viernes, 30 de agosto de 2013

Mater amantisima

Aquí estoy de nuevo. Ya avisé que podía ponerme un poco monotemática, dadas mis circunstancias personales... Si no os apetece, no lo leáis, que lo entenderé perfectamente. Pero cuando estás inmerso en algo que marca tanto tu vida, no puedes evitar darle vueltas.

Voy al grano, que será mejor: hace no mucho Carlos y yo vimos un documental en la 2 en el que precisamente se entrevistaba a varias familias sobre su experiencia como padres. No estaba mal y, como interesados en el asunto por razones obvias, nos pareció interesante, pero para empezar tenía un sesgo bastante marcado que a mi parecer no reflejaba lo que es la realidad de la mayoría de las familias españolas: salvo tres casos (una pareja de inmigrantes rumanos, una mujer que llevaba tiempo divorciada y otra que directamente había tenido a su hijo estando soltera), el resto eran familias bastante pijitas que lo pintaban todo de color de rosa: que si era la experiencia más importante de sus vidas, que era alucinante, que no lo cambiarían por nada, que sus hijos eran lo más maravilloso del mundo mundial.... No digo que mintieran, pero cuando dos de esas parejas admitieron que contaban con la inestimable ayuda de señoras que llevaban toda la vida ocupándose de las tareas del hogar y de cuidar a sus hijos mientras ellos trabajaban en ocupaciones liberales y bien remuneradas, te cuadraba todo más. Precisamente las únicas que admitían que a veces la maternidad les había resultado muy dura eran las dos mujeres que no tenían pareja (una de ellas era funcionaria y la otra también tenía un empleo  normal, no recuerdo cuál) y los rumanos directamente exponían su situación, sin quejarse pero sin edulcorarla: su objetivo era trabajar para ganar todo el dinero posible que les permitiera volver a su país o al menos vivir en éste en unas condiciones dignas y mientras se ocupaban de sus hijos lo mejor que podían.

Pero la intervención que más me llamó la atención fue la de una mujer que se podía incluir más en el bando “pijo”: si no recuerdo mal, se llama Inés París y es guionista y directora de cine. No conozco su trabajo, así que no sé si es mejor o peor ni tampoco viene al caso. Su situación era un poco diferente de la de las otras familias “pijas”: se había separado del padre de su hija y la había criado ella sola. Pero lo que más me impactó fue su actitud: reconocía que su maternidad no había sido algo planeado, que le había perjudicado laboralmente porque le pilló en un momento en que podía haberse lanzado a trabajos más ambiciosos de dirección y en cambio le hizo acomodarse a la escritura de guiones porque le ocupaba menos tiempo y era más fácil y compatible para ella con la crianza de su hija, y que en muchas ocasiones dicha crianza le había consumido un tiempo que habría preferido dedicar a otras cosas. Quería mucho a su hija, por supuesto, pero se desmarcaba del discurso imperante en el resto de familias: “entrega absoluta, amor absoluto, los hijos son lo mejor que te puede pasar”, etc. Admitía que cuando el médico le dijo que podía darle un biberón de vez en cuando a su hija (que entonces contaba con tres meses de edad), le enchufó un primer biberón, y un segundo, y un tercero, y el resto, porque tener que estar pendiente de darle el pecho le parecía algo que le restaba mucha autonomía. La verdad, dicha afirmación me pareció irresponsable en aquel momento, pero pensándolo luego, aunque yo no haría lo mismo que ella, agradecí su falta de hipocresía, y creo que puedo llegar a entenderla. Si yo, que he tenido a mi hijo por propia voluntad, siendo perfectamente consciente de la responsabilidad que adquiero con ello, dispuesta a aceptarla, y sin tener que renunciar a un trabajo por ello, porque en el momento en que me quedé embarazada estaba en paro y de todas formas mis perspectivas laborales, incluso sin hijos, ya son bastante penosas, así que tampoco me estoy perdiendo nada muy relevante, y además he tenido la suerte de que mi hijo en general es bastante bueno y me da la guerra justa que tiene que dar cualquier bebé, y de que su padre colabora en su crianza todo lo que puede, y hace mucho a pesar de que tiene que ausentarse de casa más de la mitad del día por la típica jornada laboral partida; aun con todo eso, digo, hay días que me encantaría que Eric tuviera un botón de on/off para poder apagarlo un ratito... Entonces, puedo comprender que haya muchas mujeres para las que la maternidad no sea lo mejor que les pueda pasar en la vida, sobre todo si no les ha llegado de forma voluntaria. En fin, que me estoy metiendo de abogada del diablo, porque personalmente no me puedo quejar, pero sé que hay muchas mujeres que no tienen la misma suerte que yo.

