña, aunque se me dé fatal :P, en este caso de la última novela que he leído, El sueño de los muertos.
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