Precisamente lo que contaba esta mujer en el documental me hizo recordar cierto mensaje que hace tiempo circulaba, primero como cadena de correo y más tarde como otro mensajito más de Facebook. Me imagino que muchos de vosotros, al menos de los que tenéis cuenta en Facebook, habréis acabado hartos de ver fotos de niñas con síndrome de Down con un mensaje al pie que reza “dale al like si piensas que es bella”, o de niños con cáncer o alguna malformación grave y otro mensajito similar del tipo “dale al like si piensas que es un campeón”, etc. Chantaje emocional puro y duro que no le hace ningún favor a esos niños y a ti te deja con mal cuerpo y ganas de fostiar al listillo que se las da de guay a costa de explotar la sensiblería del personal creando esos mensajes, haciéndote quedar como un desalmado si no le das al “me gusta”. Ésta es la versión extrema, pero ya digo que hace tiempo circulaban en cadenas de correo, y luego tuvieron una segunda vida en el Facebook, otros mensajes más sutiles pero que pueden ser también bastante perniciosos. El que recordé en concreto a raíz de este programa sobre la experiencia de tener familia era uno en el que se ensalzaba el papel de la madre: la que siempre te da su amor incondicional, la que lo da todo sin esperar nada a cambio, la que responde a las ofensas con una sonrisa, y un sinfín de cualidades más a medio camino entre la superheroína con poderes paranormales que le permitían hacer absolutamente cualquier cosa de forma perfecta y el equivalente a la madre Teresa de Calcuta con un chute de endorfinas por añadidura. Vamos, una santa de toda la vida. Por supuesto, el mensaje culminaba con la sugerencia de que lo compartieras si querías a tu madre.

Pues mira, quiero muchísimo a mi madre, efectivamente, pero no me da la gana de compartir ese mensaje. Primero, porque ya digo que me jode mucho ese tipo de chantaje. Y segundo, porque en el fondo, con la excusa de alabar las infinitas cualidades que por lo visto brotan de la nada cuando eres madre y te revisten de esos superpoderes, lo que venía a decir era que ser madre significa que tienes que entregarte a una vida de abnegación absoluta, que tus hijos no sólo son lo más importante sino prácticamente lo único en tu vida y que debes entregarte a esa tarea sin la más mínima duda o protesta y realizarla a la perfección, porque si no eres una mala madre. Vamos, que al final el mensaje desprendía un tufazo rancio, el que emana de una idea que todavía persiste con más fuerza de lo que nos creemos, y es que con las mujeres no puede haber medias tintas: o somos santas o somos putas. Y por ahí no paso. Adoro a mi hijo, sí, es lo más importante que me haya ocurrido nunca, de acuerdo, y daría mi vida por él si es necesario, pero no es lo único, ni mucho menos. Hay vida más allá de él, y aunque él sea mi prioridad (así estoy de monotemática :P), no quiero quedarme reducida para siempre a ser madre de. Que lo soy, y a mucha honra, pero antes de nada, soy persona. Como todas las mujeres, seamos madres o no.

miércoles, 17 de julio de 2013

Feminismo: el "conceto"

Supongo que a estas alturas ya os resultará un poco cansino el tema, lo entiendo, pero me gustaría dar mi opinión, que para eso tengo el blog :P. Se ha hablado mucho de las polémicas fotos de los sanfermines en las que se ve a chavalas más o menos alegres y chuzas enseñando las tetas. Bueno, enseñarlas, poco, porque están tapadas por docenas de manos de tíos igualmente chuzos y doblemente entusiasmados que, en cuanto se suben las chicas la camiseta, levantan sus brazos para sobar aunque sea un centímetro cuadrado de mama. Que si era acoso sexual, que si sólo era una consecuencia intrascendente del jolgorio, que qué perra habéis cogido con los sanfermines porque los pamplonicas no tienen culpa de esas barbaridades que hacen los que vienen de fuera, que a los tíos también los meten mano las chicas... Parto de este caso concreto porque me sirve de ejemplo, pero lo que voy a comentar se puede aplicar a otras muchas situaciones.


El problema es complejo, desde luego, porque se conjugan en él varias cuestiones. La primera es si las chicas se han buscado que las magreen por enseñar las tetas. La cuestión en sí ya tiene tela: volvemos al clásico “ellas se lo han buscado por andar provocando”. Parece mentira que a estas alturas todavía nos planteemos dudas sobre este tema. Aquí también se mezcla otro asunto, el del exacerbamiento de las masas (porque, obviamente, un tío solo no se atrevería a meterle mano a una chavala, so pena de llevarse un guantazo, pero si lo hacen quince o veinte tíos a la vez, a ver quién les chista), que también da para mucho, y reconozco que en esas condiciones es difícil que un ser humano tenga completo uso de su raciocinio, y más si va hasta arriba de kalimotxo o cualquier otra sustancia embriagante. Pero aun así, el mero hecho de plantearse que esos berracos tienen derecho a meterle mano a una chavala porque ella se ha despelotado ya indica que algo mal. Salvo que la chica expresamente lo solicite, nadie tiene derecho a meterle mano si ella no lo ha pedido, por mucho que enseñe las tetas o cualquier otra parte de su cuerpo. Y no “aunque” vaya borracha, sino con más motivo si es así, porque es una canallada y una mezquindad aprovecharse de alguien que tiene sus facultades mermadas.


Al menos ella tuvo más vista con los hombres que su madre...
A eso he leído a más de una persona y más de dos responder que no pasa nada, porque al revés ocurre igual: también hay chicas que meten mano a los chicos, incluso los acorralan y los magrean contra su voluntad, especialmente a chicos con pinta de deportista, a los que llegan a arrancar la camiseta para sobarle los abdominales. Ah, qué bonito. Como ellos nos meten mano, nosotras hacemos lo mismo, aunque a ellos no les apetezca. (Porque, por supuesto, estoy hablando de casos en los que la persona sobada no quiere que se le sobe: Baco me libre de ponerme en contra de las orgías libremente consensuadas.) Aunque ahí creo que entra en juego otro concepto tan erróneo y perjudicial para los hombres como para las mujeres: que cualquier hombre, por el mero hecho de serlo, estará encantado de la vida de dejarse avasallar y hasta violar por una mujer, o mejor si son varias, sean atractivas o no, porque para eso es un machote y tiene que demostrar en cualquier momento y circunstancia que su hombría está a punto para ser desenfundada. A lo mejor soy muy ignorante en ese tema, no dudo de que la testosterona influye mucho en los hombres, y en general suelen ser menos selectivos que nosotras, pero aun así me niego a creer que no les importe que cualquier mujer les meta mano y que les apetezca siempre y con cualquiera. Es lo que tienen los prejuicios: los padece el que es víctima de ellos, pero también limitan y a la larga perjudican a quien los aplica.


Pero, como digo, la cuestión principal me parece que está en otro concepto mal entendido: la igualdad. Muchos de los males achacados al feminismo vienen de esa confusión. Se ha extendido la creencia de que el feminismo predica la igualdad entre hombres y mujeres sin matices de ningún tipo, que en el fondo esa igualdad consiste en que las mujeres hagan lo mismo que los hombres, que cometan los mismos errores si es necesario. Así, si los tíos nos meten mano aunque sea sin permiso, nosotras hacemos lo mismo con ellos. Si mi chico me arrea un cate, en vez de mandarle a la mierda y la próxima vez que quiera estar con otro buscarme uno que no arree cates, yo le meto otro. Alucinante, ¿verdad? Pues más de un caso he visto ya de esto último. Es algo que implica no sólo una concepción equivocada de lo que es la igualdad, sino algo más profundo y que es lo que realmente está en la base del problema: la falta de respeto por los demás y, en último término, por uno mismo. Si respetas a tu pareja, no la maltratas ni la desprecias. Si respetas a los seres humanos del otro sexo (o del mismo, si eres gay; no conozco si hay casos, pero me imagino que en todas partes se cocerán habas), no les metes mano indiscriminadamente sin saber si lo desean o no. Si te respetas a ti mismo, no les haces a los demás lo que no quieres que te hagan a ti. Y para mí ésa es la base del auténtico feminismo: el respeto. Que los hombres respeten a las mujeres para que éstas puedan tener igualdad de derechos y de oportunidades, que no se les exija ni más ni menos que a ellos en igualdad de condiciones, y, por supuesto, las mujeres también deben respetar a los hombres; quien demuestre no merecer ese respeto, debe sufrir las consecuencias sociales y legales pertinentes, sea cual sea su sexo. Por eso me considero feminista. Y por eso la próxima vez que oiga a alguna idiota decir aquello de “yo no soy feminista, soy femenina”, le diré “tú lo que eres es gilipollas”. Porque estoy hasta los cojones de que se confundan el culo con las témporas. Ea.

jueves, 11 de julio de 2013

Tres

Tres años. Hoy cumplo tres años con Carlos, el que es el hombre de mi vida y el padre de mi hijo. También somos tres ahora en casa, con Eric. O cinco, contando a los gatos, que también son de la familia, pobretes. 

Tres años. Si hace tres años y un día me dicen que hoy iba a estar escribiendo lo que acabo de escribir, les habría preguntado que qué habían fumado, que yo también quería porque tenía pinta de ser muy bueno. Qué cosas.

Son reales, lo juro.

No es más que un número. Hace dos días estaba exactamente en la misma situación que ahora. Pero los humanos somos así, nos gusta marcar hitos, establecer símbolos, asignar un significado a lo arbitrario para dotarlo de sentido. Pero para los humanos pequeñitos, como para cualquier animal, eso no se aplica. Ahora mismo escribo esto al lado de mi hijo, mientras con un pie mezo su hamaca para que se eche un sueñecito, que le está costando, en plan mujer orquesta. Así es ahora mi vida, y es la razón por la que no he escrito nada desde hace algo más de tres (otra vez el número) meses: un bebé es lo más parecido que hay a un agujero negro en cuanto a poder de atracción. Todo (familia, amigos, actividades, necesidades) es arrastrado a su órbita sin remedio. Es ley de vida: el humano pequeñito tiene que crecer y llegar a adulto con éxito y para ello se dispondrán todos los medios necesarios. Pero por ahora, para él, tres años no significan nada, como tampoco tres minutos. Vive en un presente continuo, en el que en un momento está llorando porque la tos de su madre le ha asustado (estamos acatarrados, sí, mi tesssoro) y al siguiente se ha dormido gracias al balanceo de la hamaca.

A este paso, Eric tendrá más peluches que la prota de "Dentro del laberinto".
En fin, poco a poco, iré haciendo mi vida, mientras me dedico a criar a mi humano pequeñito.  En este momento, mientras escribo al mismo tiempo que mezo su hamaca, miro su preciosa carita perfecta y eso me compensa el esfuerzo de hacer de mujer orquesta. Perdonadme que me haya vuelto un poco monotemática. Es lo que tiene pasar las 24 horas del día con un humano pequeñito. Pero procuraré no descolgarme del todo por el horizonte de sucesos . Ya iré dando noticias por aquí de vez en cuando. Sed felices.


viernes, 1 de marzo de 2013

Immigrant Song


“Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.”

(Antonio Machado, A un olmo seco)



No es la primera vez que cito estos versos. Ya lo hice hace tiempo en mi fotolog, aunque entonces sólo esperaba que la primavera volviera. Ahora espero un milagro auténtico, que nacerá casi al tiempo que esa primavera. Se llamará Eric, como el Rojo, nombre que evoca sagas nacidas de la nieve y el hielo, ese hielo al que Erik Thordvaldsson, Erik el Rojo, consiguió vencer fundando las primeras colonias estables en Groenlandia en el siglo X. Él venía de la dura y feroz Islandia de hielo y de fuego, y se asentó con éxito en las costas de una tierra más hospitalaria que ahora, una tierra verde (de ahí su nombre) hasta que la Pequeña Edad de Hielo, cinco siglos después, la reclamó de nuevo para las nieves perpetuas. Hijo de un exiliado, padre de otro pionero, Leif Eriksson, que llegó a establecerse en las costas de lo que hoy es Terranova y que él llamó Vinland porque ese clima más suave evocaba tierras de vino dulce, aunque sus colonias no prosperaron tanto tiempo como las de su padre.

Ojalá tenga mi hijo la audacia y la determinación de esos vikingos que hace mil años se aventuraron en pos de una prosperidad en la que no habían crecido. Le vendrá bien en estos tiempos en los que de nuevo el hielo y el fuego amenazan con arrasar las praderas primaverales que apenas habíamos vislumbrado. Ojalá cuente también con la fuerza de Thor, la astucia de Loki, la sabiduría de Odín, y suya sea la bondad de Balder, pero no su amargo final. A él le dedico esta entrada porque supongo que me tendrá bastante ocupada como para que no vuelva a escribir aquí durante una buena temporada :P. Para él es esta canción de Led Zeppelin, que ellos dedicaron a esos hombres del norte:


Venimos de la tierra del hielo y la nieve,

desde el sol de medianoche donde brotan las aguas termales.

El martillo de los dioses conducirá nuestras naves a nuevas tierras,

para luchar contra la horda, cantando y gritando: ¡Valhalla, estoy llegando!



Arrasamos con remos trilladores. Nuestra única meta será la costa occidental.



Venimos de la tierra del hielo y la nieve,

desde el sol de medianoche donde brotan las aguas termales.

Cuán suavemente tus campos tan verdes pueden susurrar cuentos de sangre,

de cómo calmamos las corrientes de guerra. Somos tus jefes supremos.



Arrasamos con remos trilladores. Nuestra única meta será la costa occidental.



Así que ahora será mejor que pares y reconstruyas todas tus ruinas,

para que la paz y la confianza puedan triunfar a pesar de todas tus derrotas.





miércoles, 27 de febrero de 2013

El sueño de los muertos


Ya amenazaba ayer con otra reseña, y hoy cumplo mi promesa. Si ayer era sobre un libro de poesía, esta vez es sobre un libro de fantasía, un género al que estoy más acostumbrada a leer, como mucha gente, pero no por ello sufre menos de un exceso de tópicos sobre sus características, al igual que la poesía.

No abundaré mucho sobre esos tópicos, la mayoría los conocemos de sobra (literatura apta sólo para niños y adolescentes, escasa calidad literaria, abuso de estereotipos, etc.). De todo hay, pero por suerte siempre ha habido grandes autores que han demostrado la falsedad de esos mitos, y en los últimos años, gracias al éxito de algunos de ellos, como George R. R. Martin con su Canción de hielo y fuego o al de Andrzej Sapkowski con la saga de Geralt de Rivia, el público lector más generalista ha empezado a comprobar que la literatura fantástica no sólo no tiene por qué ser un calco de Tolkien, sino que además no tiene nada que envidiar en calidad a la literatura realista. Lo que parecía más raro es que este género se cultivara en nuestro país. Pero también en las últimas décadas este tópico se ha ido desmintiendo, igual que otro que asegura que la fantasía interesa más a los hombres. De modo que la novela que voy a comentar es una rompetópicos, la mires por donde la mires: literatura fantástica de calidad, escrita por una española. Toma ya.

Me refiero a El sueño de los muertos, la nueva criatura de Virginia Pérez de la Puente. No es su primera obra publicada; ya hace un par de años sorprendió con su debut en Ediciones B, Öiyya: la elegida de la muerte, una más que estimable ópera prima. Por supuesto, Virginia no partía de cero, ya llevaba años fogueándose a base de escribir relatos, fanfics, presentarse a concursos... Así que su debut literario en la industria editorial no fue ningún farol. Pero la experiencia es un grado, y se nota en esta segunda novela que publica, nada menos que con Minotauro. Os copio la sinopsis que aparece en la contracubierta, para que os hagáis una idea de su argumento:


“En un reino al borde de la guerra, los destinos de un futuro rey y un esclavo que no se conocen parecen estar irremediablemente unidos.

El príncipe heredero de Novana, Danekal, intenta averiguar quién está detrás del atentado que casi le cuesta la vida a su padre en vísperas de la firma de un tratado con la reina de un país vecino. Al mismo tiempo deberá lidiar con los nobles que esperan la muerte del rey Tearate para hacerse con la corona, una horda invasora y sus propios fantasmas interiores.

Ajeno a ello, Kal, un hombre esclavizado por su capacidad para encauzar una antigua magia llamada Shah, pugna por liberarse de las cadenas que lo someten a la mujer que obtiene de él su poder: su Melliza.

Pese a sus enormes diferencias, el futuro rey y el esclavo descubrirán que existe entre ellos una unión, y que es mucho más profunda de lo que ambos suponen.”


En efecto, éste es el principal hilo argumental de la historia. Pero hay más, mucho más: multitud de personajes secundarios, tramas paralelas que al final están más relacionadas entre sí de lo que parece... El principio de la novela sirve para presentar estos personajes y tramas, por lo que el ritmo es más pausado, aunque no por ello aburrido, pues la información está bien dosificada y se alternan esos personajes con sus respectivas tramas de forma que no se hace pesado; pero una vez que arranca definitivamente la acción, el ritmo se vuelve imparable gracias a giros argumentales que te incapacitan para soltar el libro hasta que no has leído por lo menos unos capítulos más. Venga, por lo menos hasta saber qué pasa con este personaje. Bueno, espera, un poco más, que ahora aparece este otro, a ver qué pasa. Y así te encuentras con que te has leído ciento y pico páginas del tirón sin darte cuenta, como me pasó a mí. Hacía tiempo que no me enganchaba así con una novela, en serio. Gran parte de ese mérito lo tiene la propia historia, que ya es suficientemente atractiva por sí sola. Pero no hay que despreciar en absoluto la parte que corresponde al estilo de Virginia, muy depurado pero sin caer en la pedantería; al contrario, hay diálogos, a veces desternillantes, en los que los personajes no se cortan un pelo si tienen que soltar una vulgaridad, lo que no significa que lo hagan de forma gratuita para llamar la atención: se expresan de forma natural, adecuada en cada caso a las características y a la situación del personaje. Esa naturalidad dota de una gran agilidad a los diálogos y al mismo tiempo define a los personajes sin necesidad de añadir acotaciones que lastren el ritmo. Las descripciones son breves y precisas, y se nota que están bien documentadas. Se percibe un trasfondo muy elaborado: no en vano esta novela se puede considerar parte de una trilogía que, si bien no es continuidad de la anterior, Öiyya, pues no sigue su trama ni, salvo en un caso, cuenta con los mismos personajes, por lo que se puede leer de manera independiente, sí está ambientada en el mismo mundo, el continente de Ridia, que se está revelando mucho más amplio y variado de lo que aparentaba en un principio. Así, se nos presenta una variedad de naciones y pueblos con sus respectivas historias y culturas que a mí personalmente me parecen bastante atractivas.

Si bien ésta es una de las principales bazas de la novela, hay un caso en el que me da la impresión de que juega en contra suya, en lo que supone tal vez el único reproche que le puedo hacer: me refiero a una de las tramas secundarias, la de los berenitas, una secta dirigida con puño de hierro (y tal vez con martillo de Thor :P; cuando leáis la novela comprenderéis a qué me refiero) por Vantar, todo un ejemplo de lo que un líder fanático es capaz de conseguir cuando se empeña en destruir a los enemigos de la fe y tiene los medios y los seguidores necesarios a su alcance. La trama en sí es interesante, está bien llevada y establece un contrapunto interesante con otras subtramas, especialmente con todo lo relacionado con el mundo de las shalhias y los shalhed (esto es, los Mellizos). Pero, aunque está relacionada con la trama principal (y, como se descubre al final, de una manera más directa de lo que se sospecha en un principio), durante casi toda la novela me dio la impresión de que transcurría un poco descolgada del resto, como si no fuera imprescindible para que la trama principal no cojeara. Pero, por otra parte, ya digo que es una trama interesante en sí, y me da la impresión de que en el futuro puede tener una continuación en la siguiente novela de la trilogía (aunque ya digo que cada novela es independiente en cuanto a su argumento), así que tal vez sería mejor esperar a que se publique esa siguiente novela para poder valorarla en su conjunto.

En cualquier caso, no me impidió en absoluto disfrutar de la novela, al contrario. Para resumir, destacaré lo que más me ha gustado: historia muy interesante y con un punto onírico bastante original; tramas que enganchan; personajes variados, atractivos y algunos muy carismáticos (ojo, por cierto, con encariñarse con ellos... y no digo más :P); estilo cuidado al tiempo que ágil de leer... Ingredientes más que suficientes para gozar de su lectura. Os la recomiendo, sin duda.

martes, 26 de febrero de 2013

Poesía eres tú


Ya advertí en su momento que no soy buena reseñista. Como filóloga, se supone que es algo que no debería costarme mucho esfuerzo, ya que en teoría adquirí mientras estudiaba las herramientas necesarias para analizar un texto. Pero es que no soy buena analizando en general, para qué lo voy a negar XD. Funciono mucho más por intuición, de modo que, modestamente, creo que no tengo demasiado mal gusto para reconocer la calidad, pero no atino a explicar por qué. Tal vez no debería preoocuparme por eso; el análisis literario es útil, por supuesto, para entender los mecanismos de la producción de una obra de arte, pero en última instancia no determina qué es lo que hace que un escrito tenga esa calidad de obra de arte. Si no, el arte no sería arte sino mecánica.

Es curioso, cuando estudiaba COU realicé entonces un trabajo sobre un poema de Vicente Aleixandre que me reportó alabanzas por parte de un par de profesoras. Debe de ser la única vez que he hecho un análisis profundo y bien argumentado de una obra literaria. Por supuesto, tenía fresco lo que habíamos estudiado sobre la poesía de Aleixandre, y encima había descubierto que sus poemas me gustaban; ayudaba el comprender mejor sus imágenes gracias a lo que me habían explicado en clase acerca de sus claves personales de escritura, pero también de por sí esas imágenes me resultaban muy evocadoras. Además, está el hecho de que Aleixandre es uno de los mejores poetas en lengua castellana :P. El caso es que cuando nos tocaba estudiar poesía, me solía gustar lo que leíamos, pero luego no tomé la costumbre de leer poesía por mi cuenta. Supongo que sobre todo porque parece más fácil leer narrativa que poesía, para la cual da la impresión de que necesitas más concentración. Se me hace raro leer poesía en el metro, por ejemplo, aunque creo que es más prejuicio que otra cosa.

Total, que por comodidad y también porque me gustan mucho las novelas y tampoco me sobra tiempo para leer todo lo que me apetezca, no leo apenas poesía. Pero no porque no me guste ni porque piense que es tiempo perdido. Hay gente que no le gusta la poesía; no me voy a meter en gustos, aunque no se puede negar que hay mucho prejuicio contra la poesía por culpa de la extendida creencia de que es una cursilada. Por desgracia, muchos malos poetas de foulard (os aconsejo, por cierto, que busquéis una noticia de El Mundo Today sobre un poeta que tuvo que ser rescatado hace poco por los bomberos de la presa de su propio foulard en el que se había enredado, es descacharrante XD) han contribuido a esa mala imagen. Pero a poco que uno lea poesía se da cuenta de que no sólo hay una gran variedad de estilos, sino que, sobre todo, la poesía realmente buena no tiene nada de cursi.

Por otro lado, mucha gente que no lee nunca poesía, sobre todo en el caso de la poesía contemporánea, alega que “no la entiende”, y por eso no la lee, porque, ¿para qué? Yo les diría que tampoco entiendo muchas veces exactamente qué quiere decir el poeta por culpa de esa falta de capacidad para el análisis que me aqueja, pero que en realidad eso no importa, porque no se trata de comprender racionalmente, sino de sentir. Y hay poemas que, cuando los leo, siento lo que dicen como algo con lo que me puedo identificar. De una forma irracional e intuitiva sé lo que quieren decir los poetas, o al menos lo asumo como algo propio. Ni siquiera sé si realmente pensaban expresar lo que yo he entendido, es muy posible que no sea así en muchos casos. Pero consiguen tocar algo dentro de mí, y eso es lo que cuenta. Así me ha ocurrido con la obra poética de alguien que conocí por casualidad en este volátil y azaroso mundo de Internet, y que me ha hecho volver a leer poesía. Hablo de Fernando López Guisado, cuyo último poemario publicado, La letra perdida, está a mi lado en este mismo instante, firmado por el propio autor. Lo leí hace poco en medio de una madrugada insomne; sería muy tópico decir que era el momento más adecuado, pero la verdad es que lo disfruté. En parte, porque compartimos claves generacionales que me hacen identificarme especialmente con sus poemas, con sus mínimas (sólo por extensión) historias de fracaso y redención, de amor y de muerte, de rutina cotidiana trascendida por una imaginación sin límite. Pero creo que cualquiera puede disfrutar de su lectura. Fernando es el perfecto ejemplo de poesía viva, certera, en las antípodas de la cursilería y que no sólo no se evade de la realidad sino que se hunde en ella y la analiza de una manera tan acertada, como un forense que diseccionara un cadáver putrefacto, que se pringa en su suciedad hasta darle la vuelta y extraer belleza de la podredumbre. Hay veces que una imagen suya te fascina porque te repele, como un cuadro de Francis Bacon; otras en que sientes el latido del horror cósmico que a todos nos ha podido asaltar alguna vez en esa hora perdida de la noche en la que todo duerme y sin embargo sabes que la bestia debajo de la cama sigue allí agazapada al cabo de los años, que nunca se fue aunque te aseguraran que cuando tú crecieras desaparecería. En otras sientes el desgarro del amor que lucha contra la muerte porque, aunque sepa que acabará perdiendo la guerra, tiene que luchar batalla a batalla porque no se puede hacer otra cosa. Y algunas veces sonríes con la boca sesgada, y hasta te ríes a carcajadas de una paradoja que tú también has vivido y que ridiculiza con la precisión del bisturí del forense. Para que os hagáis una idea, y con el permiso de Fernando, reproduzco dos fragmentos de dos poemas que me han gustado especialmente: 


“(...) Quiero que me mates cuando llegue el día en que no pueda
verte como entonces: con tu alma haciéndome todavía huir
de la locura afilada que rezuma enfermando los corazones
y provocando la náusea. No quiero ser un cangrejo incapaz
de llevar la boca a la cuchara (y me conformo sólo con llevarla),
de recordar un poema, o el nombre de mi abuelo, o la prueba
que me hicieron una semana antes para prorrogar la función.
No quiero gemir aparcado en un tiesto, ni volver a los pañales,
gritarle a cualquiera creyendo que quiere hacerme daño
(me hará daño) o que un familiar sea un extraño en el umbral.
Mátame, pero recuérdame que el paraíso está en ese coche, justo antes de casarnos (…).
Mátame mientras suena aquella cancion.”



“Quiero confesar que soy una mala persona. Soy el Rey de Amarillo.
Soy tu envidia, tu pecado de lujuria insana que no permitiría un dios
por muy indecente que fuera en sus premisas de libertad. Soy tú. (…)
Soy el Rey de Amarillo y quiero más:
probar el tacto de una espada hundida hasta el puño en una tripa, usar
diez veces más papel higiénico del necesario y abandonar la comida
en cualquier mesa procurando que quede todo lo más sucio posible. (…) Mear sobre
el rostro sollozante de la hipocresía de los que se dicen malditos.
Soy el corazón roto, el filo del cuchillo, la sangre y el rencor
almacenados en un tarro de kéfir en el fondo de la nevera. Quiero
confesar que son una mala persona aunque intento superarme.
Soy el Rey de Amarillo. Soy tu humanidad y he venido a quedarme.”


Podéis también echar un vistazo a su blog, Buenas Noches Nueva Orleans, que ya he citado más de una vez y en el que incluye tanto poemas de este poemario y de otros que ha publicado anteriormente o aún no publicados, como entradas tan oníricas como lúcidas sobre todo tipo de temas. En cualquier caso, leed poesía. De Fernando, de quien queráis, pero leed y maravillaos. 

PD: En cuanto pueda, sufriréis otra reseña, aunque se me dé fatal :P, en este caso de la última novela que he leído, El sueño de los muertos.

jueves, 24 de enero de 2013

El tío de Peter Parker

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Hemos operado a Leia. Vamos a ser precisos: los veterinarios han operado a Leia para castrarla. Pobre mía, lo está pasando mal. Ahora mismo lleva puesta una redecilla que le cubre el cuerpo para que no se toquetee/lametee/arranque los puntos, además del famoso collar isabelino (el embudo, vamos) que evita lo mismo. Se tira la mayor parte del tiempo durmiendo, aunque ya va comiendo y el veterinario dice que la ve bien y que está evolucionando correctamente y sin complicaciones. Demasiado bien se está portando, pobrecita mía. La noche que la operaron consiguió, no sabemos cómo (sospechamos que con la colaboración de Bu) quitarse el dichoso collarín, pero conseguimos ponérselo de nuevo y no ha vuelto a hacer amago de quitárselo, me imagino que porque se debió de hacer daño en el proceso. También sospecho que está más apagadilla en parte por eso; el dichoso collar la tiene desorientada, va dando bandazos cuando anda y eso la debe de deprimir un poco, aunque supongo que lo peor será el dolor de la cicatriz, claro. Sé que a la larga será mejor para ella: ya ha tenido tres celos y cada vez le daba más fuerte y lo pasaba peor, porque sentía que le ocurría algo pero no sabía qué ni qué remedio ponerle, lo único que podía hacer era ponernos el culo en pompa y emitir maulliditos lastimeros pidiendo que la ayudáramos... Total, para nada, porque no queríamos que tuviera gatitos de los que luego no podríamos hacernos cargo (para colmo, el veterinario nos dijo después de la operación que habían comprobado que tenía una parte del útero más larga de lo habitual; le ocurre a muchas gatas, son las que están preparadas para tener camadas más numerosas, como para haber dejado que la preñaran) y para que lo pasara mal y luego corriera el riesgo de desarrollar tumores...

Total, hemos hecho que la operen convencidos de que es lo mejor para ella en sus circunstancias, y lo sigo pensando. Aunque le suponga unos días de molesta convalecencia, dentro de un tiempo se habrá olvidado de lo que era tener el celo y vivirá tranquila el resto de su vida. Pero también me hace plantearme algo que precisamente comentaba en su blog (lo recomiendo) Aura Zombie. ¿Qué potestad tenemos para tomar decisiones como domesticar a un animal o traer un hijo al mundo? En el caso de los gatos, que son más oportunistas, me parece que la alianza beneficia a ambas partes. La vida de los gatos callejeros es más arriesgada, suelen vivir la mitad o menos que los gatos domésticos, y eso los que logran superar sus primeros meses de vida sin sucumbir a enfermedades, accidentes, etc. Un gato casero sigue siendo un gato, su carácter no cambia sustancialmente salvo en el caso de los machos castrados, que pierden parte de su agresividad, y doy fe de que disfrutan de la tranquilidad, la rutina y la comida servida en cómodas porciones. En el caso de los perros ya es otro cantar. El hombre seleccionó a los cachorros de lobos más dóciles, y de los perros que resultaron de esa selección, durante milenios prosiguió seleccionando artificialmente a los que tenían determinadas características según sus necesidades, lo que llevó a la creación de las distintas razas. Pueden ser muy distintas entre sí, pero prácticamente todas tienen algo en común: la dependencia del animal respecto a su amo. Algunos perros, según su carácter y su raza (o mezcla de razas), están más capacitados para sobrevivir en un entorno salvaje en caso de que sean abandonados. Pero la mayoría de los perros abandonados acaban muriendo porque no son capaces de apañárselas solos y no pueden evitar esos accidentes y enfermedades de los que antes hablábamos en una proporción aún más elevada que en el caso de los gatos. Dependen de nosotros porque así es como los hemos hecho. Otro tanto ocurre con la mayoría, si no todos, de los animales domésticos: por ejemplo, las vacas lecheras, por culpa de una selección similar, han llegado a un punto en el que no sólo producen leche cuando tienen un ternero, que es lo natural, sino constantemente a lo largo de casi toda su vida, y morirían si les faltara el ordeño diario porque las mamas les reventarían de leche acumulada y enranciada. De modo que, a cambio de una existencia más segura (y de nuestro propio provecho, desde luego), les hemos quitado a los animales domésticos la capacidad de sobrevivir por sí mismos sin depender de nuestra manutención y cuidados. Una apuesta arriesgada, sin duda.


Por no hablar del tema de los hijos. Es cierto que, como en todos los seres vivos, el instinto de reproducción es uno de los más poderosos en los seres humanos. Es natural que muchos deseemos reproducirnos (dejando aparte el hecho de que el medio para conseguirlo nos guste a todos, queramos reproducirnos o no :P). Yo misma he tenido siempre el deseo de tener hijos, y pronto lo voy a cumplir. Pero cuando nuestra especie ha llegado a niveles de plaga mundial y hay millones de niños desamparados en el mundo, ¿qué sentido tiene traer más criaturas para contribuir a la superpoblación? No hace mucho descubrí la existencia del Movimiento por la Extinción Humana Voluntaria. Suena a cachondeo, y desde luego los que participan en este movimiento hacen gala de un gran sentido del humor. Pero bajo esa apariencia cómica subyacen tesis que te hacen pensar seriamente en el problema. Como seres pensantes que no sólo obedecemos a nuestros instintos sino que podemos controlarlos según convenga a las circunstancias que nos rodean y que somos conscientes de cuáles son esas circunstancias, tenemos la capacidad y, sobre todo, la responsabilidad de relacionarnos con nuestro entorno de la forma más respetuosa y menos perjudicial posible. Ya lo decía el tío de Peter Parker: un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Si fuéramos absolutamente coherentes, hace tiempo que habríamos limitado drásticamente la tasa de reproducción en la mayoría de los países. Por supuesto, no digo que tengamos que hacerlo al estilo chino, y también sé que ése no es el único problema: también tendríamos que haber dejado de practicar la guerra, el comercio injusto, la producción de residuos contaminantes, la tala de árboles, la caza de animales si no es estrictamente por necesidad alimenticia, y tantas y tantas barbaridades que el ser humano sigue cometiendo. Y, por supuesto, deberíamos redistribuir las riquezas de manera que la pobreza desapareciera. En fin, todo este festival de obviedades viene a cuento de que a veces, pensándolo, me siento un poco culpable por traer un hijo al mundo. Sobre todo al mundo actual y futuro, que no va a ser mejor que el que hemos conocido, al menos en muchos aspectos. Me asusta un poco que un día mi hijo me pueda reprochar haberle hecho nacer en esta bola rocosa repleta y siempre al borde del desastre.

Pero luego pienso que, con suerte y con la educación que nosotros podamos darle, a lo mejor él y otros como él constituirán la generación que por fin conseguirá poner fin al expolio al que estamos sometiendo a nuestro planeta, o al menos serán los que comiencen el proceso antes de que sea demasiado tarde. Supongo que soy demasiado optimista respecto a la naturaleza humana, y encima le estoy colgando un enorme y mesiánico marrón a la pobre criatura antes de que haya nacido XD. Pero su padre y yo haremos todo lo que podamos por darle una educación que le haga consciente y responsable. Luego él que haga lo que quiera.

Por descontado, tengo que despedirme con esta canción. No me diréis que no viene a huevo XD: